La hora de las urnas

Con su conocida ironía y convicción anarquista, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que “la democracia es un abuso de la estadística”, la del recuento de votos después de cada ciclo de gobierno, pero no habiendo un sistema mejor ni otra manera de medir la voluntad popular, la democracia y las elecciones son hoy por hoy las mejores fórmulas para normar la convivencia y dirimir las divergencias, dicho esto con el perdón del autor de la Historia universal de la infamia.

Los bolivianos acudiremos a las urnas el 18 de octubre próximo tras un año de sobresaltos, durante el cual vivimos un intento de fraude, la fuga del hombre que quiso convertir el gobierno vitalicio en un derecho humano y el azote de una pandemia que ha obligado a la humanidad a repensar valores y paradigmas. No será pues un “recuento estadístico” cualquiera, sino un acto soberano que marcará un antes y un después en la historia contemporánea de Bolivia.

No es la primera vez que Bolivia vive momentos difíciles en la construcción de su democracia. Basta recordar la tragicomedia del 6 y 7 de octubre de 1970, cuando vimos jurar a seis presidentes militares en 24 horas, o la saga de asonadas sangrientas y elecciones anuladas o desconocidas durante el bienio siniestro de 1978/1980.

Si algo nos han enseñado las dictaduras militares a los bolivianos es a valorar la democracia, con todas sus imperfecciones, a salvaguardar las libertades civiles y políticas y a defender principios elementales como el de tolerancia y la convivencia entre diferentes. Esas convicciones, arraigadas en el sentir ciudadano a golpe de infortunios, permitieron el retorno a la democracia, en un 10 de octubre de hace 38 años, y el freno al autoritarismo populista en octubre del año pasado.

Un nuevo octubre, el de 2020, nos da la oportunidad de marcar otro hito en la senda de la consolidación democrática. Las encuestas perfilan una segunda vuelta entre la fórmula que busca el restablecimiento del modelo autoritario vigente durante 14 años y la que propone la apertura de un nuevo escenario que abra paso a la renovación política y a la instauración de una democracia moderna.

Hay muchas razones para negarle el voto al vicario del presidente huido. No voy a enumerarlas. Bastaría señalar el autoritarismo de que hizo gala el régimen durante sus 14 años de gestión, la corrupción generalizada, el dispendio que privó al país de obras e infraestructuras necesarias, que tanto extrañamos ahora, y la conducta amoral que ha caracterizado a su líder, para decirle que su partido no merece otra oportunidad. Son buenas razones para marcar el final de un ciclo y el inicio de otro, el de la consolidación democrática.

Las encuestas perfilan una segunda vuelta, pero no la garantizan. Coinciden en que un 70% del electorado prefiere la renovación, pero la dispersión de las preferencias, aunada a los eventuales votos nulos y blancos, favorece al candidato de la restauración autoritaria, quien precisa del 40% de los votos válidos y una diferencia adicional de 10 puntos porcentuales sobre el segundo para obtener el triunfo en primera vuelta.

Dicho de otro modo. Votar por las opciones que no tienen ninguna posibilidad de llegar a la segunda vuelta, como muestran las encuestas de manera coincidente, es ayudar objetivamente a la restauración del régimen autoritario, aunque sus abanderados digan que permanecen en la carrera electoral para evitarlo. El voto nulo y blanco son votos de protesta. ¿Contra quién? En realidad, contra nadie, sino a favor del primero en el escrutinio. 

La definición estará pues en manos del electorado, como ocurrió en octubre del año pasado, cuando se unificó en torno a la opción antiautoritaria. Por eso es importante acudir masivamente a las urnas y hacerlo de manera pacífica, rechazando las provocaciones y los llamados a la violencia de quienes buscan imponer sus propuestas por las buenas o las malas.

Winston Churchill, uno de los grandes estadistas europeos, dijo alguna vez que “tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador; todos los demás son perdedores”. Eso lo veremos en la noche del 18 de octubre, pero si nos atenemos a las encuestas, tendremos dos ganadores, con un segundo con mayores posibilidades de ganar la gran final de noviembre. 

Parafraseando a José Martí cuando habló de la “hora de los hornos” como parteaguas de un determinando momento histórico, bien podríamos decir que Bolivia se encuentra en la “hora de la urnas”, la hora de las grandes decisiones, después del cual “no se ha de ver más que la luz”. Que así sea.

Página Siete – 8 de octubre de 2020

Alfredo Domínguez, el artista que «ya era antes de ser»

Como en la parábola del jardín de los senderos que se bifurcan de Jorge Luis Borges,  Alfredo Domínguez se encontró un día en esa encrucijada de la vida que “abarca todas las posibilidades”, cuando el hombre tiene ante sí “diversas alternativas, opta por una y elimina las otras”, el punto de inflexión en el que el destino le obliga a elegir entre “diversos porvenires”. Fue su mentor, el anarquista Liber Forti, quien acudió en su ayuda. Y la elección no fue difícil, porque, como diría el propio Forti, el artista tupiceño “ya era antes de ser”.

Alfredo, como lo recuerdan sus amigos del pueblo, era un “chango prometedor” en oficios y menesteres diversos: dibujante, caricaturista, pintor, cantor, compositor e incluso actor, pero sobre todo destacaba como futbolista y guitarrero. Fue cuando Forti, según contó su biógrafa, Gisela Derpic Salazar, le instó a optar por el sendero del arte: Futbolistas, hay cientos; artistas, pocos, le dijo, y lo disuadió de firmar un contrato con un equipo de la primera división paceña.

Artista polifacético, Domínguez desarrolló en Bolivia y Suiza. Ganó fama no solo como guitarrista y compositor, sino también como pintor y grabador. 

En un artículo publicado por la revista Fuentes de la Biblioteca y Archivo Histórico, el músico suizo Yves Cerf describe el talento rítmico del tupiceño como una “dramaturgia sonora” y una “poesía hipnótica”, en tanto que la historiadora del arte suiza Erica Deuber Ziegler señala, en la misma publicación, que sus pinturas y grabados tienen “poesía, movimiento, armonías sutiles, como su música en la guitarra”. El semanario suizo francófono L’Hebdo se refirió a él como “genio salvaje”, deslumbrado por el “reguero cósmico” de sus aguafuertes, el “naïf boliviano”, y por sus “estrellas en relieve, síntesis modesta y convincente de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande”.

Su esposa y compañera de vida, Gladis Cortez, lo describía como un “artista plástico, concertista de guitarra, cantor y compositor”, pero él, en su humildad y modestia, se definía simplemente como un “viajador y tocador de guitarra”. El cantautor y guitarrista tupiceño Luis Rico lo recuerda como “un buen artista plástico, buen cantor, buen guitarrista y buen actor de teatro”.

Alfredo Domínguez nació el 9 de julio de 1938 en Tupiza, un “pueblito encatao”, rodeado de cerros colorados y salpicado de molles olorosos, sauces llorones y cardones gigantes; llegó al mundo  acunado por el canto de los huichicos y arrullado por las “campanitas de cualquier parte”, cuyo tañido musical marcaba el compás de los amaneceres y atardeceres de las comarcas del valle.

El mundo se ha reservao
un campito muy sagrao,
los dueños de la tierra lo han modelao,
con cerros colorados a cada costao.
Con la brisa se ha asociao, 
con su alegre sonrisa, 
el silbo del huichico ha colaborao
al llamarle Tupiza pueblito encatao.

Nacido en el seno de una familia “humilde pero digna”, hijo único de un carpintero fabricante de guitarras, don Cesáreo Domínguez, y una modesta vendedora ambulante de dulces y helados, doña Eleuteria Romero, aprendió de su tierra y de su gente. Nadie interpretó mejor la “vida, pasión y muerte” del hombre del pueblo, personificado en su obra musical y pictórica por Juan Cutipa, el hijo de la tierra, en una saga de 12 piezas y 12 óleos de hondo contenido autobiográfico. 

Según Galo Illatarco Peñarrieta, autor de una breve biografía difundida en la revista Fuentes, la prolífica obra musical, plástica y poética de Domínguez es “una narración contemporánea artísticamente elaborada sobre la realidad socio económica cultural y política de Bolivia, y sobre todo de su Tupiza natal y su propia familia de origen”. 

 Alfredo creció en la pobreza. Trabajó desde su niñez como ayudante en el taller de su padre y en el puesto de venta de su madre, pero se daba tiempo para corretear por los maizales y frutales de Palala, escalar los cerros colindantes y cazar palomas y pescar cangrejos en Chajrahuasi, la hacienda de la dinastía minera de los Aramayo. 

Su amigo y compañero de correrías Blas Sivila Sarmiento recuerda con nostalgia las competencias infantiles para trepar “como monos” un churqui centenario de la plazuela Cotagaita, ubicada en la zona norte del pueblo, junto con otros niños del barrio. “Alfredo era muy ágil y conmigo alcanzamos las ramas más altas, luego la bajada era competible, Alfredo y yo éramos los que llegábamos más rápido…”, relató en un testimonio difundido por su hijo Luis.

Asistió a la escuelita primaria 7 de Noviembre. Allí aprendió a leer y escribir, pero también sufrió la amarga experiencia de la discriminación. Abandonó sus estudios cuando cursaba el primero de secundaria en el Colegio Suipacha debido, precisamente, al maltrato y a los insultos racistas de uno de sus maestros. A pesar de ello, recordaba su vida escolar con ternura y nostalgia.

Guardapolvo polvoriento
vuelve rumbo a su chocita;
la dicha se cobija
en su cara morenita.
De pronto los pajaritos
se entretienen comentando;
de un tiempo a esta parte
Juancito está cambiando.
Las letras como estrellitas
se le van clarificando;
sus ingenuas pupilas
las va identificando.
El cerro abre sus abarcas,
lagrimeando está por dentro;
qué más puede pedir
si Juan ya sabe escribir.

Cansado de las humillaciones, según cuenta Sivila Sarmiento, un día de esos Alfredo comunicó a sus amigos su intención de abandonar los estudios. “No me gusta el estudio voy a dejar el colegio, quiero ayudar a mis papás, quiero trabajar de lo que sea”, les dijo.

Siendo aún adolescente se trasladó a la Argentina para trabajar en la zafra azucarera. “Aprendí la música desde los 12 años, en Tupiza y en la Argentina, con los trabajadores de la caña de azúcar. Cada noche nos reuníamos alrededor de un fuego para cantar y tocar. Pude aprender observando a un músico”, rememoró en una entrevista concedida al periódico La Suisse de Ginebra.

Para no contrariar a su padre, quien le había prohibido que se dedicara a la música porque temía que “se volviera un borracho”, tocaba casi clandestinamente, a ocultas de su familia, hasta que don Cesáreo, compadeciéndose de su hijo, le fabricó una guitarra. A su retorno de Argentina, se incorporó a una estudiantina local, dirigida por el músico José Ortega, y comenzó a frecuentar a los hermanos Adalberto, Iván y Godofredo Barrientos, talentosos artistas y gestores culturales tupiceños, y al grupo teatral Nuevos Horizontes, que dirigía Liber Forti y al que pertenecían los hermanos Barrientos.

“Remontándome al pasado, veo a un muchacho, casi un niño, que hace correr sus morenos deditos por las cuerdas de una guitarra, prestada por su tío, en la cual aprende sus primeros acordes. Veo que su padre quien, deseoso de que su hijo  no tenga que prestarse el instrumento para ejercitarse, le construye su primera guitarra propia que, por un favor del destino, se encuentra en mi poder, como un grato recuerdo del hermano”, evocaría Iván años después.

Barrientos recordaba a Domínguez como un “niño rebelde, sencillo, sensible y aventurero”, que un día desapareció de Tupiza para irse a la zafra, primero, y con un circo chileno después, con el que recorrió el país durante un año como ayudante, cuidador de monos e incluso payaso. Fue una época dura, como dejó constancia en la canción Éxodo.

Gentes collas de todo lugar,
van camino a un cañaveral,
la frontera cruzando están,
cada uno pensativo va.
Entre ellos Cutipa llega a aquel lugar,
pensando en lo mucho que puede ganar,
el machete entró a funcionar.

Liber Forti recordaba que se incorporó a Nuevos Horizontes como actor siendo muy joven. Le gustaban los papeles cómicos y “era uno de los encargados de dar las serenatas, con la luz de la luna”. No sólo fue un gran músico, sino “un gran ser humano”, modesto y solidario, según le dijo a Gisela Derpíc Salazar. “¡Un gran talento! ¡Puta… Qué talento! (…) ¡Mucha cosa!”.

Futbolista, basquetbolista y fisiculturista, destacó como arquero del Club Huracán de Tupiza. Un día tomó la decisión de marcharse a La Paz con la idea de jugar en el Bolívar, en el que militaban otros afamados futbolistas tupiceños, como Víctor Agustín Ugarte y Hernán Huaranca. Después de asistir a varios entrenamientos y recibir una oferta para incorporarse al equipo, se encontró en la calle con Forti: “Le dije que como Domínguez arquero habían cientos; como artista, nadie”.  Tenía 24 años.

Forti tuvo una gran influencia en Domínguez, no solo en su carrera artística, sino también en el plano ideológico. En Nuevo Horizontes abrevó las ideas libertarias del anarquismo, ideas que, sin embargo y precisamente por eso mismo, nunca se tradujeron en militancia política ni mucho menos partidaria. “Mi mejor maestro es el pueblo libre, abierto y sencillo”, decía al resumir su filosofía de vida.

Alfredo hizo sus primeras giras –por los centros mineros del sur, con Nuevos Horizontes– y fue el grupo teatral el que patrocinó su primera exposición de dibujos, pinturas y caricaturas en la plaza de Tupiza en 1959. Como dijo su esposa, Gladis Cortez, fue en esa institución, que agrupaba a actores, dramaturgos, pintores, escritores, poetas y músicos de muchas latitudes, donde Domínguez desarrolló su “verdadera formación artística”.

“Nuestro entrañable Liber Forti ha marcado la vida de nuestra generación, donde han habido grandes periodistas; alguno cantaba, pero cantaba mal; actores de teatro (…), pero no tocaban guitarra, o cantores como yo, que a pesar de ensayar la gran obra Doce hombres en pugna, apenas alcancé a hacer un buen papel en Tres Generales, de Raul Salmón, dirigido por Leo Redín”, recordó Luis Rico.

Fue también en ese momento que se cruza su camino con el de los hermanos Barrientos, “cuando la guitarra de Alfredo se encuentra con el piano, el acordeón, el botellófono, las armónicas y las voces de los hermanos Barrientos, para recorrer juntos muchas rutas sureñas en ese árido terreno de hacer arte por arte mismo, sin esperar remuneración económica”, según recordaría Iván.

Es en La Paz donde se relaciona con otra institución que marcaría su vida y su carrera artística, la galería y peña folklórica Naira, fundada por Pepe Ballón. Para entonces ya había abandonado la idea de dedicarse al fútbol y sus paisanos tupiceños residentes en la sede de Gobierno le habían regalado una guitarra del famoso fabricante Rivas. En Naira conoció al charanguista Ernesto Cavour, al antropólogo y quenista suizo Gilbert Favre, más conocido como “Gringo bandolero”, y a su compañera, la por entonces no muy famosa cantautora chilena Violeta Parra.

Naira era el centro cultural más importante de La Paz, punto de encuentro de la intelectualidad de la época. Allí conoció al poeta Oscar Rivera Rodas, cuya obra admiraba, y trabajó en diversos proyectos con su amigo de infancia, el escritor tupiceño Gastón Suárez, quien escribió la letra de uno de sus grandes éxitos musicales: Rosendo Villegas Velarde.

Alfredo tenía para entonces medio centenar de composiciones instrumentales y letras de canciones, pero las interpretaba a regañadientes porque no le gustaba el timbre de si voz. Fue Violeta Parra la que lo animó a cantar sus composiciones, a seguir su ejemplo,  pues ella misma no tenía una voz excepcional. “Cuando quieras decir algo, dilo, aunque no tengas buena voz”, le dijo.

Su experiencia como intérprete se reducía a unas pocas actuaciones en las radios Méndez y El Cóndor, muy populares en su época, aunque había obtenido ya un par de premios en sendos concursos folklóricos de Argentina. Actuaba gratis y se ganaba la vida como dibujante de geología en el Servicio Geológico de Bolivia (Geobol)  y como caricaturista de El Diario.

En Naira nació la cantata Juan Cutipa (1968). El músico suizo Yves Cerf elogió la obra por su “gran fuerza dramática y teatral” y sus “paisajes sonoros, ritmos y melodías tejidas” para contar la Vida, Pasión y Muerte de Juan Cutipa, el campesino, el pastor, el soldado, el zafrero, el indígena, el minero de su tierra, que no es otro que el propio Domínguez. 

Muchos han querido encasillar a Domínguez en la canción protesta, muy de moda en las décadas de los 60 y 70, en coincidencia con la radicalización de los movimientos de izquierda, pero, como él mismo decía, nunca pretendió hacer canción política, sino mostrar los problemas de la gente, como lo hizo con Juan Cutipa.

Otros creyeron ver en esta misma cantata la vida, pasión y muerte de Jesucristo, a partir de algunos de los doce temas (Villancico, Navidad Rural, Procesión, etcétera), como resultado de una supuesta influencia de la Teología de la Liberación, también muy vigente en la época, pero él negaba cualquiera filiación que sea la simple preocupación por la pobreza, la injusticia y la discriminación social que veía en su entorno. “Estas son cosas que hemos vivido en el pueblo y en el campo; lo que hago es reproducir esas vivencias”, me dijo en una ocasión, al resumir el sentido de su música y sus canciones.

Vivencias como las que relata en La leñera: India bronceada por las tormentas,/ muy lastimada por el dolor./ fiel compañera de las quebradas,/ hija del cerro, india mancay./ Y por delante van los burritos,/ tristes, callados, van y van./ De rato en rato se escucha el arre/ de la leñera que va detrás./ A las montañas, cumbres, sendero,/ silo su abarca saben pisar./ Es azotada por la pobreza/ con su destino de arrear y arrear.

En Navidad Rural, Alfredo canta: Ya llegó la Noche Buena/ cielo y campo se alegró/ por el niño de una india que María se llamó./ Con olor a tierra pura/ cuentan que encontrábase/ saboreando su acullico/ el indio tata José./ Noche Buena, Noche Buena,/ noche de verdad,/ ha llegado un Mesías a la chocita rural.

Años después, el nicaragüense Carlos Mejía Godoy compuso algo parecido (El Cristo de Palacagüina), él sí influenciado por la revolución sandinista y la Teología de la Liberación: Cristo ya nació en Palacagüina/ De Chepe Pavón y una tal María/ Ella va a planchar muy humildemente/ La ropa que goza la mujer hermosa del terrateniente (…)/ María sueña que el hijo/ igual que el tata sea carpintero/ pero el chavalito piensa:/ Mañana quiero ser guerrillero.

También en Naira nació el llamado “neofolklore”, una suerte de estilización de los ritmos nativos, gracias a la conjunción de tres talentos: Domínguez, Cavour y Favre. En los acordes conjuntos, como diría Manuel Monroy Chazarreta (El Papirri), el charango de quirquincho de Cavour y la guitarra criolla de Domínguez “hacen el amor con toda sinceridad” y dan cobijo a la quena de Favre. Para El Papirri, Domínguez y Cavour son los Lennon y McCartney de Bolivia.

Fue entonces que el delegado de la Fundación Simón I. Patiño en Bolivia, el suizo Rémy Montavon, los “descubrió” en Naira y les consiguió una invitación para visitar Ginebra, en septiembre de 1969, junto con Julio Godoy, Edgar Joffré, quienes formaban parte del cuarteto Los Jairas, con Cavour y Favre. Era la época en que América Latina estaba de moda en Europa, no solamente por la música, sino por la literatura gracias al boom de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y otros autores.

La gira, según Montavon, fue “un descubrimiento por partida doble: Los Jairas y el Trío Domínguez-Cavour-Favre descubrieron Europa y el público europeo descubrió una faceta de la cultura boliviana”.  Domínguez echó raíz en Ginebra, donde hizo una exitosa carrera, no solo como guitarrista, sino también como grabador. Incorporado al Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra, expuso con Picaso, Chagal, Dalí, Leonor Fini, Clavé y otros en los centros culturales más famosos, como la galería de la Catedral, en Fribourg, y la Numen Inter-Arts, en Lyon.

“Su gusto por el grabado no es casual. Sus relieves llevan el testimonio de un país, de una poesía bruta, cotidiana, y que otorga una dimensión excepcional al agua, al cielo, a la lluvia, a la tierra, a los muros, a las vestimentas, a los ritos”, comentó La Gaceta de Lausana.

Domínguez murió a los 42 años de edad mientras jugaba un partido de fútbol en la sala de deportes de Sous-Moulin, en el barrio de Thônex, Ginebra, el 28 de enero de 1980, a consecuencia del mal de Chagas, una enfermedad típica de la pobreza. El funeral se realizó en la iglesia de San José de Eaux-Vives. Favre improvisó una canción con su quena para despedir al amigo. Erica Deuber Ziegler cuenta que cuando el cortejo abandonaba la iglesia, una pluma, seguramente de una paloma, descendió suavemente sobre el barniz fresco del ataúd. Poco tiempo después, los restos del artista fueron trasladados a Tupiza, donde reposan en la actualidad.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 27 de septiembre de 2020

El Padrino como mentor político

Un político español dijo en una reciente entrevista que todo lo que sabía de política lo había aprendido de El Padrino. Tal vez sólo quiso ser ingenioso al responder al periodista, pero algo de cierto hay en sus palabras. No en vano el hijo de Don Corleone, Michael, obviamente el mejor discípulo del capo, decía que “la política y el crimen son lo mismo” y que su padre, como toda persona con poder, no era diferente de “cualquier hombre poderoso, como un presidente o un senador”.

Desde luego, no todos los políticos piensan que todo vale para conquistar o mantenerse en el poder, pero la falta de escrúpulos de muchos de ellos induce a creer que, si bien no tienen a Don Corleone como mentor, han visto varias veces la saga cinematográfica completa y suponen que el fin justifica los medios. 

Y no me refiero únicamente a conductas claramente criminales, como las que vimos en el  reciente bloqueo al suministro de oxígeno e insumos médicos a los hospitales, sino a la ausencia de todo principio ético en el quehacer político de quienes están obligados no solo a ser personas de sólidos principios morales, sino también a parecerlo, porque, como bien dijo el historiador y politólogo James MacGregor Burns, “divorciado de la ética, el liderazgo se reduce a la gestión y la política a una mera técnica”.

La ética empieza por el reconocimiento de los errores cometidos y la promesa de enmendarlos. Si no hay consciencia de la falta, tampoco hay contrición. Obviamente me refiero a quienes han ejercido funciones públicas y, tras haber sido desplazados del poder, creen que pueden reconquistarlo con solo volcar la página y volver a fojas cero.

Clama al cielo escuchar hablar al presidente huido y a su vicario en Bolivia de “golpe” y “fraude”, como si el propio líder exiliado no hubiese sido el primero en señalar que desconocer el resultado del referéndum equivalía a dar un golpe de Estado y como si él no hubiese sido quien anuló las elecciones del 19 de octubre pasado, en un reconocimiento implícito de su carácter fraudulento.

Pero no, ahí los tenemos a ambos, hablando de “golpe” y “fraude”, como si no existieran ni el 21 de febrero ni el 19 de octubre. ¡Los burros hablando de orejas! Lo grave no es la falta de memoria, sino la amenaza que implican sus advertencias.

Algunos observadores creen ver en ciertas declaraciones de la dupla electoral masista una suerte de autocrítica y un síntoma de división interna, como cuando afirman que el desconocimiento del referéndum fue un error, que el famoso “entorno” no puede volver al gobierno  o que el Jefazo “tiene que resolver primero sus temas pendientes en los estamentos judiciales”. Sin embargo, la praxis partidaria histórica y reciente del Movimiento Al Socialismo (MAS), la práctica del todo vale, no invita precisamente al optimismo. 

“Ahora tal vez (haya) otro golpe (de Estado) y ahí estamos hablando con algunos miembros de las Fuerzas Armadas, con empresarios, con la Iglesia Católica”, declaró el líder exiliado. “Nosotros no vemos la posibilidad de que nos ganen, excepto con un fraude”, repitió su vicario. Son declaraciones que dejan entrever que la cúpula masista da por cierta su derrota y se apresura a abrir el paraguas para justificar acciones futuras. ¿Y cuáles serían esas acciones? Es fácil adivinarlas. ¿Acaso no desconocieron el resultado de un referéndum? ¿Acaso no intentan imponer sus razones por la vía de los hechos?

Las advertencias no sólo están dirigidas a las autoridades y rivales políticos, sino al propio electorado: O ganamos o convulsionamos el país, un chantaje digno de un guion de Francis Ford Coppola para la saga de El Padrino. En uno de los diálogos memorables de la película, Don Corleone le dice al cantautor Johnny Fontane: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”.

Es la “oferta” que estará en la mesa el próximo 18 de octubre y que requiere de una respuesta contundente en las urnas. Las tres últimas encuestas perfilan una probable segunda vuelta, posibilidad reforzada con la renuncia de la señora Jeanine Añez a su candidatura, pero la persistente división del bloque antimasista podría dar la victoria en la primera vuelta al partido desplazado del poder. 

Dependerá de la “unidad en la base del electorado” a favor del candidato con mayores posibilidades de vencer al binomio masista, a través de la conquista de los indecisos y de los “votos útiles”, y de la contundencia de la respuesta, imprescindible para garantizar una segunda vuelta. Pero, claro, no todo lo resolverá el “voto útil”. Nunca falta el “tonto útil” que, con su persistencia en el error, ayuda al rival que dice combatir, como ocurrió en elecciones pasadas.

Página Siete – 24 de septiembre de 2020

Los días de la marmota

Como en El día de la marmota, la comedia interpretada por Bill Murray y Andie MacDowell, los bolivianos parecemos condenados a revivir cada día la misma historia. Murray interpreta en la famosa película a un periodista que acude a Punxsutawney, un pequeño pueblo de Pennsylvania, donde, según una tradición rural, una marmota “predice” cuán largo será el invierno a través de la sombra que proyecta su cuerpo al salir de su madriguera. Una tormenta obliga al reportero a pernoctar en la ciudad, pero al día siguiente –y en los días sucesivos–, al despertar y escuchar la radio, comprobará azorado que el tiempo ha detenido su marcha y que está condenado a vivir una y otra vez el mismo día, el día de la marmota.

Al igual que Bill Murray, los bolivianos nos desayunamos cada mañana con las mismas noticias y la sensación de estar atrapados en el tiempo. Pero a diferencia del héroe de la película, que a fuerza de revivir sus acciones y enmendar sus errores termina cambiando el curso de la fatídica jornada, el pueblo boliviano gira y gira en torno a sus problemas como el borrico alrededor de la noria. Los conflictos aparecen y reaparecen, sin haberse movido ni un milímetro del punto en que surgieron. 

La pandemia y la cuarentena han acrecentado esta sensación, con días calcados unos de otros.  Esta suerte de inmovilismo que parecería haberse instalado en el país se refleja en los medios de comunicación, con contenidos monotemáticos y titulares que se repiten cíclicamente, y en los discursos de muchos de los políticos, en una retahíla que resulta aburrida cuando no cínica.

“¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido. Hoy es mañana”, dice Murray en uno de los diálogos del filme. “¿Sabes qué día es hoy?”, insiste en otro. “Hoy es mañana”. Cuando uno ve la portada de los periódicos queda con la sensación de estar viendo los diarios del día anterior. Lo peor es saber que al día siguiente nos encontraremos más o menos con las mismas noticias. 

Y no se trata simplemente de las estadísticas de contagiados y fallecidos, de las que el lector o el televidente ya no lleva la cuenta, ni del recuento de las carencias para enfrentar la pandemia o de las cuarentenas que se flexibilizan o endurecen en función de cómo sopla el viento político, sino de muchas conductas previas a la aparición del coronavirus que uno hubiese querido ver superadas a la luz de la desgracia colectiva.

¿Acaso es nuevo el chantaje de “los abajo firmantes” con las medidas de hecho “hasta las últimas consecuencias”? Ahí están los bloqueos por todo y para todo, movilizaciones de unos pocos que afectan a muchos, conductas –muchas de ellas delictivas– que nos hacen pensar, como escribí en una columna anterior, que la “nueva normalidad” no será otra cosa que la “vieja anormalidad”. Como diría la canción ranchera, “nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”. 

Y la política no es ajena a esta realidad. El hoy se parece demasiado al ayer. Las últimas encuestas parecen indicar que marchamos hacia un escenario muy parecido, calcado, al de octubre pasado, con una campaña de todos contra uno, pero con los “todos” divididos, como siempre. ¿Quién se baja? ¡Nadie se baja! A diferencia del protagonista de El día de la marmota, la repetición de los errores no nos ha ayudado a enmendarlos. 

Alguien ha dicho que la historia envejece rápidamente hasta marchitarse por completo y que la memoria no es otra cosa que la historia marchita, pero a muchos de los candidatos que dicen querer evitar el retorno del autoritarismo, no les queda ni la memoria. En la persistencia del error, confunden al rival y ayudan al candidato que dicen combatir, como en octubre pasado. No tienen opciones de éxito, pero siguen en carrera con el argumento de que “las encuestas mienten” o “la campaña recién empieza”, aunque saben a ciencia cierta –lo dicen los expertos- que una campaña no cambia tendencias. Las reafirma, si no las profundiza.

Al vicario del presidente huido le preocupa –y con razón– que el presente convoque al pasado y que termine por deteriorar su “voto duro”, como parece indicar su caída en las encuestas. Tal vez por ello mira a otra parte ante las acusaciones que pesan contra su mandante y respira aliviado ante su inhabilitación, confiado en que “la distancia es el olvido”, como en el bolero.

Su principal rival repite la estrategia que lo llevó a la gran final de octubre pasado. Como dijo el líder histórico de los trabajadores mexicanos, Fidel Velázquez, “el que se mueve no sale en la foto”. No se movió de esa línea y sigue ahí. Si las tendencias se mantienen, saldrá en la foto del 18 de octubre. Alguien ha dicho que “gobernar es hacer descontentos”. Es lo que le ha pasado a la tercera en discordia. Ha tenido errores de gestión, pero también es justo reconocer que le ha tocado bailar con la más fea: la crisis sanitaria.

Vamos, pues, hacia una elección que será dirimida por el voto útil, como en octubre pasado, con la esperanza de que la balanza se incline a favor de la democracia.

Página Siete – 10 de septiembre de 2020