El periodismo boliviano en los tiempos de la guerrilla del Che

Por Anahí Cazas 

Cuando Juan Carlos Salazar hacía sus primeras armas en el periodismo, fue enviado  a  cubrir la guerrilla del argentino Ernesto Che Guevara en el oriente boliviano.  Fue en 1967, el muchacho, de 21 años, soltero  y oriundo de Tupiza era periodista de la Agencia de Noticias Fides, la primera agencia de prensa boliviana.

Sus colegas veinteañeros y solteros Humberto Vacaflor y José  Luis Alcázar también fueron enviados como corresponsales del  periódico Presencia.

Y de esa manera, los  jóvenes  reporteros  pasaron  a la primera fila de las noticias mundiales.  Hoy, 50 años más tarde, los  tres periodistas deciden  contar  cómo  fue su trabajo en  la cobertura de  la guerrilla del  Che Guevara en un libro. De alguna manera,  este proyecto representa  la  muestra de una  consolidada gran amistad y  un regalo para las nuevas generaciones de periodistas.

La obra, bautizada como La guerrilla que contamos. Historia íntima  de una cobertura emblemática, se presentará el jueves 27 de julio, a las 19:00,  en la Asociación de Periodistas de La Paz. La publicación incluye crónicas y  una colección de fotografías y documentos  inéditos. 

«El  libro ha sido una  oportunidad de recordar, como dice el subtitulo, ‘una cobertura emblemática’”, asegura Alcázar, quien cuenta que  los tres periodistas comparten en la obra varias anécdotas personales que  sucedieron en la cobertura de este  acontecimiento que se convirtió también en noticia internacional. «Además de actualizar alguna información sobre lo que motivó a Ernesto Guevara a preparar un movimiento armado en Bolivia para hacer la revolución en su patria, Argentina”, agrega.

Para Vacaflor, la  publicación de este libro representa   el cumplimiento de una promesa  a las nuevas generaciones de periodistas. «Les contaba algunas anécdotas. Ahora escribí unas crónicas de mis experiencias en  la obra”,  indica.  Además, para el periodista, la obra tiene un significado muy especial. «Los tres somos muy amigos, somos padrinos y nos conocemos, y he vivido con ellos en el exilio”, dice.

Salazar explica que es un libro muy autobiográfico. «Contamos nuestra experiencia de la cobertura de la guerrilla. Pensamos que fue un hecho importante que marcó nuestra generación  y la cobertura  marcó a una generación de periodistas”, indica. «Un viejo colega y corresponsal del diario La Vanguardia de Barcelona me decía: ‘Yo hubiese  pagado por cubrir la guerrilla del Che’. Además, muchos de mis alumnos me pedían que cuente sobre este trabajo y entonces era una asignatura pendiente”, sostiene. «La idea  del libro es mostrar cómo se hizo esa cobertura en una época  en la cual no había internet  y computadores ni teléfonos celulares. Teníamos que cubrir mediante el  telégrafo morse”, añade.

Descubrir  una pasión

Para Salazar, la cobertura de la guerrilla del Che ha marcado su vida. «En esa época ya había decidido hacer y vivir del periodismo, pero en esa época no había una carrera de  Comunicación Social o Periodismo. Yo estaba estudiando Derecho y Ciencias Políticas que era lo más cercano  que había para hacer periodismo”, explica.

«Cuando estalló la guerrilla me mandaron a cubrir por una semana, pero me quedé un año”, cuenta Salazar, quien era periodista en la  Agencia de Noticias Fides.

Ni bien  estalló el primer enfrentamiento entre  la guerrilla y el Ejército boliviano (marzo de 1967), Salazar sugirió al  padre José Gramunt, director de la Agencia Fides  y corresponsal de DPA y  EFE, preguntar si estaban de acuerdo  en cubrir la guerrilla y financiar el viaje de una persona. 

Entonces,  DPA y EFE pagaron el viaje de Salazar  a Camiri por una semana. Pero entre ir y venir, el periodista se quedó   hasta finales de  noviembre. «Es curioso, porque el costo de la cobertura durante los 10 meses fue de 500 dólares”,  recuerda.

Salazar tenía 21  años y se fue  a cubrir la guerrilla con una muda de ropa, una libreta y un bolígrafo. «No había grabadoras pequeñas. Entonces, esos eran mis instrumentos de trabajo y mi medio de transmisión, el telégrafo morse”, explica. «Como todo periodista joven, yo quería estar en el lugar de los hechos”, agrega.

Expulsado de la cobertura

«Hace 50 años no había  pues WhatsApp, internet ni había televisión, las noticias las teníamos que mandar a través de un telegrafista y en    código morse. Me sorprende ver cómo todo ha cambiado”, asegura  Humberto  Vacaflor, quien en 1967 fue  enviado por el periódico Presencia   como corresponsal a cubrir la guerrilla del Che.  Era soltero, tal vez esa fue la razón por  la que fue elegido para  cubrir este hecho.

Vacaflor cuenta que Presencia informó  la noticia de la detención de Régis Debray, pero las autoridades negaron  el hecho. «El Ejército boliviano negaba que lo había detenido, que era un invento la noticia que envié desde Camiri. Decían: ‘No es cierto, por qué no publican las fotos’. Yo tenía las fotos, pero estaban en un rollo que tenía en el bolsillo”, cuenta. 

El periodista fue expulsado de Camiri y se fue a Santa Cruz, donde  logró revelar las fotos. «Enviamos las fotos con un pasajero  en el Lloyd Aéreo Boliviano. Y resulta que se pierden los negativos y  mientras tanto  torturaban  a Régis Debray (…)”, dice y asegura que en estos 50 años el periodismo bolivianos ha pasado de «la edad de piedra al WhatsApp.  «¿Se imaginan? Las fotos de la captura de Régis Debray, las hubiera mandado rápidamente a La Paz. Se hubiera evitado una tortura”, reflexiona.

Vacaflor  recuerda también  que en esos años los periodistas enfrentaban una censura previa. «Todos los textos que se escribían en Camiri tenían que ser aprobados por un  coronel del Ejército”, comenta.

La primicia mundial

Para Alcázar, una de las principales dificultades en la cobertura de la guerrilla del Che fue acostumbrarse a caminar con las tropas tras los guerrilleros. «Fue complicado batallar con los militares,  que como personajes del poder no soportaban fácilmente la presencia de periodistas”, comenta.

El duro trabajo de la cobertura periodística  valió la pena.  Alcázar dio  la primicia mundial de la captura del Che. «La  misma noche de ese 8 de  octubre Radio Fides  comunicaba la primicia de la caída del Che y el  mundo se enteraba por un ‘cable’ de la agencia  IPS. En las primeras horas del día siguiente, el 9 de  octubre,  Presencia  informaba la  trascendental noticia. En el libro relatamos cómo me enteré  y las anécdotas de la noticia”, cuenta.

El corresponsal de Presencia   tocó  la mano de Guevara   al atardecer el 9 de octubre, cuando todavía el cuerpo del guerrillero estaba  caliente. «Fui el primer  reportero que junto con un agente de la Cita, rompiendo el cerco de militares, nos acercamos al helicóptero que había transportado el cadáver del Che  de la higuera a Vallegrande. Yo cogí la mano del che que aparecía de la cobija que cubría su cadáver… estaba caliente y eso me estremeció”, recuerda. 

Según el prólogo del libro, Alcázar fue el más diligente de los tres autores al ocuparse de lo ocurrido en 1967, pues en 1969 puso en circulación, en Bolivia y México, su libro Ñacahuasu, la guerrilla del Che en Bolivia.

Para Alcázar, la cobertura de la guerrilla del Che fue  como su «bautizo de fuego” en el mundo del periodismo. «Consolidó   mi pertenencia a  este oficio, el más hermoso, como lo definió Gabriel García Márquez, pero también el más  peligroso, porque la posición crítica que nos obliga nuestra profesión  siempre incomodará a los poderes y muchos de éstos, como el narcotráfico, atentan  no sólo contra la cobertura, sino contra la  vida de los periodistas”, concluye. 

Los autores, los  grandes maestros (Por Harold Olmos)

(…) El pensamiento de los tres fue esculpido por la cobertura informativa de los eventos que se registraron en Bolivia en 1967. Enviados por sus medios informativos, ingresaron a las áreas de la guerrilla para contar lo que ocurría en las quebradas selváticas del sudeste boliviano.  Los despachos que de ellos leí narraban la historia con las fuentes oficiales  y las escasas contribuciones accesibles desde el lado de la  insurgencia.  Acabaron asimilando las motivaciones de la guerrilla y abrazando nociones sustantivas de las ideas que de ella surgieron. Para jóvenes que no habían traspasado el umbral de la tercera década, el mundo boliviano que se les abrió a partir de ese movimiento fue una ruptura con el conocimiento convencional que habían alcanzado y, cada uno por sus propias rutas,  se convenció de la urgencia de transformar una sociedad atrasada por mil razones que la mayoría de la gente, en las alturas y las llanuras, entonces y ahora, no alcanzaría a comprender.

Fue casi como un resultado natural de ese cambio que los tres acabaron exiliados al sucumbir el régimen inestable y sin rumbo cierto de los militares llamados de izquierda y en playas extranjeras forjaron sus destinos. Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar fueron catapultados a Argentina y José Luis Alcázar a Chile tras vencer el desafío de llegar ilesos a alguna embajada amiga  cuando las sedes diplomáticas eran vigiladas  por la policía política. El ambiente en que se desenvolvieron no fue fácil. Fue como volver a empezar, pero en tierras extranjeras.

La calidad, sin embargo, permanece con el rigor de seguir las normas de la profesión de periodista. Ninguno de los tres habría conseguido avanzar sobre ese camino empinado sin contar con el bagaje profesional que ha sido su mejor pasaporte. Saber auscultar los acontecimientos y descubrir en ellos el ángulo noticioso que interesa al público fue un  bastón básico para avanzar en las rutas sobre las que el destino los colocó. Pero no solamente era cuestión de «auscultar”. Los tres se destacaron en sus carreras porque habían desarrollado una forma de redacción profesional clara y directa. Ese conocimiento lo perfeccionaron bajo el rigor y la disciplina que impone la necesidad de sobresalir. Aplicaron las normas elementales para una buena redacción, a menudo ignoradas en nuestras latitudes. Cómo encontrar el mejor verbo  para describir una acción, cuándo utilizar un adjetivo, si necesario fuere, cómo organizar una oración que reproduzca con fidelidad lo que se quiere contar  y, en especial, cómo ingresar a un tema con una introducción original, sencilla y provocadora que induzca al lector a continuar después de las primeras 30 o 40 palabras de una historia o de un análisis. Y a partir de ahí, cómo hilvanar la secuencia de párrafos hasta culminar con un cuadro completo la historia que se proponían.

El extraño desinterés por estos elementos indispensables para las buenas historias, podría explicar la ausencia de publicaciones que hablen del tema, que cuenten cómo se obtuvo determinada noticia y cómo se la trabajó; en fin, que cuenten el mundo interior de los medios informativos. Para las escuelas de comunicación y los propios medios, ésta es una tarea  de consideración urgente. El gran público y los propios periodistas la apreciarían.

Alcázar fue forzado a abandonar Bolivia después de haber cementado una base firme de su labor periodística. Escribió la primera obra narrativa sobre la guerrilla de 1967. Salazar encontró acogida inmediata en Buenos Aires en la Agencia Alemana de Prensa en la que trabajaba en Bolivia, la DPA, una cooperativa de diarios de ese país que comenzaba a operar con un servicio en lengua española. Vacaflor llegó a Buenos Aires solo dotado de su habilidad informativa y sus vínculos con colegas que apreciaban su olfato periodístico y la calidad de su redacción. Como la mayoría de los empeños exitosos, el suyo fue arduo. Trabajó como portero de un colegio y después ganó callos en las manos y fuerza en las espaldas al alistarse como peón en un supermercado de la cadena Medrano. De ahí dio un salto hacia un terreno más adecuado e ingresó a ONA (Organización Noticiosa Argentina), donde la agencia oficial italiana de noticias ANSA lo reclutó. Tampoco eran saludables para los periodistas los vientos argentinos de esa época y Vacaflor, en un nuevo exilio, remató en Londres para trabajar en la carta informativa Latin American News Letter y, por último, en la venerable BBC .

Tras un periplo profesional forzado que lo llevó de La Paz a Lima, Buenos Aires, México y Londres, Vacaflor emprendió el retorno a Bolivia cuando los vientos autoritarios habían cesado, 15 años después de haber partido. Con un estilo personal crítico, en Bolivia dirigió programas en la radio, la televisión y escribió columnas hasta desembarcar en la carta Semanal Siglo XXI, de la que es editor fundador.

Con pocas palabras y un lenguaje a menudo mordaz, Vacaflor acostumbra tratar situaciones políticas y económicas que  irritan a los círculos oficiales y despiertan un apetito informativo voraz entre sus lectores. Sus columnas tratan con preferencia cuestiones de minería y petróleo con un manejo de datos que hace inevitable no tomarlo en cuenta en el abordaje de esos temas.

Sus datos suelen ser tan contundentes que uno hasta llega a preguntarse si habrá un mañana.  Fiel a un estilo ante el que trepida cualquier neutralidad, cuando recibía el Premio Nacional de Periodismo de la Asociación de Periodistas de La Paz, en 2013, dijo, ante sus colegas en la ceremonia de premiación, que sentía un cierto desánimo, pues había sido feliz los cuatro años que el premio estuvo congelado sin que se lo entregaran, por razones hasta ahora confusas (…).

Página Siete – 23 de julio de 2017

Populismo y democracia en “tiempos líquidos”*

El libro El fin del populismo – ¿Qué viene ahora? refleja desde el título la encrucijada en que nos encontramos. Sus autores, todos profesionales de experiencia y prestigio en sus respectivos campos, nos dicen que «Bolivia está inmersa en un escenario delicado y potencialmente crítico”, en «un momento crepuscular signado por el ocaso de un modelo económico de impronta populista”. 

Como en el sueño del faraón que nos relata el Génesis, las siete vacas flacas parecen estar a punto de comerse a las siete vacas gordas que surgieron en los últimos años del Nilo de la abundancia.

Pero no es que solamente hayan quedado atrás los años de la bonanza, sino que –como nos dicen los ensayistas– estamos ante «la decadencia del régimen autocrático y corporativo que lo ha prohijado”, en un momento de inflexión y en puertas de una «crisis compleja”. Advierten que la «perplejidad” ante el desafío puede ser paralizante, pero al mismo tiempo admiten que el horizonte está poco claro. Y se preguntan: ¿qué viene ahora?, ¿cuál es el rumbo a seguir?

Parafraseando a René Zavaleta, quien dijo que «conocer el mundo es casi transformarlo”, podemos decir que conocer el país y sus problemas es empezar a cambiarlo. Y eso es lo que hacen los autores al diagnosticar los males que nos aquejan. Pero no se limitan al diagnóstico.

Buscan y proponen alternativas, a fin de que la época de las vacas flacas no nos sorprenda «desprovistos de ideas y herramientas eficaces para preservar la estabilidad económica y evitar que el país se deslice por una pendiente de inestabilidad e incertidumbre”.

Como dice el politólogo neerlandés Cas Mudde, en la actualidad es imposible leer un artículo sobre política sin toparse con la palabra «populismo”, porque en casi todas las elecciones y referendos se enfrentan, como él mismo dice, a «un populismo envalentonado y una clase dirigente en horas bajas”.

Después del triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos, uno se pregunta si el populismo está realmente en retroceso.

La buena noticia de las elecciones francesas es la victoria del centrista Emmanuel Macron sobre la ultraderechista Marine Le Pen, por menos de tres puntos de diferencia, pero victoria al fin; la mala es que la señora Le Pen y el populista de izquierda, Jean-Luc Mélenchon, han captado el 40 por ciento de los votos, casi el doble de los partidos tradicionales -el socialista y el republicano-, y que el señor Mélenchon se resiste a pedir el voto para Macron en la segunda vuelta. Ha dejado la decisión en manos de la «inteligencia colectiva”.

Nótese el tremendo paralelismo con lo ocurrido en España en las últimas elecciones: Podemos se negó a votar por el socialista Pedro Sánchez, con lo que dejó el camino libre al conservador Mariano Rajoy. ¿Podría ocurrir algo similar en Francia? Por ahora, las encuestas dicen que no, pero ¡ojo! con las pinzas de izquierda y derecha.  Esperemos que la «inteligencia colectiva” no favorezca a la opción xenófoba y antieuropeísta de Le Pen. 

Más allá de las comparaciones fáciles, de si Trump es un vulgar «populista latinoamericano” o el «peronista del Potomac”, como lo calificó The Economist, lo cierto es que –para citar nuevamente a Mudde– los populistas, sobre todo de derecha, pretenden hacernos creer, desde una pretendida superioridad moral, que la sociedad está dividida entre dos grupos homogéneos y antagónicos, los «puros”, que son ellos, y la «élite corrupta”, que son los demás; los «puros”, que, obviamente, expresan la «voluntad del pueblo”; y los «corruptos”, que están en contra de los intereses populares. El académico habla del populismo europeo, pero su descripción coincide mucho con lo que vemos en este lado del Atlántico.

El periodista, filósofo y escritor español Josep Ramoneda nos dice que estamos ante un fin de ciclo, pero no ante un fin de ciclo cualquiera, sino en «un fin de ciclo de la democracia representativa”. Y por eso mismo llama a los dirigentes comprometidos con la democracia a rectificar, proponer y actuar a partir del análisis de las causas de la crisis. 

Es decir, los convoca a entender las razones de la irritación ciudadana y a darles una respuesta política, en lugar de descalificar a los portavoces del malestar y reafirmarse en sus fallidas estrategias, porque, con la etiqueta de «populista”, muchos pretenden anular a quienes han detectado los problemas que los partidos tradicionales no quieren ver. Ramoneda advierte también que el «autoritarismo posdemocrático” es «un plan B del populismo”.

«El renacer de los llamados populismos –nos dice–, responde a realidades muy concretas: la sensación de desamparo de gran parte de la población, agredida por un proceso de individualización salvaje; la pérdida de capacidad de la política para defender el interés general; la aceleración provocada por la globalización que ha desmantelado tantas pautas referenciales; y la resistencia de parte de las élites económicas a aceptar que no todo está permitido. Defender la democracia y las instituciones quiere decir rectificar y proponer”.

Ante el peligro lepenista, Macron, con sus 39 años, sus títulos académicos, su afición al piano, su paso por la Banca Rothschild y su pasado socialista, no deja de ser un aire fresco en la compleja coyuntura europea. Es, como dice la prensa del Viejo Continente, «un liberal de corazón socialdemócrata”, un «socio-liberal”, un europeísta convencido, cuya victoria podría marcar, como sostiene el politólogo Víctor Lapuente Giné, catedrático de la Universidad de Gotemburgo, el inicio de la «revolución liberal”. Macron se ha situado al lado del canadiense Justin Trudeau como referente de lo que se ha comenzado en llamar el «liberalismo-progresista”. ¡Y todo -dicho sea de paso- a costa de la socialdemocracia!

Esto es lo que está ocurriendo en el mundo, con referentes y paradigmas que sustituyen rápidamente a otros. Estamos viviendo tiempos de cambio, «tiempos líquidos” -como dirían algunos observadores internacionales-, tiempos donde todo fluye y nada se estanca. Cambia el mundo y cambiamos nosotros.

He querido referirme a la situación internacional por lo mismo que dijo Zavaleta a propósito del conocimiento del mundo,  y porque el destino de toda comunidad, por pequeña que sea, está ligado y condicionado al futuro de la aldea global. 

No sé si Bolivia está o no ante un fin de ciclo, pero reflexionar sobre el futuro del populismo supone, necesariamente, elaborar una oferta alternativa, tanto política como económica. Requiere rectificar, proponer y actuar, analizar las demandas ciudadanas para construir las políticas que las satisfagan.

Y el libro que hoy presentamos nos da muchas pistas para hacer frente a este tremendo desafío, para que el «tiempo líquido” no nos agarre desprevenidos.

No es mi propósito entrar a un análisis detallado de los textos, puesto que no soy un especialista, pero conviene decir que este volumen reúne siete estudios de primer nivel, elaborados por verdaderos expertos que buscan repensar el modelo de crecimiento desde diferentes perspectivas.

«Su sentido general –nos dicen sus autores– no es otro que la vuelta a la racionalidad -la reforma económica y política debe darse a la luz de la experiencia, la discusión y la crítica- y la confianza en la libertad individual y la capacidad creativa de la sociedad, lo que conlleva  la exigencia (moral y cívica) de responsabilidad personal”.

En este marco abordan temas tales como la innovación, la diversificación y la productividad; las políticas públicas y las reformas institucionales necesarias para acompañar tales esfuerzos, y para crear un clima efectivo para la inversión y el despliegue del talento y la iniciativa de las personas y las empresas.

Lo que nos están diciendo es que el antipopulismo no basta, que es necesario analizar las causas que alimentan esa oferta política para ofrecer alternativas.

El gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) suele decir que la oposición carece de visión de país y que, por tanto, no ofrece alternativas al llamado «proceso de cambio”. No quiero decir que los autores de este libro sean opositores, sino que sus ensayos no sólo ofrecen insumos para el necesario debate, sino también para eventuales proyectos alternativos.

Texto leído en la presentación del libro El fin del populismo – ¿Qué viene ahora?. Página Siete – 7 de mayo de mayo de 2017.

Los hechos nos dieron la razón

El autor del Ingenioso Hidalgo, Miguel de Cervantes, dijo alguna vez que «al bien hacer jamás le falta premio”. El «buen hacer” proporcionó a Página Siete dos premios consecutivos al Mejor Periódico de La Paz y otros galardones no menos importantes. Dicho de otro modo: un premio en sí mismo no es nada, es lo que representa en esfuerzo y trabajo. Y el equipo de Página Siete trabajó duro en los últimos tres años para consolidar al diario como un referente de primer orden en la vida pública nacional.

Página Siete me pregunta por los retos, las tensiones, los logros y las satisfacciones que viví­ durante los tres años y tres meses al frente de la dirección del periódico, entre septiembre de 2013 y diciembre de 2016. Retos, muchos; tensiones, diarias, pero lo cierto es que retos y tensiones se tradujeron, invariablemente, en logros y satisfacciones.

Detrás de cada premio hay coberturas difí­ciles y estresantes, pero al mismo tiempo el trabajo de un equipo excepcional. Sin el profesionalismo, el sentido ético y la independencia de los periodistas de Página Siete no hubiesen sido posibles coberturas como las del Fondo Indí­gena–fraude destapado por este periódico– o del caso Zapata/CAMC, para citar dos ejemplos. Es cierto que el diario fue blanco de las crí­ticas y los ataques del poder, pero al final y en todos los casos, los hechos dieron la razón a Página Siete. Y esto es lo que cuenta.

Esta labor tuvo el reconocimiento y el respaldo de los lectores de nuestro diario, a los únicos que debemos lealtad como medio independiente. Según Google Analytics, el número de visitas a la web de Página Siete pasó de 221 mil, a principios de 2013, a 1,9 millones a fines de 2016, con picos récord de más de 110 mil visitas diarias. Paralelamente, el diario sobrepasó los 300 mil «likes” en su página de Facebook, ubicándose como el medio de prensa escrita de La Paz con más adhesiones en esta red social.

Página Siete vive y crece gracias a los principios y valores periodí­sticos que adoptó el dí­a de su fundación, el 24 de abril de 2010, como espacio respetuoso y promotor de libertades, diversidades y pluralismo. Siete años después de su creación, Página Siete es un periódico emblemático. Y no hay mejor premio para un periodista que trabajar en un emprendimiento que es valorado por su comunidad.

Página Siete – 23 de abril de 2017

Incomodando al poder*

Durante el cruento golpe de  Hugo Banzer Suárez, en agosto de 1971, la Agencia Alemana de Prensa (DPA), para la que trabajaba como corresponsal en Bolivia, me dio por muerto. Obviamente, como  ustedes ya habrán advertido, se trató de un error.

DPA tenía su oficina en Radio Fides y las fuerzas golpistas  acallaron la transmisión de la emisora, la única que permanecía en el aire, con un bombazo. Las agencias internacionales informaron que la Fuerza Aérea había bombardeado las instalaciones, pero lo cierto  es que únicamente derribaron la antena que tenía en Següencoma.

Yo no pude desmentir de inmediato la noticia de mi muerte como lo hizo Mark Twain en una situación similar. Twain le envió un telegrama al director del diario que había publicado la falsa versión, asegurándole que la información sobre su fallecimiento era «francamente exagerada”. Y no pude hacerlo porque horas antes me había puesto a buen recaudo, ayudado por los jesuitas, para eludir la represión que había iniciado la naciente dictadura.

Días después leí el obituario que me había dedicado DPA. Era un texto breve. Daba cuenta de mi supuesto fallecimiento y de las dramáticas circunstancias en que se había producido. Al final, dedicaba un párrafo de cuatro o cinco líneas a mi trayectoria, donde se apuntaba como único mérito el haber muerto joven. 

Yo soy un hombre de premoniciones. Al leer el cable, me dije a mí mismo: «voy a vivir muchos años”; como me encontraba con un pie en el avión, rumbo al exilio, también pensé: «voy a viajar mucho”, y dadas las circunstancias que motivaban mi partida, en medio de un conflicto, supuse que las mismas vicisitudes marcarían mi futuro, que no la tendría fácil.

Yo me inicié en abril de 1964 en la legendaria redacción del padre José Gramunt. Mis compañeros de trabajo eran los poetas Julio de la Vega y Óscar Rivera Rodas, quienes se ocupaban de rastrear las noticias del mundo entero en un viejo aparato de radio Telefunken. Completaba el equipo José Luis Alcázar, reportero estrella de la joven generación, que cubría el Palacio de Gobierno.   Era la época en la que los poetas se ganaban la vida escribiendo noticias y los aspirantes a escritores jugábamos a las letras como aprendices de periodistas.

Un día de esos, el padre Gramunt me envió al Alto Beni para escribir un reportaje sobre el proyecto de colonización que estaba poniendo en marcha el Gobierno boliviano con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo. Fue mi primera cobertura fuera de la ciudad de La Paz.

Hasta entonces tampoco había salido de Bolivia y mi gran ilusión era viajar al exterior, algo que en esa época sólo estaba al alcance de gente con muchos recursos. Recuerdo que una noche, estando en Palos Blancos, no recuerdo si a orillas del río Beni o del Quiquibey, tomé la gran decisión de mi vida: no decidí ser periodista, decidí ser corresponsal, enviado especial a cualquier parte, con tal de viajar.

Mis paradigmas eran Ernest Hemingway, que había cubierto la guerra civil española, Herbert Matthews, el periodista que entrevistó a Fidel Castro en la Sierra Maestra para el New York Times, y los corresponsales de las agencias europeas y estadounidenses, que alimentaban los diarios paceños con grandes reportajes sobre la guerra de Vietnam. Yo creía que sólo así valía la pena hacer periodismo.

La guerrilla del Che Guevara me abrió las puertas de DPA, agencia que cubrió los gastos de la cobertura en el sudeste boliviano durante un año, pero fueron las circunstancias de la vida, más que los méritos propios, las que me ayudaron a cumplir los sueños de mi juventud. Y entre esas circunstancias, obviamente, estaba el golpe del 21 de agosto de 1971 que me llevó al exilio.

Pero, claro, entonces no imaginaba lo que me deparaba el destino. Es más, cuando vino mi madre a despedirme a la embajada argentina, donde me encontraba asilado, le dije, absolutamente convencido: «Mamá, no te preocupes, estaré de vuelta en dos meses, porque este gobierno no aguanta una salva de cohetes…”. Pues bien, la dictadura duró ocho años y yo me quedé 40 años fuera de Bolivia… Desde entonces evito hacer cualquier pronóstico político.

¿Por qué cuento todo esto?

La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en varios países latinoamericanos y europeos, sea como corresponsal permanente o enviado especial, y dar testimonio de innumerables acontecimientos y eventos de todo tipo. 

Me tocó cubrir el ascenso del militarismo en el Cono Sur, la «guerra sucia” argentina, la guerra civil centroamericana, el «periodo especial” en Cuba tras el derrumbe de la Unión Soviética –otra forma de hacer la guerra-, el alzamiento indígena zapatista de Chiapas y, ya como jefe del Servicio Internacional en Español de DPA en Madrid, me cupo  coordinar la cobertura del ataque a las Torres Gemelas y los primeros atentados yihadistas en Europa. 

Por supuesto, también hice otras cosas, como cubrir cumbres presidenciales latinoamericanas y europeas, conferencias de todo tipo, giras papales, festivales de cine, Mundiales de Fútbol y Juegos Olímpicos, muy a tono con la definición de «especialista en generalidades” que se atribuye al corresponsal itinerante.

Como todos sabemos, el periodismo se desarrolla en varios ámbitos: el democrático, el dictatorial, el autoritario y el de los conflictos armados. A mí me  tocó trabajar en todos ellos y en alguno que otro no clasificado, como el de la «dictadura perfecta” –así definió Mario Vargas Llosa al régimen de partido único del México del siglo pasado- y el de la «democracia imperfecta”, un modelo conocido por los bolivianos.

Después de 52 años de ejercicio profesional, llegué a una conclusión: el poder no nos quiere, no quiere a la prensa ni a los periodistas, cuando éstos tratan de cumplir con la función que les ha asignado la sociedad. Y cuando hablo del poder no me refiero únicamente al poder político, sino también al económico y a los poderes fácticos.   No conozco a ningún político opositor que no defienda la libertad de expresión. Tampoco a ningún gobernante que no la atropelle en mayor o menor grado, sin importar su ideología. Desde el llano, todos los políticos adhieren y exigen respeto a la libertad de prensa, pero apenas llegan al poder reniegan del escrutinio y el control que exigían para los gobiernos a los que combatían. Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla, pero son eso: excepciones.

Siempre me he preguntado: ¿por qué lo que es bueno mientras se busca el poder deja de serlo cuando se lo consigue? Y lo cierto es que no se trata de un simple cambio de punto de vista, por lo demás obvio, sino del pragmatismo que olvida todo principio democrático en aras de la ansiada hegemonía y la verdad única que la sustenta. 

El pensador, político e historiador francés Alexis de Tocqueville, autor de La democracia en América, dijo hace dos siglos que no es posible tener verdaderos periódicos sin democracia ni una verdadera democracia sin periódicos. La prensa libre es el oxígeno de la democracia. Una no puede sobrevivir sin la otra.

El editor Finley Peter Dunne solía decir que la tarea del periodista es «tranquilizar al afligido y afligir al tranquilo”, mientras que el  Nobel de Economía Joseph Stiglitz, a quien muchos gobernantes de izquierda gustan citar por sus críticas a la globalización, afirmaba que la función de la prensa no es otra que la de ser «el perro guardián de las sociedades”.

El principal destinatario del periodista es el ciudadano, al único que debe lealtad. Si su primera obligación es acercarse a la verdad, a partir del reconocimiento de que no existe una verdad única, su segunda obligación es abrirse a los demás. De ese deber nace el pluralismo: la necesidad de ofrecer un foro público, no sólo para la información, sino también para la crítica y la opinión, a fin de que todos tengan la oportunidad de compartir «su verdad”. Al fin y al cabo, la función del periodismo no es otra que amplificar lo que dice la gente.

La pluralidad es vital si creemos que el propósito principal del periodismo es, como sostienen Bill Kovach y Tom Rosenstiel, «proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”.

«Dale luz al pueblo y el pueblo encontrará su propio camino”, reza el lema de un importante grupo de periódicos americanos.

Tales principios no suelen ser aceptados por los gobernantes, y si lo son, es a regañadientes, porque el control desde la independencia y el pluralismo choca con sus afanes hegemónicos. A mayor hegemonía política, menor libertad para los medios.

Como dijo Carlos Mesa, «la democracia ha sido diseñada para limitar al poder”. Por tanto, la tarea de los periodistas es contribuir a fijar esos límites. Por ello mismo, según el exmandatario, «es mucho más comprensible un periodismo crítico, un periodismo de denuncia, y  que ponga en evidencia los excesos del poder, que un periodismo complaciente”.

Por todas estas razones, el periodismo sólo puede desarrollarse a plenitud en un marco de deliberación y crítica, de ciudadanos informados, es decir, en un ámbito democrático,  La historia es rica en ejemplos de gobiernos dictatoriales o autoritarios que privilegian el «orden” sobre el consenso, cuando no el control total sobre la sociedad y los medios, y que construyen su dominio político y social sobre los restos de la libertad de expresión. Y también son numerosos los ejemplos de sociedades que logran su liberación cuando empiezan a expresarse en libertad.

La asfixia de la prensa es en muchos casos violenta, como ha ocurrido durante las dictaduras militares, con periodistas asesinados, encarcelados, torturados y exiliados, pero también se la aplica por métodos mucho más sutiles, como el amedrentamiento, para inducir a la autocensura, o el boicot publicitario, para doblegar al medio. 

Estas presiones, inadmisibles en cualquier sociedad democrática, tienen como agravante la utilización de recursos públicos: los medios estatales, para amenazar, y el dinero proveniente de los impuestos de todos para premiar adhesiones y castigar disidencias. 

No voy a decir que en Bolivia no existe libertad de expresión, porque la misma existencia de Página Siete demuestra que aún hay espacio para la prensa independiente, pero también es cierto que esta libertad está bajo permanente acoso y en grave riesgo, como demuestran los permanentes ataques a los que están sometidos los medios que no comulgan con la verdad oficial.

Cuando un ministro se siente atacado o injustamente tratado por un medio puede acudir al Tribunal de Ética, y nuestros tribunales de ética funcionan y funcionan bien, como lo han demostrado en numerosas ocasiones. Pero, ¿a quién acude el periodista que se siente víctima del poder?  Ustedes dirán, a la justicia. Pero, ¿qué pasa cuando la justicia está sometida al poder político y más bien es utilizada para perseguir a las disidencias como ocurre en Bolivia?

En cualquier país respetuoso del Estado de Derecho y con una justicia independiente, acusaciones como las que formulan algunos ministros bolivianos contra medios y periodistas merecerían una sanción por el delito de calumnia. Quien mejor resumió la situación actual de la prensa es Carlos Mesa cuando dijo que «el Gobierno está detrás de la demolición de los medios que considera de la oposición”. La acusación contra Página Siete y otros medios independientes de haber conformado un «cártel de la mentira” forma parte de esa «estrategia de demolición”.

«Estamos viviendo una sensación de miedo, una sensación de que si dices cosas que son complicadas acabas judicializado. El gran secreto de un proceso democrático que limita las libertades es transformar la represión directa en judicialización”, dijo  Mesa, al alertar sobre el riesgo de la autocensura que se cierne sobre la prensa boliviana como consecuencia lógica del miedo.

No fue el único en llamar la atención sobre tales riesgos. Tras una visita a La Paz, el Relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Edison Lanza Robatto, advirtió que en «una democracia no se puede perseguir, hostigar o estigmatizar al periodista por el hecho de informar sobre temas que son de real interés público”.

Lanza Robatto dijo que poner etiquetas a la prensa, como la del «cártel de la mentira”, no favorece a «un clima de tolerancia, de respeto a las ideas y al trabajo periodístico”, y exponen a los periodistas estigmatizados «a un riesgo grave, a un acto de violencia”. El Relator Especial de la Comisión no dudó en afirmar que esta estigmatización es «una forma de represión”.  ¿Y qué respondió el Gobierno? El presidente Evo Morales acusó al visitante de haberse plegado al «cártel de la mentira”. A eso hemos llegado.

En una democracia que se precie de tal no puede haber periodistas estigmatizados o perseguidos. El exilio no puede ser la alternativa a la cárcel o a la humillación pública: O te humillas o te proceso sin ninguna garantía. Y si no te gusta, puedes irte del país. La única norma que debería regir las relaciones de la prensa con el gobierno es la ley, pero una ley respetuosa de los derechos y las garantías individuales, como es la Ley de Imprenta. Y, por supuesto, de los códigos de ética, como autorregulación.

El periodista argentino Oswaldo Pepe ha definido el periodismo como el viejo oficio de incomodar al poder, no sólo porque busca dar visibilidad a las cuestiones centrales del debate colectivo, asuntos que los gobiernos buscan ocultar, sino porque asume el rol de contrapeso del poder en la escena pública.

Interpelar y desconfiar del poder son cuestiones inherentes a la función social y a la misión del periodismo. Cuestionar y poner en duda la verdad única para contrastarla con la otra cara de la realidad, exigir la rendición de cuentas y hacer frente a la arbitrariedad y a la impunidad, forman parte de esa misma misión.

Ese es el periodismo que yo intenté practicar toda mi vida, en dictadura y en democracia; me ha dado muchos sinsabores, es cierto, pero también la satisfacción del deber cumplido. Es el periodismo que me enseñaron maestros como José Gramunt, Huáscar Cajías, Alberto Bailey y Luis Ramiro Beltrán, y es el periodismo que me gustaría que practicaran las generaciones futuras.

Agradezco a la Asociación de Periodistas por el honor que me han concedido al otorgarme el Premio Nacional de Periodismo 2016, a la Agencia de Noticias Fides por haberme propuesto como candidato y al expresidente Carlos Mesa por la presentación de mi candidatura con una carta cuyo texto es un premio en sí mismo.

El premio coincide con mi retiro del periodismo activo después de medio siglo de ejercicio profesional. Por ello mismo, no puedo dejar de expresar mi reconocimiento a la Agencia de Noticias Fides (ANF), mi primera escuela; a la agencia DPA, que me dio la oportunidad de desarrollar mi carrera a lo largo de 40 años en América Latina y Europa, y al diario Página Siete, que me permitió culminarla en mi país. Gracias a ellos he podido vivir de lo que me gusta hacer. Supongo que en eso consiste la realización personal. 

Me gustaría dedicar este premio a tres colegas que ya no están con nosotros y que hicieron más  méritos que yo para ganarlo. Me refiero a José  Chingo Baldivia, compañero entrañable de Radio Fides; a René Villegas Monje, corresponsal de toda la vida de la agencia Reuters y cómplice en mil y una coberturas en medio mundo, y a Juan León Cornejo, adalid de la defensa de la libertad de expresión. Muchas gracias.

*Discurso de aceptación del Premio Nacional de Periodismo 2016, pronunciando en el acto de premiación, realizado en la Asociación de Periodistas de La Paz el 9 de diciembre de 2016.