Discurso de posesión de la dirección de la Carrera de Comunicación Social de la UCB

Para mí es un honor y un orgullo asumir la dirección de la carrera de Ciencias de la Comunicación de nuestra universidad. Un  honor porque nuestra carrera es, sin lugar a dudas, la de mayor prestigio de Bolivia y una de las más importantes de América Latina. Y un orgullo porque mi designación coincide con el 50 aniversario de la colación de grados de la primera promoción de la Católica, a la que pertenezco. Un honor, pero también un enorme desafío.

Recuerdo con mucho cariño el día que recibí el título de manos del fundador y primer rector de nuestra universidad, monseñor Genaro Prata, el 23 de diciembre de 1970, un título que me acreditaba como uno de los primeros profesionales de Comunicación Social graduados en Bolivia; un título, el de Periodista, del cual me siento muy orgulloso porque refleja muy bien el oficio al que me he dedicado toda la vida, y que, por cierto, ya no lo otorga la Universidad Boliviana, al menos no con ese nombre.

Pero no es únicamente un tema formal. Ninguna generación como la mía ha vivido de manera tan intensa y dramática la revolución tecnológica, que está en el corazón mismo de la comunicación. Para medir la magnitud de los cambios bastaría con decir que los periodistas de mi generación hemos pasado, en medio siglo, del telégrafo Morse al Internet.

Estamos viviendo tiempos de cambio y también de crisis, que se agudizaron en los últimos años. Todavía no habíamos asimilado la revolución tecnológica cuando nos sorprendió la crisis económica global de la última década; y no habíamos superado esta última cuando nos atrapó la pandemia del coronavirus, con su secuela de cuarentenas, que no ha hecho otra cosa que acelerar la transición en las que estábamos embarcados desde inicios de este siglo.

Y como todas las cosas en la vida, la medalla tiene un anverso positivo y un reverso negativo, La revolución tecnológica es una oportunidad, pero a la vez  un incordio. Nunca como ahora habíamos gozado de tan irrestricto acceso a la información ni de las posibilidades casi ilimitadas para difundir nuestras ideas y opiniones, pero también, nunca como ahora, habíamos visto tales niveles de desinformación y manipulación informativa. Y esto está íntimamente ligado con la ética periodística.

El padre José Gramunt, mi primer maestro en el oficio, solía decir que los primeros periodistas de la era cristiana fueron los cuatro evangelistas. Y es cierto. Desde el punto vista periodístico formal, cada Evangelio es una crónica perfecta. La parábola de la multiplicación de los panes y los peces tiene 191 palabras. Si hubiese habido un periódico en ese tiempo, hubiese sido un reportaje de primera plana.

Los evangelistas utilizaron la palabra para transmitir la Buena Nueva. El periodista no solo debe buscar la verdad, sino utilizar la palabra para transmitirla. Ese es el desafío de nuestro tiempo, un desafío que enfrenta el peligro señalado.

Tengo el privilegio de contar con un equipo de colaboradores y docentes de primer nivel, quienes, a lo largo de los últimos años lograron situar a nuestra carrera en el sitial de honor en el que se encuentra actualmente, un equipo que, sin lugar a dudas, seguirá trabajando con el mismo entusiasmo para enfrentar los nuevos retos.

En lo que a mí respecta, me gustaría recordar al escritor y académico inglés Colin MacCabe, quien dijo en alguna ocasión: “Me gusta escribir sobre lo que sé y me gusta enseñar lo que quiero aprender”.

Durante los nueve años que llevo como docente en la Cato, he aprendido mucho de mis colegas y de mis propios alumnos. Y en esta nueva responsabilidad espero seguir aprendiendo de ellos.

La Paz, diciembre de 2020.

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