Periodismo que irrita al poder

Por Alfonso Gumucio Dagron

La lectura de Contra viento y marea (2024) es a la vez estimulante y deprimente. En este país donde es tan fácil caer en el desánimo, depende del ánimo del lector, pero también de la mirada que ejercen los autores, exdirectores del diario Página Siete, que luego de 13 años de existencia cerró sus ediciones de la noche a la mañana por decisión de los empresarios y dueños del medio informativo (en el que contribuí durante una década como columnista regular y colaborador en los suplementos).

Lo primero que uno aprecia es la continuidad no solamente cronológica, sino de ideales. Esta es la breve historia de un diario independiente en cuya dirección se pasaron la posta cuatro experimentados periodistas que mantuvieron “contra viento y marea” la vocación de exponer la verdad de los hechos y la independencia de pensamiento. Cada uno de ellos presenta un relato que difiere en su enfoque, pero el conjunto refresca la memoria y queda como un testimonio de la lucha contra el autoritarismo, contra la impostura y contra la “posverdad” (o la mentira que reemplaza a una mentira anterior).

En los cuatro relatos se enfatiza la suerte fatídica que marcó a Página Siete desde su nacimiento, pero no se subraya suficientemente el gran aporte que significó el diario durante su existencia. Es cierto que el final fue tan traumático para los periodistas, como para nosotros los columnistas (a los que muy poco se nos reconoce) y sobre todo para los lectores que perdieron el único medio impreso que valía la pena leer en La Paz.

Para todos fue dolorosa la muerte súbita, cuando el dueño cerró las ediciones sin anestesia y huyó del país dejando en la calle a 36 periodistas que se enteraron esa misma mañana. A esos periodistas les debe todavía seis o siete meses de salarios y beneficios sociales, a los columnistas nunca nos pagó un solo centavo ni nos envió por cortesía un canasto de Navidad, y a los lectores los dejó colgados, sin poder siquiera acceder a la plataforma de internet. Todo el archivo digital de Página Siete se perdió de un plumazo mezquino, y con ello ejemplares de valor histórico que no recuperaremos pues no hubo edición impresa (los días después del fraude electoral de 2019 y varias semanas durante la pandemia). Los dueños no tuvieron siquiera la decencia de dejar acceso libre al archivo digital acumulado durante 13 años.

Raúl Peñaranda dirigió Página Siete durante poco más de 3 años (y escribió 72 páginas) y Juan Carlos “Gato” Salazar se hizo cargo durante un tiempo similar (60 páginas). Luego asumieron la responsabilidad dos mujeres ya vinculadas al diario antes de ser directoras. Isabel Mercado estuvo cuatro años (46 páginas) y Mery Vaca los dos años finales (57 páginas). En los cuatro testimonios hay diferencias de estilo y de contenido: Peñaranda hace énfasis en las dificultades para montar desde cero un nuevo proyecto y las presiones para que fracase. Salazar, en el capítulo más periodístico de todos, aborda los grandes temas que reveló el diario y los conflictos que ello supuso. Mercado subraya las crisis que tuvo que enfrentar por la coyuntura política (fraude electoral) y social (pandemia) y su desesperado intento de salvar el diario mediante innovaciones de contenido y el inicio de una migración al soporte digital. Finalmente, Vaca narra el desmoronamiento definitivo a pesar de su esfuerzo para completar la migración digital y un proceso de suscripciones (que no prosperó) para hacer sostenible el diario.

Peñaranda

Peñaranda, periodista con visión empresarial, al que nunca le faltan iniciativas creadoras, narra con detalles (y anécdotas desconocidas para la mayoría de los lectores) la génesis del diario y las dificultades que enfrentó frente a un Gobierno ávido de controlar todos los poderes y también el llamado “cuarto poder”: el pensamiento independiente expresado en los medios de información. Desde el inicio Página Siete hizo un periodismo fiscalizador de la cosa pública, señalando de manera crítica y bien informada las tremendas vulneraciones cometidas por el gobierno de Evo Morales, que se pasaba por el arco las leyes y su propia Constitución amañada. La falta de ética y la pobreza moral del régimen se convirtieron en norma, en lo grande y en lo pequeño. Jamás antes hubo una degeneración de valores tan profunda, permeando poco a poco en toda la sociedad. La impostura, el doble discurso y el engaño se convirtieron en los nuevos “valores”. 

El relato de Peñaranda es una vitamina para los desmemoriados que prefieren la amnesia voluntaria porque les permite acomodarse mejor. La violencia en Chaparina, la corrupción de Santos Ramírez (el amigo de “cama y rancho” de Morales), involucrado en el asesinato de Jorge O’Connor (otro corrupto), el elefante blanco de la planta de urea, la carretera a través del TIPNIS y la inmensa cantidad de contratos directos sin licitación, son apenas algunos de los escándalos que destapó Página Siete. Las denuncias se hacían con nombre y apellido, de ahí que pasarán a la historia bichos malosos como García Linera, Quintana, Romero, Llorenti, Salvatierra, Dávila, Suxo, Achacollo, Choque y otros que rodeaban al cacique encumbrado en el poder. La ausencia de justicia hace que todos ellos anden libres todavía, sin ser procesados. No puedo dejar de recordar a muchos otros de menor trascendencia, que han estado transitando por las “puertas giratorias” del Gobierno, pasando de uno a otro cargo durante más de 17 años, bien aferrados al poder y sin hacerse notar demasiado, pero beneficiándose siempre de contratos rentables en instituciones públicas.

La falta de transparencia del Gobierno, señalada por Peñaranda en su texto, fue cada vez mayor y las denuncias del diario provocaron la ira de los esbirros digitados por Quintana. Los ministros atacaban a Página Siete por turnos bien concertados y con el mismo guion, como calesita del poder autocrático. Incapaces de rebatir la verdad, ventilaban mentiras en contra de la persona del director, que dio un paso al costado para preservar la integridad del diario.

Salazar

El texto de Juan Carlos Salazar no le dedica mucho al hostigamiento que pesaba sobre Página Siete durante su gestión. No es un capítulo que hable de la persona del director (que sin duda tendría mucho que contar), sino de los principales temas que ocuparon a Página Siete en ese periodo, en un estilo de crónica que hace apasionante la lectura. Por un lado, el sonado “caso Zapata” (tráfico de influencias, mentiras y manipulaciones), luego la corrupción multimillonaria y masiva en el Fondo Indígena, que enterró la idealización de los “movimientos sociales” al desnudarlos como corruptos y oportunistas. A esos escándalos hasta ahora impunes se sumaron temas tan importantes como el referendo del 21 de febrero de 2016, que acabó mostrando el rostro autoritario de Evo Morales que se aferraba al poder por todos los medios y contra la voluntad mayoritaria del país. Bolivia dijo NO, y todo lo malo que se precipitó a partir de allí es de responsabilidad exclusiva de Evo Morales, que tendría que enfrentar un juicio de responsabilidades más pronto que tarde. Ya para el anecdotario, Salazar narra en detalle la triste historia del vicepresidente García Linera, mentiroso recalcitrante, que pretendió hacerse pasar por licenciado en matemáticas. El pez muere por la boca… Página Siete no hizo sino subrayar las contradicciones y mentiras de los gobernantes, que solitos se metían en camisa de once varas por abrir demasiado la boca. Evo Morales, García Linera y Choquehuanca son los mejores ejemplos de mentira e impostura. Como la verdad irrita tanto al poder se profundizaron los ataques y amenazas contra Página Siete, no solamente de palabra si no de hecho. Todo el poder se ejerció contra la prensa independiente, con rabia y con saña.

El relato de Salazar está sembrado de citas de grandes periodistas, lo cual le otorga un sesgo más académico que el de los otros relatos del libro. Salazar analiza la función del periodismo independiente en un marco más amplio, con referencias a otros países, que son útiles para definir por ejemplo aquello que se ha dado en llamar la “posverdad” tan propia de los gobiernos populistas (Putin, Trump, Bolsonaro, Chávez, Kirchner, etc.), que el gobierno del MAS no ha cesado de emplear desde sus inicios.

“La mentira es mentira, aunque se llame posverdad. Y la posverdad es el prefascismo”, dijo Antonio Caño, exdirector de El País de España, citado oportunamente. Eso tuvimos y eso tenemos: un prefascismo autoritario y sordo.

Mi reflexión al leer el libro era: ¿Cómo sigue libre un maleante de la talla de Evo Morales? Y no pude dejar de pensar en el narcotraficante colombiano Pablo Escobar, quien se las arregló también para tener legitimidad pública y apoyo popular suficiente para llegar a ser electo diputado suplente por la Alianza Liberal, mientras sembraba de violencia su país.

Los textos de Isabel Mercado y de Mery Vaca son desgarradores testimonios de una muerte anunciada y los esfuerzos realizados para prolongar la agonía y quizás, milagrosamente, salvar al herido de muerte.

Mercado

Mercado narra los esfuerzos para fortalecer la edición dominical, la creación de la revista Rascacielos (que fue una bocanada de aire fresco en su momento), los Dossier 7 de investigación, y la continuidad en la publicación de algunos libros en la nueva rotativa (que apenas se menciona en el libro). El suplemento semanal Decisión 2019, fue un esfuerzo extraordinario que parecía diseñar un camino de recuperación de lectores para la edición impresa, pero los acontecimientos políticos posteriores al fraude electoral, la feroz arremetida desde el poder y luego la pandemia, echaron por tierra las mejores intenciones. Esta última circunstancia obligó a acelerar la migración a una plataforma digital, tarea pionera en Bolivia, pero mal pagadora en un país donde hay tan pocos lectores con posibilidades de pagarse una suscripción.

Vaca

Los últimos estertores le tocaron a Mery Vaca, aunque Isabel Mercado hizo todo lo posible para apoyarla e inventarse formas de sostenimiento económico del diario (algo que hubiera correspondido hacer a los dueños capitalistas, y no a los periodistas). Aunque en ningún lugar del libro se dice cuál era el tiraje de Página Siete en sus diferentes etapas, queda claro que este disminuyó drásticamente en paralelo a la disminución de la publicidad, la reducción de periodistas y del número de páginas de información. Leemos con tristeza el desenlace final, en las condiciones indignas en que se produjo por decisión de los dueños. En su carta de despedida, Garáfulic sólo agradece a los lectores, no a los periodistas y menos a los columnistas. Es una despedida hosca e indolente. A mí no me dan lástima los inversionistas, que siempre tienen parte de su patrimonio en otros países y nunca pierden. No sufren las angustias de llegar a fin de mes sin pagar los servicios esenciales.

Columnistas

Aunque los exdirectores apenas lo mencionen (salvo Isabel Mercado, que le dedica una página), la gente compraba (o consultaba en línea) Página Siete sobre todo para leer las columnas de opinión. Basta preguntar de manera aleatoria a los lectores. Los más de 50 columnistas regulares eran el puntal del diario independiente. Otro pilar fueron los suplementos (Inversión) y las ediciones especiales que hacían los propios periodistas, (ellos sí rentados), sobre diferentes temas de actualidad. Por ejemplo, los excelentes suplementos sobre las elecciones (Decisión 2019) y también aquellos informes (Dossier 7) que abordaban en profundidad temas diversos (minería salvaje, deforestación, feminicidios, construcciones ilegales, etc.). El suplemento Letra Siete (s0bre literatura) e Ideas, que luego se fusionaron, contaba con las generosas colaboraciones regulares y ocasionales de muchos intelectuales notables. Sin las páginas de opinión las ediciones de lunes a sábado no hubieran tenido el mismo atractivo.

La información era importante en las ocasiones en que se destapaban asuntos polémicos, como los que señala en su capítulo Juan Carlos Salazar, pero no era lo más relevante en el día a día del diario, porque además esa misma información circula de muchas maneras y llega rápidamente a los lectores a través de las redes virtuales.

Me precio de ser amigo de los cuatro directores, y los tres últimos saben que como lector y columnista los molesté muchas veces (también a Baldwin Montero, subdirector en la última etapa) porque me fijé en algún error en un nombre, un pie de foto equivocado, titulares mal escritos o alguna foto sin el crédito correspondiente (entre ellas varias de mi autoría). Más de una vez les dije: “Fusilen al corrector”, hasta que me explicaron que por la situación de carestía no había nadie que corrigiera y que los propios jefes de sección eran los responsables de corregir. Esa mi actitud de “pulga en la oreja” era parte de mi apoyo crítico para que el diario se editara de manera intachable. Realmente lo leía con lápiz en la mano y como yo, probablemente otros que han lamentado la manera en que se liquidó a Página Siete.

Ahora queda como testimonio para el futuro este libro, el objeto-libro que no desaparecerá tan fácilmente porque quedará en bibliotecas y se multiplicará en versiones digitales cuando se haya recuperado la inversión de la edición impresa.

El prólogo de Sergio Ramírez, uno de los grandes narradores de América Latina, nicaragüense exiliado en España, debiera ayudar en la difusión, pero en este país tan ignorante nadie sabe quién es ese escritor que además fue vicepresidente de Nicaragua.

Brújula Digital /11/04/24/

https://www.brujuladigital.net/politica/2024/04/11/criticaperiodismo-que-irrita-al-poderalfonso-gumucio-dagron-32081

El testimonio valiente de cuatro periodistas

Por Javier Medrano

Año contra año, las aulas de las universidades que ofrecen la carrera de comunicación –en su mayoría comunicación corporativa y ya no periodismo, como tal– se van vaciando. Solo en España, según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, la opción por estudiar periodismo cayó en un 19%. Dato que va en aumento. Si a esto sumamos que los medios ya no ofrecen estabilidad laboral, salarios competitivos y que no existen filtros para evitar que cualquier persona se autonombre periodista y haga un uso y abuso de un micrófono, vale la pena preguntarse si el periodismo, como oficio, está en crisis o si la industria mediática está colapsando.

Desde mi punto de vista, el negocio de la comunicación está en crisis. Sin duda alguna. El consumo de información ha sufrido un cambio drástico y es imparable. Los medios de comunicación, de hecho, ya no informan, solo validan informaciones. TikTok, WhatsApp y las plataformas digitales les han roto el espinazo a las casas periodísticas. Nadie valora un reportaje, una crónica, una investigación, una suscripción paga. La oferta informativa, ahora, es policial y amarillista. La calidad informativa se ha ido por el traste en Bolivia.

Lo que hay ahora es ruido. Desinformación y estigmatización. Ideologización y mediocridad. Los gobiernos de turno saben de esta crisis. Se regodean porque saben que no tendrán contrapeso, fiscalización, control. Aprovechan el contexto para apretar mucho más el grillete en el cuello de los periodistas y la asfixia es insoportable e insostenible. Se ha vuelto una industria para corajudos y, casi, diría, para desquiciados.

En este panorama aciago, cuatro ex directores de Página Siete, escribieron juntos un extraordinario libro testimonial narrando sus experiencias y avatares para honrar al noble oficio del periodismo. Lo dieron todo. Se desvelaron, sufrieron dolores de estómago, infamias, calumnias, juicios, insultos públicos groseros; sus familias y amigos vieron sus dramas y, pese a todo, siguieron tecleando e informando, protegidos bajo un manto sagrado: el periodismo independiente.

Isabel Mercado, Raúl Peñaranda, Juan Carlos Salazar y Mery Vaca son sus autores. El libro titula Contra viento y marea. Nacimiento, auge y cierre de Página Siete (Plural, 2024). Cada uno vivió un periodo durísimo y sus relatos son una memoria viva de cada etapa funesta que les toco remar. Desde un principio el nacimiento de Página Siete tuvo sus tropiezos. La creación de su logo y su cambio a último momento antes de su salida, hasta la dura batalla por su digitalización e innovación frente a un mercado ingrato, fueron su karma.

Bajo sus ojos fiscalizadores, pasaron crisis como la masacre de Chaparina, el “Zapatagate”, la millonaria corrupción del FONDIOC, la revolución de las pititas, la renuncia de uno de los políticos más infames como lo fue y sigue siendo Evo Morales junto a su recua de acólitos que cada día, durante más de 16 años –incluso más– hostigaron, amedrentaron, persiguieron, enjuiciaron y calumniaron de una manera permanente no solo a los periodistas de Página Siete sino a todos los medios de comunicación independientes que fueron metidos en una bolsa calumniosa llamada “el cártel de la mentira”.

Enfrentaron permanentes ataques cibernéticos, asfixia publicitaria del Estado, sangrías mensuales de impuestos nacionales, les tocó –como a todos los medios y empresas– lidiar con una pandemia que aceleró profundos procesos de reingeniería, de logística y de una reinvención, una vez más, de ofertas informativas y comerciales. La crisis fue transversal.

El alivio de una inyección de capital nunca llegó y el cierre fue inevitable. La carga morosa de salarios fue inmanejable y todas las innovaciones digitales no resultaron, debido a un mercado de consumo de información cuya cultura no valora la calidad periodística. Intentaron de todo, hicieron mil y una malabares, pero el destino parecía que ya tenía todo resuelto.

Eso sí. Dejaron el listón muy en alto como periodistas junto a sus redacciones y jefaturas. Las más premiadas y reconocidas nacional e internacionalmente. Todos pusieron el hombro. Lo sé porque lo vi y lo presencié. Gracias Isabel, Mery, Juan Carlos y Raúl. Sus testimonios deben ser, ahora, lectura obligatoria para todos los periodistas, para las universidades y sociedad con el expreso fin de que valoren, un poco más, el noble oficio del periodismo independiente que lucha contra los autoritarismos y totalitarismos. Una democracia sin medios independientes está condenada a la oscuridad.

Brújula Digital /14/03/24/

https://brujuladigital.net/cultura/2024/03/14/opinioncontra-viento-y-marea-el-testimonio-valiente-de-cuatro-periodistasjavier-medrano-31079

Contra Viento y Marea

Por Sonia Montaño Virreira

El próximo 6 de febrero se presentará el libro “Contra viento y marea”, escrito por cuatro exdirectores de Página Siete (P7), un medio cuya vida merecía ser más larga y que reflejó los riesgos que enfrentan quienes dicen la verdad en contextos donde la democracia está amenazada. El libro es un testimonio a cuatro voces sobre cómo operó la destrucción de la prensa independiente que, como dice el nicaragüense Sergio Ramírez en el prólogo, ocurre “cuando la palabra libre cobra sus fueros, y se vuelve temida, porque el poder autoritario prefiere la palabra oficial, que es igual al silencio.”

Sobre el tema, Juan Carlos Salazar concluye que le “preocupa esa percepción en determinados sectores de la sociedad, de que el periodismo independiente es un riesgo. En una sociedad democrática, en un Estado de derecho, no cabe o no debería caber ese temor”, dice.

El título del libro refleja el sentido que le dieron cuatro directores y un equipo de periodistas y trabajadores, que durante 13 años llevaron a cabo una empresa que no solo fue contra el viento, si no contra varias tormentas digitadas desde el poder. Tormentas, subida periódica de las aguas fiscales y penales, que buscaban ahogar un medio nacido para ocupar el espacio vacío de la libertad de expresión. Esa constelación virtuosa de los cuatro directores fue posible además –como dicen en la dedicatoria– “gracias a los miles de lectores de Página Siete”.

La historia de P7 es un repaso brutal de la historia reciente del país vivida desde una Redacción, un llamado a tomar conciencia sobre el abuso del poder, pero también sobre los silencios de la sociedad. Nos hemos acostumbrado a la arbitrariedad y somos capaces de sobrevivir sin chistar ante el cierre de medios de comunicación y tantos hechos que dan cuenta de una sociedad donde los derechos están en extinción. Acostumbrados a las dádivas no fuimos capaces de pagar el derecho a la información. Salazar se pregunta ¿faltó el apoyo material de los lectores y/o de empresarios que creyeran genuinamente en la importancia de un periodismo crítico? Y Mery Vaca responde con una reflexión de fondo: “cuando Página Siete cesó sus operaciones, fue extraño escuchar a diversos actores de la sociedad decir que no sabían que la situación era tan grave y que, de haberlo sabido, habrían apoyado económicamente al medio”.

A medida que se leen los textos de los autores se siente el aumento de la presión y el dolor compartido por cada uno de ellos. Leemos historias que muestran la estrategia gubernamental para la destrucción de P7, que incluyó el aprovechamiento malicioso de hechos noticiosos, pero también la valentía de periodistas como Liliana Carrillo, Noelia Zelaya y Tania Sossa, autoras de un reportaje que involucró a más periodistas y que fue premiado por Ban Ki-moon –secretario General de Naciones Unidas– mostró la realidad del país y el padecimiento que sufrieron las tres mujeres para realizarlo. El libro muestra muchas y conmovedoras historias en defensa de la libertad de información. En especial, el relato de Peñaranda no tiene desperdicio.

Salazar, quien asume la dirección luego de haber tenido una exitosa trayectoria como periodista internacional, relata cómo le gana su vocación por un periodismo que incomoda al poder y suspende su retiro del periodismo activo asumiendo un desafío que tuvo que priorizar la supervivencia de P7, peligro que tiene en riesgo a muchos medios. Lo ocurrido con este medio es parte de un fenómeno global y nacional. “Si bien es cierto –dice Mercado– que afortunadamente en el país no se han registrado periodistas asesinados ni desaparecidos, formas sutiles pero efectivas de presiones y limitaciones al trabajo de la prensa tienen el efecto de una censura”.

Oscar Martínez, destacado periodista salvadoreño y director de El Faro dice: “El periodismo debe plantearse cuestiones complejas, es decir, preguntarse a quién le compraste esa comida, por qué otorgaste ese contrato a un funcionario, por qué eliminaste ese criterio de compra pública, por qué negociaste con las pandillas para reducir los homicidios”.

Muchas de esas preguntas complejas se hicieron quienes trabajaron en P7: la cobertura de la marcha indígena, la situación de la salud, la gravedad de los enfermos de cáncer, la violencia contra las mujeres; el “caso Zapata”, el 21F, el desfalco del Fondo Indígena, la muerte de viceministro Illanes, el caso del bebe Alexander y mucho más. En todos esos ejemplos, P7 mostró profesionalismo y seriedad, pero bastó una noticia sin verificar sobre la muerte de un bebé y la cobardía de un sacerdote que se negó a reconocer su dicho sobre la excomunión de ministros favorables al aborto para que se multiplicaran los ataques al medio y provocaran la salida del primer director. Si algo se le puede criticar al texto de Peñaranda es que al autocriticar errores cometidos renuncia por “no haber dirigido bien el periódico y no haber instalado un adecuado sistema de filtros. Además –dice– le habíamos regalado al Gobierno una oportunidad única para volver a asediarnos”. La verdad es que Peñaranda como los otros directores fueron valientes y resistieron el maltrato, más allá de lo humano.

Raúl Peñaranda relata que “la presión aumentó en el momento en que el Gobierno controlaba dos tercios de ambas cámaras del Legislativo, el sistema judicial, el Ministerio Público, todas las antiguas superintendencias, la Contraloría General, el grueso de los sindicatos, dos tercios de municipios y gobernaciones y buena parte del sistema mediático; pero todavía quería más. Las encuestas señalaban que Morales tenía posibilidades ciertas de ser reelecto en 2014. Pero quería más. Quería controlarlo todo”. Es que, efectivamente, sin el control sobre la prensa, el autoritarismo cojea.

Isabel Mercado, siempre acechada por la tormenta, da cuenta de la creatividad y los esfuerzos en favor de la innovación digital, la investigación de calidad mientras se alimentaba la esperanza de nuevas inversiones para enfrentar la falta de publicidad.

Ya Salazar había visto cómo la animadversión política se tradujo en abierto boicot económico. “Ya no se trataba únicamente de la exclusión de P7 de la pauta publicitaria estatal, sino, incluso, de las presiones que ejercían las autoridades a la iniciativa privada para que no se anunciara en el periódico”.

Más adelante, Mery Vaca muestra cómo la pandemia –sobre llovido mojado– agrava la crisis económica mostrando la serie de factores que desataron la tormenta: acoso judicial, represión de periodistas, bloqueo informativo, innovación digital sin recursos y todo para mantener la independencia del periódico en un contexto de polarización y alineamiento de la mayoría de los medios con el poder.

Los cuatro testimonios son valiosos porque muestran los esfuerzos y el compromiso de los cuatro, pero sin duda es el relato de Mery el que produce un nudo en la garganta porque muestra hasta las lágrimas que, además de los errores cometidos en la gestión y que derivaron en la pérdida de un derecho para los lectores, las victimas últimas fueron el equipo de trabajadores que aun demandan se cumplan las obligaciones y se respeten sus derechos.

Brújula Digital /04/02/24/

https://brujuladigital.net/opinion/contra-viento-y-marea?fbclid=IwY2xjawF-jTtleHRuA2FlbQIxMQABHUsKd_qA6SiY8LaOMes8SXY6-zECnLmp26qoIsWaDdhqNdzzothk

El costo de la palabra

Por Sergio Ramírez, Premio Cervantes de Literatura*                   

El primer número de Página Siete se publicó en La Paz el sábado 24 de abril 2010, y el último el jueves 29 de junio de 2023, poco más de trece años después. Una vida intensa y azarosa, de lucha constante por mantener a flote una empresa informativa, acosada por el poder político, y que en este libro está contada por los cuatro periodistas que tuvieron a su cargo la dirección del diario, Raúl Peñaranda, Juan Carlos Salazar del Barrio, Isabel Mercado y Mery Vaca.

La historia dramática de Página Siete ilustra la lucha de los medios de comunicación que en América Latina persisten en informar de manera independiente, con valentía y sin concesiones, a costas de su propia existencia, y no pocas veces de la persecución, la cárcel, el exilio, y hasta la vida de los periodistas, como lo vemos repetirse en países como Venezuela, Guatemala, México, Colombia o Nicaragua, donde los trabajadores de prensa resultan víctimas de la represión política, así como de los carteles de la droga y el crimen organizado.

Página Siete nace cuando el presidente Evo Morales, dirigente indígena del Movimiento al Socialismo (MAS), ha sido reelegido ese año de 2010 con el 65 por ciento de los votos, en el auge del “socialismo del siglo veintiuno” que pregona el presidente de Venezuela, comandante Hugo Chávez, cuando una ola de gobiernos de izquierda de diferentes matices, crece en el continente, fruto de elecciones populares: Lula da Silva, un obrero metalúrgico, en Brasil; Fernando Lugo “el  obispo de los pobres” en Paraguay; José Mujica, un antiguo guerrillero tupamaro, en Uruguay; Rafael Correa, en Ecuador; Cristina Fernández de Kirchner, en Argentina; Daniel Ortega, que ha regresado al poder en Nicaragua; además de Cuba, donde el régimen de Fidel Castro es oxigenado por los petrodólares de Chávez.

Dentro de este panorama expansivo de la izquierda, esos mismos petrodólares de Chávez buscan asegurar instrumentos de influencia y poder a los gobernantes socios de su proyecto bolivariano, entre ellos la compra de medios de prensa; y es por lo que el diario La Razón, el más importante de La Paz, pasa a manos de empresarios ligados a los intereses venezolanos, en busca de convertirlo en aliado, o vocero del oficialismo. Y así nace la oportunidad para un nuevo periódico independiente.

Peñaranda, el primer director, señala que la independencia, la pluralidad, y la información a profundidad, fueron las metas que el periódico se propuso desde el inicio: “de ninguna manera podríamos defender intereses sectarios, partidistas”. Y para los cuatro directores, y autores de este libro, el término de diario independiente, muy distinto del término diario de oposición, se volvió esencial. Un periódico independiente no se opone a un gobierno enarbolando una bandera política. Escarba, investiga, saca a luz lo oculto. Reconoce aciertos y expone desaciertos. Informa.

Esta tarea nunca es fácil de entender, o de asimilar para el poder político, sobre todo cuando el brillo de su propio proyecto ideológico lo ciega. Y, así, un periódico independiente, que investiga a fondo los hechos, y no hace concesiones, se enfrentará tarde o temprano con ese poder, que, aunque originado en unas elecciones libres, y dueño de respaldo popular, no admite voces críticas, ni tolera otra verdad que la verdad oficial.

Bajo el segundo periodo presidencial de Evo Morales se afianzaba el “Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario” consagrado en la nueva constitución política de 2009; se seguían profundizando reformas económicas, entre ellas la reivindicación de los recursos naturales, minerales y gas, se ampliaban programas sociales transformadores, sobre todo en educación y salud. Y el presidente afianzaba su popularidad, al punto que en las elecciones de 2014 volvería a ser reelecto por más del 60 por ciento de los votos; pero, al mismo tiempo, consolidaba su control político sobre las instituciones, más allá de los límites democráticos.

“La presión del gobierno empezó a sentirse más fuertemente”, dice Peñaranda. “Todavía quería más un gobierno que controlaba dos tercios de ambas cámaras del Legislativo, el sistema judicial, el Ministerio Público, todas las antiguas superintendencias, la Contraloría General, el grueso de los sindicatos, dos tercios de municipios y gobernaciones y buena parte del sistema mediático…quería controlarlo todo. No podía haber un diario díscolo, que señalara los errores, las contradicciones, las inconsecuencias, las imposturas. Aunque ese diario sea moderado y razonable, ese diario molestaba, irritaba sobremanera…”.

El acoso contra Página Siete empezó a manifestarse desde el primer año de su existencia. Si el socialismo del siglo veintiuno de Chávez proveía recursos para comprar medios de comunicación, y de esta manera alinearlos, o silenciarlos, también proveía un modelo represivo contra aquellos que no se sometían, y del que se hacía uso constante en Venezuela con los diarios y revistas, los portales de noticias, las estaciones de radio y las cadenas de televisión; un modelo que en Nicaragua llevaría, a partir de 2018, a la cancelación de todo los medios críticos, confiscados y suprimidos, y los periodistas encarcelados o enviados al exilio.

Contra Página Siete se ensayaron medidas muy variadas, basadas todas en el uso de entidades del estado, la primera de ellas, y la más socorrida por el poder, la cancelación de las pautas de publicidad de las entidades controladas por el gobierno, y la presión a empresas privadas para no anunciarse; es el mismo díctum autoritario del viejo PRI de México, común como arma política en América Latina contra la prensa independiente: “no pago para que me peguen”.

Y, a la par, como detallan los autores del libro, la apertura de procesos judiciales por difamación, las auditorías arbitrarias y las multas, las acusaciones constantes de parte de voceros del gobierno, y los ataques de los medios de comunicación afines; el hostigamiento por medio de troles en las redes sociales; la interposición de obstáculos en el acceso a las fuentes oficiales, los ataques cibernéticos contra la página web del periódico. Un diario enemigo, que debía ser tratado como tal.

La independencia a la hora de informar, que presupone no tomar bando, y rechaza la afiliación partidaria, sólo puede ser entendida por un gobernante fiel a su identidad democrática, consciente de que la crítica, y aún la denuncia de los abusos de poder y de los casos de corrupción documentados, contribuyen a salvaguarda el estado de derecho, y hacen que el ejercicio de la función pública sea más cuidadoso consigo mismo, y por tanto más transparente.

Pero cuando el poder cae en la tentación autoritaria, y busca cerrar espacios, las voces críticas irritan, e incitan a la represión; y aquí la frontera entre regímenes de izquierda o de derecha desaparece, porque la regla de intolerancia y castigo a causa de la fiscalización, viene a ser la misma. El autoritarismo sólo cambia de ropaje, o de retórica, pero conserva el mismo rostro. Un rostro que tampoco ríe nunca, y jamás entiende de humor.

Página Siete, navegando contra la corriente, logró posicionarse como un medio de comunicación creíble y se ganó un amplio mercado de lectores, pero se trataba de un experimento arriesgado en términos empresariales, y nunca pudo ganar su punto de equilibrio financiero. A la hostilidad gubernamentales, que significaba el cierre de las fuentes de publicidad de entidades públicas, se sumaron otros factores, entre ellos la crisis provocada por la pandemia, y la tendencia mundial a la reducción, o desaparición, de los diarios impresos, sin que tampoco le fuera posible sumar suscripciones pagadas suficientes para sostener la edición digital.

Pese a todo, sobrevivió durante trece años, y la historia del país quedó reflejada en sus páginas.  De los años de auge político de Evo Morales, a su renuncia al cargo presidencial en 2019 antes acusaciones de fraude electoral y graves protestas populares, y su exilio en Argentina, a la recuperación del poder por la derecha con la presidencia provisional de Jeanine Áñez, al regreso del MAS tras el triunfo electoral de Luis Arce, y a la creciente división del partido oficial, patente desde  finales de 2021, entre las facciones de Morales y Arce, en disputa por el control del partido, y la futura candidatura presidencial.

En el último número de Página Siete, los periodistas de planta, que vivían en carne propia la crisis financiera y tenían meses de no cobrar sus salarios, firmaron todos una valiente y nostálgica nota de despedida: “Queremos recordar que Página Siete fue uno de los medios más premiados a lo largo de sus 13 años de vida y también uno de los pocos que marcó huella con revelaciones que destaparon hechos de corrupción y otros delitos…el trabajo periodístico fue clave para que la sociedad boliviana abra los ojos ante hechos de corrupción y todo tipo de injusticias”.

El relato a cuatro voces contenido en este libro representa un testimonio de las luchas del periodismo independiente latinoamericano por convertir la libertad de expresión en un instrumento de lucha cotidiana por la democracia, que lejos de quedarse en un concepto abstracto es un hecho que debe hacerse realidad cada día. La democracia la construyen también los medios de comunicación que asumen su papel crítico, y vigilan al poder político con integridad ética.

Es cuando la palabra libre cobra sus fueros, y se vuelve temida, porque el poder autoritario prefiere la palabra oficial, que es igual al silencio.

Madrid, diciembre de 2023

*Prólogo al libro Contra viento y marea