Salazar: “Mi propósito es buscar un periodismo de excelencia”

Tatiana Sanabria / La Paz

Después de medio siglo de trayectoria en el campo del periodismo, tanto en América Latina como España, Juan Carlos Salazar del Barrrio asumió un nuevo desafío en su carrera profesional: ser el director de Página Siete, con el objetivo de consolidarlo como un diario de referencia en el país, manteniendo la línea independiente y plural con la que fue fundado.

Si bien durante 12 años trabajó como Jefe del Servicio Internacional en Español de la agencia DPA, asegura que su nuevo cargo será uno de los mayores retos por ser su primera experiencia como director de un medio en Bolivia.

“Es un reto personal. Siempre se aprende en la vida, y yo aprenderé de mis colegas y de este nuevo ejercicio profesional”, asegura.

¿Qué objetivos se ha trazado al asumir este cargo?

En primer lugar quisiera decir con toda claridad que voy a mantener la línea editorial del periódico, de independencia y pluralidad que lo ha caracterizado.

Pero así como los periodistas estamos obligados a buscar la verdad por inalcanzable que sea,  creo que también estamos obligados a buscar un periodismo de excelencia y ese es uno de mis propósitos principales en el ámbito laboral.

Creo que Página Siete ya es un diario de referencia, pero hay que seguir trabajando y tengo algunas ideas y proyectos que voy a proponer a los redactores, porque sin un equipo  no se ,lo puede hacer.

¿Por qué decidió aceptar este cargo?

Es un lindo reto. Yo me había jubilado el 31 de diciembre de 2010, después de trabajar casi 40 años en la agencia alemana DPA, y había decidido volver a Bolivia para hacer las cosas que el periodismo, que es una profesión tan agitada, no me había dejado hacer durante tanto tiempo.

Tenía libros en la mente que empecé a escribir y también cumplir un viejo deseo de estudiar historia, pero bueno, Página Siete me tentó y agradecí la confianza. Para mí es un honor que hayan pensado en mí. Asumo el reto con mucho entusiasmo y responsabilidad.

¿Cuál será su estrategia para dirigir Página Siete?

A mí no me preocupa la línea editorial porque no debería ser una preocupación. Es decir, la Constitución Política del Estado garantiza el derecho a la libre expresión, el derecho a la libre opinión y libre interpretación.

Me preocupa esa percepción en determinados sectores de la sociedad –y creo que nos debería llamar a la reflexión– de que el ejercicio del periodismo independiente es un riesgo. En una sociedad democrática, en un Estado de Derecho no cabe o no debería caber ese temor.

¿Cuál será el mayor desafío en esta gestión?

El mayor desafío es eminentemente profesional, precisamente seguir levantando el periódico, buscar su consolidación como diario de referencia que es, ampliar su auditorio y mercado de lectores.

El periódico tiene tres años y tengo entendido que ya está saliendo de las dificultades iniciales que tiene todo diario al empezar, y  no tengo duda de que eso va a ser posible. Página Siete tiene un buen equipo de periodistas y simplemente hay que lograrlo.

¿Cómo ha visto el crecimiento de Página Siete durante estos tres años?

Bien, muy bien. Recuerdo que para el primer aniversario, Raúl Peñaranda me había pedido un artículo y le decía que el reto de un diario, ante la crisis de los medios tradicionales, era hacer el diario del día siguiente con la frescura del día de hoy.

Yo creo que Página Siete ha trabajado mucho en ese sentido y lo ha logrado, porque es difícil hacer hoy un diario, por una razón elemental: cuando un diario llega al puesto de venta, el lector ya está enterado de lo que pasó en el país, lo vio un día antes en Internet, en radio o en televisión, así que hay que darle una razón muy poderosa  al lector para que compra el periódico. El lector tiene que encontrar algo que  no haya visto en otros medios digitales.

Mi idea esa: hacer el periódico de mañana con la frescura de hoy. Ese es un reto importante y hay que intentarlo.

¿Qué expectativa tiene con todo lo que se viene ahora?

Estoy muy contento con las reacciones que estoy viendo en las redes sociales. Francamente no me las esperaba y veo un amplio apoyo, la gente me llama para darme ánimo.

Mis expectativos simplemente son trabajar para consolidar el periódico, expectativas netamente profesionales que espero conseguirlas.

Página Siete – 1 de septiembre de 2013

Raúl Garafulic: “Salazar tiene una de las más nutridas carreras periodísticas”

El presidente del Directorio de Página Siete, Raúl Garafulic, afirmó ayer que la designación de Juan Carlos Salazar como sucesor de Raúl Peñaranda tiene que ver con su “nutrida carrera periodística”, desempeñada desde los años 70.

Garafulic afirmó que después de haber evaluado algunos nombres de mucho prestigio y experiencia, “creemos que con Juan Carlos Salazar Página Siete ha hecho la mejor elección posible”.

¿Cuáles son las razones para la elección de Salazar?

Salazar tiene una de las más nutridas carreras  periodísticas que conozco y llegó a ser director del Servicio Internacional en Español de la agencia noticiosa alemana DPA. Él es un hombre que conoce y maneja muy bien  los secretos de la profesión. En los últimos años fue el brazo derecho del padre José Gramunt en el manejo de la agencia Fides, por lo tanto está perfectamente interiorizado del acontecer noticioso nacional.

¿Qué dice de su calidad humana?

He conversado con varias personas que trabajaron con él y todos destacan su extraordinaria calidad humana y por ello le será fácil integrarse al equipo de trabajadores de Página Siete. Además, es un hombre que ejercerá con comodidad  la representación del periódico ante las diferentes instancias de nuestra sociedad.

¿Cuáles son los desafíos?

Su trayectoria periodística garantiza que mantendrá una línea de pluralismo e independencia, con la necesaria dosis de valentía que requiere la dirección de Página Siete. Además, fue el propio Raúl Peñaranda uno de los que lo recomendó para el cargo.

¿Será fácil criticar a Salazar?

Juan Carlos fue expulsado de Bolivia por las dictaduras militares y vivió fuera del país durante 40 años, así que no tienen vinculaciones que lo expongan a ataques e injurias que puedan ser utilizados contra él.

Página Siete – 31 de agosto de 2013

Las envenenadas flechas de los indígenas del TIPNIS

“¿Dónde y en qué momento nos hemos distanciado?”, preguntaron los ministros Carlos Romero y Walter Delgadillo a Rafael Quispe en los días previos a la represión de la VIII Marcha del TIPNIS en Chaparina. Aún antes de los sucesos del 25 de septiembre, el gobierno era consciente del divorcio que se había producido entre el «presidente indígena» y sus «bases originarias» de Tierras Bajas. Como «en el jardín de los senderos que se bifurcan» de Jorge Luis Borges, era evidente que Evo Morales había tomado la senda equivocada. «Ahora tenemos un presidente con rostro indígena, pero con un pensamiento neoliberal y un corazón de dictador», era la significativa conclusión del decepcionado Rafael Quispe, dirigente de una de las organizaciones que contribuyó activamente al ascenso de Morales al poder.

Chaparina, el arroyo que separaba a los marchistas de los colonizadores en estado de apronte, no era precisamente el Rubicón, pero sí el gran obstáculo que debía cruzar necesariamente Evo Morales en su declarada decisión de construir la carretera por el corazón del territorio indígena del Isiboro Sécure. Está claro que no pudo sortearlo y que naufragó en sus aguas. La intervención policial no solucionó el conflicto. Por el contrario, removió y echó sal a las heridas abiertas en el proceso previo, potenció la causa del movimiento reivindicador y desnudó de manera dramática al gobierno en su pretensión de mantenerse como adalid de los derechos indígenas y de la Madre Tierra.

Virtualmente paralizado y actuando a remolque de la situación, Morales tardó más de 24 horas en comparecer ante la opinión pública para dar una explicación sobre el violento suceso, otras 24 para pedir disculpas a los indígenas por la «imperdonable» represión y 24 horas más para pedir perdón, como correspondía, dada la gravedad de los hechos. Su rostro, habitualmente impenetrable, apareció en las tres ocasiones nublado por la preocupación. Y no era para menos. Era la segunda vez en nueve meses que debía dar marcha atrás e intentar una rectificación del rumbo, en medio de una aguda crisis política. Si el «gasolinazo» de diciembre del 2010 había marcado un primer punto de inflexión en el “proceso de cambio”, Chaparina era el parteaguas.

Los marchistas no tardaron ni una semana en reagruparse y reanudar su caminata a la ciudad de La Paz. Rodeados de un movimiento solidario sin precedentes y con un gobierno desconcertado -y, ahora sí, maniatado-, los indígenas recuperaron la iniciativa y marcaron la agenda política de las siguientes semanas, al punto de arrancarle al régimen la Ley Corta sobre la intangibilidad del TIPNIS. ¿Cuánto pesó Chaparina en las elecciones judiciales del 16 de octubre? Es difícil saberlo, pero no hay ninguna duda de que contribuyó a reforzar el perfil plebiscitario de esos comicios.

El triunfal ingreso de los marchistas a La Paz el 19 de octubre, entre vivas a los héroes del TIPNIS y gritos de «¡Evo traidor!», devino en un nuevo acto plebiscitario. Algunos  masistas pidieron al presidente un golpe de timón. La renuncia de la ministra de Defensa, Cecilia Chacón, indignada por la violenta intervención policial, y la dimisión de Sacha Llorenti al ministerio de Gobierno, abrieron una oportunidad para el “cambio de rumbo”, pero Evo Morales no lo vio así.

El mandatario no sólo confirmó su hoja de ruta, sino que intentó revertir su derrota al alentar la contramarcha del Conisur e impulsar la “consulta póstuma”, congelar las investigaciones de la represión de Chaparina y, finalmente, premiar a Sacha Llorenti con la representación de Bolivia en Naciones Unidas.

Un año después de la intervención, no se sabe quién rompió la “cadena de mando” de los organismos represivos. “Yo sé quien dio la orden, pero no lo puedo decir”, admitió el vicepresidente Álvaro García Linera. La frase es de antología, pero las preguntas que formuló Cecilia Chacón al gobierno de Evo Morales quedarán para la historia por el silencio culpable que merecieron como respuesta: “¿Quién preparó el plan? ¿Quién lo propuso? ¿Quién lo autorizó? ¿Quién lo ejecutó? ¿Quién aplaudió que se ejecutara ‘limpiamente y sin bajas’?”.

En su afán de justificar lo injustificable, Sacha Llorenti declaró en vísperas de su renuncia que la policía reaccionó a una «agresión» de los indígenas, de quienes dijo que rodearon y amenazaron a los agentes con sus arcos y flechas, a las que describió como «armas letales». Y, ¡quién lo iba a decir!, resultó cierto. Los envenenados «flechazos» de los marchistas resultaron «letales» para el proyecto de Evo Morales, porque, como admitió el senador masista Eduardo Maldonado, el «proceso de cambio» quedó «herido de muerte».

Nueva Crónica – 2ª quincena de septiembre de 2012

Bajo el sombrero de cuero

El sombrero de cuero, tan popular como la flor de patujú, cubre su rostro moreno y oculta su mirada aguda e inquisidora. Su imagen recortada  en un mar de banderas blancas y tricolores, se ha convertido en ícono de las marchas indígenas. Absorto en sus pensamientos, como suele estar incluso cuando departe con sus compañeros, rara vez sonríe. La voz pausada, casi monótona,  y la palabra sencilla, medida, dan tono y forma a su timidez. Sus amigos lo describen como un hombre de carácter fuerte. Y así encara su misión, con una voluntad rayana en la terquedad.

Nacido en El Paraíso, asume su liderazgo como un mandato evangélico. “Como nos pidió Jesús, cuando dio toma tu cruz y sígueme, nosotros cargamos nuestra cruz y salimos a los caminos. Y como Jesús, fuimos golpeados y humillados”, reflexionó en la Carretera de la Muerte, con los moretones todavía a flor de piel. Fernando Vargas hablaba con la naturalidad de siempre, pocos días después de la represión de Chaparina.

Voz y rostro de las dos últimas marchas en defensa de la “Casa grande” de los pueblos Yuracaré, moxeño y chimán, el territorio indígena de Isiboro Sécure amenazado por la construcción de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, el líder del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) tiene sangre moxeña, ocho hijos, estudios a nivel técnico y una gran afición a la ganadería. Pero, a sus 48 largos años, es ante todo el abanderado de una vieja causa. En esa condición fue protagonista, víctima y testigo de la intervención policial con la que el gobierno de Evo Morales intentó dispersar la octava marcha de los indígenas de Tierras Bajas.

Ocurrió el domingo 25 de septiembre de 2011. Los policías –todavía no se sabe enviados por quién– lo detuvieron y apalearon, tras tomar por asalto el campamento de San Lorenzo de de Yucumo. Durante 24 horas, hasta que fue liberado en Rurrenabaque, soportó insultos y golpes. “Cuando llegué (a la carretera) yo vi que venían filas de policías  tras de mí. Había un hombre civil de blanco que me dijo: ‘A vos te conozco y vos sos responsable de todo esto, vos vas a pagar eso’. Está bien, le dije, pero vos también  vas a pagar por lo que vas a hacer ahora”, recordaría días después.

Nació el 2 de abril de 1964 en una propiedad de su padre, El Paraíso, hoy convertida en comunidad. Estudió hasta octavo en Gundonovia, en el norte del TIPNIS, y después se trasladó a Trinidad, donde sacó el bachillerato. “Luego, como siempre me gustó la ganadería, me  dediqué  a ese trabajo”, rememoró en una entrevista difundida  por la Fundación Tierra. Sus padres, de quienes aprendió el oficio, llegaron a tener más de 600 cabezas. En 1982 dejó su hogar y se fue a Santa Cruz, donde hizo el servicio militar y trabajó de obrero y zafrero. Seis años después regresó al Beni, cuando sus padres lo creían muerto.

“Fui como el hijo pródigo de la familia”, recordó. Volvió casado y su padre le compró una propiedad en El Paraíso, en 1989, pero apareció otro supuesto dueño con un  título que le otorgaba  derechos sobre cuatro comunidades y la tierra que le regaló su padre. Vargas le inició una demanda y cree  que, en venganza,  el terrateniente ordenó matar a uno de sus sobrinos de seis años. “Después de eso mis hermanos me dijeron que dejara esa propiedad; tuve que hacerlo, pero yo no le tenía miedo”, relató. Él dejó la propiedad pero insistió en la demanda. Para ello pidió ayuda a la Iglesia Católica, que le dio un empleo como promotor jurídico. No le pagaban, pero aprendió un nuevo oficio y como tal hizo trabajos de saneamiento y titulación. “También tenía mi ganadito, pero tras una inundación, en 1991, perdí todas las cabezas”. El golpe fue duro y no sabía qué hacer.

Fue cuando inició su relación con la dirigencia indígena. En esa época, entre 1992 y 1993, la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) impulsó el primer censo indígena, que arrancó en el TIPNIS. “Me capacitaron rápidamente y durante dos meses trabajamos con cuatro brigadas por todo el territorio”, recordó. En 1993 tomó un curso para técnicos jurídicos en Trinidad con catedráticos de la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz, a propuesta de los corregidores del TIPNIS.

En 1998 fue elegido secretario de Tierra y Territorio de la Subcentral del TIPNIS. En 2011 asumió la presidencia de la organización. “Todos los delegados, me parece, confiaron en mi persona”. Horas antes le habían preguntado: “Si nosotros te proponemos como candidato para presidente, no queremos que nos digas no, porque ahorita no hay otra persona en la que podemos confiar”. Y él les respondió: “Si ustedes consideran y mañana no me van a dar la espalda, yo acepto. Yo no quiero que cuando la lucha empiece me dejen”. Para entonces los indígenas ya habían tomado la decisión de realizar una nueva marcha.

Chaparina marcó su vida y selló su compromiso. Recuerda que llegó la policía y se lanzó en su persecución. “Me tumbaron, me volví a parar, pero me volvieron a golpear, y había una orden: ‘A este desgraciado hay que matarlo’. Después otro dijo que no: ´Deságanle la cara a punta de patadas’. Yo lo que hacía era cubrirme la cara y tirarme boca abajo”.

Un coronel espetó a los detenidos: “A nadie quiero escuchar hablar”. Los detenidos exigían a los policías que les desataran. El coronel les gritó: “¡Carajo!, ya les he dicho que nadie hable porque si no  les voy a tratar  realmente como animales”. En ese momento se paró Vargas y le dijo: “A ninguno de mis hermanos los va a maltratar. Si a mí me quieren, aquí estoy para que me maten, pero mátenme en este momento. Y él me dice: ‘si tuviera órdenes, lo haría en este momento’”.

La paliza le dejó dos costillas lastimadas y fuertes dolores que se agravaron con la caminata de dos las semanas siguientes, pero aguantó y entró a La Paz, triunfante, el 19 de octubre, y un año después protagonizó una nueva protesta, gracias al respaldo no solamente de sus bases, sino de su familia. “Mi mujer me dijo que tenga valor”, recordaría días después. Mucho antes, cuando asumió el liderazgo del TIPNIS, su esposa, Rafaela Menacho Monteverde, ya le había expresado su apoyo: “Me dijo que tenga valor y que no me deje influenciar, que jamás me deje comprar, que tengo que pensar en ella, en mis hijos y en mi reputación, y que eso hace grandes a mis hijos”.

Vargas no olvida Chaparina. “Ha despertado la conciencia de los bolivianos y ha logrado unir a todo el país en torno a la defensa del medio ambiente”, dijo mientras ascendía por la Carretera  de la Muerte, rumbo a Chuspipata, cerca de la Cumbre, en las puertas de La Paz. Todavía no había terminado la octava marcha y la novena ni siquiera se vislumbraba en el horizonte. Caminaba a paso lento y acompasado. De vez en cuando volteaba  la cabeza para constatar el ritmo de los marchistas. Haciendo visera con la mano derecha  para cubrirse del sol, contemplaba la larga fila multicolor que avanzaba serpenteando por la cornisa del camino, entre caídas de agua, precipicios y acantilados. “¡Ya falta poco!”, alentaba a sus compañeros.

Nueva Crónicas – 2ª quincena de septiembre de 2012

Marcelo, periodista

La producción periodística de Marcelo Quiroga Santa Cruz durante su exilio de Chile, Argentina y México (1971/77) es prácticamente desconocida en Bolivia, no solo porque la censura impuesta por la dictadura de Hugo Banzer Suárez impidió la difusión de sus escritos y opiniones en la prensa nacional de la época, sino también por la trayectoria al menos curiosa de la primera edición de Hablemos de los que mueren (1984), la recopilación de sus artículos periodísticos.

Publicado por la editorial Tierra del Fuego, una empresa fundada por un grupo de intelectuales argentinos en la Ciudad de México, el libro tuvo corto recorrido, debido, sobre todo, a los problemas económicos que confrontó la editora poco después del lanzamiento de la que sería su primera y única producción. No eran buenos tiempos, ni entonces ni ahora, para las aventuras editoriales independientes.

La edición de 1.000 ejemplares apenas tuvo circulación en la colonia de exiliados latinoamericanos y terminó, como el propio proyecto editorial, en el fondo de un depósito de la capital azteca. Su reedición en Bolivia tampoco tuvo suerte. El sangriento golpe de Luis García Meza y Luis Arce Gómez, que costó la vida del propio Marcelo, interrumpió la impresión en 1980.

La práctica política y obra teórica que desarrolló Quiroga Santa Cruz en Bolivia son harto conocidas por la opinión pública, debido al papel preponderante que desempeñó el líder socialista en la lucha democrática entre 1960 y 1980, año en que fue asesinado y sus restos desaparecidos por la dictadura de Luis García Meza y Luis Arce Gómez.

Opositor de primera línea de los regímenes militares dictatoriales de la segunda mitad del siglo XX, Quiroga Santa Cruz sentó en el banquillo de los acusados a los generales René Barrientos Ortuño y Hugo Banzer Suárez, acciones parlamentarias que le valieron la cárcel y el exilio. También dio prueba cabal de coherencia política al promover y ejecutar –como ministro de Minas y Petróleos del gobierno de Alfredo Ovando Candia (1970)– la nacionalización de la Bolivian Gulf Oil Company y encabezar la resistencia al golpe fascista del 21 de agosto de 1971. No menos conocida es su actuación, como fundador y líder del Partido Socialista-1 (PS-1), durante la apertura democrática de fines de la década de los 70.

Quiroga Santa Cruz dedicó los años del exilio a la cátedra, como profesor de Ciencias Políticas y Economía Política en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UNBA), primero, y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), después. Fueron años de intensa producción intelectual que fructificó en dos libros: El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1982), editados inicialmente en Buenos Aires y México, respectivamente, y después en Bolivia

Pero no fue su única actividad. Quiroga Santa Cruz alternó la docencia con el periodismo en varios medios. El Día, un diario que abrió sus páginas a los intelectuales latinoamericanos exiliados en México, y la agencia Inter Press Service (IPS) recogieron en columnas semanales sus análisis de la coyuntura política boliviana y regional.

Su actividad periodística coincidió con hechos de importancia ocurridos en Bolivia y América Latina, como el “abrazo de Charaña” de Banzer y Pinochet y el destape del escándalo de los sobornos de la Gulf Oil Company al general Barrientos Ortuño, para mencionar algunos, así como los dramáticos sucesos que acompañaron al proceso de militarización del Cono Sur, incluidas las acciones de la “Operación Cóndor”, una de las cuales costó la vida del general Juan José Torres.

La lectura de esas crónicas, a cuarenta años de distancia, muestra no solo la aguda y certera percepción de su autor, sino, en muchos casos, su inusitada actualidad, como reflejan los títulos de algunos de los escritos  “Los principios flexibles de una moralidad laxa”, “La pretensión de arrestar la historia”, “¡Qué bien estábamos cuando estábamos mal!”, “El hambre desde la opulencia”, etc.

A su paso por México, camino a La Habana, a fines de 1979 o principios de 1980, Marcelo me hizo depositario de un pasaporte duplicado. Me lo entregó en previsión de que tuviera que salir clandestinamente del país, como lo había hecho en ocasiones anteriores, y también previsión de que la represión no le diera tiempo a tomarlo para llevarlo consigo.

“Nunca se sabe  si lo necesitaré en caso de un nuevo exilio”, me dijo al entregarme el documento. Era, pues, como él mismo lo llamaba, un “pasaporte de emergencia”. Quien ha vivido el exilio sabe la importancia que tenía contar con un pasaporte, documento al que los perseguidos políticos no tenían derecho ni acceso fuera del país. Era la manera que tenían las dictaduras de controlar los movimientos de los opositores.

El pasaporte tiene un solo sello. El de su entrada a Lima, el 27 de diciembre de 1977, cuando se dirigía a Bolivia. Quiroga Santa Cruz viajó por tierra de Lima a la frontera con Bolivia y entró al país clandestinamente cuando Banzer ejercía todavía el poder. El pasaporte contiene otro importante. En la casilla correspondiente a la profesión, aparece la inscripción: “Periodista”. Probablemente es el único documento oficial en el que el líder socialista figura como periodista. Y lo fue. Y a carta cabal, como demuestran sus artículos de “Hablemos de los que mueren”.

Nueva Crónica – 2ª. Quincena de agosto de 2012