Presentación de Los hijos de Goni*

Al leer el libro de Quya Reyna, Los hijos de Goni, lo primero que me vino a la memoria fue una frase de Augusto Monterroso. El gran maestro del microrrelato, muy amigo de Bolivia, por cierto, dijo alguna vez: “La vida existe para volverse cuento”.

Me preguntaba también si estaba ante una serie de crónicas o ante una colección de cuentos, dos formas de escribir, el periodismo y la literatura, que, como dijo Jorge Suárez, son “dos formas de habitar el mundo”.

O, en palabras de un querido amigo y colega, Manu Leguineche, quien decía que el periodismo y la literatura son “orillas del mismo río”, la narrativa, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes. O “hijos de la misma madre”, a decir de Gabriel García Márquez; o “dos caras de la misma medalla”, según Graham Greene.

Quya, en sus relatos, navega en ambas aguas. Muestra el oficio del periodista al describir el mundo que habita con realismo descarnado, y lo recrea con la belleza de la palabra, como narradora.

La crónica es el género que más se acerca a la literatura, el más rico del periodismo, porque se vale de técnicas similares para la reconstrucción de escenarios, situaciones, ambientes y personajes, con un estilo libre, sin fronteras. El periodista e historiador británico Timothy Garton Ash la define como “la literatura de los hechos”.

Y es lo que hace Quya. Recrear los hechos con voz propia, reconstruirlos desde adentro, con las mejores figuras literarias, la utilización justa de la metáfora, la alegoría, el humor, la ironía o la paradoja.

“Mi incursión en el comercio callejero –escribe– fue desde muy pequeña, como la de varios alteños. Tu madre te tiene ahí adentro, en el vientre, vendiendo. Creces viendo vender y luego vendes. Ciclo de la vida aymara, supongo: vender primero en nailon, luego en un cochecito pequeño llamado ‘burrito’, luego en cochecito grande…”

¿En qué momento el periodista cruza la delgada frontera que separa el periodismo de la literatura?

A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río de la narrativa, pasar de una orilla a otra, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica. O una crónica como una novela. Como dijo Juan Villoro, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.

Y es lo que hace Quya Reyna. Reportea la vida de El Alto y el alteño con el rigor del periodista, pero con la sencillez y frescura del creador.

Como buena periodista, mira donde nadie mira y encuentra historias donde nadie las busca, en un mundo del que se habla mucho y se conoce poco.

El alteño –nos dice– es como el apthapi, “un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada”.

Quya, sin embargo, nos da la receta, la va construyendo desde su propia vivencia, para vaciar en un awayu multicolor todos los elementos que conforman la urbe que la vio nacer, y ofrecernos un plato que contiene los ingredientes de todas las cosechas y temporadas de ese conglomerado humano.

Hemingway solía recomendar a los futuros periodistas y escritores utilizar palabras sencillas y evitar expresiones ampulosas, adjetivos innecesarios, pero sobre todo les aconsejaba “no buscar mirlos blancos, ni grandes tragedias”, porque “todos los mirlos son negros, todas las tragedias son grandes y todos los sucesos son importantes”.

Quya utiliza palabras sencillas, sí, y evita las expresiones ampulosas y los adjetivos innecesarios, pero encuentra mirlos blancos, como el Huicho, y convierte episodios insignificantes en sucesos, como el negocio del baño público, un negocio redondo, ¡de 500 pesos diarios!, porque, claro, “el hombre caga todo el tiempo” y necesita un baño para cagar cuando está fuera de su casa.

Como escribí alguna vez, los personajes de una historia real o ficticia surgen de los pliegues de la memoria del autor, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos –o reinventarse– y hacer su propio recorrido.

Con Quya como testigo o, si acaso, como simple amanuense que se deja llevar por sus propias criaturas, seguimos el recorrido de Don Filomeno, de Doña Adela o de Zulma.

La poesía no está en las palabras sino en los personajes, en esos seres anónimos, ignorados, los “extraños”, como los llamaba la mamá Adela, pero trascendentales por su filosofía de vida.

Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los escenarios los que recrean a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de ellos, los recrean y los hacen suyos.

Es lo que vemos en los tendidos de mercadería de las caseritas, en los gritos de los vendedores ambulantes y la música a todo volumen de las ferias de Villa Dolores y Ciudad Satélite, en la lucha del “khamaneo” diario de los comerciantes minoristas.

Quya escribe que se quedó muda cuando vio por primera vez la ciudad de La Paz desde la Ceja de El Alto, a la que describe con sus “casas pequeñitas y edificios largos, sobresaliendo entre el paisaje”, y con el Illimani “bien acomodado entre las cordilleras, como si nos mostrara a esa ciudad y nos dijera: Esto es mío”.

La autora aborda temas lacerantes, dolorosos, dramáticos con ternura y sentido del humor, un sentido del humor que no significa superficialidad, porque detrás de la forma hay reflexión y, sobre todo, interpelación.

Quya dice que siempre se esforzó en desarrollar un sentido del humor muy amplio, desde lo vulgar, hasta lo más fino. Y, sin lugar a dudas, lo logra y con un gran estilo.

El mismo título del libro puede llevar a equívocos, a suponer que estamos ante un alegato político. Nace de una anécdota, del reclamo del padre a los hijos cuando dejaban restos de comida en el plato, un lujo que un pobre no se puede dar. ¡Pero que se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni?, les recrimina. Cuando Quya lee por primera vez Mafalda, a sus ocho años, lo primero que piensa es: ¡Cómo es posible que no coma sopa! La sopa cuesta mucho. ¡Esta es otra hija de Goni!

El regaño paterno no queda en una anécdota, porque lleva a la autora a preguntarse ¿qué significa ser hijo de Goni?

Sus reflexiones, breves y certeras, nacen de su agudo sentido de observación, una  mirada crítica, que muestra una realidad, la de El Alto y del alteño, alejada del mito y la ideología, como cuando escribe que “el Alto creó una ciudadanía a partir del dinero” o cuando declara que “el aimara es capitalista, pragmático y vela por sus propios intereses”.

Al referirse al espíritu emprendedor del alteño, escribe: “Yo creo que un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”, porque “por eso, nada más que por eso un alteño no puede vivir sin decirle a su vecino: tu envidia es mi bendición”.

Activista y medioambientalista por convicción, reflexiona: En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre, porque está acostumbrado a sacar provecho de todo lo que tiene y a reciclar todo lo que llega a las manos.

Los textos de Quya son “crónicas casi reales”, como describía Jorge Timossi a ese género indefinido que navega entre el periodismo y la literatura, un género sin límites ni fronteras, que admite todos los géneros y todos los estilos, donde la realidad se mezcla con la imaginación y la no-ficción se confunde con la ficción.

*Texto leído en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 5 de agosto de 2025.-

Raúl Salmón, periodista

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que la crónica policial es la mejor escuela de periodismo y narrativa; que en esa escuela aprendió a “contar una historia verdadera como si fuera una novela”, porque en la crónica roja “lo importante no es el suceso en sí, sino cómo se cuenta”.

En esa misma escuela, la escuela de los grandes narradores, se hizo periodista Raúl Salmón de la Barra (1926-1960). Como García Márquez, el autor de Escuela de pillos hizo de la crónica roja su campo de entrenamiento como narrador.

En uno de sus pocos textos autobiográficos, publicado a manera de prólogo al libro H, un texto de apuntes periodísticos, Salmón rememoró: “Cuando comencé a garabatear frases, oraciones, me hice reportero policial y deambulé por comisarías de barrio y celdas colectivas “donde guardan al hombre convertido en fiera” (Salmón, 1976, p. 1).

Se diría que estaba predestinado al oficio, porque nació en la Plaza San Pedro, en una casa ubicada frente al Panóptico, “donde no están todos los que son, ni son todos los que están”, según comentaba con humor (Ibid).

Salmón se inició a sus 20 años, en 1946, en el vespertino Ultima Hora. Siguió su carrera en los diarios La Noche, El Comercio, La Tribuna y El Diario de La Paz. En 1955 se trasladó a Lima, donde radicó hasta 1957, en lo que él denominaba un “exilio voluntario”. En ese lapso, trabajó en los periódicos Extra y Mundo, siempre como reportero policial, y en radio Central, como guionista.

Un índice bío-bibliográfico difundido en su momento por Radio Nueva América, menciona que viajó a México, Colombia y Europa como “enviados especial” y “corresponsal” de “varios diarios latinoamericanos” que no específica.

Como García Márquez y el periodista argentino Rodolfo Walsh, quien también se inició en el oficio como cronista policial, Salmón escribió durante todos esos años “sobre muertos, atracos y asesinatos”, e hizo “contactos –como él mismo decía– con el bien y con el mal” (Ibid).

En esa escuela aprendió a reconstruir los hechos como si fueran escenas de cine o de teatro.

De sus andanzas con “detectives y lanceros, morreros y soplones”, según escribió en su breve texto autobiográfico, salió su obra Escuela de pillos, publicada en 1949, que él denominaba “engendro teatral”, una obra que estuvo casi dos años en cartelera, con más de 500 representaciones. De esa misma época datan El canillita y Fuera de la ley.

Uno de los personajes de Escuela de pillos es precisamente un reportero policial. Aparece en el último acto entrevistando en el penal a un “hombre convertido en fiera”, acusado del asesinato de un policía. Parco y rutinario en el interrogatorio periodístico, el reportero desliza un comentario que refleja la opinión del autor sobre la Justicia: si algún día se castigara la lenidad de la Justicia  –dice–, “las cárceles se llenarían de jueces” (Salmón, 1995, p. 62).

Escuela de pillos reproduce en su contratapa la opinión del periodista y dramaturgo Humberto Palza Soliz, quien señalaba que “las obras de Salmón son comunicaciones antes que creaciones y están elaboradas dentro de lo realista y experimental”, con “la mayor desnudez, la suma crudeza, las crueldades y desgarramientos terribles en un mundo sucio, moral, espiritual” (Ibid).

Autodidacta, como todos los periodistas de su época, formó parte de esa generación que alternaba el trabajo con “la bohemia y el torbellino político”; cuando la labor periodística era a destajo y los periódicos se armaban en cajas de tipografía móvil y se imprimían en imprentas de prensa que no habían conocido la evolución posterior a Gutemberg, según recordó en un homenaje a Mario Guzmán Aspiazu, Ángel Salas, Víctor Hugo Villegas y otros colegas de su tiempo, recogido en el libro La palabra paceña; (Salmón, 1980, p. 127).

Describió al periodista de esa generación como un “hombre que, representando a la opinión pública, se convierte en fiscalizador del país a través de la noticia y de la opinión editorial”, que desarrolla su tarea “en un medio siempre conflictivo y siempre conflictual”, un trabajo que consideraba “ingrato”, porque “por cada halago, recoge diez desengaños” (Ibid).

En su breve texto autobiográfico, dice que rompió “suelas de zapatos en caminatas juveniles por latinoamericanas calles de Dios”, donde ganó experiencias y pasó hambres; que dio “unas cuantas vueltas al mundo (…) en pos de nuevas experiencias” para su triple afición: el periodismo, la radio y el teatro.

“Lo que aprendí, aprendí del periodismo”, le confesó al escritor y periodista Ricardo Sanjinés Ávila, en una entrevista publicada en el libro Sin Límite. (Sanjinés, 1996, p. 270).

Raúl Salmón o “RS”, como gustaba identificarse, es sinónimo de radio. Su nombre está indefectiblemente asociado a ese medio de comunicación y al propio periodismo radiofónico.

No existe mucha información sobre sus primeros años en el medio radiofónico. Hombre de radio al fin, en una época en que la incipiente técnica del audio no alcanzaba para salvar los archivos radiofónicos, los testimonios que pudo haber dejado se perdieron en el éter.

Su índice bío-bibliográfico menciona que en 1947, durante el gobierno de Enrique Hertzog,  fue “encarcelado y luego confinado por razones políticas”, que no especifica, y que en 1948 se traslado a Buenos Aires en su primer “exilio voluntario”.

El Diario del 21 de abril de 1948 anunció su retorno de Argentina contratado por Radio La Paz, para –según precisaba el periódico– “dirigir y supervisar una serie de programas” de la emisora paceña que mostrarían una “nueva modalidad” en el quehacer radiofónico.

Volvió a salir de Bolivia a mediados de los años 50, en un segundo “exilio voluntario”, esta vez rumbo a Lima, donde trabajó en varios medios.

Hizo época en radio Central como guionista de radioteatros. La emisora estaba ubicada en el mismo edificio que radio Panamericana, donde trabajaba otro joven reportero, Mario Vargas Llosa. Allí se conocieron.

En una entrevista concedida al periodista Raúl Peñaranda el 1 de febrero de 2014 para el diario Página Siete, en ocasión de su última visita a Bolivia, el Nobel de Literatura relató que Salmón fue “el primer escritor profesional” que conoció en persona y que lo buscaba mucho porque le “fascinaba su imagen”.

“Me iba constantemente a radio Central, que estaba en el mismo edificio, y era donde él escribía todos los radioteatros y todos los dirigía y todos los protagonizaba, realmente era multifacético y muy divertido”, afirmó.

En esa misma entrevista, negó, como ya lo había hecho varias veces antes, que hubiese pretendido escribir la biografía de Salmón en su novela La tía Julia y el escribidor, y afirmó que, como toda obra de ficción, exageró algunos de sus rasgos para dar vida a su personaje.

“Los modelos son solo eso; la novela estaba inspirada en ese personaje, pero hay muchísimas cosas que no tienen nada que ver con el Raúl Salmón de carne y hueso”, declaró.

En otra declaración de prensa, Vargas Llosa dijo que «ningún escritor tuvo jamás en el Perú el público de los radioteatros de Raúl Salmón”; que “los oían hasta las piedras” y que “los peruanos alfabetos, semianalfabetos, desde la aristocracia hasta el proletariado estaban encandilados por Salmón”.

A su retorno a Bolivia, a fines de los 50, trabajó en radio Altiplano, propiedad de Mario Carrasco Villalobos, nieto del fundador del matutino El Diario, pero a inicios de los 60 lanzó su propio emprendimiento. Adquirió radio América, emisora que relanzó el 12 de marzo de 1961 bajo el nombre de Nueva América, que muy pronto se convirtió en una de las favoritas de la audiencia paceña.

La radio de entonces no era la de hoy. A fines de los 60 e inicios de los 70, Bolivia contaba con un total de 102 emisoras. La quinta parte estaba en La Paz. La televisión llegó en 1969, con un único canal, el estatal.

Solo cuatro emisoras –Altiplano, Fides, Illimani y Nueva América– contaban con redacciones de prensa propias. Sus reporteros fueron también los primeros en utilizar grabadoras portátiles –primero a cuerda y después a pilas–, toda una innovación tecnológica para el periodismo radiofónico de la época.

Salmón presumía de haber modernizado la radiodifusión boliviana con la creación de nuevos formatos recreativos, como los radioteatros y los programas en vivo, y también periodísticos.

Fue un innovador en el periodismo radiofónico al introducir los espacios de opinión, como Sepa usted,  El informal y Anverso y Reverso, que competían con el editorial ¿Es o no es verdad? del padre José Gramunt, de Radio Fides, y también el comentario humorístico político, con Trapitos al sol, un antecedente de otros programas de ese mismo estilo que surgieron en los años posteriores.

En Sepa Usted y El Informal contó con el apoyo de un gran periodista de la época, Mario Guzmán Aspiazu, conocido por el pseudónimo de Sagitario.

También introdujo en los noticieros el “periodismo testimonial”, como él lo denominaba, un trabajo reporteril que consistía en la difusión de la noticia en directo y desde el mismo lugar de los hechos, un tipo de cobertura que no era común en la época.

En un artículo publicado en la Revista Boliviana de Comunicación en octubre de 1986 bajo el título “Esbozo sobre la radio en Bolivia”, escribió que la radio vivía entonces su “momentos de oro”.

Cuando el periodista Sanjinés Ávila le preguntó a qué atribuía el éxito de Radio Nueva América, dijo que hizo radio “cuando la radio era la mística de trabajo sin vueltas ni revueltas” (Ibid).

Presidió en varias ocasiones la Asociación Boliviana de Radiodifusoras (Asbora) y fue el primer presidente de la Cámara Nacional de Medios de Comunicación Social, fundada meses antes de su fallecimiento.

La Sociedad Española de Radiodifusión (SER) le otorgó en 1986 el prestigioso Premio Ondas por “sus esfuerzos en la defensa de la libertad de expresión”, una distinción que trece años antes, en 1974, había recibido el padre José Gramunt, director de Radio Fides. Son los dos únicos bolivianos que recibieron ese galardón.

En una entrevista concedida al suplemento cultural Puerta Abierta del diario Presencia de La Paz, el 4 de agosto 1990, dos meses antes de su fallecimiento, resumió su ideario en materia de periodismo y radiodifusión.

Dijo que “la libertad de expresión nace con el hombre” y que “los comunicadores sociales resguardan esa libertad escribiendo y hablando con responsabilidad”, porque “es la única forma de no incurrir en el grave pecado del libertinaje”. Agregó que “en la naturaleza de todo medio debe estar impresa la obligación de defender la libertad de expresión que no es ningún tipo de beneficio otorgado por el gobierno alguno”.

También se mostró contrario a cualquier reglamentación de la libertad de expresión. “La experiencia latinoamericana señala –afirmó– que allí donde la ley hace prohibiciones en materia de medios de comunicación, es donde surge la trampa o la infracción”. En este sentido, se manifestó partidario de “mentalizar al público para que ejercite su derecho de elección y selección que consiste simplemente en mover el dial de un televisor”.

Creía en la función fiscalizadora del periodismo. A la pregunta de Sanjinés Ávila sobre si le había molestado la crítica de la prensa a su gestión edilicia, respondió: “Fui fiscalizador; y  no me incomoda ser fiscalizado”. Al fin y al cabo, como decía de sí mismo, era un “periodista transitoriamente convertido en alcalde”.

En el homenaje que rindió a Sagitario, su compañero en Sepa Usted y El Informal, y al trazar su perfil, tal vez pensaba en su propia labor periodística. Elogió su “tozuda lucha por la libertad de expresión”, “la defensa del hombre víctima de la pobreza y la injusticia”, sus “tiernas crónicas en defensa del niño” y su “lucha comprometida –y por ello mismo digna– que no supo de claudicaciones, acomodos ni tentaciones” (Ibid).

A pesar de haber dicho que se vacunó temprano “contra la politiquería y su mugre militante” y que, como “periodista independiente”, fue un “hombre sándwich, golpeado, permanentemente, por los de arriba y por los de abajo”, finalmente hizo carrera política como alcalde de La Paz.

Fue el primer radialista que se lanzó a la arena política, ejemplo que seguiría años después el compadre Carlos Palenque.

Tenía un gran sentido del humor,  un humor –como escribió Alfonso Prudencio Claure (Paulovich) en la contratapa de Penúltimas H– “extraído del pueblo mismo”, que se reflejaba no solo en sus comentarios periodísticos y su obra literaria, sino también en las opiniones que vertía sobre sí mismo.

Haciendo gala de ese humor, se presentó en el breve prólogo a su libro Penúltimas H con el siguiente texto que denominó “autobombo”: “Doctor en Filosofía, Letras y Ramas Anexas; miembro de la Real Academia de la Mala Lengua Española; catedrático Honoris Causa y profesor de los Cursos de Castellano para extranjeros malhablados en la Universidad de ‘lo que natura no da, Salamanca no presta’. Es autor, entre otros enjundiosos libros, de la Historia de las malas palabras iberoamericanas; Surrealismo, pesimismo y pistolerismo; El boliviano feo y el chileno simpático; El hombre del brazo… de palo, etc.” (Salmón, 1977, p. 1).

Claro, no era el mismo concepto que tenían de él destacados intelectuales de su época, como el escritor Fernando Diez de Medina, quien, en un artículo publicado en El Diario el 27 de noviembre de 1986 bajo el título “El hombre de Nueva América”, lo reivindicó como político y periodista, al describirlo como “paladín de las causas justas y veraz servidor de la cultura”.

“Su amor al bien y su culto a la verdad –escribió– le labraron numerosísimos amigos  y no pocos enemigos, pues libró valerosas campañas denunciando peculados, tropelías políticas y actos ilícitos merecedores de sanción”.

(Texto leído por el autor  en el homenaje a Raúl Salmón, organizado por la Academia Boliviana de la Lengua el 30 de junio de 2025 en el Centro Cultural de España, con motivo del centenario de su nacimiento).

Luis Ramiro Beltrán, el adelantado

Tenía 12 años cuando se inició en el periodismo, en La Patria de Oruro, y 16 el día que asumió la jefatura de Redacción del periódico. Cuando llegó al diario La Razón de La Paz, cumplidos los 18, ya era un periodista hecho y derecho. A sus 23 años escribió el guión de la primera película sonora del cine boliviano, Vuelve Sebastiana, y cuando se incorporó a la Universidad de Michigan en 1964 para cursar el doctorado en Comunicación, era un comunicador formado.

Luis Ramiro Beltrán Salmón (1930-2015) siempre fue un adelantado a la hora de abrir caminos.

Hijo de otros dos precursores, llevaba el periodismo en la sangre. Su padre, Luis Humberto Beltrán, fundó el diario La Mañana de Oruro, y su madre, Betsabé Salmón, fue una de las pioneras del periodismo femenino en Bolivia, fundadora de la revista Feminiflor, la primera en su género, en los años 20 del siglo pasado.

La revolución de las nuevas tecnologías y la explosión de las redes sociales han puesto de moda conceptos tales como “periodismo ciudadano” y “periodismo participativo”. Sus teóricos hablan de “democratizar la información”, de “desintermediarla”, de hacer partícipes a los ciudadanos del proceso informativo y comprometerlos en la elaboración y difusión de sus contenidos, en una suerte de “democracia virtual” que encuentra su natural correlato político en la “democracia participativa”.

¿Quién lo dijo antes?

Cuando Luis Ramiro Beltrán acudió a Ottawa el 7 de diciembre de 1983 para recibir el Premio McLuhan, el “Nobel de la comunicación social”, ya había escrito sobre la necesidad de “democratizar la información” y había propuesto “un cambio de la comunicación vertical/antidemocrática hacia la comunicación horizontal/democrática”. Y ya había formulado el concepto de la «comunicación alternativa para el desarrollo democrático».

Nació en Oruro el 11 de febrero de 1930. Autodidacta en sus inicios, como reportero en La Patria y La Razón, estudió periodismo y técnicas de cine y televisión en Puerto Rico, donde trabajaba para el Servicio Agrícola Interamericano, y en 1972 obtuvo el doctorado en Comunicación y Sociología en la Universidad de Michigan.

Conocedora de su afición por la lectura, Doña Betsabé, su madre, guía y maestra, lo llevó a Buenos Aires en 1940, a sus 10 años, para que conociera al famoso periodista y escritor Constancio C. Vigil, editor de la revista infantil Billiken, de la que era un lector consumado.

Dos años después, en 1942, aprovechando su amistad con el director de La Patria, Rafael Peláez, logró que lo admitiera como aprendiz de reportero. En 1948, cuando todavía cursaba el último año de secundaria en el Instituto Americano de La Paz, se incorporó a La Razón, el primer “diario moderno” de Bolivia, el que fundó y financió el magnate minero Félix Avelino Aramayo, en 1917, adquirido posteriormente por su hijo, Carlos Víctor, uno de los barones del estaño. Una foto de la época lo muestra junto a Alfonso El Abate Tellería, Hugo Alfonso El Padrino Salmón, Ramiro Cisneros y Walter Montenegro como integrante de la emblemática redacción de ese periódico, precursora del periodismo profesional boliviano.

Un años antes, en 1947, acudió a un foro internacional organizado por el New York Herald Tribune, en el hotel Waldorf de Nueva York, donde habló en representación de los estudiantes de América Latina en un diálogo público con el millonario Nelson Rockefeller, la actriz sueca Ingrid Bergman y el político peruano Víctor Haya de la Torre.

En 1953, antes de su viaje a Puerto Rico, donde realizó sus primeros estudios de periodismo y cine y televisión, Jorge Ruiz, pionero del cine sonoro boliviano, le pidió que escribiera el guion de Vuelve Sebastiana, sobre la milenaria etnia chipaya en riesgo de extinción, una película considerada precursora del género de “docuficción” y de lo que años después iría a llamarse el “Nuevo Cine Latinoamericano”.

Beltrán, que por entonces no tenía ninguna idea del lenguaje cinematográfico, leyó cuanto pudo sobre el tema, que por esa época no era mucho. Munido de la información que pudo obtener se lanzó a la “íntima aventura” de escribir el guion. “Tenso y anhelante –declaró años después–, empleé días y noches revisando apuntes, confrontando dudas, intentando esto y aquello e inclusive hablando a solas conmigo mismo hasta terminar de cumplir el delicado encargo lo mejor que pude”.

La película relata la historia de una niña pastora (Sebastiana Kespi) cuya curiosidad la lleva a salir de su comunidad y adentrarse en un pueblo vecino hostil, que antes había sometido a su comunidad al aislamiento, donde conoce a un niño aymara (Jesús) con el que entabla una relación de amistad y solidaridad por encima de las diferencias étnicas y grupales.

Según el crítico cinematográfico Mauricio Souza Crespo, “Vuelve Sebastiana no es sólo el principio de la visibilidad del cine boliviano sino de una obsesión moral: la de los peligros de la migración del campo a la ciudad. Es a la descripción de esos peligros que Jorge Sanjinés dedicará luego casi toda su obra cinematográfica”.

La película obtuvo los primeros lauros internacionales para el cine boliviano en los festivales de Cine Documental y Experimental de Uruguay (1956), Santa Margherita de Italia (1958) y Cine Documental de Bilbao, España (1961).

Beltrán trabajó como representante de USAID y de varias agencias de Naciones Unidas en diferentes países de América Latina y consultor de la UNESCO en París; dirigió varios proyectos de comunicación, muchos de ellos enfocados a la agricultura, la ganadería y el mundo rural, que él englobaba bajo la definición genérica de “comunicación para el desarrollo”, pero dedicó mayoritariamente su tiempo y esfuerzo al estudio y la investigación de los fenómenos comunicacionales.

En su famoso ensayo Adiós a Aristóteles. La comunicación horizontal, publicado en 1979, definió la comunicación como un “proceso de interacción social democrática”.

Beltrán entendía la comunicación como un proceso de relaciones sociales, un fenómeno de intercambio múltiple de experiencias y no un ejercicio unilateral de influencia individual, una definición que contrastaba con la noción tradicional de considerarla como un simple acto de transmisión de información de fuentes activas a receptores pasivos.

Consideraba al diálogo como el eje central de la “comunicación horizontal”, porque permite una genuina “interacción democrática” y porque posibilita la retroalimentación, que da lugar a una comunicación multidireccional equilibrada, en la que todas y cada una de las personas pueden dar y recibir una comunicación en condiciones similares. “Toda persona –decía– debe contar con oportunidades similares para emitir y recibir mensajes de manera que se evite la monopolización de la palabra mediante el monólogo”.

Una de sus divisas era “no renunciar jamás a la utopía”. Bajo esa consigna, apoyó activamente la formulación del Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación” (NOMIC) y la difusión del famoso Informe MacBride (“Voces múltiples, un solo mundo”), redactado por una comisión presidida por el Premio Nobel de la Paz irlandés Seán McBride, en 1980, bajo los auspicios de la UNESCO.

Admirador del filósofo y comunicador canadiense Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), quien acuñó en la década de los 60 el término “aldea global” para describir la interconexión mundial a través de las comunicaciones, Beltrán declaró al recibir el Premio McLuhan, el 17 de diciembre de 1983, que nunca imaginó que su nombre pudiera estar algún día vinculado al del gran pensador de la comunicación. “En el umbral de 1984, hagamos votos de todo corazón porque el sueño de McLuhan de una fraterna ‘aldea global’ prevalezca sobre la pesadilla de Orwell”, dijo en la ocasión, en alusión a la novela de George Orwell (1984).

Considerado como uno de los fundadores de la escuela crítica de la comunicación en América Latina, el Centro Internacional de Estudios Superiores para América Latina (CIESPAL), con sede en Quito, Ecuador, lo describió como “un pensador incómodo e intempestivo”, que influyó decisivamente en el “pensamiento emancipatorio” de la comunicación de los años 70.

Beltrán postuló la comunicación horizontal, democrática, como instrumento del cambio social, frente a la comunicación vertical/antidemocrática, cuando nadie hablaba de comunicación participativa ni de “periodismo ciudadano”; cuando no existían redes sociales, que supuestamente han “democratizado” la comunicación, ni nadie mencionaba que el propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo. Luis Ramiro Beltrán Salmón, que lanzó tales ideas cuando no eran moda y cuando las ciencias de la Comunicación en América Latina estaban en pañales, fue un pionero y un revolucionario. Aunque en esa época él no lo supiera.

Raúl Rivadeneira Prada, pionero en el estudio de la comunicación social

Robinson Crusoe sobrevivió 28 años en la isla de la “Desesperación”, como la bautizó, en “estado de naturaleza” y sin comunicación con otros seres humanos. Pero la soledad y la incomunicación del náufrago, aún antes del rescate de Viernes, era relativa, porque el héroe de la novela del periodista y novelista inglés Daniel Defoe (1660-1731) compensaba sus “necesidades comunicativas” con la lectura de los libros y el uso de las herramientas e instrumentos que logró rescatar del naufragio, “recursos socioculturales” que le permitían establecer una “comunicación intrapersonal”.

Así lo entendía Raúl Rivadeneira Prada (1940-2017), teórico de la comunicación, quien sostenía que aún en las condiciones de vida solitaria, la comunicación está presente a través de la transmisión de información (sintáctica), los significados de los mensajes (semántica) y sus efectos sobre la conducta humana (pragmática).

Rivadeneira Prada consideraba que la comunicación es “un fenómeno psicosocial básico, sin el cual resulta impensable la misma sociedad”, tanto más si “la información e intercambio de ella es conditio sine qua non para el desarrollo de la vida psíquica, biológica y social de cualquier ser humano individual”.

Al estudio de este fenómeno dedicó gran parte de su vida profesional.

Periodista, abogado, escritor, docente universitario y académico, Rivadeneira Prada fue un pionero en el estudio de la comunicación social a nivel latinoamericano. Sus libros La opinión pública (1976) y Periodismo (1977), dos clásicos con más de 20 ediciones desde su publicación en México, fueron textos oficiales en las escuelas y facultades de Periodismo y Comunicación Social de varias universidades del continente.

Nacido en Sucre el 7 de mayo de 1940, estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y realizó un curso de especialización en periodismo en el Instituto Konrad Adenauer de Alemania (1965-1966). Con una larga experiencia en la docencia universitaria, fue profesor de Periodismo en la Escuela de Ciencias de las Comunicación del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), de Guadalajara, México; Asesor académico en la Universidad Autónoma de Baja California, de Tijuana, México (1974-1977), y director de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana (1993-1999).

Como periodista, dirigió el diario católico Presencia, de La Paz (1998-1999). Discípulo del crítico Juan Quirós, fue un activo colaborador de la revista Signo.

Publicó más de treinta libros sobre teoría de la comunicación y periodismo, lexicografía y lingüística, narrativa y crítica literaria, y centenares de artículos periodísticos y ensayos sobre los temas de su especialidad.

En su primer libro, La opinión pública, analizó el complejo fenómeno de la opinión pública a la luz de la teoría general de los sistemas, en tanto que en el segundo, Periodismo, realizó un examen metodológico de los símbolos y códigos de la prensa escrita y un análisis del mensaje, la noticia, la opinión pública, la propaganda, la libertad de prensa y otros temas de la comunicación.

El alemán Otto A. Baumhauer, uno de los más prestigiosos teóricos de la comunicación de la segunda mitad del siglo pasado, autor de La situación de las ciencias de la comunicación, La comunicación y el entorno,y Comunicación y educación, lo elogió por “la reflexión teórica y científica de los fenómenos psicosociales” de la comunicación y por haber mostrado “de modo ejemplar una serie de interrelaciones en los sistemas comunicativos, de la que resultan las opiniones públicas, controles sociales y climas comunicativos”.

Publicó seis libros sobre lexicografía, como Lexicosas (2009) y La pureza del idioma (2013), y otros seis sobre crítica literaria: Rulfo en llamas (1980), El teatro de evocación de Guillermo Francovich (1989), El grano en la espiga (1997), Troja literaria (2002), Escritores en su tinta (2009), La escritura inaugural de Mario Vargas Llosa (2012), y un libro testimonial sobre el Teatro Experimental Universitario de la UMSA: Historia del TEU (1999).

Con Carlos Coello, Mario Frías Infante y Carlos Castañón Barrientos, integró el equipo de lexicógrafos bolivianos que incorporó 2.809 bolivianismos a la última edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Fue el primero en realizar una aproximación a la narrativa de Rulfo (El llano en llamas y Pedro Páramo) desde el punto de vista de la teoría general de sistemas, aporte que el escritor Alfonso Gumucio Dagron, comunicador como él, describió como “un desafío innovador, casi temerario”. En la presentación de Rulfo en llamas, ensayo publicado originalmente en México, el poeta Jesús Urzagasti señala que el trabajo de Rivadeneira pone al descubierto “el secreto orden, el andamiaje oculto de un artista y poeta”, en la obra rulfiana.

Según el poeta y periodista Pedro Shimose, fue “uno de los narradores más notables de su generación y un excelente crítico literario”, cuya “trayectoria como periodista, lexicógrafo y profesor universitario relegó injustamente su obra literaria a un segundo plano”. Como narrador, publicó El tiempo de lo cotidiano (1987), Colección de vigilias (1992), Tiempo de ficción (2007) y El saxofonista y su perro cantor (2013).

Ingresó a la Academia Boliviana de la Lengua el 26 de septiembre de 1985 con el discurso “Lenguaje y era audiovisual”. La respuesta estuvo a cargo del periodista e historiador Rodolfo Salamanca Lafuente. Ocupó la silla F y dirigió la corporación de 2005 a 2011. También fue miembro de número de la Academia de Ciencias de Bolivia y de la Academia Boliviana de la Historia.

Rivadeneira Prada se ocupó ampliamente de la comunicación política a partir del análisis de los discursos partidarios, la propaganda y el manejo mediático de los partidos, sobre todo en los periodos electorales, como lo hizo en La guerra de los insultos (1979) y en El laberinto político en Bolivia (1984).

Fue uno de los primeros en abordar el tema de la globalización desde la perspectiva de la comunicación política. En un ensayo publicado en abril de 2008 (“Globalización de la comunicación y democracia”), señaló que la globalización “es un problema de opinión pública, pero no de una opinión pública tradicionalista, conservadora de papeles institucionalizados”, sino de “una opinión pública que disuelve la frontera entre sociedades ricas en información y sociedades pobres en información”.

Rivadeneira Prada supo conjugar la práctica con la teoría, como reportero y teórico de la comunicación. Daba crédito al valor empírico vocacional, pero también al conocimiento, porque, al fin y al cabo, como decía, “el estudio del periodismo es inseparable del de la comunicación humana” y sobre todo del “sistema de comunicación de masas”.

Defensor intransigente de la libertad de prensa y luchador por los derechos civiles, presidió la Asociación de Periodistas de La Paz (1970-71) en un periodo crítico de la historia nacional, entre 1970 y 1971, y sufrió las consecuencias de su activismo durante las dictaduras de Hugo Banzer Suárez y Luis García Meza como exiliado en Argentina y México.

Sostenía que “la censura y la propaganda son tan antiguos como cualesquiera otras formas de intervención en las cuestiones públicas o privadas”, y que “los formadores de opinión han sido y son los más perseguidos por el Estado o por quienes detentan la autoridad que emana de él; por organizaciones sociopolíticas o económicas y aun por individuos”. Falleció en La Paz el 18 de mayo de 2017.