Al leer el libro de Quya Reyna, Los hijos de Goni, lo primero que me vino a la memoria fue una frase de Augusto Monterroso. El gran maestro del microrrelato, muy amigo de Bolivia, por cierto, dijo alguna vez: “La vida existe para volverse cuento”.
Me preguntaba también si estaba ante una serie de crónicas o ante una colección de cuentos, dos formas de escribir, el periodismo y la literatura, que, como dijo Jorge Suárez, son “dos formas de habitar el mundo”.
O, en palabras de un querido amigo y colega, Manu Leguineche, quien decía que el periodismo y la literatura son “orillas del mismo río”, la narrativa, una hermosa descripción de la simbiosis de los dos lenguajes. O “hijos de la misma madre”, a decir de Gabriel García Márquez; o “dos caras de la misma medalla”, según Graham Greene.
Quya, en sus relatos, navega en ambas aguas. Muestra el oficio del periodista al describir el mundo que habita con realismo descarnado, y lo recrea con la belleza de la palabra, como narradora.
La crónica es el género que más se acerca a la literatura, el más rico del periodismo, porque se vale de técnicas similares para la reconstrucción de escenarios, situaciones, ambientes y personajes, con un estilo libre, sin fronteras. El periodista e historiador británico Timothy Garton Ash la define como “la literatura de los hechos”.
Y es lo que hace Quya. Recrear los hechos con voz propia, reconstruirlos desde adentro, con las mejores figuras literarias, la utilización justa de la metáfora, la alegoría, el humor, la ironía o la paradoja.
“Mi incursión en el comercio callejero –escribe– fue desde muy pequeña, como la de varios alteños. Tu madre te tiene ahí adentro, en el vientre, vendiendo. Creces viendo vender y luego vendes. Ciclo de la vida aymara, supongo: vender primero en nailon, luego en un cochecito pequeño llamado ‘burrito’, luego en cochecito grande…”
¿En qué momento el periodista cruza la delgada frontera que separa el periodismo de la literatura?
A García Márquez no le costó trabajo cruzar el río de la narrativa, pasar de una orilla a otra, porque había descubierto que la historia contada en un reportaje o una crónica no solo podía llegar a ser igual a la vida, sino mejor que la vida misma. Es lo que le permitió escribir una crónica como un cuento y un cuento como una crónica. O una crónica como una novela. Como dijo Juan Villoro, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”.
Y es lo que hace Quya Reyna. Reportea la vida de El Alto y el alteño con el rigor del periodista, pero con la sencillez y frescura del creador.
Como buena periodista, mira donde nadie mira y encuentra historias donde nadie las busca, en un mundo del que se habla mucho y se conoce poco.
El alteño –nos dice– es como el apthapi, “un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada”.
Quya, sin embargo, nos da la receta, la va construyendo desde su propia vivencia, para vaciar en un awayu multicolor todos los elementos que conforman la urbe que la vio nacer, y ofrecernos un plato que contiene los ingredientes de todas las cosechas y temporadas de ese conglomerado humano.
Hemingway solía recomendar a los futuros periodistas y escritores utilizar palabras sencillas y evitar expresiones ampulosas, adjetivos innecesarios, pero sobre todo les aconsejaba “no buscar mirlos blancos, ni grandes tragedias”, porque “todos los mirlos son negros, todas las tragedias son grandes y todos los sucesos son importantes”.
Quya utiliza palabras sencillas, sí, y evita las expresiones ampulosas y los adjetivos innecesarios, pero encuentra mirlos blancos, como el Huicho, y convierte episodios insignificantes en sucesos, como el negocio del baño público, un negocio redondo, ¡de 500 pesos diarios!, porque, claro, “el hombre caga todo el tiempo” y necesita un baño para cagar cuando está fuera de su casa.
Como escribí alguna vez, los personajes de una historia real o ficticia surgen de los pliegues de la memoria del autor, escondidos como estaban en rincones desapercibidos, para inventarse a sí mismos –o reinventarse– y hacer su propio recorrido.
Con Quya como testigo o, si acaso, como simple amanuense que se deja llevar por sus propias criaturas, seguimos el recorrido de Don Filomeno, de Doña Adela o de Zulma.
La poesía no está en las palabras sino en los personajes, en esos seres anónimos, ignorados, los “extraños”, como los llamaba la mamá Adela, pero trascendentales por su filosofía de vida.
Con los personajes surgen los escenarios y muchas veces son los escenarios los que recrean a los personajes. Están ahí a la espera de que el autor los rescate. Los paisajes se apropian de ellos, los recrean y los hacen suyos.
Es lo que vemos en los tendidos de mercadería de las caseritas, en los gritos de los vendedores ambulantes y la música a todo volumen de las ferias de Villa Dolores y Ciudad Satélite, en la lucha del “khamaneo” diario de los comerciantes minoristas.
Quya escribe que se quedó muda cuando vio por primera vez la ciudad de La Paz desde la Ceja de El Alto, a la que describe con sus “casas pequeñitas y edificios largos, sobresaliendo entre el paisaje”, y con el Illimani “bien acomodado entre las cordilleras, como si nos mostrara a esa ciudad y nos dijera: Esto es mío”.
La autora aborda temas lacerantes, dolorosos, dramáticos con ternura y sentido del humor, un sentido del humor que no significa superficialidad, porque detrás de la forma hay reflexión y, sobre todo, interpelación.
Quya dice que siempre se esforzó en desarrollar un sentido del humor muy amplio, desde lo vulgar, hasta lo más fino. Y, sin lugar a dudas, lo logra y con un gran estilo.
El mismo título del libro puede llevar a equívocos, a suponer que estamos ante un alegato político. Nace de una anécdota, del reclamo del padre a los hijos cuando dejaban restos de comida en el plato, un lujo que un pobre no se puede dar. ¡Pero que se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni?, les recrimina. Cuando Quya lee por primera vez Mafalda, a sus ocho años, lo primero que piensa es: ¡Cómo es posible que no coma sopa! La sopa cuesta mucho. ¡Esta es otra hija de Goni!
El regaño paterno no queda en una anécdota, porque lleva a la autora a preguntarse ¿qué significa ser hijo de Goni?
Sus reflexiones, breves y certeras, nacen de su agudo sentido de observación, una mirada crítica, que muestra una realidad, la de El Alto y del alteño, alejada del mito y la ideología, como cuando escribe que “el Alto creó una ciudadanía a partir del dinero” o cuando declara que “el aimara es capitalista, pragmático y vela por sus propios intereses”.
Al referirse al espíritu emprendedor del alteño, escribe: “Yo creo que un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”, porque “por eso, nada más que por eso un alteño no puede vivir sin decirle a su vecino: tu envidia es mi bendición”.
Activista y medioambientalista por convicción, reflexiona: En el mundo no hay ambientalista más grande que el pobre, porque está acostumbrado a sacar provecho de todo lo que tiene y a reciclar todo lo que llega a las manos.
Los textos de Quya son “crónicas casi reales”, como describía Jorge Timossi a ese género indefinido que navega entre el periodismo y la literatura, un género sin límites ni fronteras, que admite todos los géneros y todos los estilos, donde la realidad se mezcla con la imaginación y la no-ficción se confunde con la ficción.
*Texto leído en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el 5 de agosto de 2025.-