La serenata amorosa de Gladys Moreno

Raúl Otero Reiche se refirió a su canto como el milagro de “la sonrisa y la fuga de luciérnagas en el bosque de esmeralda”, la “cántiga amorosa” de la serenata que sube al balcón “por las escalas de la luna”; Eduardo Mitre, en cambio, la evocó en la nostálgica distancia como “la voz de un sueño”. Gladys Moreno, ícono del pentagrama boliviano, sedujo a poetas y embrujó a generaciones con su arte.

Nació en Santa Cruz de la Sierra el 28 de noviembre de 1933. Acunada en el buen gusto por las artes, perteneció a ese linaje provinciano de antaño que se educaba en la biblioteca familiar y desarrollaba sus aptitudes musicales en el piano de los abuelos. Era descendiente del historiador, bibliógrafo y crítico literario Gabriel René Moreno y nieta del director de la Filarmónica del Beni, Zacarías Cuellar.

Su biógrafa Beatriz Rossells la describe como una mujer de “figura muy esbelta, talle de palmera, cara alargada y fina, belleza nada convencional, nariz larga, boca sensual, mirada penetrante un tanto huraña, mezcla de Anouk Aimée y Capucine”. Para el escritor e historiador  Porfirio Díaz Machicao, era “un colibrí de rosedal que el cóndor mira desde la altura”, una artista de “trino cálido y encanto camba para el oído kolla”.

Vivía la música, como le confesó a Rossells, con el “corazón estrujado”, tal como reflejaba el tono doliente y desgarrado de sus polcas y valses. De tanto “meterse” en su canto, según le dijo a su biógrafa, sentía que volaba y que su voz viajaba hasta el infinito. Y así lo creían también sus miles de admiradores. Como opinó un comentarista de la época, la artista expresaba en cada nota “su propia ternura, su propio dolor y su propia felicidad”. Y la ternura, el dolor y la felicidad de los demás.

Hija de un militar cruceño, el coronel Rómulo Moreno Suárez, y de Hortensia Cuellar Rivera, oriunda de Santa Ana de Yacuma, Beni, heredó la vena musical de su abuelo y de su propia madre, quien tocaba varios instrumentos y era aficionada al canto. Vivió desde su infancia entre Santa Cruz y La Paz a causa de la profesión de su padre. Estudió en los colegios Alemán e Inglés Católico de la sede del gobierno.

Se sintió atraída por la música desde su niñez. Tarareaba las chobenas que le escuchaba cantar a su madre y permanecía durante horas pegada a la radio, atenta a las canciones en boga, al punto de aprender de memoria sus letras y tonadas para después cantarlas en las fiestas familiares. Era la época en que la radiodifusión boliviana cobraba auge al compás de Radio Illimani. A través de sus ondas escuchó a un dúo folklórico, Las Kantutas, que interpretaba bailecitos, cuecas, taquiraris y carnavalitos con el acompañamiento de Jorge Luna y Gilberto Rojas. “Quiero ser como ellas”, le había dicho a su madre. 

En La Paz se incorporó al coro del Colegio Alemán, donde recibió la única y elemental enseñanza musical de su vida. Nunca pensó en el canto como profesión. De hecho, estudió secretariado, como muchas jovencitas de su tiempo, y trabajó como maestra de kínder. Del salón familiar y las fiestas de beneficencia, en las que también solía actuar, saltó a una emisora local, Radio Electra, que le dio su primera oportunidad. Tenía entonces 15 años. 

Pero fue el sello Méndez, la empresa que inauguró el negocio discográfico en Bolivia, el que le abrió las puertas en 1948 para que grabara sus primeras canciones, un disco de vinilo de 78 revoluciones por minuto (RPM), con solo dos temas, uno por lado, Para decir que te quiero y Vida de mi vida. Lo hizo a invitación de Gastón Méndez y Lola Sierra de Méndez, quienes llegarían a tener una influencia decisiva en su carrera artística. 

Si Méndez le abrió las puertas, La Pascana, el tradicional salón cruceño ubicado en una esquina de la plaza principal de Santa Cruz, la lanzó a la popularidad. Allí cantó los fines de semana durante varios años, tantos que su nombre quedó indisolublemente ligado a ese escenario.

Poco a poco llegaron los éxitos. Invitada por una empresa brasileña, grabó dos discos para la RCA, en 1958 y 1959, en una época en que ningún artista boliviano había cruzado las fronteras. Cantó en el Manhattan Center de Nueva York, en 1976, y compartió escenario con Raúl Shaw Moreno, integrante del famoso trío mexicano Los Panchos, probablemente el cantante romántico boliviano más conocido a nivel internacional, autor del bolero Cuando tú me quieras.

Durante su carrera de más de 30 años, con varias interrupciones motivadas por las prioridades familiares, grabó nueve discos de larga duración, con un repertorio de gran versatilidad, que incluía  taquiraris, cuecas, carnavalitos, polcas y valses de los grandes poetas y letristas del folklore nacional, como Simeón Roncal, Gilberto Rojas, Raúl Otero, Roger Becerra, Ambrosio García, Nilo Soruco, Pedro Shimose, Percy Ávila, José Ferrufino, Nicolás Menacho y Lola Sierra de Méndez, entre otros.

Aunque ya había actuado en las radios Altiplano y Nueva América de La Paz, tuvo un gran debut ante el público paceño en el Club Sahara del Hotel Copacabana, en El Prado, en un show que reunió a un selecto grupo de poetas, periodistas, pintores e intelectuales. Pedro Shimose, autor de uno de los grandes éxitos de la artista, Sombrero de Saó, quien asistió a la velada, dijo que su voz “electrizó” al público. 

Como escribió Rossells, “tenía unos registros que establecían una especie de cables de alta tensión entre los ojos, los oídos, la mente, el corazón y el cuerpo de los oyentes y el canto y la presencia de la artista”. Sus interpretaciones, sin importar el género, tenían un profundo tono romántico, producto de un sentimiento que parecía brotar de su propia vivencia, porque, como ella misma decía, no cantaba nada que no la conmoviera.

Según Díaz Machicao, citado por Rossells, su canto, “pleno de matices aterciopelados, ronco y embriagador”, se acomodaba “a toda nostalgia”, sin apartarse de la “volcánica pasión que conmueve y seduce” de la música oriental. Nadie reflejó mejor que ella el desgarro del desamor, la añoranza del amor perdido, el dolor por la querencia traicionada y el tormento de la pasión comprometida. “Tu voz y tus palabras”, le dijo el poeta Eduardo Mitre, “no se separan en el silencio”. 

Era la fiel intérprete de las “cántigas” de los trovadores y juglares de su tiempo, la personificación –como la define su biógrafa– de la “canción enamorada”. Y así se muestra en Perdóname, el vals de Roger Becerra.

Perdona que te quiera

Así como te quiero

Yo no creo que exista, amor como mi amor

Y si en el mundo alguien quiere como te quiero

Estará sufriendo mucho como estoy sufriendo yo.

No puedo remediarlo y mas y mas te quiero

Y estando convencida de tu sincero amor

Aún no he conseguido sabiéndome tu dueña

Poder hallar la calma para mi corazón.

Para el filólogo y crítico literario Luis H. Antezana, las interpretaciones de Gladys Moreno “diseñan mundos, despiertan tensiones, recuerdan caricias, cometen errores, arman tradiciones, despiertan horizontes”, que sin ese valor agregado, “su canto podría nomás perderse en el cúmulo de  los que cantan… sin cantar, sin permanecer en la memoria y discernimiento colectivos”.  Es el sello que  impone a su versión de Ojos negros,  la polca de A. Pinker y J.R. Moreno Kreider.

Nunca tuve yo un querer,

como el que siento por ti.

Sólo sé mi dulce amor,

que los ojos que yo vi, 

me enloquecen sin piedad.

Ojos negros que al mirar,

me despiertan la pasión

y me dan felicidad.

Siempre vida te amaré, 

con todo mi corazón.

Cada día más te querré,

por tus ojos de carbón

embrujada me quedé.

La artista no tenía géneros favoritos, aunque parecía sentirse más cómoda con los boleros, los valses y las polcas por las posibilidades dramáticas de su poesía, pero similar talento desplegaba en la interpretación de un taquirari, como en Quise darte, de Roger Becerra y Ambrosio García, en el que la alegría del ritmo no le impide transmitir el dolor de la ruptura amorosa.

Truncó la vida mis sueños

de realizar la ambición de tener, 

tu amor vigente y risueño, 

con su ternura de beso y de ayer.

Se fue la estrella escondida, 

que yo llevaba en mi fuego interior.

Quedó tan solo la herida en el rubor de mi loca ilusión.

Ahora el amor se acabó, 

y sin querer te perdí, llevando adentro el penar,

de lo que fuiste y no fui.

La cantante solía recordar su niñez en la hacienda Patujú, propiedad de su tío Germán Moreno Suárez, ubicada en la campiña de Montero, cuya belleza natural influyó decisivamente en la formación de su personalidad infantil, dotándola de una sensibilidad que le permitiría, años después, transmitir lo que un diario cruceño describió como “el extraño embrujo de la tierra amada” y  la “cálida y lujuriante belleza oriental”. 

Ambiente y sentimiento que ella reflejaba en cada una de sus interpretaciones folklóricas, como en los taquiraris Lunita camba, Alborada, El trasnochador, Sombrero de Sao y El carretero,  los valses Alma Cruceña y Misterios del Corazón, los carnavalitos Viva Santa Cruz y Soledad,  o la cueca Sed de Amor, ritmos y letras en los que impuso su impronta personal, un estilo con sabor a buri, banda y tamborita, apoyada por el acompañamiento de los tríos Los Cruceños y Los Cambitas.

Como se lee en la presentación de uno de sus discos, la cantante traducía “con delicadeza y sentimiento inigualados las emociones, las inquietudes y las ternezas del pueblo oriental” como “la más feliz intérprete del alma cruceña”. Fue intérprete e inspiración de muchos poetas, no sólo por la belleza de su voz, “profunda y llena de matices”, como escribió el periodista y escritor Germán Araúz Crespo, sino también por la “carga expresiva muy personal” de sus interpretaciones. 

En palabras de Otero Reiche, era la serenata con nombre de Gladys Moreno. Hubo quien la comparó con la francesa Edith Piaf y la peruana Chabuca Granda. No la ayudó el aislamiento de la Bolivia de entonces y le faltó la  promoción que requiere todo artista para trascender. Tuvo que navegar sola y abrirse paso a golpe de voz. 

“La vida del músico en los años 50 y 60 era como hoy nomás: andábamos todos ‘yescas’.  Yo no conozco un artista rico en Bolivia, no conozco. Yo lo único que tengo de valor de esos años son mis condecoraciones”, declaró en una de sus últimas entrevistas de prensa. “Yo me estoy muriendo pobre”, agregó, al recordar que nunca recibió las regalías que le correspondían de parte de las discográficas, pese a que vendió miles de placas. 

Casada con Alfredo Tomelic, tuvo una sola hija, Ana Carola. Fue declarada Embajadora de la Canción Boliviana por el presidente Víctor Paz Estenssoro, en 1962, y condecorada con el Cóndor de  los Andes por Lydia Gueiler, en 1980. Actuó por última vez en 1987, junto con la folklorista Zulma Yugar, en el Chaplin Show de Cochabamba.

“Dejé el canto porque me enfermé, de tanto sufrir. Para mí era un sufrimiento cantar porque me metía tanto, pero tanto en el canto, que me olvidaba hasta de mi persona, yo pensaba que estaba volando y solamente sentía mi voz en el infinito. Cuando volvía y terminaba de cantar, estaba completamente agotada, tanta era mi concentración”, le confesó a Beatriz Rossells, autora de la más completa biografía de la cantante (Gladys Moreno: La canción enamorada). 

Falleció el 3 de febrero de 2005, hace 15 años, víctima de un infarto, tras haberse reunido ese día con su grupo de oración y haber departido con sus amigas en un te rummy. “Quería morir sin dar qué hacer y así fue”, declaró a la prensa su esposo, Alfredo Tomelic.

Se sentía feliz –y así lo decía– de haber unido a cambas y collas con su voz. Agradecía a la vida por lo mucho que le dio y a Dios por el don de la canción. “Quiero que mi música y mi voz queden grabadas en todos los corazones de mi patria. Nunca me olviden. Nunca”, es el deseo que recogieron Luis H. Antezana y Marcelo Paz Soldán en el libro multimedia La pascana de Gladys Moreno, editado por el Centro de Estudios Superiores Universitarios, de la Universidad Mayor de San Simón. Y así la recuerda Bolivia.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 19 de junio de 2020

Pedro Shimose, el “verso suelto”

Suele definirse como un “verso suelto”. Y lo es. Por su independencia de criterio y por la libertad con que se mueve, en su mundo y en las vecindades. Como esa forma de expresión poética alejada de toda pauta de rima y métrica, Pedro Shimose se guía por sus propias convicciones, sin importarle las consonancias o disonancias con las opiniones ajenas. Se diría que el “versolibrismo” es su filosofía de vida.

Vivió días duros a causa de las represiones políticas y los apremios cotidianos. Eran los tiempos en que quería escribir y le salía espuma. Lo expresa sin resentimiento, mientras otea el pasado en un café de Madrid. Tiene la mirada dulce, el rostro diáfano y la piel tersa, casi juvenil. Nada delata sus  80 años, si obviamos el gris de su cabello.

Poeta laureado, periodista, trovador popular y dibujante de mano alzada, adivinó la poesía en la floresta de su Riberalta natal. A los ocho años le escribía poemitas a su madre, Laida; después, a las querencias juveniles idealizadas. Aficionado a la música, compuso polcas y taquiraris. “La pelada del sombrero de saó, sí existe, pero no fue mi corteja”, me aclara.

Memorioso, como es, entrega sus recuerdos a borbotones, pero los vierte con delicadeza oriental y tono entrañable. Te lleva de la mano por el panteón de los ilustres, como Nicolás Guillén, Miguel Ángel Asturias, Octavio Paz, Nicanor Parra, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, a quienes conoció en tertulias y recitales. Evoca su viaje a La Higuera a lomo de mula con Yevgueni Yevtushenko, el poeta ruso de las camisas floreadas, quien le pidió que corrigiera el poema que acababa de escribir en memoria del Che Guevara. “¡No me atreví!”, me confiesa, con esa sonrisa que le estalla en los ojos incluso cuando rememora vivencias amargas.

Nació en Riberalta, el vergel al de la barranca colorada que los indígenas amazónicos originarios conocían como Pamahuayá, que significa “el lugar donde está la fruta”. Hijo de un emigrante japonés, Ginkichi Shimose, y de una riberalteña mestiza, Laida Kawamura Rodríguez, vio la luz el 30 de marzo de 1940. Creció arrullado por las “aguas insomnes” de los ríos Beni y Madre de Dios, entre ceibas en flor, palmeras de penachos cansados, bibosis frondosos  y tajibos de flores blancas. Cantó a su pueblo con la cadencia de su mejor poesía.

No hay nada más lindo que contemplar tus crepúsculos.

Soñar sueños que soñaron nuestros padres.

Circular por el color violeta del aire anochecido 

y terminar echándote de menos.

Renacer en tu fragancia húmeda,

buscándome en la niebla de los arroyos más recónditos,

Lejos de mí mismo  en los ríos y curichis,

en el naufragio de la isla que descubrimos juntos

cuando tus barcos recorrían mi infancia.

Llegó a un “mundo revuelto”, como relató en una conferencia que ofreció en Santander, cuando Bolivia había perdido la guerra contra el Paraguay, España se había desangrado en una lucha fratricida y los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgaban desbocados sobre Europa. “Fui nacido gracias a un despiste doble. Pudiendo haber nacido en otro sitio, me nacieron en pleno trópico sudamericano, y pudiendo haber nacido en otra época (en el siglo X europeo, por ejemplo), me nacieron en medio de un estruendo infernal”.

Recuerda a su padre como un campesino bueno, sencillo y pobre, “ni samurái, ni aristócrata arruinado, ni intelectual cazafortunas”, que llegó a Bolivia a principios del siglo pasado, abriéndose paso a través de la selva peruana, junto con otros doscientos inmigrantes japoneses. Se instaló en Riberalta, donde se casó con Laida, con quien fundó una familia de siete hijos. 

Dice que hizo dinero al frente de una cooperativa agrícola, pero perdió todo cuando el gobierno le expropió su propiedad y lo encarceló, como a otros japoneses y alemanes radicados en Bolivia, después del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. “Yo le llevaba comida a la cárcel (…) Mi padre nunca se lamentó de nada, ni acusó a nadie, ni clamó justicia”.

Siente que le debe mucho, porque le enseñó a apreciar la belleza de la vida, una “enseñanza estética vinculada a la moral, un modo de percibir y sentir las cosas, entre ellas el país, el amor, la muerte, la dignidad humana”. Le enseñó el amor a la naturaleza mientras paseaban por un jardín cuajado de orquídeas, azaleas,  crisantemos, siemprevivas y geranios, y le mostró “el camino de la perfección a través de la percepción de la belleza”. 

De él aprendió  que ser rico después de ser pobre es una experiencia que enriquece, pero ser pobre después de ser rico, enriquece más.  Le resumió la sabiduría en una sola frase: “Las palabras deben ser pronunciadas cuando no hay más remedio. Los actos son más importantes”. 

Él me educaba con parábolas de vientos y bambúes.

(Los peces en el cielo)

Navegábamos por redes y colores,

surgíamos del agua,

soñábamos la luz y las naranjas.

(…)

Él sabe de su humilde grandeza de hombre y sabe

que como él respeta le respetan,

y que le aman como él ama.

Este es mi padre.

Su madre, como casi todas las mujeres  de su época,  apenas pudo estudiar hasta el tercero de primaria, pero le guió en sus primeras lecturas y lo arrulló desde la infancia con los Versos sencillos, de José Martí, y las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécker, “poemas que hablaban de amores melancólicos y amistades limpias; de oscuras golondrinas, arpas olvidadas y de una rosa blanca”.  

Dibujabas árboles y ríos. Navegabas la corriente oculta de la forma. Urdías  oropéndolas y lunas. Funda mas destrucciones  y naufragios, madre vida madre tierra madre selva madre selva.

Estudió en el colegio Pedro Krámer de Riberalta. Sus padres le habían fomentado la lectura y su devoción a los libros, pero fue la extraordinaria biblioteca de su escuela, donada por el Rey del caucho, Nicolás Suárez, la que le abrió las puertas a un mundo hasta entonces desconocido.

Allí leyó a los grandes clásicos de la literatura universal y frecuentó a los autores que aún forman parte de su vida. Allí también buscó las respuestas para sus obsesiones juveniles y allí, como diría más tarde, se incubó su poesía.

A sus 17 años se fue a La Paz por aquello de que en las ciudades grandes “suceden cosas”. Su padre hubiese querido que estudiase Medicina, pero él ya había empezado a tomar en serio la poesía. Intentó disuadirlo. “Escribe novelas”, le había dicho. “Los poetas se mueren de hambre”. Salió de Riberalta “con pasaje de ida y dinero para dos meses, recaudado entre los amigos de la colonia japonesa”. En La Paz se inscribió en Derecho y Ciencias Políticas. “Vivía en un cuartito, iba a la universidad caminando, comía en la calle y ahorraba para libros”.

Estando en el primer año de carrera se presentó a un concurso literario del que el crítico y sacerdote Juan Quirós era jurado. Ganó con un poema a Simón Bolívar. Quirós quiso conocerlo. “¿Tú eres Pedro Shimose?”, le preguntó cuando se presentó. “Sí”, le respondió con la timidez del novato. “¡Ah!, pensé que era un seudónimo. ¿Y de dónde viene tu apellido?”,  insistió. “Mi padre es japonés”, contestó, según relató en una entrevista. De ese primer encuentro nació una amistad profunda y duradera. 

A partir de entonces comenzó a frecuentar la facultad de Filosofía y Letras, de la que monseñor Quirós era docente. De la mano de Quirós llegó posteriormente al diario Presencia. Descubrió la biblioteca de la Universidad Mayor de San Andrés, donde leyó nuevos autores y encontró nuevos amigos. Era la época en que se sentía “embrujado” por Góngora, Franz Tamayo, Pablo Neruda, Walt Whitman, García Lorca y Saint-John Perse, entre otros. Ya había escrito Triludio en el exilio (1961) y empezaba a escribir Sardonia (1967).

“La poesía canta y sintetiza  experiencias, emociones, percepciones y creencias religiosas, míticas o políticas. Está más cerca de la magia, de la religión, del mito”, resumiría años después. “El verso es medida, cadencia, ritmo, música, es la esencia verbal de un sentimiento”.

Se sentía atraído por la poesía, pero también por la música, una afición que, sin embargo, apenas pudo desarrollar en Riberalta, donde no había conservatorio ni condiciones para aprender a leer y escribir partituras. Tampoco tenía dinero para hacer este tipo de estudios. ¡Incluso tener una guitarra era un lujo! Pero, además, el oficio de músico era muy mal visto, lo que no le impidió formar parte de un conjunto musical, el trío Los Forasteros, con los también riberalteños Harold Olmos y Carlos Mercado. Tal vez por eso su poesía está impregnada de musicalidad.

Mañana, la palmera

dejará de crecer.

No dejes que me muera

sin volverte a ver.

Después de ser madera

guitarra quiero ser,

para cantar la espera

que espera florecer.

En 1958 compuso la más famosa de sus canciones, el taquirari Sombrero de Saó. “No fue resultado de una decepción amorosa personal, como muchos piensan”, sino la historia amorosa de un amigo de Riberalta, quien pretendía a una muchacha y enfrentaba la férrea oposición de su madre (“Oí, flojo, sinvergüenza, tiravida ¿qué querés?”). Fue el Trío Oriental el que la catapultó a la fama en 1966. “En pocos meses,  dominaba el escenario folclórico boliviano y empezaba a expandirse por todo el mundo”, recuerda Olmos.

Pedro dice que la canción le dio muchísimas satisfacciones, porque le hizo popular en Bolivia, pero al mismo tiempo “muchos disgustos”, debido a la reticencia de las discográficas a reconocerle los derechos de autor. Tiene otras composiciones entrañables, como Adiós mi Riberalta y Siringuero, pero dice sentirse avergonzado de otras, como Razones para ser soltero, muy popular en su época  (Por eso vivo soltero/ de vos nada espero para ser feliz/ no quiero ser el esclavo/ de un hermoso clavo / que me haga sufrir).

Con Los Forasteros apoyó la primera campaña electoral del humorista Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), postulado por el Partido Social Cristiano (PSC) a una diputación. No fue su única incursión en política. Militó en el PSC entre 1959 y 1966, año en que fue elegido presidente de la Juventud en un congreso celebrado en el Teatro Achá de Cochabamba, pero duró poco, víctima de las intrigas de la politiquería boliviana. Dice que estuvo en el partido equivocado, porque “Bolivia no es un país católico”. “Dejé de ser político y me convertí en moralista”.

Se incorporó a la Universidad de San Andrés en 1969, en plena “revolución universitaria”, primero como docente de Filosofía y Letras y después como director de Extensión Cultural. Lo hizo de la mano de Jorge Lazarte, por entonces influyente dirigente estudiantil trotskista, y del rector Óscar Prudencio. Trajo al ballet de Moscú e invitó a Yevgueni Alexandrovitch Yevtushenko, con quien viajó a La Higuera, porque el poeta ruso quería conocer el lugar donde murió el Che, a quien le dedicó un poema escrito en castellano (La llave del comandante).

Eran los “días agitados y confusos” de las vísperas del golpe de Hugo Bánzer y Pedro se había ganado la fama de “comunista”, lo que le valió el exilio. Antes estuvo en Lille, Francia, más para dar la espalda a una decepción amorosa que para estudiar periodismo con una beca del cardenal Lienárt. “La beca no es del cardenal, es de los obreros del carbón de Lille”, le dijo el purpurado cuando lo visitó en su despacho para agradecerle.

En 1968 publicó su tercer libro, Poemas para un pueblo, en el que se refleja –según el poeta y crítico Eduardo Mitre– esa “poesía inmersa en la historia, agónica en la medida en que la padece, protagónica en cuanto tiende a transformarla mediante el testimonio, la denuncia, el grito de rebeldía”;  en la que mantiene “una dimensión social y aun política constante”, lejos de “los registros puramente líricos, subjetivos, abstraídos de un contexto  histórico-social determinado”. Él veía la injusticia en las calles, en las escuelas y en los centros laborales como parte de la vida cotidiana boliviana.

Para hablar de mi patria es preciso sufrirte. 

Pertenezco a esta patria sin victorias.

Mentiría si dijera que mi patria es la mejor del mundo.

Mentiría si dijera que mi patria es la peor del mundo.

Mi patria es un martirio de odios y tinieblas,

el sitio en donde amo, sueño, lucho, canto y muero.

Mi patria está fundada sobre el alba, sobre tu alba, América Latina.

Ella está sostenida por los muertos.

La llevo como una herida, sin mar y sin victorias.

En 1971 salió al exilio, a España, como resultado –según cree– de su activismo en la universidad, convertida durante el proceso del general Juan José Torres en un centro de efervescencia política e ideológica.  Dice que en el destierro se hizo “más hombre y más humano” y que aprendió a no compadecerse de sí  mismo ni a echarle la culpa a los demás, aunque admite que “hubo días negros de amargura y desaliento”.

Madre no llores, dime hasta luego y escríbeme seguido.

La cordillera está cerrada. La pena es un juguete en manos de  mis hijos.

Le digo a Rosario que se mantenga serena.

Atrás quedan mis treinta y un años “adiós, vidita del alma

y hasta el otro día”.

En 1972, ya en el exilio, ganó el Premio Casa de las Américas con su libro Quiero escribir, pero me sale espuma, un título prestado del peruano Cesar Vallejo. El galardón le dio fama internacional. Aunque posteriormente se distanció del castrismo y la Revolución Cubana, siempre se mostró agradecido por un reconocimiento que se tradujo en una edición de 23.000 ejemplares, “algo nunca soñado por un poeta”.

Poeticomienzo en vino avinagrado:

¿cómo escribir del tizne sin carbones;

de las tos, sin gargajo; y sin borrones,

cómo escribir de mí si estoy fregado?

Garrapateo espumas, cabreado,

con humo y humedad en los pulmones;

doliéndome en la sombra y los rincones

mi soledad en verso encebollado.

Desgarrado y vencido por las furias;

en el exilio, triste, voy sufriendo

el hambre de mi pueblo en mis penurias.

En lágrimas y pus voy escribiendo.

A medias muero en jácaras espurias.

A medias vivo, voy sobreviviendo.

También en el exilio escribió Caducidad de Fuego (1975), un “libro desolado”, que marca una “línea divisoria” en su poesía. “Yo subía a la colina y desde allí contemplaba mi infortunio. En mis manos se hacía trizas las diademas de mis sueños y, conteniendo el llanto, escribí Caducidad de fuego”, recordó en una ocasión. Le siguieron Al pie de la letra (1976), el libro de cuentos El Coco se llama Drilo (1976), Reflexiones maquiavélicas (1980), Diccionario de Autores Iberoamericanos (1982), Bolero de caballería (1985), Historia de la literatura hispanoamericana (1989), Riberalta y otros poemas (1996) y No te lo vas a creer (2000).

Fue asesor de publicaciones y director de poesía del Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) y dirigió la colección Letras del Exilio de la editorial Plaza & Janés. Recibió el Premio Nacional de Cultura de Bolivia (1999) y la Orden del Sol Naciente del Japón (2019).

El escritor rumano-brasileño Stefan Baciu dijo que “Shimose fue uno de los primeros poetas capaces de dar salto hacia el futuro, llegando a una notable renovación con medios personales”, en tanto que el español Jorge Rodríguez Padrón opinó  que la palabra del poeta boliviano es “un tono, una prosodia, un ritmo interior decisivo que fluye con la facilidad del habla, pero que se adensa en el vértigo de la fundación poética”.

Según The Times, “Shimose oscila entre una protesta vigorosa e ingeniosa y la intranquila inquietud expresada en el soneto de Vallejo” que da título a uno de sus libros. Para Robert Marquez, el trabajo del riberalteño muestra la “angustiada visión de un exiliado” de Vallejo y la “sensibilidad al ritmo” de Nicolás Guillén. Shimose entiende la poesía y la literatura como una suma de palabras, palabras que permiten  “soñar la justicia, la libertad y la convivencia en paz en este mundo devastado por la locura humana, donde las víctimas de ayer son los verdugos de hoy; palabras que nos hablan de los viejos e irrenunciables ideales de la humanidad; de las selvas vírgenes por donde serpentean arroyos de aguas cristalinas; de los mares limpios que ignoran la codicia del hombre; de los cielos puros y las noches serenas”.

Algún periodista le preguntó por qué escribía. Quizás, respondió, por “un deseo  de inmortalidad o un deseo de seducir a una mujer hermosa”. O tal vez por “un sentimiento de pavor ante el misterio de la muerte o una inmensa alegría ante el espectáculo de la naturaleza”. O también, como dice en uno de sus versos autobiográficos, porque la poesía lo visitaba de noche.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 22 de marzo de 2020

María Josefa Mujía, la alondra de la “enlutada lira”

María Josefa Mujía, la poeta ciega del “corazón enjuto, cubierto de negro luto”, la “alondra” de la “enlutada lira”, vio la luz, el color, los matices y las formas, que los ojos le negaban, a través de sus sentimientos. Descubrió, como diría José Saramago, que la ceguera cubre la apariencia del mundo, pero deja intacta la realidad, detrás de un velo negro, que ella supo descorrer con su poesía.

Hija del coronel español Miguel Mujía y de la chuquisaqueña Andrea Estrada,  quedó ciega a los catorce años, circunstancia que marcó toda su producción poética. Según sus biógrafos,  perdió la vista a causa del llanto que le provocó la muerte de su padre, por quien sentía adoración.

El historiador, biógrafo y crítico literario Gabriel René Moreno (1834-1908), su amigo y confidente epistolar,  la describe como una mujer “bella, pura, sumida en la soledad y negra noche”,  dotada de “clara y precoz inteligencia” (Estudios de literatura boliviana), en tanto que el escritor y poeta José Macedonio Urquidi (1883-1978) dice que era una persona “dulce y encantadora”, un “alma enternecida y selecta” (Bolivianas ilustres).

Pero el mayor elogio a su poesía fue formulado por el filólogo y crítico literario español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), quien escribió que los versos de la poeta ciega “tienen más intimidad de sentimiento lírico” que todo lo que había visto hasta entonces en el Parnaso boliviano.

Nacida en Sucre el 26 de noviembre de 1812, primogénita entre seis hermanos, su infancia transcurrió en los dramáticos días de la guerra de independencia. Su nombre completo era María Josefa Catalina Mujía Estrada. Gabriel René Moreno describe la historia de su vida como “corta y sencilla”, “solitaria y retirada”, a causa de su ceguera. De acuerdo con Urquidi, era “sencilla y conmovedora”.

La muerte de su padre –relata su confidente epistolar– le produjo “el más profundo dolor, causándole el continuado llanto la pérdida absoluta de la vista”. Ricardo Mujía (1860-1938), poeta como ella y sobrino suyo, escribió que la “negra noche circundó aquel espíritu ávido de contemplaciones, sediento de ideal”, en plena adolescencia, “¡cuando despuntaba su belleza, cuando comenzaba a sonreír la esperanza y cuando ya era el apoyo de su santa madre!”.  Como diría ella refiriéndose a sí misma, “se enturbiaron sus pupilas”.

Cuentan sus biógrafos que, durante su niñez, hizo grandes y sorprendentes progresos en su educación y en el estudio de varios idiomas. La desgracia le sobrevino cuando empezaba a dedicarse a la lectura, principalmente de los grandes clásicos, y al estudio de las bellas artes. “Desde entonces principia para la joven una vida de lento martirio y de triste soledad, en que su existencia se consume poco a poco”, escribe Moreno.

La familia hizo lo imposible para mitigar su mal, pero sus esfuerzos –y los de la medicina de la época– fueron vanos. Uno de sus hermanos, Augusto, acudió en su ayuda y consuelo, convirtiéndose, a decir de Urquidi, en la persona que la guiaba “en los eternos crepúsculos y sombras de su noche oscura”, como lector y escribiente. Era él quien le leía los libros de la biblioteca paterna y el que transcribía sus versos.

Según Ricardo Mujía, jamás revisaba ni corregía los poemas que le dictaba a su hermano. “Las estrofas eran rápidamente concebidas”, y cada verso era “una improvisación más o menos animada, según el sentimiento predominante en este espíritu soñador”.

Su aislamiento y aguda sensibilidad le ayudaron a crearse un mundo interior de belleza que supo plasmar en cada uno de sus versos.  Según el poeta y crítico literario Óscar Rivera-Rodas (La poesía hispanoamericana del siglo XIX), María Josefa sustituyó “las imágenes representativas de la realidad externa –con la que ya no tiene relación sensible–, por la corriente de sentimientos y pensamientos que la llevan de una emoción a otra, por su experiencia subjetiva”.

Gabriel René Moreno tenía registradas “unas cuarenta composiciones” suyas, de las cuales sólo cuatro o cinco habían visto la luz pública. Las demás permanecían inéditas y eran conocidas únicamente en el círculo de la familia y de los amigos. Fue precisamente Augusto, quien, sin el consentimiento de su hermana, mostró el poema La ciega a un amigo suyo, quien lo convenció de publicarlo en el diario Eco de la Opinión de Sucre, en 1850.

En las ocho estrofas de La ciega, uno de sus poemas más conocidos y celebrados, la autora desgrana su desventura.

Todo es noche, noche oscura

Ya no veo la hermosura

De la luna refulgente,

Del astro resplandeciente

Sólo siento su calor,

No hay nube que el cielo dora,

Ya no hay alba, no hay aurora

De blanco y rojo color.

Ya no es bello el firmamento,

Ya no tiene lucimiento

Las estrellas en el cielo;

Todo cubre en negro velo,

Ni el día tiene esplendor,

No hay matices, no hay colores,

Ya no hay plantas, ya no hay flores,

Ni el campo tiene verdor.

(…)

Pobre ciega desgraciada,

Flor en su abril marchitada,

Qué soy yo sobre la tierra?

Arca do tristeza encierra

Su más tremendo amargor;

Y mi corazón enjuto,

Cubierto de negro luto,

Es el trono del dolor.

Al analizar los versos de La ciega, Óscar Rivera Rodas dice que si en algunos destacan  la imagen, en otros es la emoción; “mientras en aquellos la emoción es casi completamente cubierta por la imagen, en éstos desaparece la imagen y predomina la emoción”. “Los núcleos significativos –sostiene– son aquí sentimientos: noche triste, confusión, pavor, nada, lobreguez, horror. De hecho, estos términos implican imágenes. Pero lo que se subraya aquí es que la imagen se pone al servicio del sentimiento”.

Como afirma el historiador Josep M. Barnadas, los versos de María Josefa “provocaron inmediatos ecos poéticos” de sus contemporáneos, como Manuel  José Cortés, Mariano Ramallo, Manuel José Tovar y Daniel Calvo.  Según Gabriel René Moreno, “leídos y releídos en todos los círculos de la capital, produjeron más efecto del que podría esperarse”. Muy pocos conocían personalmente a su autora y todos se preguntaban “quién era este cisne misterioso que desde su lóbrego nido daba al aire tan sentidos acentos”.

Pocos días después de que se publicara La ciega en el Eco de la Opinión, Manuel José Cortés le respondió con un poema en el mismo periódico:

Privó a tus ojos de la lumbre hermosa

Del luminar del día, airado el Cielo;

De noche larga, triste y tenebrosa

Extendiéndose en tu vida el denso velo.

Pero dentro de ti, claro, sereno

El sol del genio brilla refulgente:

Su luz alumbra de portentos lleno

Un  nuevo mundo que creó tu mente.

“Y fue natural que otras liras vibrasen en triste y armonioso concierto con la de la ciega. Está con todo lo que la rodeaba, joven bella, pura, sumida en soledad y negra noche, atribulada todavía más por la pérdida de algunos seres amados, y siempre llena de humilde resignación y de vida intelectual, encerraba todo lo que tiene de bello y sublime el dolor: era un manantial de poesía y de inspiración”, escribió Moreno.

En El árbol de la esperanza, poema elogiado por Marcelino Menéndez y Pelayo, establece un paralelismo entre el destino y la desventura de un árbol marchito y seco y su propia desgracia:

Árbol de esperanza hermoso,

En copa y ramas frondoso

Y elevado yo te vi:

Ora en el suelo tendido,

Destrozado y abatido

Te miro, ¡triste de mí!
 
(…)
 
Siendo de edad aun temprana,

En tu corteza yo ufana

Catorce letras grabé;

No eran dichas ilusorias,

Ni de amores ni de glorias

Las palabras que tracé.
 
Contigo se ha derribado

Todo el bien imaginado

Que el pensamiento creó;

Cual oscilación ligera

Toda ilusión hechicera

Contigo ya se extinguió.

Según Barnadas, María Josefa, a quien atribuye “tonalidades exclusivamente personales”, suele reflejar en su obra “su atribulada condición, su aislamiento del mundo exterior, pero sin excluir una humilde resignación”. La describe como la “poetiza del dolor” y afirma que sólo excepcionalmente se encuentra en ella “tonos más radiantes”.

En su modestia y humildad, Mujía creía que sus poemas no estaban a la altura de lo que ella consideraba una verdadera obra literaria. “Mis pobres composiciones en verdad no son más que una miserable arcilla para ser mezcladas entre las bellas flores del genio y no merecen salir a la luz pública”, le respondió a Gabriel René Moreno cuando éste le pidió que le enviara sus poesías para su publicación.  “Como autora, propietaria de ellas, tengo derecho para impedir el que salgan impresas, porque no son dignas ni de ser leídas”. No sólo eso, sino que llegó a pedirle que “eche al fuego” las que tenía en su poder.

Considerada una de las primeras representantes del romanticismo en Bolivia y “fundadora” de la poesía nacional, destacó con otros intelectuales de los primeros años de la Bolivia independiente, como Nataniel Aguirre, Manuel José Cortés y Adela Zamudio, quien también le rindió homenaje con un poema del mismo nombre, La ciega. Su obra estaba dispersa en decenas de periódicos de Bolivia, América y Europa.

El investigador Gustavo Jordán Ríos rescató 684 manuscritos, todos dictados por María Josefa, incluidas, 328 poesías, una novela (A la Virgen Santísima del Rosario) y decenas de cartas personales, material que fue publicado en el libro Obras completas. Su autor considera a la poeta como “una mujer iluminada por la divinidad”, no sólo porque habiendo perdido completamente la vista a los 14 años nunca dejó de producir, sino porque sus poemas “eran dictados de una sola vez y sin que los revisara o volvieran a leérselos”. 

María Josefa se hundió en una depresión profunda tras la muerte de su hermano Augusto, en 1854, y el posterior fallecimiento de su hermana Micaela, esposa del poeta Mariano Ramallo, quien había sustituido a Augusto como guía y compañía. Falleció en Sucre el 30 de julio de 1888, aquejada de múltiples dolencias físicas, ciega y sorda.  Sus restos desaparecieron del cementerio de Sucre, donde fueron sepultados por su sobrino Ricardo. Aparentemente fueron enterrados en una fosa común.

Como dijo un periódico de la época, sus últimas poesías “tenían algo de los cantos de los cisnes moribundos”. En la última estrofa  de La ciega, escribió: “Agotada mi esperanza/ Ya ningún remedio alcanza,/ Ni una sombra de delicia/ A mi existencia acaricia;/ Mis goces son el sufrir:/ Y en medio de esa desdicha/ Sólo me queda una dicha,/ Y es la dicha de morir”.

En su poema dedicado a la fe, religiosa como era, habla de la muerte como esperanza, la dicha que ha de encontrar en “una región eterna y de ventura,/ y que será del alma resignada/ dulce morada”.  Esperanza y consuelo, porque, al fin y al cabo, como diría José Saramago: “En la muerte la ceguera es igual para todos”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 16 de febrero de 2020

Adela Zamudio, la poeta del dolor y la soledad

Nació en el valle de Cochabamba, la entraña de Bolivia, entre sauces llorones, flores primaverales y “coleópteros togados”. Era coleccionista de mariposas y recitaba sus versos acompañada de una guitarra. Pionera del feminismo, cuando no era moda, vivió la soledad de los adelantados, pero también la esperanza de los precursores de las causas justas y de los cazadores de utopías, los que persiguen “la tierra de los sueños, lejana de las leyes de los hombres”.

Poeta del dolor y la soledad, narradora autodidacta, devoradora de libros e intelectual de ideas revolucionarias para su época, Adela Zamudio vivió en la Bolivia conservadora y patriarcal de fines del siglo XIX y principios del XX, en “un ambiente estrecho, plagado de beatas y de prejuicios sociales”, en tiempos en que la mujer era considerada la “paridera del hogar”, sin derecho a nada, como escribió uno de sus biógrafos.

Criticó las convenciones sociales y desafió al “mundanal concierto” que la rodeaba; clamó contra la injusticia de “nacer hombre”  y contra la inequidad que enfrenta “a oprimidos y opresores, la fortuna y el poder, la miseria y sus horrores”;  abogó por la supresión de la enseñanza religiosa y denunció la hipocresía de la Iglesia del Pescador que “un día predicó la pobreza y la humildad” y  terminó ostentando “lujosa pedrería” y “poder y majestad”.

Le bastaron 190 palabras para resumir su existencia y otras 150 para despedirse de este mundo. “Nací en Cochabamba creo que el 54 o el 55. No tengo mi fe de edad. He pasado mi juventud a la cabecera de una madre enferma y mi edad madura como mi vejez, luchando penosamente por la vida”, le escribió a su amigo Franz Tamayo. “Vuelo a morar en ignorada estrella/ libre ya del suplicio de la vida,/ allá os espero;/  hasta seguir mi huella/ lloradme ausente pero no perdida”, dejó escrito en el epitafio que se puede leer en su tumba del cementerio de Cochabamba.

Pero su vida fue mucho más que ese puñado de palabras. El escritor Augusto Céspedes la describió como “la santa laica de la religión de la humanidad”, la mujer “encarcelada en la luz y en el azul, amargada y resignada”, la “indomable e invencible ‘Soledad’, que (…) hubiera querido para símbolo de su existencia la roca desnuda que azota el viento y quema el sol, la roca inmutable y eterna, apartada del mundo y del concierto universal”.

Adela Zamudio Ribero nació el 11 de octubre de 1854, hija de Adolfo Zamudio, de nacionalidad peruana, y Modesta Ribero, paceña.  Nieta de un portugués por la línea paterna y de un francés por la materna, tuvo entre sus antepasados a un prócer de la independencia argentina, Máximo Zamudio. La presidenta Lydia Gueiler eligió la fecha de su natalicio para instituir, hace 40 años, el Día de la Mujer boliviana.

Aprendió a leer y escribir en la escuela católica de San Alberto, pero cursó únicamente hasta el tercero de primaria, que era el máximo grado de educación que ofrecía la enseñanza pública de su época a una mujer. Completó su formación con los libros que pedía prestados a los amigos de la familia y a los personajes de la ciudad que fue conociendo durante su juventud. Le había tomado gusto a la lectura cuando todavía era una niña.

Criada en el seno de una familia católica ferviente, solía acompañar a su madre, junto a sus hermanos Mauro, Arturo y Amadis, a la misa de los viernes, pero también a la campiña, a los campos y prados de su entorno, lo que despertó en ella una fascinación irresistible por la naturaleza, al observar como “vistiendo ropajes de frescos matices/ las ramas se cubren de brotes y yemas,/ el campo renace luciendo sus galas,/ sus galas eternas”.

Comenzó a escribir a la temprana edad de 14 años, deslumbrada por la poesía y la literatura. De esa época datan sus primeros poemas. A los 15 años publicó Dos Rosas, pero, en realidad, sus composiciones juveniles circulaban únicamente entre familiares y amigos que conocían de su afición.  También siendo muy joven publicó La ciega, en honor a María Josefa Mujía, la poeta invidente, quien había escrito un poema con el mismo título años antes de que Adela naciera.

“¡Ay! No gimas, señora
por un ignorado bien
y mientras el mundo llora
busca en tu alma soñadora
lo que tus ojos no ven”.

Su  primer poemario, Ensayos poéticos, publicado en Buenos Aires, data de 1887, cuando la autora había cumplido 33 años. Publicó en vida solo tres libros. Los dos siguientes fueron Íntimas (1913), una novela ambientada en Cochabamba “en torno al clero corrupto y la hipocresía circundante”, y Ráfagas (1913), editado en París. Sus Novelas cortas (1943), Peregrinando (1943), Cuentos Breves (1943), Rendón y Rondín (1976) y varias recopilaciones de poesía y narrativa vieron la luz después de su muerte en 1928.

Con el advenimiento y ascenso del liberalismo al poder (1899-1920), que trajo un soplo de aire fresco en la sociedad conservadora cochabambina, la Alondra del Valle, como se la conocía, obtuvo un puesto de maestra en la misma escuela donde se educó. En 1901 fundó su academia de pintura, “para aprender a sentir”, y en 1905 asumió la dirección de la Escuela Fiscal de Señoritas de Cochabamba. Finalmente, en 1916 fundó el Liceo de Señoritas que hoy lleva su nombre.

Fue en el diario El Heraldo de Cochabamba, fundado en 1877, donde publicó sus primeros versos y desplegó sus ideas progresistas. Su actividad periodística coincidió con el inicio de la era conservadora que llevó a cinco presidentes al poder a lo largo de dos décadas (1880-1899).

La escritora Karim Taylhardat dice que los artículos de Zamudio adquirían “proporciones épicas” al abordar temas tan polémicos y controvertidos para su tiempo como los derechos civiles, la discriminación de la mujer y la liberación femenina, el matrimonio civil y la supresión de la enseñanza religiosa.

No firmaba con su nombre, sino con un seudónimo, Soledad, para protegerse de “la conservadora, catoliquísima y semifeudal sociedad cochabambina”. Se dice que tomó el nombre de la novela homónima de Bartolomé Mitre, quien estuvo exiliado en Bolivia y fue muy amigo de su familia.

“Fama  literaria de campanario en alas de El Heraldo. Prestigio hay de sobra. Celebridad, consagración, todavía no llegan. El mundo encubre admiración con simpatía benevolente. En la república de las letras hay más pantalones que faldas”, escribió su biógrafo, Augusto Guzmán, al resumir esa época (Adela Zamudio. Biografía de una mujer ilustre).

En El Heraldo publicó los poemas que le dieron fama y causaron mayor polémica, como Nacer hombre y Quo Vadis. En Nacer hombre, pone en verso su indignación de vivir bajo un sistema patriarcal y en una sociedad que privilegia al hombre solo por serlo en desmedro de la mujer, en un tiempo en que la mujer únicamente podía aspirar a ser esposa y madre.

Oh, mortal privilegiado,
Que de perfecto y cabal
Gozas seguro renombre!
En todo caso, para esto,
Te ha bastado
Nacer hombre.

A pesar de haberse educado en el seno de una familia católica y en un colegio confesional, Adela Zamudio se enfrentó a la Iglesia Católica. No solo criticó la hipocresía del clero de su época, sino que abogó por la supresión de la enseñanza religiosa y la separación de la Iglesia y el Estado. Tal prédica fue tomada como una afrenta por la sociedad conservadora cochabambina que llegó a pedir al Papa la excomunión de la escritora tras una célebre polémica con el obispo de la ciudad.

La Roma en que tus mártires 
supieron
En horribles suplicios perecer
Es hoy lo que los césares quisieron:
Emporio de elegancia y de placer.
Allí está Pedro. El pescador que 
un día
Predicó la pobreza y la humildad,
Cubierto de lujosa pedrería
Ostenta su poder y majestad.

En una breve semblanza de la poeta, Karim Taylhardat recuerda que Adela Zamudio vivía “en ese espacio donde la mujer sólo podía integrarse de dos maneras a lo cotidiano –o en matrimonio o en convento–, y con escasas profesiones –bordar o fabricar sillas para los heridos de guerra–, y leer escogiendo dentro de dos posibilidades–novelas inocentes o periódicos nunca liberales–”.

La sociedad conservadora de Cochabamba, según la también escritora Lydia Parada de Brown, atribuyó el sentido de los versos de Zamudio “a alguna decepción amorosa, ya que su vida se convirtió en un solterío largo y penoso”, pero, en realidad, su poesía reflejaba la soledad que sentía ante un entorno ajeno a sus ideas y sentimientos. “Su seudónimo Soledad era el que más correspondía al desierto en que se debatían sus pensamientos”.

De acuerdo con el poeta y crítico literario Óscar Rivera-Rodas, la poesía de Zamudio expresa la desavenencia de la autora con el mundo. “Parece que ella no concibe la esperanza de lograr reconciliaclón con su medio. Rebelde con los sistemas sociales de su época, se ubica entre las pioneras del feminismo”.  A partir de la concepción de la incompatibilidad entre el poeta y la sociedad, dice Rivera-Rodas, “se lanza a la búsqueda de la soledad, con lo cual no hace más que ratificar uno de los tópicos principales de la lírica romántica del continente: el poeta es un ser solitario por naturaleza y por tanto debe buscar un medio propicio a ese talante”.

También yo de mi lira destemplada 
las notas quejumbrosas
vengo a mezclar al mundanal concierto. (… )
Soñar una región más elevada.
amar un ideal y resistirse
a festejar este sainete humano
que danza sobre el fétido pantano
asfixiarse en el aire nauseabundo
de un bajo, estrecho y miserable mundo.
es ser maldito, odiado, escarnecido.

Adela Zamudio, según el crítico, entiende que “la poesía deriva del dolor” y ve “el dolor como fuente de la poesía” cuando habla de “¡Un bardo del dolor!” y del “¡poeta del dolor!”. En su caso, esa fuente no es otra que el mundo que la circunda: “La ausencia de conciliación con el mundo –o la vida, la existencia– ha sido, pues, una fuente de dolor y origen de la poesía”, dice Rivera-Rodas (La poesía hispanoamericana del siglo XIX).

En el prólogo al libro Cuentos publicado por Plural Editores, la poeta e investigadora Virginia Ayllón dice que la “proto-crítica” a la obra de Adela Zamudio, anterior a la realizada últimamente por Leonardo García Pabón y otros estudiosos, que “vacilaba entre una loa desmedida y la diatriba acre y procaz que tomaba como base más la vida de la poeta que su obra”, dejó varias preguntas sin respuesta, como: “¿escribía así porque era solterona o era solterona porque así escribía?, ¿anunció su seudónimo Soledad su posterior vida o su posterior vida cumplió la sentencia de su seudónimo?”

La escritura de Zamudio –recuerda– se produce en un “período que aparte de ser políticamente convulso, es también, estéticamente hablando, un momento de convivencia de varias escuelas, ninguna consolidada pero todas presentes por efecto de la influencia europea: Romanticismo, post Romanticismo, Naturalismo, el nuevo Modernismo y el Realismo”, de tal manera que “la escritura de Zamudio no es solamente romántica, es también modernista e incluso se puede advertir cierto realismo”.

“Con todo –sostiene–, creo que el signo central de la obra de Zamudio es romántico porque su proyecto textual e ideológico es mejor asimilado al Romanticismo, pero no al Romanticismo en Bolivia”. Ayllón encuentra que tiene una “relación casi orgánica” con la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, publicada en 1885, debido a su signo “femenino”, pero que es “mucho más fácil” compararla “con la de Jane Austen o la de Clorinda Matto de Turner, que con cualquier otra del canon literario boliviano en el momento en que le tocó escribir”.

Adela Zamudio fue coronada por el presidente Hernando Siles el 27 de mayo de 1927 –un año antes de su muerte– como Eximia Poeta de Bolivia y América. En el discurso de coronación, un panegírico con más adjetivos que sustantivos, Augusto Céspedes proclamó: “Consumida por su talento, atormentada por la inspirada inquietud, sacrificada por su solitaria grandeza, vagó ‘peregrinando’ sobre propios y ajenos dolores, dándoles todo ella a la amargura; así ha expiado la enorme culpa de su genio: pecado de las encinas que atraen el rayo”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 19 de enero de 2020