Bajo el sombrero de cuero

El sombrero de cuero, tan popular como la flor de patujú, cubre su rostro moreno y oculta su mirada aguda e inquisidora. Su imagen recortada  en un mar de banderas blancas y tricolores, se ha convertido en ícono de las marchas indígenas. Absorto en sus pensamientos, como suele estar incluso cuando departe con sus compañeros, rara vez sonríe. La voz pausada, casi monótona,  y la palabra sencilla, medida, dan tono y forma a su timidez. Sus amigos lo describen como un hombre de carácter fuerte. Y así encara su misión, con una voluntad rayana en la terquedad.

Nacido en El Paraíso, asume su liderazgo como un mandato evangélico. “Como nos pidió Jesús, cuando dio toma tu cruz y sígueme, nosotros cargamos nuestra cruz y salimos a los caminos. Y como Jesús, fuimos golpeados y humillados”, reflexionó en la Carretera de la Muerte, con los moretones todavía a flor de piel. Fernando Vargas hablaba con la naturalidad de siempre, pocos días después de la represión de Chaparina.

Voz y rostro de las dos últimas marchas en defensa de la “Casa grande” de los pueblos Yuracaré, moxeño y chimán, el territorio indígena de Isiboro Sécure amenazado por la construcción de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, el líder del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) tiene sangre moxeña, ocho hijos, estudios a nivel técnico y una gran afición a la ganadería. Pero, a sus 48 largos años, es ante todo el abanderado de una vieja causa. En esa condición fue protagonista, víctima y testigo de la intervención policial con la que el gobierno de Evo Morales intentó dispersar la octava marcha de los indígenas de Tierras Bajas.

Ocurrió el domingo 25 de septiembre de 2011. Los policías –todavía no se sabe enviados por quién– lo detuvieron y apalearon, tras tomar por asalto el campamento de San Lorenzo de de Yucumo. Durante 24 horas, hasta que fue liberado en Rurrenabaque, soportó insultos y golpes. “Cuando llegué (a la carretera) yo vi que venían filas de policías  tras de mí. Había un hombre civil de blanco que me dijo: ‘A vos te conozco y vos sos responsable de todo esto, vos vas a pagar eso’. Está bien, le dije, pero vos también  vas a pagar por lo que vas a hacer ahora”, recordaría días después.

Nació el 2 de abril de 1964 en una propiedad de su padre, El Paraíso, hoy convertida en comunidad. Estudió hasta octavo en Gundonovia, en el norte del TIPNIS, y después se trasladó a Trinidad, donde sacó el bachillerato. “Luego, como siempre me gustó la ganadería, me  dediqué  a ese trabajo”, rememoró en una entrevista difundida  por la Fundación Tierra. Sus padres, de quienes aprendió el oficio, llegaron a tener más de 600 cabezas. En 1982 dejó su hogar y se fue a Santa Cruz, donde hizo el servicio militar y trabajó de obrero y zafrero. Seis años después regresó al Beni, cuando sus padres lo creían muerto.

“Fui como el hijo pródigo de la familia”, recordó. Volvió casado y su padre le compró una propiedad en El Paraíso, en 1989, pero apareció otro supuesto dueño con un  título que le otorgaba  derechos sobre cuatro comunidades y la tierra que le regaló su padre. Vargas le inició una demanda y cree  que, en venganza,  el terrateniente ordenó matar a uno de sus sobrinos de seis años. “Después de eso mis hermanos me dijeron que dejara esa propiedad; tuve que hacerlo, pero yo no le tenía miedo”, relató. Él dejó la propiedad pero insistió en la demanda. Para ello pidió ayuda a la Iglesia Católica, que le dio un empleo como promotor jurídico. No le pagaban, pero aprendió un nuevo oficio y como tal hizo trabajos de saneamiento y titulación. “También tenía mi ganadito, pero tras una inundación, en 1991, perdí todas las cabezas”. El golpe fue duro y no sabía qué hacer.

Fue cuando inició su relación con la dirigencia indígena. En esa época, entre 1992 y 1993, la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) impulsó el primer censo indígena, que arrancó en el TIPNIS. “Me capacitaron rápidamente y durante dos meses trabajamos con cuatro brigadas por todo el territorio”, recordó. En 1993 tomó un curso para técnicos jurídicos en Trinidad con catedráticos de la Universidad Gabriel René Moreno de Santa Cruz, a propuesta de los corregidores del TIPNIS.

En 1998 fue elegido secretario de Tierra y Territorio de la Subcentral del TIPNIS. En 2011 asumió la presidencia de la organización. “Todos los delegados, me parece, confiaron en mi persona”. Horas antes le habían preguntado: “Si nosotros te proponemos como candidato para presidente, no queremos que nos digas no, porque ahorita no hay otra persona en la que podemos confiar”. Y él les respondió: “Si ustedes consideran y mañana no me van a dar la espalda, yo acepto. Yo no quiero que cuando la lucha empiece me dejen”. Para entonces los indígenas ya habían tomado la decisión de realizar una nueva marcha.

Chaparina marcó su vida y selló su compromiso. Recuerda que llegó la policía y se lanzó en su persecución. “Me tumbaron, me volví a parar, pero me volvieron a golpear, y había una orden: ‘A este desgraciado hay que matarlo’. Después otro dijo que no: ´Deságanle la cara a punta de patadas’. Yo lo que hacía era cubrirme la cara y tirarme boca abajo”.

Un coronel espetó a los detenidos: “A nadie quiero escuchar hablar”. Los detenidos exigían a los policías que les desataran. El coronel les gritó: “¡Carajo!, ya les he dicho que nadie hable porque si no  les voy a tratar  realmente como animales”. En ese momento se paró Vargas y le dijo: “A ninguno de mis hermanos los va a maltratar. Si a mí me quieren, aquí estoy para que me maten, pero mátenme en este momento. Y él me dice: ‘si tuviera órdenes, lo haría en este momento’”.

La paliza le dejó dos costillas lastimadas y fuertes dolores que se agravaron con la caminata de dos las semanas siguientes, pero aguantó y entró a La Paz, triunfante, el 19 de octubre, y un año después protagonizó una nueva protesta, gracias al respaldo no solamente de sus bases, sino de su familia. “Mi mujer me dijo que tenga valor”, recordaría días después. Mucho antes, cuando asumió el liderazgo del TIPNIS, su esposa, Rafaela Menacho Monteverde, ya le había expresado su apoyo: “Me dijo que tenga valor y que no me deje influenciar, que jamás me deje comprar, que tengo que pensar en ella, en mis hijos y en mi reputación, y que eso hace grandes a mis hijos”.

Vargas no olvida Chaparina. “Ha despertado la conciencia de los bolivianos y ha logrado unir a todo el país en torno a la defensa del medio ambiente”, dijo mientras ascendía por la Carretera  de la Muerte, rumbo a Chuspipata, cerca de la Cumbre, en las puertas de La Paz. Todavía no había terminado la octava marcha y la novena ni siquiera se vislumbraba en el horizonte. Caminaba a paso lento y acompasado. De vez en cuando volteaba  la cabeza para constatar el ritmo de los marchistas. Haciendo visera con la mano derecha  para cubrirse del sol, contemplaba la larga fila multicolor que avanzaba serpenteando por la cornisa del camino, entre caídas de agua, precipicios y acantilados. “¡Ya falta poco!”, alentaba a sus compañeros.

Nueva Crónicas – 2ª quincena de septiembre de 2012

Humberto Palza Soliz, un autodidacta al frente de la primera escuela de periodismo*

Periodista, abogado, novelista, poeta, dramaturgo, filósofo, ensayista y diplomático, Humberto Palza Soliz era co-director del vespertino Ultima Hora cuando el rector de la flamante Universidad Católica Boliviana, monseñor Genaro Prata, lo llamó a principios de 1969 para que organice la primera escuela de periodismo de Bolivia. “¿Está Ud. seguro? Recuerde que yo soy un periodista autodidacta”, le respondió. “Todos los periodistas bolivianos lo son y de lo que se trata es que a partir de ahora se profesionalicen”, le replicó el prelado.

Y así fue. El Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública, antecedente de la Carrera de Medios de Comunicación, abrió sus puertas el 10 de febrero de 1969 exclusivamente para periodistas en ejercicio, todos autodidactas, a quienes la Universidad Católica quiso dar la oportunidad de profesionalizarse y optar a un grado académico antes de recibir en sus aulas al estudiantado en general.

Palza Soliz, columnista y colaborador de varios diarios de Bolivia y el extranjero, fue el encargado de acometer la empresa. Lo hizo de la mano de un profesional, Luis Espinal, el sacerdote jesuita y periodista mártir, asesinado por los paramilitares en marzo de 1980, designado subdirector. Luis Espinal era licenciado en Filosofía y Teología y había obtenido el título de periodista en la Escuela Superior de Periodismo y Medios Audiovisuales de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán.

Nacido en La Paz en 1900, ocupó diferentes cargos públicos, entre ellos el de director del  Departamento de Límites de la Cancillería y varios puestos diplomáticos, y sufrió los avatares de la política de su tiempo. Tras el triunfo de la revolución del 9 de abril de 1952, se exilió en Chile y regresó a Bolivia once años después, en 1963, para ocupar la codirección de Última Hora junto al periodista Alfredo Alexander, otro mártir del periodismo, asesinado en 1970.

Palza Soliz fue un intelectual reconocido, autor de la novela Soroche (1970), el poemario 18 Sonetos en que se cuenta un amor de otro tiempo (1974), las obras teatrales Por mi novio el extranjero (1920), La felicidad (1922), Las pobres vidas (1936), El viajero (1942) y los ensayos El hombre como método. Filosofía y sociología (1939), El hombre y el paisaje de Bolivia (1941), Tierra adentro, mar afuera (1949), Pasado y presente de la Liga de las Naciones (1938), La noche roja de Bogotá (1949).

Ocupó la silla con la letra O de la Academia Boliviana de la Lengua.

El poeta y crítico literario Óscar Rivera-Rodas, catedrático de literatura latinoamericana de la Universidad de Tennessee (EEUU), lo describió como “uno de los escritores bolivianos más importantes del siglo XX, pero cada vez más olvidado, una de las víctimas de la diplomacia, digno diplomático, que puso a un lado al escritor de novelas, ensayo, teatro y periodismo”. Para el escritor y ensayista Porfirio Díaz Machicao, fue un “hombre de alta cultura”, como profesor de oratoria, escritor y periodista, cuya obra “no quedará desmerecida”.

Una de sus obras más reconocidas es El hombre como método (1939), publicada por la Universidad de Berkeley , California, en 1939, en tiempos en que las universidades de élite estaban virtualmente cerradas para los pensadores latinoamericanos. El prólogo estuvo a cargo del crítico y profesor chileno Arturo Torres Rioseco (1897-1971), quien por entonces enseñaba en Berkeley.

“La aparición de un nuevo pensador hispanoamericano es siempre un acontecimiento en nuestra vida intelectual, saturado de impresionismo, facilidad estilística y esteticismo. Y si este pensador es un hombre joven, mayor razón de regocijo, ya que la actitud austera y el gesto meditabundo parecen ser el privilegio exclusivo de la vejez entre nosotros”, escribió Torres Rioseco.

“Desconocido aún para la mayoría pensante de América –agregó– se nos presenta un joven escritor boliviano con un libro nutrido y original que ha dado motivo a estas notas marginales mías. Su nombre es Humberto Palza; su libro se intitula El Hombre como Método. Defensores fanáticos del hispanoamericanismo literario, pecaríamos de inconsecuentes si no viéramos en la obra del señor Palza un valor extraordinario para el pensamiento de nuestro continente”.

Fernando Diez de Medina lo incluye en su Literatura Boliviana, Augusto Guzmán en La novela en Bolivia y Joseph M. Barnadas en su Diccionario Histórico. El filósofo Guillermo Francovich comentó elogiosamente su obra en Filosofía en Bolivia.

Como director y docente del Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública, dictó la materia de Introducción a la Filosofía. Muchos de sus alumnos, periodistas autodidactas como él, eran sus compañeros de trabajo en Ultima Hora. Y fue también él quien les entregó sus títulos, los primeros que otorgó la Universidad Católica, el 23 de diciembre de 1970.

*Texto publicado en el libro Poner en común. La Paz, noviembre de 2021.

Guillermo Céspedes Rivera, de corresponsal de guerra a docente universitario*

Ganó fama como corresponsal de guerra del diario La Razón durante la campaña del Chaco, uno de los pocos periodistas de su época que acompañó a las tropas combatientes y narró sus combates desde los frentes de batalla. Formado en las únicas escuelas de periodismo de su tiempo, las redacciones de los periódicos, Guillermo Céspedes Rivera fue el primer director de la Carrera de Medios de Comunicación, institucionalizada en 1971, a la que quiso dar un perfil netamente periodístico.   

Desarrolló su labor profesional en el diario fundado por el minero Carlos Víctor Aramayo, La Razón, con periodistas de la talla de David Alvéstegui y Gustavo Otero. Tras el triunfo de la revolución del 9 de abril y la toma del periódico por los revolucionarios, sufrió un exilio de 12 años, tiempo en el cual escribió para diversos diarios latinoamericanos.

Asumió la dirección de El Diario de La Paz en 1971, el mismo año que el rector de la Universidad Católica Bolivia, monseñor Genaro Prata,  le encomendó continuar la obra que iniciaron Humberto Palza Soliz y Luis Espinal con el Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública dos años antes, pero ahora como Carrera de Medios de Comunicación.

Para entonces era un periodista reconocido no solo por su cobertura del conflicto bélico del Chaco, sino también por su trabajo fuera de Bolivia como columnista y docente universitario.

En 1964 publicó en la Universidad de Zulia, Venezuela, el libro Opiniones y Noticias: Apuntes de periodismo, un manual para columnistas y reporteros. Dos años después, por encargo de la Editorial Trillas de México, hizo la adaptación para América Latina del libro El reportero profesional, de Stanley Johnson y Julián Harris, “un tratado general sobre periodismo” con las primeras lecciones sobre la redacción de noticias que llegó a las universidades de la región.

Ejerció también varios cargos en la Cancillería, pero su labor estuvo centrada principalmente en el periodismo y la docencia.

El periodista e historiador Ricardo Sanjinés Ávila, quien trabajó bajo su dirección en El Diario, lo recuerda como “un caballero alto y bien trajeado, de hablar reposado, exigente con las fuentes y redacción precisa, sin vueltas”, un periodista “comprometido con la libertad, coherente con sus convicciones y sobre todo un hombre bueno”.

“Don Jimmy”, como era conocido entre sus colegas y alumnos, dejó un libro inédito, Mortajas de caqui, un libro que, según Sanjinés Ávila, que tuvo acceso a su contenido, “relata sus experiencias en el frente, el espionaje y las batallas diplomáticas en Buenos Aires”. Céspedes Rivera cubrió el conflicto desde los principales escenarios de la guerra, recreó en sus crónicas las hazañas de sus héroes y entrevistó a los líderes políticos y militares de la época.

Céspedes Rivera dirigió la carrera entre 1971 y 1978, aunque la universidad estuvo cerrada dos años a causa del golpe militar de Hugo Banzer Suárez y se reabrió en 1973. Fue docente de Redacción de noticias.

*Texto publicado en el libro Poner en común. La Paz, noviembre de 2021.

El Doctor Cajías, un hombre multifacético*

Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, erudito, escritor, filósofo, científico, impresor, activista cívico, político y diplomático, dijo alguna vez: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

Recordé la frase y al personaje al rememorar a Huáscar Cajías Kauffmann. El “Doctor Cajías” a secas, como era conocido entre los periodistas de mi generación, era también un hombre polifacético, una persona con múltiples aptitudes y capacidades: Periodista, editor, abogado, criminólogo, filósofo, docente, político, diplomático, católico militante y, sobre todo, humanista.

La historia recuerda a Benjamín Franklin por su sabiduría, por la elegancia de su escritura, su ingenio y su gran sentido del humor, características que también podríamos encontrar en la personalidad de Don Huáscar, un hombre de cultura enciclopédica, dueño de una gran prosa, observador agudo y perspicaz de la condición humana y, tal vez por eso mismo, con un gran sentido del humor. Lo sabían los políticos de su época, víctimas de su sarcasmo y humor mordaz, y por qué no, también nosotros, sus colegas, objetos de su fina ironía.

Pero la frase del Padre de la Patria de Estados Unidos no solo me llevó a repasar las múltiples facetas de la personalidad del Doctor Cajías, sino a reflexionar sobre el perfil ético y humano de la trayectoria del hombre, un hombre brillante, producto de la armonía y el equilibro entre la inteligencia y el trabajo.

“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo… Es lo que hizo y enseñó el Doctor Cajías a lo largo de su vida como periodista y maestro: escuchar, aprender, enseñar e involucrarse en las causas más justas de su tiempo. Hizo de su vida un ejemplo, y de su trayectoria, toda una docencia.

Lo conocí en septiembre de 1964, en las postrimerías del gobierno de Víctor Paz Estenssoro y en vísperas del golpe del general René Barrientos Ortuño, un golpe que inauguró el triple sexenio militar, con su seguidilla de dictadores fascistas, generales revolucionarios y caudillos de opereta.

Paz Estenssoro había decretado el estado de sitio y la censura de prensa para contener la ola de protestas populares que había estallado a lo largo y ancho del país como respuesta a su intento reeleccionista.

La censura de prensa de esas épocas no era tan sutil como la de ahora. El ministro de Gobierno de turno enviaba censores de carne y hueso a las redacciones de los periódicos, lápiz rojo en mano, para tachar frases, párrafos e incluso notas integras que a su juicio eran contrarias al interés político del régimen.

Cajías había convocado a una reunión de directores de medios en la redacción de su periódico, el diario católico Presencia, el más influyente de su tiempo, para coordinar acciones contra la censura. El padre José Gramunt, director de radio Fides y de la naciente Agencia de Noticias Fides (ANF), me pidió que lo acompañara.

Yo tenía 19 años. Estaba empezando en el periodismo, con apenas cuatro meses en el oficio. Cajías llevaba doce años al frente de Presencia, tiempo en el cual no solo había convertido al diario en una gran escuela, sino en el baluarte de la defensa de la libertad de expresión y de los derechos civiles y políticos de los bolivianos ante los atropellos del gobierno movimientista.

En abierto desafío a los nueve censores enviados a su periódico, en presencia de ellos, Cajías hizo un vehemente llamado a la defensa de la libertad de prensa.  “No nos queda otra cosa -dijo- que acatar la disposición, pero, mientras podamos, tenemos que poner en evidencia la arbitrariedad de la medida y dejar ver a nuestros lectores y oyentes que las noticias que estamos publicando han sido censuradas”.

Y así fue. Durante los 32 días de censura, Presencia y los demás diarios dejaron en blanco los espacios correspondientes a los textos censurados. Los periodistas se negaron a sustituir las notas eliminadas por otras, con el objetivo de poner en evidencia a los censores y así expresar su protesta contra la medida. Las radios, por su parte, empezaban la lectura de las noticias censuradas con un aviso: “La noticia que vamos a leer a continuación ha sido censurada”.

Presencia fue uno de los periódicos más activos en la resistencia. No se limitó a dejar en blanco las frases, párrafos y notas censuradas. Sus redactores llenaron las paredes de la redacción con letreros contrarios a la censura y frases alusivas a la libertad de expresión. Recuerdo que, al contestar cada llamada, la telefonista del diario repetía: “¿Aló? Aquí Presencia censurada, buenos días”.

Todo con la aquiescencia y aliento de su director.

Así conocí al Cajías defensor de la libertad de prensa, al activista de los derechos civiles y políticos de los bolivianos.

Un año después, al ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, lo conocí como docente, como profesor de Criminología. Lo primero que me dijo al empezar el curso fue que no me confiara, que no porque fuera colega suyo, yo gozaría de algún privilegio, que nadie dijera que él tenía un trato de favor con otro periodista.

Sus clases eran magistrales y amenas, gracias, precisamente, a su conocimiento de la temática y también a su gran sentido del humor.  Era exigente y severo en extremo. Probablemente no tomé en serio su advertencia y, claro, reprobé ese primer año. Al año siguiente tuve que aplicarme a fondo para aprobar la materia. Y no fui el único. A otros colegas les pasó exactamente lo mismo. El poeta y periodista Pedro Shimose, quien también fue su alumno, recordó en alguna ocasión que sus “exámenes eran temibles” y que “constituían una sesión de tortura inquisitorial”.

Recuerdo sus clases sobre el criminólogo italiano Cesare Lombroso y su teoría sobre el “criminal nato”. Gracias a Cajías me enamoré de la criminología y años después descubrí y me enamoré de la novela negra.

Así conocí al Cajías docente.

Tiempo después, en mayo de 1970, me invitó a realizar una suplencia en Presencia. Todavía guardo el contrato firmado por el gerente de entonces, Armando Mariaca, que fijaba mi salario en 533 bolivianos con 20 centavos por mes. Hoy parecerá poco, pero no lo era, teniendo en cuenta que el director ganaba 400 dólares.

En mis más de 50 años de ejercicio profesional no conocí a ningún director que corrigiera personalmente los originales de sus redactores. Para ser sincero, yo tampoco lo hice cuando dirigí, por más de tres años, el diario Página Siete. Pero el Doctor Cajías sí lo hacía.

Cada reporte, nota o crónica pasaba por su rigurosa revisión. No solo observaba la ortografía, la sintaxis y el estilo de los escritos, es decir la forma y técnica de la narración, sino también el fondo conceptual y ético de cada texto.  Cuando se presentaba alguna discrepancia entre el redactor y el director, algo que ocurría con frecuencia, Cajías escuchaba pacientemente las razones de su periodista y él exponía las suyas. Por lo general, por no decir siempre, él tenía la razón y el redactor quedaba satisfecho con la explicación, que no dejaba de ser una clase exprés de buen periodismo.

Escrupuloso en el lenguaje, decía que no hay razón para hablar ni escribir mal. Gracias a ese afán, Presencia fue uno de los pocos periódicos bolivianos, si no el único, que tuvo un corrector de estilo, cargo que desempeñó el periodista y poeta Óscar Rivera-Rodas. Y el propio Cajías.

Al término de mi fugaz paso por el diario, me invitó a quedarme como reportero y redactor permanente, invitación que decliné debido al trabajo que desempeñaba como corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) en La Paz.

Así construyó Presencia, esa gran escuela de ética y buen periodismo, cuando Bolivia no contaba con escuelas para la formación académica de los periodistas. Era la época en que los periodistas aprendían el oficio en la práctica diaria y se nutrían de la experiencia y sapiencia de maestros como Cajías, a quien su colega y discípulo Harold Olmos describió alguna vez como “el roble de toda la arquitectura del periódico”.

Sin el doctor Cajías, Presencia no hubiese existido. Como dijo Pedro Shimose, “él era consciente de su proeza y, quizás por eso, era un padre celoso de su criatura”.

En Presencia conocí al Cajías periodista.

En 1979 coincidí con él en México para cubrir el primer viaje pastoral del recién elegido papa Juan Pablo II y la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), celebrada en Puebla, él como director de Presencia, yo como corresponsal de DPA. Durante dos semanas seguimos de cerca las deliberaciones de los obispos del continente.

Eran los tiempos del cristianismo radicalizado, surgido de la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1968, alimentado por la naciente Teología de la Liberación, una corriente eminentemente latinoamericana que postulaba la “opción preferencial por los pobres” y que tenía como principales exponentes a varios teólogos de peso, como el peruano Gustavo Gutiérrez y el brasileño Leonardo Boff; obispos como los  brasileños Hélder Cámara y Pedro Casaldáliga, y sacerdotes que pasaron de la teoría a la práctica, como el cura guerrillero colombiano Camilo Torres, muerto en combate con el Ejército, en 1966.

Era una época de polarización política e ideológica, tiempos en que muchos creían ver un guerrillero debajo de cada sotana.

Recuerdo con cariño y nostalgia esa cobertura periodística. Con Cajías y otro periodista boliviano, Hernán Maldonado, enviado de la agencia estadounidense UPI, asistíamos a las conferencias de prensa matutinas, durante las cuales un grupo de obispos informaba sobre el curso de la conferencia, y después almorzábamos en un restaurante local para recapitular y comentar el apasionado debate de los pastores de la Iglesia continental.

Católico militante, orgulloso hombre de la Iglesia, Cajías nos alertaba sobre el verdadero significado del mensaje evangélico y no dudaba en apelar a los propios teólogos de la liberación para señalar que el hombre debía ser visto en sus coordenadas económicas, sociales, culturales y raciales, en el marco de su realidad, como el sujeto muchas veces de una clase social explotada, de un pueblo dominado y de una  raza marginada, pero esto, nos decía, ya lo había visto y dicho Cristo, que había optado por los pobres y había denunciado la miseria escandalizadora y envilecedora que prevalecía en el mundo, pero una opción, decía, que no podía ni debía empujar a la militancia partidaria ni a promover el cambio por la vía de la violencia.

Cada charla era, nuevamente, una clase magistral, esta vez de teología, que nos permitía, como periodistas, dotar a nuestras crónicas y reportajes del contexto imprescindible.

Así conocí al Cajías católico y teólogo.

Años más tarde, estando en el aeropuerto de México, a punto de embarcar para La Paz en una de mis vacaciones anuales, se me acercó uno de sus yernos, feliz y aliviado de encontrarme, pues estaba a punto de embarcar a su hija y nieta de Don Huáscar, de cuatro o cinco años edad, rumbo a Bolivia, bajo la custodia de la azafata del Lloyd Aéreo Boliviano.

“Mi suegro la estará esperando en Santa Cruz”, me dijo. Yo acepté gustoso la responsabilidad del encargo. Al llegar a Santa Cruz, divisé a Don Huáscar, inquieto, que estiraba el cuello y levantaba la cabeza hasta donde podía, para tratar de ubicarnos entre los pasajeros que esperábamos recoger nuestro equipaje.

El encuentro con su nieta fue francamente conmovedor, unidos en un tierno abrazo, él al borde del llanto.

Ese día conocí al ser humano, al hombre querendón de la familia.

Quise recordar al hombre que conocí en el día a día, al periodista, al docente, al católico militante, en fin, al hombre multifacético, pero también al ser humano, al maestro que escuchaba, enseñaba y se involucraba en las causas más justas de su tiempo.

Yo siento un gran orgullo de haberme formado en la Universidad Católica, de haber egresado en su primera promoción de periodistas, hace 50 años, y de ocupar actualmente la dirección de esta querida Carrera, pero nunca he olvidado ni olvidaré a los maestros que guiaron mis primeros pasos en el oficio. Me refiero al padre José Gramunt, a Alberto Kit Bailey Gutiérrez y, por supuesto, al Doctor Cajías.

Huáscar Cajías Kauffmann fue un hombre de muchos méritos. Uno de ellos es, precisamente, haber convertido la modesta redacción de lo que empezó como un periódico de pueblo, Presencia, en la escuela de la que carecía Bolivia, donde sus alumnos aprendieron a rendir culto a la verdad, a la justicia y la solidaridad, los grandes principios de la ética periodística.

Cajías formó a los mejores periodistas de mi generación, colegas que destacaron en Bolivia y fuera de Bolivia, con trayectorias que hablan por sí solas de la escuela que fue Presencia. Al repasar sus nombres, no puedo menos que dar la razón a Domingo Faustino Sarmiento cuando dijo que “los discípulos son la biografía del maestro”.

*Texto publicado en el libro Huáscar Cajías Kaiffmann, un hombre multifacético. La Paz, noviembre de 2021.