Periodismo entre tanques y balas

Ignacio Vera de Rada

Hace unos días, Juan Carlos Salazar me dedicó el libro El periodismo en tiempos de dictadura: Las experiencias de Prensa, Apertura y ANF (Plural, 2021), del cual él es coordinador y autor. La llamativa portada anuncia el tenor del texto: un niño canillita levantando un diario y, al fondo, un tanque y militares con metralletas en mano. La obra, de 120 páginas, recoge una trilogía de crónicas escritas por Fernando Salazar-Paredes, Harold Olmos y el Gato Salazar, sobre tres experiencias paralelas pero contemporáneas entre sí: las de los semanarios Prensa y Apertura y la de la Agencia de Noticias Fides.

Antes de comentar la obra en sí, quiero ponderar la labor periodística del Gato, periodista de ese linaje de cronistas para los que todo lo que ven, sienten y tocan tiene algo de interesante, dependiendo del enfoque con que se lo cuente, como quedan ya muy pocos. Además de haber trabajado en varias agencias de noticias extranjeras, dirigido el diario Página Siete y ser, hoy, director de la carrera de Comunicación Social de la UCB, ha ido dejando en libros gran parte de sus experiencias del peregrinaje periodístico, el más apasionante de todos los que hay, según García Márquez.

La guerrilla que contamos, Che, una cabalgata sin fin, Semejanzas y El periodismo en tiempos de dictadura (libros de los cuales él es autor independiente, coordinador o coautor),  reúnen reportajes, crónicas y semblanzas que, cuando mañana sean vistas por las nuevas generaciones de periodistas e intelectuales, serán fuente de consulta para la exhumación de la historia de esta sociedad y este país, pues el buen periodismo es el borrador de la historia oficial y definitiva. Y sé que ahora incursiona en la literatura, con relatos breves que, si bien se nutren de su sangre objetiva de cronista, dan rienda suelta a la imaginación.

El periodismo en tiempos de dictadura compendia crónicas o, más bien, testimonios colmados de pasión, pese a todos los años que ya pasaron. No narran con el frío objetivismo del crítico, sino más bien con el entusiasmo y el optimismo del periodista novel y, acaso, el dolor y la frustración de los primeros sinsabores  en la vida de un joven profesional de la prensa.

Inicia el libro con un prólogo de Renán Estenssoro, quien hace un nostálgico recorrido por la historia del periodismo, aludiendo a la importancia que éste tiene en el contrapeso que se debe poner frente al poder. “La lucha del periodismo contra el poder es la lucha de todos los tiempos”, indica. Yo amplificaría ese aserto, diciendo que son los escritores, y aun todos los buenos intelectuales, los que siempre han hecho resistencia al poder, al poder viciado de corrupción y abuso; los que han dado lucha, pero una lucha espiritual y de ideas, noble y no violenta porque la guían los ideales; “el buen combate”, como diría San Pablo.

El primer texto es de Salazar-Paredes y está dedicado al semanario Prensa. La parte más interesante del mismo es la referida al análisis del contexto de medios y periódicos de la Bolivia pre y post 52. El autor indica que junto con Prensa nacieron otros medios que se denominaban “alternativos”, pues ofrecían una tónica diferente a la de los medios tradicionales, controlados los más por intereses económicos y políticos de las élites.

El texto de Salazar-Paredes también devela los entretelones administrativos, gerenciales, operativos y financieros con los que se las debían arreglar para el sostenimiento de una publicación impresa de este tipo. Empresas osadas para un medio social no solamente indiferente con la lectura sino, además, en plena ebullición política que amenazaba con arrestos, balas y tanques a los escritores y periodistas independientes que pretendían informar con la verdad.

Ahora bien, todos saben que la prensa, incluso la más seria, abriga inclinaciones políticas y tendencias sociales, y no está mal. Es un error decir que la prensa más idónea es o debería ser apolítica, y seguramente los trabajadores de un medio periodístico tienen aspiraciones y reivindicaciones quizás contrarias a las del director o gerente. Es por eso que por aquellos años se introdujo la llamada columna sindical, un espacio en el que los trabajadores podían escribir artículos, aunque éstos fueran contrarios a los lineamientos del medio. Ciertamente este hecho fue bueno y “democratizó” los medios impresos.

Por su parte, Harold Olmos narra la odisea que significó Apertura, un semanario que, al igual que Prensa, duró poco. Eran tiempos en que el periodismo jugaba un rol preponderante porque, entre otros motivos, una pléyade de periodistas de primer nivel y comprometidos con la política (Huáscar Cajías o José Gramunt) era el que lo elaboraba. Además, la sensación de prohibición y clandestinidad era, de alguna manera, estimulante y apasionadora. Se escribía sin parar en salas de redacción montadas por los mismos redactores, entre máquinas que trastabillaban sin cesar, entre el humo de los cigarrillos y el miedo a los tanques y las balas. ¡Qué tiempos debieron haber sido…!

¿Puede causarnos algo de nostalgia el que antes, sin TV ni redes sociales, la prensa escrita haya tenido una influencia mucho mayor que la de hoy? Pienso que sí. Pues antes, por lógica, las columnas y los artículos estaban copados solo por personas que tenían algo interesante que decir. A diferencia de hoy, cuando cualquier persona puede emitir sus opiniones en redes, por muy estultas que éstas sean, o cuando los programas televisivos (vacuos la mayor parte) atrapan la atención de la mayoría de la población, ayer la prensa tenía una mayor calidad y, por tanto, la opinión pública no debió ser tan propensa a la fruslería.

Pero se nos plantea ahora el asunto de la democratización de los medios, como parte del llamado de atención que hizo el Informe MacBride. Ciertamente la unidireccionalidad de los flujos de información no es positiva, pero estimo que el otro extremo linda con la banalización del periodismo. Aurea mediocritas. (Horacio)

La parte que más nostalgia me causó es la que está dedicada a la ANF, pues este medio, hace algunos años, a instancias del padre Sergio Montes, me abrió las puertas para que durante algún tiempo publicara semanalmente artículos teológicos y religiosos, que escribía con mucho cariño y dedicación.

Es Juan Carlos Salazar el autor de este último testimonio. Refiere que los de ANF eran “periodistas tres en uno”: debían investigar y reportear, redactar los boletines de prensa, luego empaquetarlos y, finalmente, ir a la terminal de buses y a las oficinas del Lloyd Aéreo Boliviano para despachar la información para Oruro y Cochabamba. La ANF se fue abriendo paso, contra viento y marea, hasta llegar a cumplir casi seis décadas desde su fundación. Concorde a la modernidad, diversificó sus formatos, saltando a las plataformas digitales y haciendo mesas redondas y entrevistas audiovisuales, entre otras cosas.

Como dice el mismo Gato, “en un país donde lo efímero pugna cotidianamente por convertirse en historia y muere en el intento, solo la ayuda del Espíritu Santo puede explicar la porfiada permanencia de la obra de la Compañía de Jesús en el mercado de noticias durante más de medio siglo”.

Página Siete – 5 de septiembre de 2021

Valiente confrontación del periodismo al poder

Renán Estenssoro Valdez

El periodismo en tiempos de dictadura no solo recuerda, como sus autores califican, “aventuras periodísticas” que se impulsaron en momentos difíciles y convulsionados en el país. Este libro es el retrato de  esa generación de valerosos y extraordinarios periodistas que ejercieron, de manera apasionada, este oficio en las turbulentas décadas de los 60, 70 y 80 del Siglo XX. 

Al recorrer sus páginas, se evoca la sala de redacción con sus ruidosas máquinas de escribir y, especialmente, el espíritu comprometido con la noticia de quienes decidieron tomar la pluma como arma para defender sus ideas. Fernando Salazar, Harold Olmos y Juan Carlos Salazar nos trasladan a una época ardiente y agitada, y aunque no muy lejana, muy diferente a la actual.

Los semanaios Apertura y Prensa, pese a su fugaz existencia, no constituyen las anécdotas de la historia del periodismo, más bien representan, junto a la Agencia de Noticias Fides (ANF), el carácter y el espíritu combativo de esa generación de periodistas.

¿Qué motivó a esos hombres y mujeres a impulsar un periodismo contestario al poder?, ¿lucharon por una ideología político partidaria o por la democracia?, y esa lucha, finalmente ¿triunfó? Sí, por supuesto que triunfó. En 1982, Bolivia recuperó la democracia y los militares se retiraron a sus cuarteles tras casi trece años de haber gobernado el país. 

ANF inició su trabajo en 1963, mientras que los semanarios Prensa y Apertura lo hicieron en 1970 y en 1980. En ese entonces, un mundo polarizado se batía en la denominada Guerra Fría. Mientras Estados Unidos y la Unión Soviética combatían en Vietnam y en otros países de África, Mao Tse Tung arrasaba en China con la denominada Revolución Cultural.

En Bolivia las cosas no eran distintas. El país, al igual que el mundo, estaba dividido. De un lado estaban los radicales que apoyaban movimientos guerrilleros procubanos –encarnados en los tristes y sangrientos episodios comandados por el Che Guevara en Ñancahuazu y los hermanos Peredo en Teoponte– y del otro militares de derecha y de izquierda.

Transcurrieron alrededor de 17 años entre el nacimiento de ANF y la publicación del primer número de Apertura. En este lapso, se sucedieron alrededor de 11 diferentes gobiernos. Con excepción de las breves gestiones de Luis Adolfo Siles, Walter Guevara y Lidia Gueiler, todos fueron militares. Los protagonistas de las tres historias de medios que relata este libro, los vivieron y sufrieron.

Eran otros tiempos. El periódico tenía un poder extraordinario sobre la opinión de la gente. Por ello, tanto políticos como militares procuraban controlar la prensa. Un editorial podía poner a temblar a un ministro y una apertura podía ser el inicio del fin de un régimen. Unos luchaban por informar y los otros por acallar.

Este periodo representa, sin duda, uno de los mejores momentos del periodismo boliviano. No por sus compromisos ideológicos, sino más bien, por la calidad de sus periodistas, sus convicciones y su férrea oposición al poder. La prensa gozaba de una gran credibilidad y de una fuerte ascendencia sobre la gente. Sin duda, este prestigio también se debía al hecho de que en sus filas se encontraban auténticas personalidades de la cultura, el derecho y la política.

La lucha del periodismo contra el poder es la lucha de todos los tiempos. Desde la aparición del primer periódico, hace más de 500 años, hasta la fecha, el enfrentamiento ha sido permanente. Y aunque las batallas se han librado en varios frentes y en diferentes zonas geográficas, el afán de constituirse en un contrapeso al poder ha sido la brújula que ha guiado el curso de sus acciones.

Prensa fue un medio que el Sindicato de la Prensa de La Paz encomendó crear a Juan León, Fernando Salazar y Andrés Chichi Soliz, entre otros. Sus objetivos eran ideológicos tal como señala Fernando Salazar en su relato. La historia y el enfoque de Apertura es diferente, aunque existen ciertas similitudes. Ambos semanarios tuvieron una fugaz existencia –alrededor de tres meses– y dejaron de publicarse tras un golpe y el encumbramiento de un nuevo gobierno militar.

Prensa desapareció con la caída de Ovando Candía y Apertura con la de Lidia Gueiler. También existen ciertos nombres que se repiten, como el de Juan León Cornejo y Juan Carlos Salazar. Los dos semanarios respondieron a iniciativas gremiales. Al Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz, en el caso de Prensa, y a los corresponsales extranjeros en el caso de Apertura.

Sin embargo, a diferencia de Prensa, la principal preocupación de Apertura fue la democracia, que en aquellos años –al inicio de la década de los 80– luchaba desesperadamente por nacer.  En sus publicaciones, el semanario denota una visión periodística de la realidad que vivía el país y, especialmente, su gente. La existencia de un semanario de esa naturaleza, en un contexto como el que impuso García Mesa, era imposible. 

En ese entonces, la edad promedio de la mayoría de los protagonistas de esta historia bordeaba los 30. Es decir, había en ellos una mezcla de juventud y ansias de luchar y de hacer periodismo. El exilio fue, para muchos, la respuesta que les dio el poder a sus inquietudes. Varios, la mayoría, desarrollaron una exitosa carrera periodística en el extranjero. Algunos retornaron al país y otros no. Sin embargo, la fortaleza y el ímpetu de su juventud junto a sus deseos de participar con voz en la configuración del país, constituyen una parte fundamental de nuestra democracia y de la identidad nacional, que hoy, 40 años después, se encuentran nuevamente en entredicho.

 ANF es, sin duda, uno de los proyectos periodísticos más ambiciosos y serios que ha tenido el país, no sólo por la sólida visión e interpretación periodística de la realidad que le imprimió su fundador y director por varias décadas, José Gramunt de Moragas, sino también por una trayectoria valiente y transparente, apoyada en sólidos cimientos éticos. 

Juan Carlos Salazar coordinó este volumen que recuerda tres casos excepcionales de periodismo, cada uno con sus matices y enfoques. Si bien son diferentes, tienen algo en común  y es que la discusión y confrontación de ideas que generaron al igual que otros medios de aquella época,  sin importar su inclinación ideológica, constituyen los pilares sobre los que se construye nuestra democracia plural, representativa y aún imperfecta. 

Pasó mucho tiempo y pasaron muchos gobernantes. Y si bien ahora en la redacción reina el suave sonido del tecleo, perviven en el corazón de sus periodistas los mismos principios y convicciones que motivaron a esa generación de periodistas. Y es que, definitivamente, el poder de la palabra puede más que el poder de las armas.

Página Siete – 18 de julio de 2021

Con el idioma de la rabia

Augusto Vera Riveros

Tomo el libro y mi pulgar izquierdo se interpone entre la escueta semblanza de un maestro del periodismo boliviano y la página 33, a que le antecede.  No supe si hojear u ojear ante la indiscriminada agrupación de personajes de la historia –preferentemente de la segunda mitad del siglo XX–, lo que me provocó cierto desconcierto sobre su contenido.

Semejanzas: Esbozos biográficos de gente poco común (Plural, 2018) llegó a mis manos de forma casual, sí; pero inconscientemente buscado, porque antes ya tuve la oportunidad de leer y reseñar una magnífica obra de coautoría de Juan Carlos Salazar (JCS).

Me congratulo, porque el albur hizo marcar aquella página dedicada a Héctor Borda Leaño, a quien de muy niño vi sin saber por qué llamaba mi atención. Después supe algo más de él, no mucho; había una gran distancia generacional; pero ver su imagen y el subtítulo que da nombre a la presente reseña, estimuló mi curiosidad.

Creo  que toda obra literaria constituye una unidad indisoluble que no admite valoración a primera impresión. Y entonces se vino abajo aquélla, que me provocó de inicio ver a Juan Rulfo y Cesar Luis Menotti, entre quienes no parece haber mucha semejanza, pero Semejanzas no es una obra histórica que segmente circunstancias o personajes y la ubicación grupal de todos los que en el libro aparecen.

Más bien obedece, creo yo, a una generosa consideración horizontal del autor respecto a la figura de cada uno de aquéllos. Y ante eso, el lector puede comenzar a leerla por cualquiera de sus partes y dentro de ellas, por cualquiera de sus personajes, lo que no justificaría dejar inconclusa ninguna de sus páginas, porque es probable que solo al final de ellas se haga una reflexión cabal sobre el carácter holístico del conjunto de su texto.

Y, con ese preámbulo, resulta complejo categorizar el género literario de Semejanzas, en tanto no son biografías strictu sensu, pero riesgoso sería considerar que sus páginas contengan datos históricos en la rigurosidad del concepto. Cuando leí La guerrilla que contamos, percibí que Salazar no es escritor de encasillamientos literarios; su pluma fluye con soltura, haciendo uso de un talento nato, propio del periodista que sabe de lides del oficio desde que era un imberbe. Así, podría decirse que son perfiles, historias de vida, facetas personales de cada uno de los que protagonizan la cuarentena de vidas y, aún, rasgos de una época.

Si hay algún atributo común en esta obra de mediano volumen pero de importante contenido, es que todos, con contadísimas excepciones, han tenido una relación con el autor, aunque sea efímera, como él mismo señala en la introducción metodológica.  Esa interacción hace posible un recurso testimonial directo y con el aprovechamiento que JCS tiene en el manejo comunicacional, se crea una combinación que desahucia cualquier posibilidad de distorsión del temperamento del personaje.

Ahora bien; el libro, que parece aproximarse al subgénero biográfico, no aspira al papel de instrumento heurístico, porque nada hay de inédito en su metodología, pero la literalidad estilística ecléctica a que JCS acude lo muestra en una faceta de historiador antropológico, en tanto cada semblanza apareja una descripción individual del pensamiento y las experiencias en el campo que a cada uno le cupo desempeñar en su vida y que él considera trascendente divulgarlas.

Así, Semejanzas se reparte en lo que la teoría denomina historias de vida, como subgénero de la biografía en su definición clásica, y en lo que en la técnica literaria se conoce como fuentes orales. 

Es decir que en el libro concurren técnicas distintas pero no antagónicas. Para Amalia Decker, se emplea una narración en primera y tercera persona, y casi en todos los casos, salvo error u omisión, el expediente de la entrevista. Esa danza de técnicas parece caótica, pero hay un orden y armonía que va más allá de la simple recopilación de datos que suele casi siempre ser fría, porque eso es biografía pura, con móviles distintos del escritor.

En la entrevista hay una estimulación al entrevistado de manera que siga un hilo conductor de su narración para garantizar la profundidad de la información (que no tiene por qué ser sinónimo de amplitud literaria). De hecho, en ese ámbito hay asimetrías entre personajes que no debe y no tiene porqué entenderse como inicua asignación del autor a uno u otro. La acuciosidad de JCS se traduce fielmente en la intención que tiene de transmitir al lector substancia y no cantidad.

Una particularidad es la transcripción que refleja adecuadamente el estilo personal de cada figura. A propósito de ello, es probable que exista cierta incoherencia en la clasificación de algunos de ellos en los diferentes segmentos temáticos. 

Una historia de vida-fuente oral por demás objetiva es la del exministro del Interior de 1983, que siendo uno de los hombres que más sabía de las argucias de la política, de los más polémicos de su tiempo y no siempre cristalino, debió formar parte del tercer bloque (política) del libro. Conocedor como era de las intrigas del oficio, Gustavo Sánchez, querido y odiado por idénticas causas, confesó al autor: “Todo gobierno tiene un hijo de puta, y yo soy el hijo de puta del gobierno de Siles Zuazo”. Pero ésos son aspectos anecdóticos que en nada enturbian el formidable contenido de Semejanzas.

En breves semblanzas biográficas también puede adscribirse este trabajo, que abre paso al conocimiento de vidas yuxtapuestas, a las que solo identifica el ámbito temporal, y hábilmente condensadas por un escritor que tiene la ventaja del oficio periodístico, lo que le permite lograr un enfoque integral gracias al trabajo de campo que hizo en casi todos los casos, respetando rigurosamente el estilo narrativo propio de cada personaje, y compartiendo en consecuencia la autoría, en cierta manera, con quienes no siendo formalmente creadores, han puesto su sello propio, sello que JCS respeta puntillosamente. 

En consecuencia, el escritor, al ajustar los monólogos, o las interlocuciones en su caso, a los cánones literarios y periodísticos que no colisionen con el perfil psicológico o social del personaje, está en cierta forma recurriendo al lenguaje de cada uno de ellos, predominantemente de rebeldía, sin renunciar a una prosa muy de su estilo y en un idioma muy suyo, atildado; matizando en cada caso particular en conformidad con quien de él o ella trata. Por eso, más que en un lenguaje rabioso, Semejanzas nos habla en un idioma que supera cualquier obstáculo emocional.

Página Siete – 24 de julio de 2020

La Higuera: el fin de los de barba y melena

Augusto Vera Riveros

Haciendo de lado toda valoración ideológica, quién no sabe algo del Che Guevara… La leyenda de su vida pública –sobre todo en Bolivia– ha llegado a oídos de gran parte de los latinoamericanos. En la década de 1970, la juventud de la clase media alta quiso emular el rostro de esa figura, dejándose crecer el cabello y la barba, aunque no tuvieran muchos pelos en la cara.

Quizá el hecho de más notoriedad de  1967 fue la promulgación de la Constitución Política del Estado; su vigencia superó los 40 años. Pocas semanas después, tres muy jóvenes periodistas de formación autodidacta encontraban la oportunidad de comenzar una carrera exitosa en ese ámbito y con una prueba de fuego: periodismo de guerra.

Y luego de 50 años, José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor narran sus experiencias de una cobertura que, en el frente de operaciones, sin duda fue de algo más que sobresaltos, y que La guerrilla que contamos traduce con esmero pero también con picardía. En 280 páginas, la editorial Plural nos presenta lo que sus autores subtitulan como la historia íntima de una cobertura emblemática.

En un razonamiento lógico, parecería ilógico que estos tres audaces un poco más que adolescentes se hayan armado, en representación de sus casas periodísticas, de apenas una libretita de apuntes y, en algún caso, de una máquina fotográfica,  y que transcurrido medio siglo cuenten sus experiencias del levantamiento armado dirigido por Ernesto Che Guevara.

La  lectura de ese libro me hizo caer en cuenta que no resulta descabellado haberlo hecho  luego de tantos años, porque la rutilante carrera de sus autores ha servido, entre otras cosas, precisamente para comprender con genial madurez lo que aquel lejano 1967 significó para la posterior influencia del guerrillero en el pensamiento de los pueblos.

Para cubrir un conflicto de las características del que La guerrilla que contamos trata, se requiere de una formación mayor que la de cualquier otro periodista, porque además de los conocimientos básicos que todos necesitan para desarrollar no solo labor informativa, sino de corresponsalía, se debe poseer técnicas específicas que, unidas a la experiencia y la prudencia, eviten en la medida de lo posible los indudables riesgos que corren. Algunos conflictos bélicos en el mundo dieron como resultado, en proporción, más muertes de periodistas que de militares.

Las crónicas, divididas en tres partes y cada una escrita por uno de los coautores, establecen que ni Alcázar, Salazar o Vacaflor, sabían cómo funcionaba el ejército ni sus aparatos de censura para obtener información de ellos y no caer en los partes,  que no siempre son ciertos. El libro más bien evidencia que los militares, cuyo centro de operaciones era Camiri, sí conocían por la experiencia que solo la edad hace posible, el funcionamiento de los medios de comunicación y sus periodistas para encontrar la forma de evitar que éstos obtengan informaciones que resulten ventajosas para los insurgentes o que deterioren su imagen ante la opinión pública. 

Empero, una cosa es segura: a quienes fueron enviados al conflicto armado les sobró ese olfato que el periodista debe poseer para acceder a la información que las circunstancias a veces pueden negar. A pesar de ello, los corresponsales, a más de galantear a alguna moza chaqueña, nunca perdieron la compostura ni la prudencia  en un evento que, independientemente de sus convicciones progresistas muy propias de la juventud, puso en juego la seguridad del Estado. Su agudeza y la posibilidad ya no solo de transmitir los hechos, sino de llegar hasta el propio guerrillero y lograr una entrevista, no les dejó perder el norte de un trabajo que, en resumen de cuentas, sirve hoy de documento fundamental para la averiguación del mito que representa todavía hoy el argentino-cubano.

Confieso que antes de leer La guerrilla que contamos ninguna de mis lecturas sobre el tema me había permitido saber que después de un grupo de avanzada que el Che había enviado a la zona de Ñancahuazú y su propia aprobación a las características geográficas del lugar, el objetivo central era su propio país, Argentina, desde donde tenía planeado instaurar el germen de su revolución.

Ñancahuazú y sus alrededores fueron concebidos como lugar de formación y escuela de guerrilleros,  y solo una indiscreción de uno de los insurgentes  hizo que se descubriera su presencia en el sudeste boliviano, obligando a que se desataran los duros enfrentamientos.

Resulta fascinante la lectura de las tres partes que componen la obra. Cada una con un estilo propio, pero todas con un denominador común: la descripción de las limitaciones de aquellos años, que obligaban a redoblar el ingenio periodístico, disfrutando en cierta forma del oficio a pesar de exponer sus propias vidas. Los tres hacen crónicas no solo de la insurgencia guerrillera en Bolivia, sino de su propia actividad periodística. Podría decirse que el entonces “más soltero de todos” –como se autodefine en la obra el propio Vacaflor– de una ironía que ha pervivido hasta hoy  como consumado columnista, fue también el más resuelto del grupo. Eso le valió su expulsión de la zona militar y, por supuesto, de la cobertura bélica.

En sus inicios, Alcázar, Salazar y Vacaflor hicieron periodismo de guerra, el más extremo del  ya riesgoso oficio del  periodismo. La labor de este equipo  fue heroica y entre todo el caudal de información que obtuvieron –y con ella el enriquecimiento de la historia– solo un objetivo quedó trunco: el de entrevistar al mito viviente. 

Tocar las manos aún calientes del Che luego de su ejecución, en la escuelita de La Higuera, pudo ser el consuelo de uno de ellos. Quizá… pero ahí terminaron los intensos meses de despachos, tertulias y chismes en medio de colegas de todo el mundo, militares y espías, de los que el restaurante Marietta del pueblo fue su escenario. La Higuera, distante a unos 60 Km de Vallegrande, se llevaba no solo al comandante insurrecto, sino de alguna manera a todos los “jóvenes de barba y melena”, como en la página 50 de la obra se los describe, y que sobrevivieron a ese día.

Página Siete – 1 de marzo de 2020