Mina, bolero y amartelo: «Presagios» de don Gato

Liliana Carrillo V.*

Un aire a mina, bolero y amartelo tiene Presagios, el segundo libro de cuentos de Juan Carlos “Gato” Salazar. Tiene también vizcachas, almanaques Bristol, bibliotecas viejas y boleros tristes conspirando para probar que los periodistas pueden –y muchos deben– aventurarse en las lides literarias. Porque, al final, se trata de contar historias de éste o del otro lado del umbral.

En su segundo libro de ficción —Figuraciones (2021) fue el primero—, Salazar reafirma su estrategia de “llenar con imaginación un espacio que la historia dejó abierto”. Los seis relatos presentan personajes, contextos o datos reales y verificables en un mundo de ficción. Ir tras los hechos es labor de periodista, el oficio que don Gato ha ejercido durante décadas, y que penetra, como pocos, las pasiones del alma humana.

Dicho esto, y sin ánimo de espoilear, un repaso a los cuentos de Presagios (Plural, 2026)

Almanaque: Qué artefacto fino es este cuento que tiene como protagonista a un calendario famoso. “Ni el cura conocía tan bien el santoral como Don Bristol”, reflexiona Jacinto bordando su propia genealogía con el hilo de la luna y los planetas. Es un cuento entrañable, filosófico pero no moralista y signado por el amartelo por el abuelo que extrañaba tanto, aunque murió cuatro años antes que él naciera.

Bolero: Los reflectores apuntan a Raúl Shaw Moreno, la voz de Los Panchos, nada menos. Es La Paz de hace algunas décadas, una farra que se convierte en paseo y una charla que deriva en un duelo sobre boleros. De fondo —y a ratos en primer plano— boleritos, y alguna zamba infiltrada, para llorar malos amores. Por alto que esté el cielo en el mundo/ por hondo que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti. Nada diré de la vuelta de tuerca del final que cambia la dimensión del cuento.

El viejo Casiano: Un paseo por la historia de La Paz, guiado por los ojos de un viejo amauta. Entre calles de nombres recios, el narrador bosqueja el germen violento, desde sus orígenes, de esta ciudad de paradójico apellido. Qué bien logrado el juego de tiempos que se entretejen con la historia y los mitos. Doble mérito por las referencias, bien dosificadas, de hechos y fechas precisas.

Suplente: Puro ritmo, pura música, pura poesía en esta historia de curas del tercer mundo, jodida por la violencia. Hay en su narrador una veta poética grande que, intuyo, cada vez se resigna menos a no brillar.

La bicha: La terquedad de un hombre, ciego a las señales, que decide emprender una guerra solitaria contra las vizcachas que se han convertido en obstáculo para llegar a su veta. Esta historia de minas tiene la ambientación y el ritmo precisos. Rozando el género de lo fantástico, presenta personajes complejos, contradictorios, entrañables (hasta las bichas).

El Legado: Poderoso cuento, el más literario del libro, acaso. Ordenando el desván de su difunto padre, un hombre descubre una serie de documentos y libros antiguos que revelan la obsesión de su progenitor por desentrañar el paradero de Mateo Garvizu, un minero español del siglo XIX que desapareció tras hallar una veta de oro en el altiplano. A través de la lectura de una carta perdida y la bitácora de investigación de su padre, el protagonista habrá de coser presagios para descubrir su legado. El cuento intercala registros en tres planos temporales, construye personajes profundos y melancólicos y estalla en descripciones.

“Hay presentimientos que son/ como el rumor del viento/ antes de la tempestad”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. No es el caso de los cuentos de Presagios, que llegan con augurios de buena literatura.

*Liliana Carrillo V. es periodista.

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Ecos y huellas en los «Presagios» de Juan Carlos Salazar

Carlos Decker-Molina

Son seis cuentos que, paradójicamente, dejan al lector con la sensación de querer más. Juan Carlos Salazar del Barrio, periodista devenido en escritor, cultiva una prosa clara, sin afectaciones ni pertenencias a capillas literarias. Su escritura fluye con naturalidad, pero no por ello carece de densidad: posee una notable fortaleza semántica.

Hay frases que lo confirman: “El pasado es prólogo del presente y epílogo del futuro”, o “venciste de muerto sin conocer tu propia victoria”. O aún más desgarradora: “mis labios, convertidos en trapos por el miedo”.

Tras la lectura de los seis cuentos que componen Presagios (Plural 2026), emergen filiaciones literarias que no pesan como sombra, sino que enriquecen la obra. En “Legado”, por ejemplo, se percibe la huella de Borges en su concepción del tiempo como una estructura no lineal: recordar es también prefigurar. El presagio, en ese sentido, adquiere una dimensión filosófica.

En “Suplente”, en cambio, aparece el eco de García Márquez, sobre todo en la idea del destino anunciado, inevitable, que avanza como una profecía ya escrita. Y junto a ellos se asoman otras presencias: Faulkner, con su fatalidad donde el pasado irrumpe y determina; y Chéjov, en la insinuación sutil del porvenir, en aquello que no se dice, pero se presiente.

También se percibe la influencia de Cortázar, especialmente en “El viejo Casiano”, donde el lector avanza entre recuerdos aparentemente cotidianos que, de pronto, revelan –de manera poética– el destino de un país. Aquí, el presagio se vuelve inquietante por su cercanía con la historia.

De los seis cuentos, hay tres que me resultan particularmente entrañables: “Almanaque”, “Bolero” y “La Bicha”.

En “Almanaque” aparece mi propia infancia: mi abuelo comprando cada enero el Almanaque Bristol para intentar descifrar el año por venir. Ese objeto —casi mágico— ha recorrido la literatura latinoamericana: García Márquez lo menciona en La hojarasca y, si la memoria no me falla, también en El amor en los tiempos del cólera; Miguel Ángel Asturias lo incorpora en Mulata de tal. El cuento sugiere algo inquietante: el futuro ya está contenido en el pasado. Basta hojear el Bristol del año anterior y compararlo con el nuevo para descubrir que los presagios, en realidad, siempre estuvieron ahí.

“Bolero” es, quizá, mi favorito, también por una coincidencia personal. Hace años escribí un libreto de radioteatro titulado Cuando ya no estés conmigo, basado en boleros como Bésame mucho, Sabor a mí, Piensa en mí e Historia de un amor. Nunca llegó a grabarse. Sin embargo, en una de esas limpiezas periódicas de papeles, encontré el texto y, tras compartirlo con un amigo, surgió la idea de llevarlo a un café concert.

Esta misma semana nos reunimos con una cantante sueca-latina y un grupo de artistas para hacerlo realidad. La coincidencia con el cuento de Salazar es inevitable, aunque mi intento queda empequeñecido frente a la construcción literaria de Bolero: allí, el presagio es fantasmal, y no existe una frontera clara entre pasado y futuro; todo es memoria que sigue respirando.

Finalmente, “La Bicha”. En sus páginas reconocí escenas que podrían pertenecer a mi propia vida: las salidas de caza con mi padre en las alturas del Tunari, el despuntar del sol, la espera contenida, la aparición del animal que observa, huele, duda y regresa a su guarida, como si anunciara lo inevitable. Aquí la comparación con Faulkner resulta inevitable: el presagio es trágico, el pasado invade el presente y lo condiciona.

Presagios, de Juan Carlos Salazar del Barrio –entrañablemente conocido como “Gato”–, es un libro que no se lee una sola vez. Cada relectura abre nuevas capas: el presagio puede ser emocional, trágico o fantasmal. Y, en ese proceso, el lector termina reconociéndose en el texto, como si el libro también hubiera sido escrito por él.

Es, en definitiva, un libro para quedarse. Su permanencia radica en su atmósfera. Porque, en el fondo, todos compartimos la misma inquietud: saber qué ocurrirá mañana. De ahí nuestra antigua obsesión por leer el futuro, ya sea en un almanaque, en los sueños o en las hojas de coca.

Estocolmo, Marzo de 2026.-

«Presagios» reafirma la técnica de J.C. Salazar y consolida su prestigio de escritor en el género del cuento

Óscar Rivera-Rodas*

Con el presente volumen, Juan Carlos Salazar del Barrio reafirma su técnica y consolida su prestigio de escritor en el género de la narración breve moderna. Los cuentos de Presagios, (Plural, 2026) como los del volumen anterior, Figuraciones (Plural, 2021), son excelentes, con estructuras muy bien definidas respecto al tiempo y al espacio, y con diversos niveles interiores que enriquecen su profundidad.

El cuento es un relato sintético, cuya estructura está arraigada en un fragmento del mundo y del tiempo de sus personajes, a diferencia de la novela cuya estructura puede extenderse a través de periodos temporales múltiples y simultáneos, y ocupar innumerables lugares expandiendo sus recursos narrativos a extremos ilimitados.

Los recursos narrativos de Presagios se concentran en la síntesis del acontecimiento preeminente en sus descripciones, diálogos, comentarios, aunque pueden referir, desde su instancia principal, situaciones temporales y espaciales distintas. En algunos casos, prescinden del narrador principal que, puede ser omnisciente, y narrar en «tercera persona» la historia de los personajes, distintos de su condición.

Muestran una variedad de discursos. «Almanaque», por ejemplo, es un monólogo, «Bolero» es un diálogo y «Legado», una estructura discursiva rica en descripciones, diálogos, monólogos, anotaciones, epístolas… Es el más impresionante por su riqueza.

Los relatos dan lugar preferencial a los personajes, definidos por el escritor con precisión en su condición humana, mental y afectiva, en el contexto de su comunidad y su cultura. De este modo surgen seres literarios diversos convertidos en narradores, en «primera persona», de su propia condición en una instancia concreta, temporal y espacial, de su historia individual. Es decir, son personajes muy bien elaborados.

A partir de motivos realistas, proyectan dimensiones culturales distintas. «Almanaque» exhibe la importancia del conocimiento astrológico como una manifestación cultural legítima. «Bolero», inmerso en la cultura popular, celebra la importancia de un ritmo musical tan afín a las relaciones amorosas del siglo pasado en América Latina. «Legado», extraordinario relato, que a partir de una buhardilla repleta de libros y papeles se desplaza hacia la historiografía, que despliega la cultura medieval que los españoles llevaron a América Latina en el siglo XVI.

Mediante esta técnica, Juan Carlos Salazar expone a los personajes y sus respectivos relatos a una relación directa con los lectores; lo que implica, asimismo, el manejo de la escritura en su aproximación a la lectura.

*Profesor de Literatura latinoamericana de la Universidad de Tennessee (EEUU).

https://inmediaciones.org/?s=juan+carlos+salazar

Gato y figura

Por Alfonso Gumucio Dagron 

Me tocó presentar en julio de 2018 Semejanzas (Plural), 42 retratos a mano alzada que podrían considerarse como el primer tomo de Genio y figura (Plural, 2024), otros 35 retratos que elabora Juan Carlos Salazar sobre 18 personajes bolivianos y 17 extranjeros, algunos que conoció y otro que no. Lo que parece importar es el ejercicio de la crónica, un género periodístico en el que “El Gato” Salazar es un maestro. 

Rescato de aquella presentación prepandémica unas líneas que se aplican también a este nuevo libro: “En Semejanzas no están todos los que son, ni son todos los que están (y alguno sobra a mi criterio) pero así son los libros de tipo antológico, porque no se puede poner todo en un libro, como no se puede incluir todo en un cuadro o en una película. El Gato ha conocido de cerca a muchos otros personajes. El riesgo de algunos de estos esbozos (Quico Arnal, por ejemplo) es que quien no haya conocido a los personajes retratados puede quedarse con sabor a poco, pero quienes los hemos conocido, disfrutamos con esa mirada de microscopio que completaría la más sesuda biografía”.

Poniendo ahora lado a lado ambas obras, no llegaré a afirmar que los personajes son una excusa para desarrollar su estilo de cronista, pero sí diré que muchas veces los retratos literarios de personajes pueden ser “cocinados” a partir de la información pública que abunda en el mundo virtual de internet. Pero la diferencia entre Wikipedia y Genio y figura es obvia: la calidad de la escritura, el estilo narrativo de la crónica y el sello creativo de su autor. 

Cronista de lujo, Salazar sabe rescatar la información pública y devolverla al lector matizada de anécdotas, para que la disfrute como si fuera una primera vez, porque el secreto está no tanto en los ingredientes básicos (los datos duros) como en la manera de sazonar y el lento proceso de cocción. Esta es crónica sabrosa: la diferencia es parecida a la que existe entre la comida rápida y la comida hecha en casa. Las cosas en su punto y nada guardado. 

Sobre cada personaje, el autor tiene la definición adecuada. Por ejemplo, sobre Xavier Albó: “…se parecía más bien a un patriarca salido del viejo testamento”, o Adela Zamudio: “era coleccionista de mariposas y recitaba sus versos acompañada de una guitarra. Pionera del feminismo, cuando no era la moda, vivió la soledad de los adelantados, pero también la esperanza de los precursores, de las causas justas y de los cazadores de utopías…”. O sobre el violinista Jaime Laredo: “tiene un apellido musical, predestinado, compuesto por las sílabas de tres notas del pentagrama: La-Re-Do. Sílabas y notas que él las considera de buena suerte”.

Hay perfiles más atractivos que otros, dependiendo sobre todo de su conocimiento de los personajes. Es obvio que el haber conocido personalmente a alguien ofrece la posibilidad de decir algo que nadie más puede. Por ello, yo prefiero aquellos esbozos donde el autor puede intervenir en primera persona y dar testimonio de un encuentro, o también aquellos capítulos sobre personajes internacionales que tuvieron algún vínculo con Bolivia que no ha sido plenamente investigado o narrado antes.

Por ejemplo, rescata en párrafos brillantes el encuentro de Juan Bosch con Bolivia, su admiración por el altiplano, esa “vasta extensión de aplanadora soledad”. Nos cuenta que Bosch (futuro presidente de República Dominicana) se enamoró de Bolivia que lo acogió como exiliado, y que “creía que Dios había situado el Paraíso terrenal entre las cumbres nevadas de los Andes y las llanuras selváticas del Amazonas, y que había sembrado de oro las aguas del rio Tipuani, porque no tenía a la mano otro fruto prohibido”. 

A mi juicio, nuestro “Gato” cronista desperdicia la oportunidad de abundar en un testimonio más personal y anecdótico de personajes que conoció bien, como Harold Olmos, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ricardo Pérez Alcalá o Ana María Romero. Incluso creo que el lead o entradilla de esos perfiles podría abrirse con el relato insustituible de la relación personal. 

Confieso que los retratos que menos me han cautivado son los de personajes mundialmente famosos que no conoció. ¿Qué más se puede decir sobre García Lorca, Graham Greene, o Hemingway que no se haya dicho ya en las biografías y sesudos estudios existentes? En cambio, algo nuevo se puede añadir (o por lo menos magnificar, con lupa) en personajes que tuvieron que ver con Bolivia, así fuera tangencialmente, entre los que destaca el cantante de origen armenio Charles Aznavour, el poeta cubano Nicolás Guillén e incluso el actor Robert Redford. Aunque este último nunca estuvo en nuestro país, dejó una estela mítica gracias a la película Butch Cassidy And The Sundance Kid que se hizo a partir de un guion de Oscar Soria que pensaba llevar al cine Gonzalo Sánchez de Lozada, pero que fue “apropiado” por una de las grandes compañías productoras de Hollywood.  

Cada perfil está sazonado por citas magníficas, como si el autor tuviera a mano un molino que acuña buenas frases, adecuadas para cada personaje retratado, aunque a veces la crónica peca de imprecisión: “Sus biógrafos, dicen…” es una frase que se repite, pero que pocas veces aterriza en una referencia concreta. Se toma la licencia en múltiples ocasiones de poner citas entrecomilladas sin mencionar la fuente, algo que puede irritar a los académicos que revisarán estas crónicas en el futuro. 

Aunque la historia de Violeta Parra y su amor turbulento con el “Gringo” Favre es bien conocida, el autor aporta nuevos datos a partir del manuscrito inédito “Memorias de un gringo”, al que tuvo acceso la historiadora de arte Erica Deuber Ziegler. Yo no sabía, por ejemplo, que Favre llegó a Chile y Bolivia acompañando al paleontólogo suizo Jean Christian Spahni, a quien entrevisté en el hotel Sucre el 12 de febrero de 1971, hace 55 años. De pronto, el mundo se hace más pequeño cuando nos topamos con esas coincidencias.

Algo interesante pero poco desarrollado en el libro, es el tramado que se teje entre algunas de las historias. Hay hilos secretos entre los perfiles de Pedro Shimose, Harold Olmos y Paulovich, como los hay entre Violeta Parra, Alfredo Domínguez y Gastón Suárez. Es como una costura invisible entre páginas de pliegos diferentes. 

Los dibujos sobre los personajes, realizados por Marcos Loayza, son otra forma de delinear cada retrato, pero, al igual que los textos, hay algunos más afortunados que otros. Mis preferidos son los de Charles Aznavour, García Lorca, Paulovich y Alfredo Domínguez.

Brújula Digital|01|02|26| – Bitacora | 01/02/2026

https://brujuladigital.net/bitacora/2026/02/01/gato-y-figura-56733