Prólogo al Manual de Periodismo

Por Claudio Rossell Arce*

Hoy más que nunca, el periodismo. En tiempos de desinformación generalizada, de triunfo de las relaciones públicas –otro nombre de la propaganda, E. Bernays dixit–, de posverdad como el lugar más extremo de la postmodernidad, donde las certezas se desvanecen en el aire y ya no se sabe en qué creer, el periodismo. Como instrumento de conocimiento, de interpretación sucesiva de la realidad, que la comprende y la explica, y en el camino la construye para el colectivo. El periodismo, como oficio de profesionales que conocen el método de interpretación, así como conocen y dominan las técnicas asociadas al esfuerzo de transformar hechos en noticias, y, sobre todo, tienen profundas convicciones éticas, necesarias para el enorme papel que les corresponde desempeñar en la sociedad.

De eso se trata el Manual de Periodismo que el periodista y maestro de este oficio Juan Carlos Salazar del Barrio nos ofrece, un imprescindible texto de referencia y apoyo en la formación de nuevos profesionales de la comunicación con vocación para el “mejor oficio del mundo”. En este breve, pero profundo y preciso volumen, Juan Carlos destila décadas de experiencia con grabadora al hombro (sí, eran grandes como carteras), cámara fotográfica colgada del cuello, lápiz y libreta en la mano, y, sobre todo, una mirada inquieta y curiosa, que hizo de él un gran periodista y narrador, y formador de nuevas generaciones de periodistas profesionales.

En tiempos de transformación del ecosistema mediático que dio origen al periodismo profesional y sus diferentes técnicas y tecnologías, cuando la información y la desinformación fluyen a un ritmo que nadie alcanza a controlar, provocando toda clase de trastornos en el individuo y en los grupos, el oficio periodístico puede y debe alzarse como un faro que ofrece una versión sana de la realidad; en las páginas de este Manual se encuentran el qué del oficio, el quién, el cuándo, el dónde y, fundamentalmente, el cómo y el por qué.

Comenzando con una caracterización poco ortodoxa de “medio de comunicación”, como el espacio donde confluyen no los medios técnicos sino el conjunto de personas que los operan para producir una versión “mediada” de la realidad, Salazar introduce a quien se inicia en los caminos del periodismo profesional a una minuciosa explicación de cómo se hace noticia, de la manera en que se producen los textos periodísticos, de las formas que adoptan estos textos, y enriquece un ya de por sí completo Manual con abundantes ejemplos de lo mejor del periodismo en español.

Desde el por qué y para qué de las cinco preguntas que dan inicio a la estructura de la pirámide invertida, hasta los secretos para convertir un hecho cualquiera en una pieza periodística, es decir, un relato sobre la realidad, el autor revisa minuciosamente los diferentes aspectos de la práctica del oficio y el modo en que se emplean las técnicas. Su completa explicación de los géneros periodísticos permite al aprendiz saber cuál de las posibles formas del texto periodístico emplear, pero, sobre todo, por qué hacerlo.

Más adelante, Salazar pasa revista a las variadas clasificaciones del quehacer periodístico, explicando las diferencias entre unas y otras, así como dando cuenta de las distintas formas de recoger, producir e interpretar la información que se ofrece según estos marcos institucionales, que si antes se encontraban reunidos en la edición del diario con sus diferentes secciones, hoy tiene forma de sitios web y perfiles personales de nicho, es decir, crecientemente especializados y al mismo tiempo ampliamente disponibles.

En un extenso apartado sobre la función social del periodismo, la ética y los tiempos de posverdad, el autor ofrece no solo detallada información sobre los mecanismos de autorregulación que el periodismo tiene en Bolivia, así como sus procedimientos, sino, también, una bien madurada postura de por qué hacer periodismo, que a su vez es un poderoso alegato en favor de las escuelas de periodismo profesional, como la Carrera de Comunicación Social que él mismo dirigió entre 2021 y 2025, donde se han formado, a lo largo de casi seis décadas, las y los periodistas más relevantes de la escena mediática.

Por último, nos recuerda que en el complejo entramado del quehacer periodístico las audiencias son tan importantes como las fuentes, y si bien son muchos los manantiales de las que beben, toca a los discursos periodísticos hacerse cargo de todas las dimensiones de la comunicación social, pues, como dice al cierre de este Manual, “hoy más que nunca es importante formar ciudadanos con espíritu crítico, informados y conscientes de lo que reciben y leen a través de las redes”.

*Jefe de las carreras de Comunicación Social y Comunicación Digital Multimedia de la Universidad Católica Boliviana.

«A la guerra en taxi», de Juan Carlos Salazar

Por Gonzalo Lema*

Sabemos de los hechos porque alguien los cuenta. Los muy menudos los cuenta el chisme del vecino parado en la puerta de su casa; los medianos, quizás los amigos o nuestra gente próxima frente a un café; pero los grandes hechos, aquellos que inciden en la realidad colectiva, que perturban nuestro bienestar y anhelada paz interior, que narran la explosión del mundo en una esquina, el hondo quiebre de una sociedad apenas visible a nuestros ojos, el fastidio digno de quienes se han propuesto salvar al planeta y concienciar al ser humano, lo cuentan los intrépidos y valerosos periodistas de primera fila. La infantería de este oficio maravilloso que no duda en arriesgar la vida por el afán de informar. Léase: denunciar. Léase: sensibilizar. Léase: etcétera.

Mi artículo lleva el esclarecedor título del libro de Juan Carlos Salazar del Barrio. Su decente subtítulo expresa la única manera de enfrentarse a la delincuencia de todo orden, a sus balas, a la injusticia que campea, de manera creciente, en toda sociedad, y la posición ética de estos profesionales que, a riesgo de sus vidas, afanosos nos sitúan en la perturbadora realidad del siglo que nos toca vivir: Crónicas desarmadas. En taxi, con papel y lapicero, tal vez una máquina fotográfica, rumbo al confín para cubrir el hecho. Entiendo que desarmados de prejuicios, de militancias partidarias, de verdades quietas y graníticas; armados, claro que sí, de la pasión de informar con objetividad, con contexto histórico y la conciencia libre de pecado. 

El barrido de las crónicas de Salazar provoca envidia. Es escalofriante. Es también maravilloso. ¿Acaso nosotros no anhelamos aventura en nuestra vida? Desde el inquietante rumor de la presencia del Che Guevara en Bolivia, hasta el fantasmal terrorismo de Oriente en capitales de Occidente; desde el muy infame Plan Cóndor de las sanguinarias dictaduras suramericanas, hasta la búsqueda de respuestas de los hijos y nietos de la revolución cubana; desde el expectante retorno de Perón, hasta el rezo de Chan Kim Viejo, el patriarca Lacandón, a sus dioses de la selva. En fin: desde la utopía que embaucó y embarcó a la generación de los 60, hasta los descreídos milennians actuales, incapaces de cerrar los ojos y, en la abstracción, concretar la idea de un país diverso en culturas y etnias. 

Salazar narra los hechos en primerísima persona porque es testigo de cuanto sucede. Esa primera línea de información y verificación de los hechos nutre de vitalidad su crónica, aún salpicada de dudas o convicción. El lector se siente conmovido y avanza en el proceso de lectura que, yo diría, también es ideologizante, sensibilizador y ampliador de la conciencia política, que buena falta nos hace. Es buen libro y opera en nosotros sin descanso.

Muchas de estas crónicas me han reordenado las informaciones de la prensa que, en su momento, recibí. Noticias, unas detrás de otras, o aisladas, que, como cualquier persona, traté de armarlas como quien trabaja un rompe cabezas. Las crónicas me las contaron de nuevo, pero en estricto orden, muy ceñidas a los famosos hechos, y con valioso contexto histórico, para que por fin yo comprenda lo sucedido casi siempre a la distancia temporal o espacial. Al mismo tiempo, me ayudaron a reflexionar e imaginar sobre el valor de lo aparentemente nimio. 

Es el caso de “Cronología de un instante”, crónica en la que Salazar narra lo sucedido el 17 de julio de 1980. El golpe de Estado de García Meza se había desatado y los líderes de CONADE, Consejo Nacional de Defensa de la Democracia, leyeron un texto convocando a la resistencia general. ¿Qué sucedió? Que los integrantes del canal estatal llegaron tarde a la conferencia de prensa y solicitaron que se volviera a leer todo el texto para grabarlo y difundirlo. Así lo hicieron, como atestigua la foto histórica. Los rostros de los líderes reflejan la angustia mientras el minero Simón Reyes releía el comunicado con la voz más firme posible. Fue una amabilidad fatal, desgraciada: los paramilitares irrumpieron en el ambiente, ordenaron que se bajara las gradas con brazos en alto, y un esbirro reconoció al gran Marcelo Quiroga Santa Cruz. “¡Es él!”, exclamó. Y pronto le vació el cargador de su arma. “¡Fueron por él!”, rememoró siempre Óscar Eid Franco.

Muy valioso libro que Salazar nos regala para estar al tanto (es posible) de nosotros mismos. ¿Qué sería el mundo sin crónicas periodísticas? Algo plano, recortado de atrás, sin densidad. Ni siquiera podríamos imaginar el futuro.

*Escritor

Ramona/Opinión – 1 de septiembre de 2024

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/guerra-taxi-juan-carlos-

Periodismo que irrita al poder

Por Alfonso Gumucio Dagron

La lectura de Contra viento y marea (2024) es a la vez estimulante y deprimente. En este país donde es tan fácil caer en el desánimo, depende del ánimo del lector, pero también de la mirada que ejercen los autores, exdirectores del diario Página Siete, que luego de 13 años de existencia cerró sus ediciones de la noche a la mañana por decisión de los empresarios y dueños del medio informativo (en el que contribuí durante una década como columnista regular y colaborador en los suplementos).

Lo primero que uno aprecia es la continuidad no solamente cronológica, sino de ideales. Esta es la breve historia de un diario independiente en cuya dirección se pasaron la posta cuatro experimentados periodistas que mantuvieron “contra viento y marea” la vocación de exponer la verdad de los hechos y la independencia de pensamiento. Cada uno de ellos presenta un relato que difiere en su enfoque, pero el conjunto refresca la memoria y queda como un testimonio de la lucha contra el autoritarismo, contra la impostura y contra la “posverdad” (o la mentira que reemplaza a una mentira anterior).

En los cuatro relatos se enfatiza la suerte fatídica que marcó a Página Siete desde su nacimiento, pero no se subraya suficientemente el gran aporte que significó el diario durante su existencia. Es cierto que el final fue tan traumático para los periodistas, como para nosotros los columnistas (a los que muy poco se nos reconoce) y sobre todo para los lectores que perdieron el único medio impreso que valía la pena leer en La Paz.

Para todos fue dolorosa la muerte súbita, cuando el dueño cerró las ediciones sin anestesia y huyó del país dejando en la calle a 36 periodistas que se enteraron esa misma mañana. A esos periodistas les debe todavía seis o siete meses de salarios y beneficios sociales, a los columnistas nunca nos pagó un solo centavo ni nos envió por cortesía un canasto de Navidad, y a los lectores los dejó colgados, sin poder siquiera acceder a la plataforma de internet. Todo el archivo digital de Página Siete se perdió de un plumazo mezquino, y con ello ejemplares de valor histórico que no recuperaremos pues no hubo edición impresa (los días después del fraude electoral de 2019 y varias semanas durante la pandemia). Los dueños no tuvieron siquiera la decencia de dejar acceso libre al archivo digital acumulado durante 13 años.

Raúl Peñaranda dirigió Página Siete durante poco más de 3 años (y escribió 72 páginas) y Juan Carlos “Gato” Salazar se hizo cargo durante un tiempo similar (60 páginas). Luego asumieron la responsabilidad dos mujeres ya vinculadas al diario antes de ser directoras. Isabel Mercado estuvo cuatro años (46 páginas) y Mery Vaca los dos años finales (57 páginas). En los cuatro testimonios hay diferencias de estilo y de contenido: Peñaranda hace énfasis en las dificultades para montar desde cero un nuevo proyecto y las presiones para que fracase. Salazar, en el capítulo más periodístico de todos, aborda los grandes temas que reveló el diario y los conflictos que ello supuso. Mercado subraya las crisis que tuvo que enfrentar por la coyuntura política (fraude electoral) y social (pandemia) y su desesperado intento de salvar el diario mediante innovaciones de contenido y el inicio de una migración al soporte digital. Finalmente, Vaca narra el desmoronamiento definitivo a pesar de su esfuerzo para completar la migración digital y un proceso de suscripciones (que no prosperó) para hacer sostenible el diario.

Peñaranda

Peñaranda, periodista con visión empresarial, al que nunca le faltan iniciativas creadoras, narra con detalles (y anécdotas desconocidas para la mayoría de los lectores) la génesis del diario y las dificultades que enfrentó frente a un Gobierno ávido de controlar todos los poderes y también el llamado “cuarto poder”: el pensamiento independiente expresado en los medios de información. Desde el inicio Página Siete hizo un periodismo fiscalizador de la cosa pública, señalando de manera crítica y bien informada las tremendas vulneraciones cometidas por el gobierno de Evo Morales, que se pasaba por el arco las leyes y su propia Constitución amañada. La falta de ética y la pobreza moral del régimen se convirtieron en norma, en lo grande y en lo pequeño. Jamás antes hubo una degeneración de valores tan profunda, permeando poco a poco en toda la sociedad. La impostura, el doble discurso y el engaño se convirtieron en los nuevos “valores”. 

El relato de Peñaranda es una vitamina para los desmemoriados que prefieren la amnesia voluntaria porque les permite acomodarse mejor. La violencia en Chaparina, la corrupción de Santos Ramírez (el amigo de “cama y rancho” de Morales), involucrado en el asesinato de Jorge O’Connor (otro corrupto), el elefante blanco de la planta de urea, la carretera a través del TIPNIS y la inmensa cantidad de contratos directos sin licitación, son apenas algunos de los escándalos que destapó Página Siete. Las denuncias se hacían con nombre y apellido, de ahí que pasarán a la historia bichos malosos como García Linera, Quintana, Romero, Llorenti, Salvatierra, Dávila, Suxo, Achacollo, Choque y otros que rodeaban al cacique encumbrado en el poder. La ausencia de justicia hace que todos ellos anden libres todavía, sin ser procesados. No puedo dejar de recordar a muchos otros de menor trascendencia, que han estado transitando por las “puertas giratorias” del Gobierno, pasando de uno a otro cargo durante más de 17 años, bien aferrados al poder y sin hacerse notar demasiado, pero beneficiándose siempre de contratos rentables en instituciones públicas.

La falta de transparencia del Gobierno, señalada por Peñaranda en su texto, fue cada vez mayor y las denuncias del diario provocaron la ira de los esbirros digitados por Quintana. Los ministros atacaban a Página Siete por turnos bien concertados y con el mismo guion, como calesita del poder autocrático. Incapaces de rebatir la verdad, ventilaban mentiras en contra de la persona del director, que dio un paso al costado para preservar la integridad del diario.

Salazar

El texto de Juan Carlos Salazar no le dedica mucho al hostigamiento que pesaba sobre Página Siete durante su gestión. No es un capítulo que hable de la persona del director (que sin duda tendría mucho que contar), sino de los principales temas que ocuparon a Página Siete en ese periodo, en un estilo de crónica que hace apasionante la lectura. Por un lado, el sonado “caso Zapata” (tráfico de influencias, mentiras y manipulaciones), luego la corrupción multimillonaria y masiva en el Fondo Indígena, que enterró la idealización de los “movimientos sociales” al desnudarlos como corruptos y oportunistas. A esos escándalos hasta ahora impunes se sumaron temas tan importantes como el referendo del 21 de febrero de 2016, que acabó mostrando el rostro autoritario de Evo Morales que se aferraba al poder por todos los medios y contra la voluntad mayoritaria del país. Bolivia dijo NO, y todo lo malo que se precipitó a partir de allí es de responsabilidad exclusiva de Evo Morales, que tendría que enfrentar un juicio de responsabilidades más pronto que tarde. Ya para el anecdotario, Salazar narra en detalle la triste historia del vicepresidente García Linera, mentiroso recalcitrante, que pretendió hacerse pasar por licenciado en matemáticas. El pez muere por la boca… Página Siete no hizo sino subrayar las contradicciones y mentiras de los gobernantes, que solitos se metían en camisa de once varas por abrir demasiado la boca. Evo Morales, García Linera y Choquehuanca son los mejores ejemplos de mentira e impostura. Como la verdad irrita tanto al poder se profundizaron los ataques y amenazas contra Página Siete, no solamente de palabra si no de hecho. Todo el poder se ejerció contra la prensa independiente, con rabia y con saña.

El relato de Salazar está sembrado de citas de grandes periodistas, lo cual le otorga un sesgo más académico que el de los otros relatos del libro. Salazar analiza la función del periodismo independiente en un marco más amplio, con referencias a otros países, que son útiles para definir por ejemplo aquello que se ha dado en llamar la “posverdad” tan propia de los gobiernos populistas (Putin, Trump, Bolsonaro, Chávez, Kirchner, etc.), que el gobierno del MAS no ha cesado de emplear desde sus inicios.

“La mentira es mentira, aunque se llame posverdad. Y la posverdad es el prefascismo”, dijo Antonio Caño, exdirector de El País de España, citado oportunamente. Eso tuvimos y eso tenemos: un prefascismo autoritario y sordo.

Mi reflexión al leer el libro era: ¿Cómo sigue libre un maleante de la talla de Evo Morales? Y no pude dejar de pensar en el narcotraficante colombiano Pablo Escobar, quien se las arregló también para tener legitimidad pública y apoyo popular suficiente para llegar a ser electo diputado suplente por la Alianza Liberal, mientras sembraba de violencia su país.

Los textos de Isabel Mercado y de Mery Vaca son desgarradores testimonios de una muerte anunciada y los esfuerzos realizados para prolongar la agonía y quizás, milagrosamente, salvar al herido de muerte.

Mercado

Mercado narra los esfuerzos para fortalecer la edición dominical, la creación de la revista Rascacielos (que fue una bocanada de aire fresco en su momento), los Dossier 7 de investigación, y la continuidad en la publicación de algunos libros en la nueva rotativa (que apenas se menciona en el libro). El suplemento semanal Decisión 2019, fue un esfuerzo extraordinario que parecía diseñar un camino de recuperación de lectores para la edición impresa, pero los acontecimientos políticos posteriores al fraude electoral, la feroz arremetida desde el poder y luego la pandemia, echaron por tierra las mejores intenciones. Esta última circunstancia obligó a acelerar la migración a una plataforma digital, tarea pionera en Bolivia, pero mal pagadora en un país donde hay tan pocos lectores con posibilidades de pagarse una suscripción.

Vaca

Los últimos estertores le tocaron a Mery Vaca, aunque Isabel Mercado hizo todo lo posible para apoyarla e inventarse formas de sostenimiento económico del diario (algo que hubiera correspondido hacer a los dueños capitalistas, y no a los periodistas). Aunque en ningún lugar del libro se dice cuál era el tiraje de Página Siete en sus diferentes etapas, queda claro que este disminuyó drásticamente en paralelo a la disminución de la publicidad, la reducción de periodistas y del número de páginas de información. Leemos con tristeza el desenlace final, en las condiciones indignas en que se produjo por decisión de los dueños. En su carta de despedida, Garáfulic sólo agradece a los lectores, no a los periodistas y menos a los columnistas. Es una despedida hosca e indolente. A mí no me dan lástima los inversionistas, que siempre tienen parte de su patrimonio en otros países y nunca pierden. No sufren las angustias de llegar a fin de mes sin pagar los servicios esenciales.

Columnistas

Aunque los exdirectores apenas lo mencionen (salvo Isabel Mercado, que le dedica una página), la gente compraba (o consultaba en línea) Página Siete sobre todo para leer las columnas de opinión. Basta preguntar de manera aleatoria a los lectores. Los más de 50 columnistas regulares eran el puntal del diario independiente. Otro pilar fueron los suplementos (Inversión) y las ediciones especiales que hacían los propios periodistas, (ellos sí rentados), sobre diferentes temas de actualidad. Por ejemplo, los excelentes suplementos sobre las elecciones (Decisión 2019) y también aquellos informes (Dossier 7) que abordaban en profundidad temas diversos (minería salvaje, deforestación, feminicidios, construcciones ilegales, etc.). El suplemento Letra Siete (s0bre literatura) e Ideas, que luego se fusionaron, contaba con las generosas colaboraciones regulares y ocasionales de muchos intelectuales notables. Sin las páginas de opinión las ediciones de lunes a sábado no hubieran tenido el mismo atractivo.

La información era importante en las ocasiones en que se destapaban asuntos polémicos, como los que señala en su capítulo Juan Carlos Salazar, pero no era lo más relevante en el día a día del diario, porque además esa misma información circula de muchas maneras y llega rápidamente a los lectores a través de las redes virtuales.

Me precio de ser amigo de los cuatro directores, y los tres últimos saben que como lector y columnista los molesté muchas veces (también a Baldwin Montero, subdirector en la última etapa) porque me fijé en algún error en un nombre, un pie de foto equivocado, titulares mal escritos o alguna foto sin el crédito correspondiente (entre ellas varias de mi autoría). Más de una vez les dije: “Fusilen al corrector”, hasta que me explicaron que por la situación de carestía no había nadie que corrigiera y que los propios jefes de sección eran los responsables de corregir. Esa mi actitud de “pulga en la oreja” era parte de mi apoyo crítico para que el diario se editara de manera intachable. Realmente lo leía con lápiz en la mano y como yo, probablemente otros que han lamentado la manera en que se liquidó a Página Siete.

Ahora queda como testimonio para el futuro este libro, el objeto-libro que no desaparecerá tan fácilmente porque quedará en bibliotecas y se multiplicará en versiones digitales cuando se haya recuperado la inversión de la edición impresa.

El prólogo de Sergio Ramírez, uno de los grandes narradores de América Latina, nicaragüense exiliado en España, debiera ayudar en la difusión, pero en este país tan ignorante nadie sabe quién es ese escritor que además fue vicepresidente de Nicaragua.

Brújula Digital /11/04/24/

https://www.brujuladigital.net/politica/2024/04/11/criticaperiodismo-que-irrita-al-poderalfonso-gumucio-dagron-32081

El testimonio valiente de cuatro periodistas

Por Javier Medrano

Año contra año, las aulas de las universidades que ofrecen la carrera de comunicación –en su mayoría comunicación corporativa y ya no periodismo, como tal– se van vaciando. Solo en España, según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, la opción por estudiar periodismo cayó en un 19%. Dato que va en aumento. Si a esto sumamos que los medios ya no ofrecen estabilidad laboral, salarios competitivos y que no existen filtros para evitar que cualquier persona se autonombre periodista y haga un uso y abuso de un micrófono, vale la pena preguntarse si el periodismo, como oficio, está en crisis o si la industria mediática está colapsando.

Desde mi punto de vista, el negocio de la comunicación está en crisis. Sin duda alguna. El consumo de información ha sufrido un cambio drástico y es imparable. Los medios de comunicación, de hecho, ya no informan, solo validan informaciones. TikTok, WhatsApp y las plataformas digitales les han roto el espinazo a las casas periodísticas. Nadie valora un reportaje, una crónica, una investigación, una suscripción paga. La oferta informativa, ahora, es policial y amarillista. La calidad informativa se ha ido por el traste en Bolivia.

Lo que hay ahora es ruido. Desinformación y estigmatización. Ideologización y mediocridad. Los gobiernos de turno saben de esta crisis. Se regodean porque saben que no tendrán contrapeso, fiscalización, control. Aprovechan el contexto para apretar mucho más el grillete en el cuello de los periodistas y la asfixia es insoportable e insostenible. Se ha vuelto una industria para corajudos y, casi, diría, para desquiciados.

En este panorama aciago, cuatro ex directores de Página Siete, escribieron juntos un extraordinario libro testimonial narrando sus experiencias y avatares para honrar al noble oficio del periodismo. Lo dieron todo. Se desvelaron, sufrieron dolores de estómago, infamias, calumnias, juicios, insultos públicos groseros; sus familias y amigos vieron sus dramas y, pese a todo, siguieron tecleando e informando, protegidos bajo un manto sagrado: el periodismo independiente.

Isabel Mercado, Raúl Peñaranda, Juan Carlos Salazar y Mery Vaca son sus autores. El libro titula Contra viento y marea. Nacimiento, auge y cierre de Página Siete (Plural, 2024). Cada uno vivió un periodo durísimo y sus relatos son una memoria viva de cada etapa funesta que les toco remar. Desde un principio el nacimiento de Página Siete tuvo sus tropiezos. La creación de su logo y su cambio a último momento antes de su salida, hasta la dura batalla por su digitalización e innovación frente a un mercado ingrato, fueron su karma.

Bajo sus ojos fiscalizadores, pasaron crisis como la masacre de Chaparina, el “Zapatagate”, la millonaria corrupción del FONDIOC, la revolución de las pititas, la renuncia de uno de los políticos más infames como lo fue y sigue siendo Evo Morales junto a su recua de acólitos que cada día, durante más de 16 años –incluso más– hostigaron, amedrentaron, persiguieron, enjuiciaron y calumniaron de una manera permanente no solo a los periodistas de Página Siete sino a todos los medios de comunicación independientes que fueron metidos en una bolsa calumniosa llamada “el cártel de la mentira”.

Enfrentaron permanentes ataques cibernéticos, asfixia publicitaria del Estado, sangrías mensuales de impuestos nacionales, les tocó –como a todos los medios y empresas– lidiar con una pandemia que aceleró profundos procesos de reingeniería, de logística y de una reinvención, una vez más, de ofertas informativas y comerciales. La crisis fue transversal.

El alivio de una inyección de capital nunca llegó y el cierre fue inevitable. La carga morosa de salarios fue inmanejable y todas las innovaciones digitales no resultaron, debido a un mercado de consumo de información cuya cultura no valora la calidad periodística. Intentaron de todo, hicieron mil y una malabares, pero el destino parecía que ya tenía todo resuelto.

Eso sí. Dejaron el listón muy en alto como periodistas junto a sus redacciones y jefaturas. Las más premiadas y reconocidas nacional e internacionalmente. Todos pusieron el hombro. Lo sé porque lo vi y lo presencié. Gracias Isabel, Mery, Juan Carlos y Raúl. Sus testimonios deben ser, ahora, lectura obligatoria para todos los periodistas, para las universidades y sociedad con el expreso fin de que valoren, un poco más, el noble oficio del periodismo independiente que lucha contra los autoritarismos y totalitarismos. Una democracia sin medios independientes está condenada a la oscuridad.

Brújula Digital /14/03/24/

https://brujuladigital.net/cultura/2024/03/14/opinioncontra-viento-y-marea-el-testimonio-valiente-de-cuatro-periodistasjavier-medrano-31079