Gato y figura

Por Alfonso Gumucio Dagron 

Me tocó presentar en julio de 2018 Semejanzas (Plural), 42 retratos a mano alzada que podrían considerarse como el primer tomo de Genio y figura (Plural, 2024), otros 35 retratos que elabora Juan Carlos Salazar sobre 18 personajes bolivianos y 17 extranjeros, algunos que conoció y otro que no. Lo que parece importar es el ejercicio de la crónica, un género periodístico en el que “El Gato” Salazar es un maestro. 

Rescato de aquella presentación prepandémica unas líneas que se aplican también a este nuevo libro: “En Semejanzas no están todos los que son, ni son todos los que están (y alguno sobra a mi criterio) pero así son los libros de tipo antológico, porque no se puede poner todo en un libro, como no se puede incluir todo en un cuadro o en una película. El Gato ha conocido de cerca a muchos otros personajes. El riesgo de algunos de estos esbozos (Quico Arnal, por ejemplo) es que quien no haya conocido a los personajes retratados puede quedarse con sabor a poco, pero quienes los hemos conocido, disfrutamos con esa mirada de microscopio que completaría la más sesuda biografía”.

Poniendo ahora lado a lado ambas obras, no llegaré a afirmar que los personajes son una excusa para desarrollar su estilo de cronista, pero sí diré que muchas veces los retratos literarios de personajes pueden ser “cocinados” a partir de la información pública que abunda en el mundo virtual de internet. Pero la diferencia entre Wikipedia y Genio y figura es obvia: la calidad de la escritura, el estilo narrativo de la crónica y el sello creativo de su autor. 

Cronista de lujo, Salazar sabe rescatar la información pública y devolverla al lector matizada de anécdotas, para que la disfrute como si fuera una primera vez, porque el secreto está no tanto en los ingredientes básicos (los datos duros) como en la manera de sazonar y el lento proceso de cocción. Esta es crónica sabrosa: la diferencia es parecida a la que existe entre la comida rápida y la comida hecha en casa. Las cosas en su punto y nada guardado. 

Sobre cada personaje, el autor tiene la definición adecuada. Por ejemplo, sobre Xavier Albó: “…se parecía más bien a un patriarca salido del viejo testamento”, o Adela Zamudio: “era coleccionista de mariposas y recitaba sus versos acompañada de una guitarra. Pionera del feminismo, cuando no era la moda, vivió la soledad de los adelantados, pero también la esperanza de los precursores, de las causas justas y de los cazadores de utopías…”. O sobre el violinista Jaime Laredo: “tiene un apellido musical, predestinado, compuesto por las sílabas de tres notas del pentagrama: La-Re-Do. Sílabas y notas que él las considera de buena suerte”.

Hay perfiles más atractivos que otros, dependiendo sobre todo de su conocimiento de los personajes. Es obvio que el haber conocido personalmente a alguien ofrece la posibilidad de decir algo que nadie más puede. Por ello, yo prefiero aquellos esbozos donde el autor puede intervenir en primera persona y dar testimonio de un encuentro, o también aquellos capítulos sobre personajes internacionales que tuvieron algún vínculo con Bolivia que no ha sido plenamente investigado o narrado antes.

Por ejemplo, rescata en párrafos brillantes el encuentro de Juan Bosch con Bolivia, su admiración por el altiplano, esa “vasta extensión de aplanadora soledad”. Nos cuenta que Bosch (futuro presidente de República Dominicana) se enamoró de Bolivia que lo acogió como exiliado, y que “creía que Dios había situado el Paraíso terrenal entre las cumbres nevadas de los Andes y las llanuras selváticas del Amazonas, y que había sembrado de oro las aguas del rio Tipuani, porque no tenía a la mano otro fruto prohibido”. 

A mi juicio, nuestro “Gato” cronista desperdicia la oportunidad de abundar en un testimonio más personal y anecdótico de personajes que conoció bien, como Harold Olmos, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ricardo Pérez Alcalá o Ana María Romero. Incluso creo que el lead o entradilla de esos perfiles podría abrirse con el relato insustituible de la relación personal. 

Confieso que los retratos que menos me han cautivado son los de personajes mundialmente famosos que no conoció. ¿Qué más se puede decir sobre García Lorca, Graham Greene, o Hemingway que no se haya dicho ya en las biografías y sesudos estudios existentes? En cambio, algo nuevo se puede añadir (o por lo menos magnificar, con lupa) en personajes que tuvieron que ver con Bolivia, así fuera tangencialmente, entre los que destaca el cantante de origen armenio Charles Aznavour, el poeta cubano Nicolás Guillén e incluso el actor Robert Redford. Aunque este último nunca estuvo en nuestro país, dejó una estela mítica gracias a la película Butch Cassidy And The Sundance Kid que se hizo a partir de un guion de Oscar Soria que pensaba llevar al cine Gonzalo Sánchez de Lozada, pero que fue “apropiado” por una de las grandes compañías productoras de Hollywood.  

Cada perfil está sazonado por citas magníficas, como si el autor tuviera a mano un molino que acuña buenas frases, adecuadas para cada personaje retratado, aunque a veces la crónica peca de imprecisión: “Sus biógrafos, dicen…” es una frase que se repite, pero que pocas veces aterriza en una referencia concreta. Se toma la licencia en múltiples ocasiones de poner citas entrecomilladas sin mencionar la fuente, algo que puede irritar a los académicos que revisarán estas crónicas en el futuro. 

Aunque la historia de Violeta Parra y su amor turbulento con el “Gringo” Favre es bien conocida, el autor aporta nuevos datos a partir del manuscrito inédito “Memorias de un gringo”, al que tuvo acceso la historiadora de arte Erica Deuber Ziegler. Yo no sabía, por ejemplo, que Favre llegó a Chile y Bolivia acompañando al paleontólogo suizo Jean Christian Spahni, a quien entrevisté en el hotel Sucre el 12 de febrero de 1971, hace 55 años. De pronto, el mundo se hace más pequeño cuando nos topamos con esas coincidencias.

Algo interesante pero poco desarrollado en el libro, es el tramado que se teje entre algunas de las historias. Hay hilos secretos entre los perfiles de Pedro Shimose, Harold Olmos y Paulovich, como los hay entre Violeta Parra, Alfredo Domínguez y Gastón Suárez. Es como una costura invisible entre páginas de pliegos diferentes. 

Los dibujos sobre los personajes, realizados por Marcos Loayza, son otra forma de delinear cada retrato, pero, al igual que los textos, hay algunos más afortunados que otros. Mis preferidos son los de Charles Aznavour, García Lorca, Paulovich y Alfredo Domínguez.

Brújula Digital|01|02|26| – Bitacora | 01/02/2026

https://brujuladigital.net/bitacora/2026/02/01/gato-y-figura-56733

«Genio y figura», un elogio al perfil periodístico

Por Isabel Mercado

Juan Carlos Salazar ya no era director de Página Siete cuando, como una forma de exorcizar sus nostalgias de redactor, afiló en sincronía prosa, pluma y memoria para dar vida a la serie de semblanzas que bajo el nombre de “Genio y figura” se publicaron de 2018 a 2020 en el suplemento Letra Siete del mencionado diario.

Juan Carlos Salazar, el Gato –como se lo conoce interplanetariamente–, ya nos había permitido disfrutar de esas miradas introspectivas a varios personajes durante sus años al mando del diario, de modo que cuando se ofreció a publicarlas de manera continua en el suplemento que él mismo había creado, nos dio una alegría muy grande.

Munido de datos precisos, vivencias en primera persona, un archivo envidiable y una prosa periodística singular, fue dando forma a un conjunto de retratos que cobraron vida cada domingo en compañía de las ilustraciones del artista y director de cine, Marcos Loayza. El genio era descrito por Juan Carlos y la figura retratada por Marcos.

Como resultado, pudimos conocer y reconocer a personalidades de todo el mundo en diversos contextos y tiempos. Algunas de estas semblanzas surgieron de entrevistas y contactos del propio Juan Carlos -a quien su periplo de corresponsal internacional lo había llevado en más de 40 años de ejercicio a varios países de la región y el mundo-, otras fueron producto de su interés por la naturaleza humana.

Hoy, todo ese material periodístico se congrega en el presente texto, y pasa así a una atemporalidad que adquiere especial valor luego del cierre del diario Página Siete, con la consecuente desaparición de toda su hemeroteca tanto digital como de papel.

Un precavido Juan Carlos, que ya atesoraba la idea de hacer de estos perfiles un libro, fue coleccionando los recortes de sus textos y luego consiguió una copia digital de los mismos, rescatándolos oportunamente del posterior exterminio.

Genios y figuras desfilan pues en esta obra que refleja tan bien no solo a decenas de interesantes personalidades sino a su propio autor.

Juan Carlos Salazar, el Gato, es un periodista de oficio en todo sentido. Caminante trashumante de realidades diversas en las que ha sabido encontrar no solo los detalles de los hechos sino los seres que han poblado esas historias. De sus viajes por Cuba, México, Argentina, España y sus raíces bolivianas ha reunido infinidad de relatos compilados en libros de crónicas como “La guerrilla que contamos” (en coautoría con Humberto Vacaflor y José Luis Alcázar), “Cabalgata sin fin” (en coautoría con periodistas de Página Siete) y “A la guerra en taxi” (2023), pero también ha salido al encuentro de los personajes detrás de cada una de esas narraciones, con un peculiar olfato y talento observador.

Pero, no solo eso, el periodista ha ido más allá, consiguiendo también describir como si los tuviese enfrente a personajes históricos de varias latitudes y momentos, que se enlazan en el texto en un hilo en común: la curiosidad del retratista que desempolva libros y recortes guardados, indaga en las vidas e intimidades y consigue traerlos a la vida a través de la escritura.

Así nos enteramos en este texto, por ejemplo, de la vida de Charles Aznavour, el armenio/francés ícono de la chanson française, Emilio Indio Fernández, el actor mexicano que sirvió de modelo a la estatuilla del Oscar, el más renombrado galardón del cine mundial; a la actriz Jane Fonda, una rebelde con causa; el actor Robert Redford, el tupiceño que nunca pisó Tupiza; Graham Greene, Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Nicolás Guillén, Octavio Paz y otros célebres escritores del siglo XX. Y junto a ellos, como en un repaso historia contemporánea, personalidades de nuestro entorno como Xavier Albó, Alberto Bailey, Alfredo Domínguez, Jaime Escalante, Gladys Moreno, Jaime Laredo, María Josefa Mujía, Ricardo Pérez Alcalá y Adela Zamudio, para nombrar los que me vienen a la memoria.

Son piezas de historia mezcladas con imágenes, reales y metafóricas: por un lado la descripción aguda del personaje, pero también datos históricos relevantes y muchos de ellos desconocidos; un paseo por sus vidas, pero también un retrato de la época que vivieron.

Hay más, y tal vez lo que más se disfruta en este texto sea la pluma del autor. Uno de los más claro ejemplos es la semblanza La gratitud a una vida ingrata, un perfil profundo, crudo y sensible a la vez, de la artista chilena Violeta Parra, a quien el autor conoció personalmente en la peña Naira, en La Paz de los años 60. O El poeta maldito con alma de niño, en el que reseña la vida del poeta Jaime Saénz a través de las entrevistas que le realizaron Paulovich (a quien también caracteriza en Un humorista en un país de caras largas y jetas caídas) y Alfonso Gumucio, pues cuenta que no Saénz no aceptó dejarse entrevistar con él cuando lo encontró una vez en la Plaza Uyuni de Miraflores.

Con rigor y detalle, como buen periodista, pero con enorme sensibilidad, Juan Carlos Salazar nos permite encontrarnos en este conjunto de 35 perfiles con personajes entrañables, datos curiosos y  esencia de humanidad en todo el sentido de la frase.

Las ilustraciones de Marcos Loayza terminan de dibujar la experiencia, con trazos que traen a la vista lo que el alma siente con la lectura.

Genio y figura es un despliegue de historia, y también un apetitoso banquete de buen periodismo, literatura y arte que merece el mejor de los disfrutes.

Ramona – Opinión – 1 de diciembre de 2024.

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/genio-figura-elogio-perfil-periodistico/20241201000013961590.html?fbclid=IwY2xjawOmZsdleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEe2XitPGpDvfPq6WjrgIMt6L5-_H3WwEsHK1BpaGwc–imjmxrVco99pGkOao_aem_JTOA3HGV02zM-LFe8MXrrA

Brújula Digital|26|03|25|

https://brujuladigital.net/cultura-y-farandula/2025/03/26/criticagenio-y-figura-un-elogio-al-perfil-periodisticoisabel-mercado-44602?fbclid=IwY2xjawOmYkRleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEe-nKkoFQ1rrv5fq3UOlvwcpQ-_hBPRajKG4LIh2cRA4zNAeDUFFDp6na6oqE_aem_x8eBqjLGw2JT1bhD9VcO7w

Prólogo al Manual de Periodismo

Por Claudio Rossell Arce*

Hoy más que nunca, el periodismo. En tiempos de desinformación generalizada, de triunfo de las relaciones públicas –otro nombre de la propaganda, E. Bernays dixit–, de posverdad como el lugar más extremo de la postmodernidad, donde las certezas se desvanecen en el aire y ya no se sabe en qué creer, el periodismo. Como instrumento de conocimiento, de interpretación sucesiva de la realidad, que la comprende y la explica, y en el camino la construye para el colectivo. El periodismo, como oficio de profesionales que conocen el método de interpretación, así como conocen y dominan las técnicas asociadas al esfuerzo de transformar hechos en noticias, y, sobre todo, tienen profundas convicciones éticas, necesarias para el enorme papel que les corresponde desempeñar en la sociedad.

De eso se trata el Manual de Periodismo que el periodista y maestro de este oficio Juan Carlos Salazar del Barrio nos ofrece, un imprescindible texto de referencia y apoyo en la formación de nuevos profesionales de la comunicación con vocación para el “mejor oficio del mundo”. En este breve, pero profundo y preciso volumen, Juan Carlos destila décadas de experiencia con grabadora al hombro (sí, eran grandes como carteras), cámara fotográfica colgada del cuello, lápiz y libreta en la mano, y, sobre todo, una mirada inquieta y curiosa, que hizo de él un gran periodista y narrador, y formador de nuevas generaciones de periodistas profesionales.

En tiempos de transformación del ecosistema mediático que dio origen al periodismo profesional y sus diferentes técnicas y tecnologías, cuando la información y la desinformación fluyen a un ritmo que nadie alcanza a controlar, provocando toda clase de trastornos en el individuo y en los grupos, el oficio periodístico puede y debe alzarse como un faro que ofrece una versión sana de la realidad; en las páginas de este Manual se encuentran el qué del oficio, el quién, el cuándo, el dónde y, fundamentalmente, el cómo y el por qué.

Comenzando con una caracterización poco ortodoxa de “medio de comunicación”, como el espacio donde confluyen no los medios técnicos sino el conjunto de personas que los operan para producir una versión “mediada” de la realidad, Salazar introduce a quien se inicia en los caminos del periodismo profesional a una minuciosa explicación de cómo se hace noticia, de la manera en que se producen los textos periodísticos, de las formas que adoptan estos textos, y enriquece un ya de por sí completo Manual con abundantes ejemplos de lo mejor del periodismo en español.

Desde el por qué y para qué de las cinco preguntas que dan inicio a la estructura de la pirámide invertida, hasta los secretos para convertir un hecho cualquiera en una pieza periodística, es decir, un relato sobre la realidad, el autor revisa minuciosamente los diferentes aspectos de la práctica del oficio y el modo en que se emplean las técnicas. Su completa explicación de los géneros periodísticos permite al aprendiz saber cuál de las posibles formas del texto periodístico emplear, pero, sobre todo, por qué hacerlo.

Más adelante, Salazar pasa revista a las variadas clasificaciones del quehacer periodístico, explicando las diferencias entre unas y otras, así como dando cuenta de las distintas formas de recoger, producir e interpretar la información que se ofrece según estos marcos institucionales, que si antes se encontraban reunidos en la edición del diario con sus diferentes secciones, hoy tiene forma de sitios web y perfiles personales de nicho, es decir, crecientemente especializados y al mismo tiempo ampliamente disponibles.

En un extenso apartado sobre la función social del periodismo, la ética y los tiempos de posverdad, el autor ofrece no solo detallada información sobre los mecanismos de autorregulación que el periodismo tiene en Bolivia, así como sus procedimientos, sino, también, una bien madurada postura de por qué hacer periodismo, que a su vez es un poderoso alegato en favor de las escuelas de periodismo profesional, como la Carrera de Comunicación Social que él mismo dirigió entre 2021 y 2025, donde se han formado, a lo largo de casi seis décadas, las y los periodistas más relevantes de la escena mediática.

Por último, nos recuerda que en el complejo entramado del quehacer periodístico las audiencias son tan importantes como las fuentes, y si bien son muchos los manantiales de las que beben, toca a los discursos periodísticos hacerse cargo de todas las dimensiones de la comunicación social, pues, como dice al cierre de este Manual, “hoy más que nunca es importante formar ciudadanos con espíritu crítico, informados y conscientes de lo que reciben y leen a través de las redes”.

*Jefe de las carreras de Comunicación Social y Comunicación Digital Multimedia de la Universidad Católica Boliviana.

«A la guerra en taxi», de Juan Carlos Salazar

Por Gonzalo Lema*

Sabemos de los hechos porque alguien los cuenta. Los muy menudos los cuenta el chisme del vecino parado en la puerta de su casa; los medianos, quizás los amigos o nuestra gente próxima frente a un café; pero los grandes hechos, aquellos que inciden en la realidad colectiva, que perturban nuestro bienestar y anhelada paz interior, que narran la explosión del mundo en una esquina, el hondo quiebre de una sociedad apenas visible a nuestros ojos, el fastidio digno de quienes se han propuesto salvar al planeta y concienciar al ser humano, lo cuentan los intrépidos y valerosos periodistas de primera fila. La infantería de este oficio maravilloso que no duda en arriesgar la vida por el afán de informar. Léase: denunciar. Léase: sensibilizar. Léase: etcétera.

Mi artículo lleva el esclarecedor título del libro de Juan Carlos Salazar del Barrio. Su decente subtítulo expresa la única manera de enfrentarse a la delincuencia de todo orden, a sus balas, a la injusticia que campea, de manera creciente, en toda sociedad, y la posición ética de estos profesionales que, a riesgo de sus vidas, afanosos nos sitúan en la perturbadora realidad del siglo que nos toca vivir: Crónicas desarmadas. En taxi, con papel y lapicero, tal vez una máquina fotográfica, rumbo al confín para cubrir el hecho. Entiendo que desarmados de prejuicios, de militancias partidarias, de verdades quietas y graníticas; armados, claro que sí, de la pasión de informar con objetividad, con contexto histórico y la conciencia libre de pecado. 

El barrido de las crónicas de Salazar provoca envidia. Es escalofriante. Es también maravilloso. ¿Acaso nosotros no anhelamos aventura en nuestra vida? Desde el inquietante rumor de la presencia del Che Guevara en Bolivia, hasta el fantasmal terrorismo de Oriente en capitales de Occidente; desde el muy infame Plan Cóndor de las sanguinarias dictaduras suramericanas, hasta la búsqueda de respuestas de los hijos y nietos de la revolución cubana; desde el expectante retorno de Perón, hasta el rezo de Chan Kim Viejo, el patriarca Lacandón, a sus dioses de la selva. En fin: desde la utopía que embaucó y embarcó a la generación de los 60, hasta los descreídos milennians actuales, incapaces de cerrar los ojos y, en la abstracción, concretar la idea de un país diverso en culturas y etnias. 

Salazar narra los hechos en primerísima persona porque es testigo de cuanto sucede. Esa primera línea de información y verificación de los hechos nutre de vitalidad su crónica, aún salpicada de dudas o convicción. El lector se siente conmovido y avanza en el proceso de lectura que, yo diría, también es ideologizante, sensibilizador y ampliador de la conciencia política, que buena falta nos hace. Es buen libro y opera en nosotros sin descanso.

Muchas de estas crónicas me han reordenado las informaciones de la prensa que, en su momento, recibí. Noticias, unas detrás de otras, o aisladas, que, como cualquier persona, traté de armarlas como quien trabaja un rompe cabezas. Las crónicas me las contaron de nuevo, pero en estricto orden, muy ceñidas a los famosos hechos, y con valioso contexto histórico, para que por fin yo comprenda lo sucedido casi siempre a la distancia temporal o espacial. Al mismo tiempo, me ayudaron a reflexionar e imaginar sobre el valor de lo aparentemente nimio. 

Es el caso de “Cronología de un instante”, crónica en la que Salazar narra lo sucedido el 17 de julio de 1980. El golpe de Estado de García Meza se había desatado y los líderes de CONADE, Consejo Nacional de Defensa de la Democracia, leyeron un texto convocando a la resistencia general. ¿Qué sucedió? Que los integrantes del canal estatal llegaron tarde a la conferencia de prensa y solicitaron que se volviera a leer todo el texto para grabarlo y difundirlo. Así lo hicieron, como atestigua la foto histórica. Los rostros de los líderes reflejan la angustia mientras el minero Simón Reyes releía el comunicado con la voz más firme posible. Fue una amabilidad fatal, desgraciada: los paramilitares irrumpieron en el ambiente, ordenaron que se bajara las gradas con brazos en alto, y un esbirro reconoció al gran Marcelo Quiroga Santa Cruz. “¡Es él!”, exclamó. Y pronto le vació el cargador de su arma. “¡Fueron por él!”, rememoró siempre Óscar Eid Franco.

Muy valioso libro que Salazar nos regala para estar al tanto (es posible) de nosotros mismos. ¿Qué sería el mundo sin crónicas periodísticas? Algo plano, recortado de atrás, sin densidad. Ni siquiera podríamos imaginar el futuro.

*Escritor

Ramona/Opinión – 1 de septiembre de 2024

https://www.opinion.com.bo/articulo/ramona/guerra-taxi-juan-carlos-