Semblanzas al estilo del ”Gato” Salazar

Mauricio Quiroz

Ajetreado por su nuevo libro, Juan Carlos el Gato Salazar ya sabe que su nueva obra superará las 350 páginas con más de una veintena de semblanzas o “aproximaciones” a personajes que conoció a lo largo de su carrera periodística que comenzó a finales de los sesenta a bordo de la Agencia de Noticias Fides (ANF).

De esos años mozos del periodismo, Salazar recupera, por ejemplo, a Luis Espinal, el sacerdote jesuita que fue asesinado en marzo de 1980, cuatro meses antes del golpe de Estado que dirigió Luis García Meza. “Lucho era tímido y modesto. ‘¿En qué puedo ayudar?’, dijo, a manera de presentación, el día que llegó a la redacción de Radio Fides (donde también funcionó la ANF). ‘Es un tío listo’, nos había advertido en la víspera el director, José Gramunt, jesuita como él. Era una manera de decir que no venía a aprender, sino a enseñar. Pero él no pedía nada ni daba instrucciones a nadie. Se ponía a disposición de todos, pese a la bisoñez de sus colegas, porque, como ya se sabe, su filosofía consistía en gastar la vida —y los conocimientos— en los demás”.

De hecho, los textos del Gato Salazar reflejan, de cierto modo, varias de las facetas de su recorrido por las rutas del oficio que lo llevó hasta la jefatura del servicio en castellano de la agencia alemana DPA. Por eso es que entre estos artículos aparecen personajes como del líder cubano Fidel Castro, “el superviviente”: “Nada le gustaba más que evocar sus glorias y hazañas en la conquista del poder. ‘Fue una empresa de locos antes que de estrategas militares’, nos dijo al recordar el día que se embarcó en el Granma en el puerto veracruzano de Tuxpan, el 25 de noviembre de 1956, para iniciar la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra. Fidel Castro, el superviviente, hablaba con un reducido grupo de periodistas en la isla de Cozumel durante la sobremesa de una cena, aderezada de añoranzas y nostalgias, con el presidente mexicano José López Portillo como anfitrión, que se prolongó hasta la madrugada. Era mayo de 1979”, cuenta.

“La semblanza, uno de los géneros más atractivos del periodismo, requiere de un tono y un hilo conductor. Son las anécdotas, entendidas como sucesos circunstanciales, las que conforman el derrotero de esa gran crónica que es la vida, y es el entorno el que da sentido a esos pequeños acontecimientos. En todo caso, la semblanza no es una historia de vida, como se supone, ni siquiera un perfil, sino una visión fugaz, la percepción del destello de una trayectoria, un trazo que apenas insinúa contornos y contextos, sin precisar facciones ni semblantes. No es, pues, una fotografía, sino apenas una apariencia”, señala Salazar en la introducción del libro que será presentado el miércoles 6 de junio.

Esta entidad, la decana del gremio periodístico del país, galardonó a Salazar en 2016 con el Premio Nacional. Ese mismo año había dejado el ejercicio activo del oficio tras dirigir la ANF, donde comenzó, y Página Siete. En 2017, cuando se cumplieron 50 años de la muerte del Che Guevara, presentó La guerrilla que contamos, junto a sus colegas y amigos José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor. El tomo fue un éxito editorial. El Gato espera, en este caso, dar un buen testimonio de su credo: contar esas historias reales, crudas y relevantes, pero esta vez desde la sabiduría de su experiencia que ayuda a comprender de mejor manera la historia y sus contextos.

Un poco más modesto, el autor anota que su nuevo aporte es en realidad una serie de “aproximaciones” a la vida de un puñado de personajes a los que se vinculó por amistad, “en la mayoría de los casos”, o por simples relaciones profesionales “en todo caso, circunstanciales”. Además, el cronista de estas semblanzas también pinta a través de sus escritos sus propias vivencias. La obra también incluye retazos de algunas conversaciones que se presentan a manera de entrevistas. La idea, según dice, es reflejar a los elegidos desde sus propias opiniones.

“Los personajes no han sido elegidos al azar. La selección tiene que ver, como todo lo que ocurre en el periodismo, con la pertinencia noticiosa. Ha sido su fugaz asomo a la actualidad mediática, en algunos casos, o esa última anécdota vital que es la muerte, en otros, lo que ha llevado al memorioso a recuperar estos pedazos de vida, que tienen más sentido de testimonio que de homenaje. Antes que semblanzas, prefiero llamarlas apariencias —a sabiendas de que las apariencias (casi) siempre engañan—, porque simplemente son eso, percepciones, apuntes elaborados a imagen y semejanza de alguien”, explica el periodista.

Leer los escritos del Gato Salazar es una experiencia gratificante y altamente ilustrativa. Y es que estas semblanzas plantean también “unas aproximaciones” a escenarios variopintos que, en suma, ayudan a comprender el presente, a mirar a los personajes de estos años como el resultado de una historia siempre inconclusa.

La Razón – 27 de mayo de 2018

El Che fue protagonista en la literatura boliviana en 2017

Por Manuel Filomeno

Ernesto Che Guevara fue protagonista en la literatura boliviana el año pasado. Se publicaron al menos ocho libros sobre la vida  del guerrillero, en conmemoración del medio siglo de su paso por Bolivia y su muerte a manos del Ejército en La Higuera.

De esa inusualmente vasta producción bibliográfica, destaca la obra del renombrado periodista y exdirector de Página Siete, Juan Carlos Salazar, quien junto a José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor publicaron La guerrilla que contamos. Historia íntima  de una cobertura emblemática (Plural, 2017). El texto  resume las coberturas periodísticas que los tres hombres de prensa realizaron en 1967, durante el periplo boliviano del guerrillero.

En el libro, que fue el más vendido en la Feria del Libro, los periodistas  incluyen  crónicas y  una colección de fotos y documentos  inéditos de   la cobertura que se hizo a    la guerrilla del Che Guevara.

En una entrevista con motivo de la presentación del libro, Alcázar señaló que el  libro fue una  oportunidad de recordar, como dice el subtítulo, “una cobertura emblemática”, además de añadir que cada uno de los autores comparten en la obra varias anécdotas personales que  sucedieron en la cobertura de este  acontecimiento que se convirtió también en noticia internacional. “Además de actualizar alguna información sobre lo que motivó a Guevara a preparar un movimiento armado en Bolivia para hacer la revolución en su patria, Argentina”.

Por su parte, Página Siete se sumó al aniversario con dos libros: El Che, una cabalgata sin fin y Che: Miradas Personales.

El primero de ellos, dedicado a las historias no contadas del personaje latinoamericano por excelencia, fue  elaborado por un equipo multidisciplinario  de  periodistas de este medio   e investigadores, como:  Gonzalo Mendieta, Luis González, Mery Vaca, Liliana Carrillo, Carla Hannover, la directora del periódico, Isabel Mercado, y el exdirector Juan Carlos Salazar.

“Este libro es un  reportaje profundo sobre la guerrilla.  Es  fundamentalmente un trabajo  periodístico. Hemos intentado hacer una relectura completa de los hechos. No se trata de un homenaje a la memoria del Che ni tampoco una  crítica a si fue acertada o no su aventura en Bolivia”, dijo Mercado en la presentación del texto durante la XXII Feria Internacional del Libro de La Paz.

Por su parte, Vaca, la subdirectora de Página Siete, señaló que  en la obra se plantea preguntas como: ¿Qué pasa ahora con  el pensamiento del Che?  y ¿qué ocurre con las dudas y las interrogantes  que han existido a lo largo de la historia y  que, pese al tiempo, no se han podido resolver? “Por ejemplo, yo escribí una historia sobre los rangers; he entrevistado a los rangers que han combatido en  contra del Che. Ellos se sienten abandonados  y discriminados en una coyuntura como la actual. Por lo tanto, se puede ver el otro lado de la medalla, no de  la de los guerrilleros, sino la de los soldados bolivianos”,  contó.

El segundo libro publicado por Página Siete (junto a  Plural Editores) Che: Miradas personales reúne textos que expresan la particular mirada de 20  autores sobre el guerrillero muerto hace 50 años. Además de ensayos, testimonios y crónicas la obra incluye obras de ficción escritas por    autores de la talla de  Áex Aillón Valverde, Gloria Ardaya, Daniel Averanga, Javier Badani, Rosario Barahona, Robert Brockmann, y Willy Camacho, entre otros.

Muchos de los autores convocados decidieron esbozar la  imagen que guardan del Che en   ensayos,  testimonios o  crónicas. No obstante, otros escribieron textos de ficción inspirados en la figura revolucionaria.

En ellos el Che funge como protagonista, como referente o como evocación de tiempos lejanos en los que se construían utopías por las que algunos estaban dispuestos a dar la vida.

La Guerrilla del Che, ayer y hoy de Eduardo Machicado  fue otro de los libros publicados en 2017 sobre la figura del argentino y está basado en los escritos de Humberto Vázquez Machicado  y la prensa de la época, además de libros escritos sobre la guerrilla y otros autores.

Otro de los libros que se presentó el año pasado fue  El asesinato del Che en Bolivia. Revelaciones de los autores cubanos Froilán González y Adys Cupull, quienes en su investigación denuncian el papel de  Estados Unidos y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en la eliminación del Che.

Otros libros exploran la figura de Guevara a través de las personas que compartieron con él, como es el caso de Desencuentros en la orilla, una novela sobre la vida del guerrillero beniano Freddy Maymura Hurtado, un estudiante de medicina en Cuba que fue ejecutado en 1967, cuando integraba la retaguardia de la guerrilla del Che Guevara. El libro fue escrito por su sobrina, la periodista Vania Solares.  

Otro de estos volúmenes es el escrito por el abogado e investigador Tomás Molina Céspedes quien  publicó Chato Peredo, el último soldado del Che, en el que reúne siete entrevistas realizadas a Osvaldo Chato Peredo entre agosto de 2012 y mayo del año pasado.

También en esta línea está el libro Regis Debray, entrevista y textos de Marcelo Quezada quien explora la figura  del filósofo marxista francés, autor de varios textos sobre Guevara, quien llegó a Bolivia para entrevistarse con el guerrillero y al que, una vez capturado por el Ejército, se le llegó a acusar de haber dado información que llevaría a la captura y muerte del Che por parte de los militares.

Las obras más vendidas en la FIL

La guerrilla que contamos. Historia íntima de una cobertura emblemática se convirtió en el libro más vendido de la XXII Feria Internacional del Libro de La Paz (FIL). La obra, editada por Plural  y escrita por los periodistas José Luis Alcázar, Juan Carlos Salazar y Humberto Vacaflor se agotó un día antes de la clausura de la FIL, en agosto de 2017.

La primera edición de este texto contó con 500 ejemplares, que se vendieron sin pausa durante los 12 días de la feria.

Por otra parte, Che: Una cabalgata sin fin, publicado por Página Siete, fue otra de las obras de mayor demanda en la FIL, vendiéndose más de 250 ejemplares durante los días de la feria.

Página Siete –  7 de enero de 2018

Cincuenta años después: “La guerrilla que contamos”

Gloria Helena Rey, Especial para El Tiempo de Bogotá

No siempre se tiene la suerte como reportero de vivir momentos únicos en la historia de un país y, mucho menos de una región, pero los periodistas bolivianos Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor recibieron ese regalo del destino y acaban de publicar ‘La guerrilla que contamos’, narración de sus vivencias en el cubrimiento de la guerrilla que comandó en Bolivia el guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara, hace 50 años.

El hecho marcó la historia de Bolivia y la de América Latina, donde la figura del Che sigue siendo un ícono, como en el resto del mundo. El famoso retrato que le hizo al Che el fotógrafo cubano Alberto Korda, en 1960, y cuyas reproducciones se ven hoy en universidades públicas y privadas del continente y en toda clase de suvenires.

El libro cuenta, sin apasionamientos, lo escrito en la piel de nuestro continente por el Che y su proyecto de vida, que siguen vivos en nuestra historia.

Después de medio siglo de su muerte, el mito pervive porque lo sucedido en Bolivia se mantiene como un secreto de Estado, que solo se revelará cuando se den a conocer archivos confidenciales de Cuba, la ex-URSS, algunos de la CIA y del ejército boliviano.

El relato de 280 páginas, editado por Plural Editores, agotó dos ediciones en dos meses. Incluye documentos y fotos inéditas de personalidades de la talla del filósofo y escritor francés Régis Debray (exconsejero del presidente François Mitterrand), detenido por el ejército boliviano en la población de Muyupampa tras reunirse con el Che, en 1967, después condenado a 30 años de cárcel, bajo el régimen presidencial del general René Barrientos (1964-1969), y finalmente amnistiado y liberado en el gobierno del presidente Juan José Torres, en 1970.

Figuran también la famosa periodista italiana Oriana Fallaci y la modelo Michèle Ray, esposa del famoso director de cine franco-griego Costa Gavras, entre muchos otros.

Juan Carlos Salazar, uno de los autores de ‘La guerrilla que contamos’, a quien EL TIEMPO entrevistó, comenzó a escribir sobre el Che y su guerrilla boliviana cuando tenía apenas 21 años y hacía el cubrimiento para las Agencias de noticias Fides y DPA. Debray, como Fallaci, le escriben a Salazar con cariño, recordándole su aprecio y resaltando sus cualidades como la de “… todos los que luchan con honradez desde adentro…”, como le dice Debray, o la divertida nota en la que Fallaci se suscribe como “tu devotísima y nunca consumada amante”.

Alcázar y Vacaflor, los otros dos autores del libro, trabajaban en la época para el periódico Presencia.

Salazar fue el primero en llegar a la zona de conflicto en marzo de 1967. Él cubrió la detención y juicio de Debray y del argentino Ciro Bustos, miembros de la red subversiva guevarista.

Alcázar dio la primicia mundial de la captura del Che “vivo y herido” el 8 de octubre de 1967. Y Vacaflor, expulsado dos veces de la zona militar e incluso amenazado con un juicio tras ser acusado de formar parte de la campaña para la liberación de Debray, fue quien reveló el robo de los diarios del Che, años después.

Los tres fueron enviados por sus respectivos medios hace 50 años a la zona del río Nancahuazú, en el departamento de Santa Cruz, días después de que las autoridades bolivianas informaron del primer combate entre los militares y la guerrilla.

Alcázar también fue el único reportero que estuvo presente en las operaciones militares contrainsurgentes de la época y el primero en descubrir la farsa montada por Barrientos sobre la supuesta muerte en combate del Che, pues, además, tocó su cadáver en la lavandería del hospital de Villegrande, donde fue llevado después de la ejecución y notó que aún todavía estaba tibio. “Sentí un escalofrío, un estremecimiento. Aún estaba caliente”cuenta en el libro. También fue el primero en comprender, después de hablar con los soldados que custodiaban al Che, que no solo fue ejecutado por Mario Terán, sino que fueron tres los militares que participaron en su asesinato.

Reportaje del reportaje

Reportaje del reportaje

“Todo acontecimiento periodístico tiene dos historias –precisa Salazar–: la que uno cuenta a sus lectores y la que vive para contar ese hecho. Este libro cuenta los entretelones de esa cobertura. El libro está dividido en tres partes, cada una de ellas escrita por uno de los coautores. El título de mi parte, ‘Entre guerrilleros escurridizos, censores militares y atractivas espías’, da una idea de su contenido”.

Señala que su colega José Luis Alcázar, el único periodista que participó en combates, y quien tocó la mano del Che, minutos después de su ejecución.

“A las cinco de la tarde llegó el helicóptero con el cadáver del Che. Ahí estaba el cuerpo del guerrillero, envuelto con una frazada o cobija militar. Un círculo de soldados resguardaba el helicóptero, evitando que la muchedumbre, que se había dado cita en la precaria pista, se acercara a la nave. Ahí estuve. A mi lado, un agente de la CIA, el cubano Gustavo Villoldo, alias capitán Eduardo González. Villoldo rompió el cerco militar y yo aproveché y juntos corrimos hacia el helicóptero. Mientras Villoldo-González levantaba la cobija para ver el rostro y jalarle la barba y decirle: “¡Por fin has caído!”, yo vi una de las manos del Che que aparecía a un costado de la improvisada camilla en el patín del helicóptero. La tomé y sufrí un escalofrío, un estremecimiento. Estaba caliente. Había muerto recién…”, explica Alcázar en el libro

Sobre el filósofo Debray, dado por muerto por el gobierno de Barrientos, se cuenta que Hugo Delgadillo, reportero y colega de los autores del libro, le salvó la vida. Delgadillo envió a La Paz una imagen de Debray y otros detenidos, la cual fue publicada por el diario ‘Presencia’, provocando un escándalo y una campaña mundial por su liberación, en la que intervinieron el presidente Charles de Gaulle, el papa Pablo VI, el filósofo Jean-Paul Sartre y el novelista André Malraux, entre otros.

Para Salazar, esa foto sentenció a muerte al Che, pues, tras ese incidente Barrientos decretó una guerra de ejecuciones, sin prisioneros, contra la guerrilla.

Por eso, al ser capturado el 8 de octubre de 1967, el Che fue ejecutado por los militares al día siguiente en la pequeña localidad de La Higuera, departamento de Santa Cruz, y sus restos enterrados en secreto en Villegrande, a 60 kilómetros de allí y solo encontrados 20 años después, tras innumerables investigaciones.

Vacaflor, el otro autor del libro, cuenta cómo lo persiguió el fantasma del Che hasta Londres, donde fue convocado por la empresa rematadora Sotheby’s para que certificara la autenticidad del diario de Guevara, que pretendía rematar por encargo del militar que robó el documento.

Reflexión

Reflexión

‘La guerrilla que contamos’ es, también, una reflexión sobre lo sucedido y las consecuencias políticas de la guerrilla en Bolivia, que polarizó y radicalizó a la juventud de la época. Porque sin la acción del Che no se explican los gobiernos progresistas de los generales Alfredo Ovando Candia (1969/70) y Juan José Torres (1970/71), quienes combatieron al Che y, según los testimonios, decidieron su ejecución.

Ovando era Comandante en Jefe de las FF. AA. y Torres Jefe del Estado Mayor. La guerrilla polarizó a la sociedad boliviana y radicalizó a muchos sectores sociales, pero también permeó al Ejército, que se sintió interpelado por las injusticias económicas y sociales que agitó el Che como banderas.

“Ovando tomó el poder en septiembre de 1969, nacionalizó el petróleo (Gulf Oil Company) y prometió una nueva revolución. Cuando la derecha militar intentó derrocarlo”, explica Salazar.

En el caso de Torres, afirma que hizo un gobierno más de izquierda. “Bajo su mandato se reunió la Asamblea Popular, conocida como el Sóviet boliviano, una suerte de parlamento integrado por obreros, campesinos y estudiantes que intentó disputarle el poder. Ante la radicalización, el coronel Hugo Bánzer Suárez lo derrocó en un golpe el 21 de agosto de 1971”.

La polarización no fue solo en Bolivia. En Perú gobernaba otro militar de izquierda, Juan Velasco Alvarado (1968/75) y en Chile Salvador Allende (1970-73). “Fue el signo de esos tiempos”, recuerda.

Anota que ni la guerrilla del Che ni otras que nacieron en los 60 y 70 cambiaron en algo la opresión de los pueblos de América Latina, pues “tuvieron como correlato las dictaduras militares, con su dramáticos saldos de torturas, asesinatos, desapariciones y descabezamiento de las izquierdas y movimientos populares, sino porque muchas de sus reivindicaciones sociales siguen vigentes, a pesar de que algunos líderes políticos, como el presidente Evo Morales, se reclaman como seguidores del Che”.

Desmitificaciones El libro desmitifica parte de la historia oficial respecto de la figura del Che y de la guerrilla que comandó en Bolivia. Por ejemplo, su categorización como estratega político y militar. Alcázar desmenuza los fracasos militares del argentino, quien llegó a Bolivia después de su primer gran descalabro político militar en el Congo en 1965, a donde fue enviado por Fidel Castro para establecer, en el corazón de África, una plataforma contra “el imperialismo yanqui” y “el neocolonialismo continental”.

No pudo. ¿Por falta de preparación, por conocimiento superficial de la situación o desconocimiento de la mentalidad de población o todo a la vez? Igual pasó después en Bolivia. “El Che no entendió el contexto político y social boliviano al elegir el país como escenario de su lucha y tampoco pudo hacer frente a la estrategia militar”, dice Salazar.

Él y Alcázar coinciden en asimilar los dos experimentos como fracasos. En Bolivia encontró a campesinos con los que nunca logró establecer la relación esperada.

“Desde el punto de vista militar, el Che vivió en la selva 337 jornadas de penurias, acosado por el asma, el hambre, las diarreas y las calenturas; aislado, cercado y perseguido por las tropas del Ejército”, escriben en su libro.

Quedó consignada en el diario del Che: “Sigue sintiéndose la falta de incorporación campesina”.

“Desde las primeras semanas de la campaña, también había perdido todo contacto con la incipiente red urbana, que nunca llegó a funcionar, e incluso con La Habana”, se afirma en el libro.

La idea del Che era utilizar Bolivia para crear una escuela, una célula madre de guerrilleros, que se expandirían hacia otros países. Pero los autores recuerdan que menospreció a grupos internos que pudieron apoyarlo dentro de Bolivia, como el Partido Comunista, y subestimó al ejército y al gobierno bolivianos. Se amparó en la supuesta debilidad del gobierno de Barrientos.

En la época de la guerrilla del Che comenzó a escribirse en América Latina, con el apoyo de Estados Unidos, uno de los capítulos más sangrientos de la historia continental con golpes militares, asesinatos, desapariciones y torturas en Paraguay y Brasil en los años 60 y después, en los 70, en Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay.

Todo planeado desde la Escuela de las Américas y después, con la creación regional de uno de los procesos represivos más criminales de nuestra historia, la llamada Operación Cóndor, que se articuló en el marco de la Guerra fría global. En esa atmósfera de represión y miedo surgieron las guerrillas como una respuesta política a las dictaduras militares en el Cono Sur, o, como en el caso de Colombia, a la expropiación de las tierras campesinas por terratenientes, en los 60 y 70.

Así se dibujó el mapa de la subversión continental en el que creció la mítica guerrilla de Guevara en Bolivia. “La historia de un gran fracaso”, según el propio Che.

El Tiempo (Bogotá, Colombia) – 9 de noviembre de 2017

A 50 años de la ejecución del Che, un pueblo boliviano lo recuerda como si hubiese sido ayer

Por Nicholas Casey, The New York Times

LA HIGUERA, Bolivia — Irma Rosales, cansada tras décadas de atender su pequeña tienda, se sentó una mañana con una caja llena de fotos y recordó al extraño que hace cincuenta años fue ejecutado en la escuela local.

Contó que su cabello era largo y grasoso, sus ropas estaban tan sucias que podrían haber sido las de un mecánico. Recordó que no dijo nada cuando ella le llevó un plato de sopa poco antes de que se escucharan las balas. El Che Guevara había muerto.

Acaba de cumplirse medio siglo de la ejecución de Guevara, el médico argentino cuyo nombre de pila era Ernesto y que dirigió a columnas de guerrilleros desde Cuba hasta el Congo. Fue un hombre que combatió a Estados Unidos durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, el mismo que pronunció un discurso ante las Naciones Unidas y predicó sobre un nuevo orden mundial dirigido por los marginados de las superpotencias.

Su vida brillante solo fue opacada por el mito que surgió con su muerte. La imagen de su barba desaliñada y su boina con una estrella se convirtió en la tarjeta de presentación de los revolucionarios románticos de todo el mundo. A lo largo de varias generaciones, se le ha visto en todas partes: desde los campos selváticos de milicias hasta los dormitorios universitarios estadounidenses.

Sin embargo, los pobladores de La Higuera que vivieron esa época narran una historia mucho menos mítica, que describe un episodio corto y sangriento en el que un rincón olvidado de esta provincia montañosa se convirtió en un campo de batalla de la Guerra Fría.

Rosales recuerda que al poco tiempo de que Guevara y los demás forasteros que le acompañaban aparecieran en el área, con promesas de igualdad, los guerrilleros fueron arrastrados hacia un mar de sangre.

“Fue una tortura para nosotros”, dijo. “Para nosotros, esa fue una época de sufrimiento”.

Y conforme América Latina recuerda la muerte de Guevara, la región también inicia un amplio ajuste de cuentas con los movimientos de izquierda que se inspiraron en este personaje.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, la guerrilla más grande que quedaba en la región, este año salió de la selva y entregó las armas culminando una guerra en la que nadie se declaró victorioso y en la que Colombia perdió a más de 220.000 personas.

El movimiento inspirado en el socialismo del difunto presidente venezolano Hugo Chávez condujo a mejoras en la educación y los servicios de salud, pero el país se ha hundido en el hambre, la agitación y un gobierno que algunos tildan de dictadura.

Incluso Cuba, que por años ha vivido con orgullo bajo la bandera revolucionaria que izó Guevara, ahora se enfrenta a un destino incierto a medida que el deshielo que se había alcanzado con Estados Unidos se complica con el gobierno de Trump.

Bolivia es una de las últimas democracias de América Latina donde la izquierda sigue en el poder y es difícil para los movimientos políticos florecer en ese vacío, según uno de los gobernantes del país. “No se puede prosperar ni mantenerse en el tiempo si no se tienen victorias y luchas en otros lugares”, comentó Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia.

Jon Lee Anderson, quien escribió una biografía de Guevara y fue clave para descubrir sus restos —que escondieron los soldados hasta la década de los noventa— dice que Guevara y la izquierda ya tocaron fondo en otros momentos.

“Pero el Che permanece puro”, agregó. “Es un modelo siempre presente, un icono. ¿Hacia dónde irá en el futuro? Tengo esta idea de que el Che viene y va”.

La desaparición de un revolucionario

Durante sus últimos años de vida, el paradero de Guevara era un misterio para todo el mundo.

Después de que supervisó los escuadrones establecidos después de la victoria comunista en Cuba, y tras un periodo en el que dirigió el banco central de ese país, Guevara se desvaneció en 1965, enviado por Fidel Castro a organizar revoluciones en el extranjero. Lo mandó a una misión fallida en el Congo; después anduvo en distintas casas de seguridad de ciudades como Dar es Salaam y Praga.

“En aquel entonces, se decía que Fidel lo había matado; otros decían que había muerto en Santo Domingo o que estaba en Vietnam”, dijo Juan Carlos Salazar, quien en 1967 era un reportero boliviano de 21 años que buscaba su primer reportaje importante. “Decían que estaba aquí o allá, pero nadie sabía dónde”.

Loyola Guzmán, una revolucionaria que formaba parte de los líderes juveniles comunistas de La Paz, sería una de las primeras personas en saber dónde estaba el célebre guerrillero. Un día recibió un mensaje: se requería de su presencia en Camiri, un pequeño poblado cerca de la frontera de Paraguay. Dijo que no tenía idea del motivo de la reunión.

Guzmán es una mujer de 75 años, pero una foto de enero de 1967 muestra su rostro con el rubor de la juventud, en ropa de trabajo y una gorra, sentada sobre un tronco de un campo selvático donde hacía un calor sofocante. A su lado estaba Guevara.

“Dijo que quería crear ‘dos o tres Vietnam’”, recordó Guzmán, con Bolivia como base de una revolución tanto local como para los países vecinos, Argentina y Perú. Guzmán estuvo de acuerdo con la idea y fue enviada a la capital a obtener apoyo para los revolucionarios y administrar su dinero.

En marzo de 1967, comenzó la batalla.

Salazar, el periodista, supo en días posteriores de ese mismo mes que se habían desatado combates entre el ejército boliviano y un grupo armado, los cuales habían dejado a varios soldados heridos. El reportero fue enviado al área para investigar, pero no estaba claro quiénes eran los guerrilleros, solo se sabía que daban golpes importantes a las fuerzas gubernamentales.

Poco después, se empezó a correr la voz de que el cabecilla podía ser Guevara.

El ejército quería encontrarlo y derrotarlo. Entre los periodistas “todos querían entrevistarlo”, recordó Salazar.

Un pueblo receloso

Aunque Guevara era conocido en todo el mundo, su fama le sirvió poco para granjearse la simpatía de los campesinos bolivianos.

El país ya había pasado por una revolución una década antes, la cual instituyó el sufragio universal y la reforma agraria, además de que expandió la educación. No hay documentación alguna de que, durante el tiempo que Guevara pasó combatiendo en Bolivia, un solo campesino se haya unido a sus filas.

“No lo pensó bien”, dijo Carlos Mesa, expresidente de Bolivia e historiador, quien tenía 13 años cuando Guevara llegó. “Fracasó porque tenía que fracasar”.

Rosales —la mujer que le dio a Guevara el plato de sopa tras su captura— recordó haberse quedado estupefacta un día en La Higuera, poco antes de que Guevara fuera asesinado, cuando uno de sus guerrilleros, Roberto Peredo, conocido como Coco, entró al edificio donde trabajaba y le pidió usar el teléfono.

Ninguno de los pobladores esperaba esa visita, ya que los guerrilleros no tenían buena reputación. Todos los hombres del pueblo habían huido a las colinas, temiendo que los guerrilleros trataran de llamarlos a sus filas.

“Nos decían que los guerrilleros golpeaban a los hombres y violaban a sus esposas, que se llevaban cosas, y por tal motivo nadie les daba la bienvenida”, dijo Rosales.

Rosales recuerda que ese mismo día, el alcalde del lugar le informó a las autoridades que los guerrilleros habían llegado al pueblo.

Cada vez más cerca

Con información como la provista por el alcalde, el ejército comenzó a asediar al grupo de guerrilleros. Entre los que estaban al acecho se encontraba Gary Prado, entonces un joven oficial que había perseguido a Guevara por las montañas durante todo el verano.

Desde su estudio en la ciudad de Santa Cruz, el general jubilado, ahora de 78 años, admitió que el ejército apenas estaba preparado para combatir a una guerrilla en su elemento y en terreno conocido. Sin embargo, pronto comenzó a recibir ayuda con capacitación estadounidense y la llegada de agentes de la Agencia de Inteligencia Central (CIA, por su sigla en inglés), que ansiaban ver muerto a Guevara.

Guevara había sido aclamado por sus tácticas militares en la victoria de Castro en Cuba y escribió un manual, La guerra de guerrillas, que todavía utilizan los insurgentes de todo el mundo como guía. Sin embargo, Prado comentó que el Che estaba cometiendo errores en Bolivia: estableció bases que no podía defender, dividió sus fuerzas y dejó atrás fotos que los soldados estaban usando como pistas.

“Dominaba la guerra de guerrillas”, dijo Prado. “Llegó aquí e hizo todo al revés”.

En la última entrada de su diario, el 7 de octubre, Guevara escribe que se encontró con una vieja que pastoreaba a sus chivas, a quien tomó de rehén para interrogarla acerca de los soldados cercanos. “Se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ninguna palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpliera sus promesas”, escribió.

‘Soy el Che’

El 8 de octubre hubo una balacera entre los soldados bolivianos y un grupo de combatientes.

Sin embargo, según Prado, la refriega acabó de manera distinta. Cuando uno de los guerrilleros se rindió, gritó: “No disparen, soy el Che y valgo más vivo que muerto”.

Julia Cortés, ahora de 69 años, recuerda haber escuchado una balacera a la distancia ese día mientras se acercaba a La Higuera, donde daba clases en la escuela local.

Luego de capturar a Guevara, el ejército lo trasladó a esa escuela. El guerrillero apenas y podía hablar cuando Cortés entró a la escuela al día siguiente, el 9 de octubre. Musitaba cosas sobre la revolución, dijo la exmaestra, sobre la lucha que estaba perdiendo.

“Dicen que era feo, pero a mí me parece que era increíblemente hermoso”, relató Cortés. Ella comentó que recién había llegado a su casa cuando se escucharon los disparos que lo mataron.

Salazar, el reportero, había regresado a La Paz para cubrir el juicio de otro guerrillero cuando se enteró de la ejecución en La Higuera. Se apresuró a volver a la región para informar sobre la muerte, lamentando haberse perdido la que para él “habría sido la entrevista del siglo”.

García Linera, vicepresidente de Bolivia, era un niño ese día y recuerda haber visto la imagen de Guevara en la primera plana de Presencia, un periódico boliviano, cuando estaba en la cama de su abuelo. “Todavía puedo ver esa foto, con la vista hacia el cielo, todo en blanco y negro”, dijo. “De primera vista, se veía como cualquiera, incluso como un indigente”.

Guzmán, la compañera guerrillera de Guevara, ya estaba bajo custodia del ejército para cuando Guevara fue capturado. No supo de su muerte sino hasta que encontró la copia de Presencia en un baño de la cárcel.

Rosales recuerda haber visto a Cortés acercarse a la escuela en La Higuera, tras el asesinato, para limpiar la sangre derramada en el salón.

“Desde entonces no ha habido clases”, dijo Rosales mientras explicaba que la escuela se convirtió en un pequeño museo. “Los niños no quieren ir ahí”.

(César Del Castillo Linares colaboró en este reportaje).The New York Times – 10 de octubre de 2017