Del modesto jersey a la chaqueta de diseño

Conocí a   Evo Morales –es decir, lo vi por primera vez– durante una “cumbre” de organizaciones indígenas y campesinas en Cocoyoc, México, organizada  por Rigoberta Menchú, a mediados de los 90. Evo era un humilde dirigente cocalero que buscaba infructuosamente –“rogándose”, como decimos los bolivianos– el aval de la ganadora del Nobel de la Paz  para una resolución de apoyo a los cocaleros del Chapare. Lo vi por segunda vez en el Palacio de la Moncloa, tras su entrevista con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, en su primera gira por Europa, recién elegido, en enero de 2006. Y en una tercera ocasión, ya Presidente, en un desayuno ofrecido por el presidente de Repsol, Antonio Brufau, en un hotel de Madrid, echándole flores al anfitrión por su “comprensión” ante la “nacionalización” del petróleo.

Recuerdo que llegó a la conferencia de prensa de la Moncloa con su “jersey” a rayas, que tanto impacto causó en España, humilde y, sobre todo, auténtico. En sus primeras palabras, confesó que nunca se había imaginado que algún día iba a ser recibido por un rey y afirmó que había pedido a Rodríguez Zapatero, y al monarca que le aconsejaran y ayudaran a gobernar, porque él –así lo dijo– no tenía ninguna experiencia en el arte de dirigir un país.

Se mostró muy agradecido con la reina Sofía, porque le había hecho llegar al hotel unos antigripales, afligida al verlo tan desabrigado, apenas con un “jersey”, en el crudo invierno madrileño. “¡Qué tío tenéis por Presidente!”, recuerdo que me dijo un colega, resumiendo la admiración de los periodistas españoles. Los había conquistado con su humildad y sencillez.

No resisto la tentación de comparar al Evo del “jersey” con el Evo de las chaquetas de diseño; al campesino orgulloso de su natal Orinoca con el líder del museo propio y el inquilino del lujoso palacio presidencial, ahora que se postula para una nueva reelección. Y no es que pretenda que el Presidente de Bolivia vaya por el mundo dando lástima, no, pero una cosa es representar al Estado con dignidad y otra hacer ostentación de lujos que chocan con la pobreza del país.

La transformación de Evo a la sombra del poder, después de 13 años de gobierno, está directamente relacionada con la mutación del movimiento que lo impulsó a la jefatura del Estado, el llamado “proceso de cambio”, que terminó cambiando a sus líderes antes que al propio país, como se proponía en sus albores. Evo es la personificación de ese viaje sin retorno. De Chaparina a la Chiquitania.

La deriva de ese proceso y sus dirigentes me trajo a la memoria la novela Rebelión en la granja, la extraordinaria fábula de George Orwell sobre el tránsito de una revolución a un sistema autoritario, a partir de la corrupción que acompaña toda acumulación de poder, porque –como dice el jesuita Xavier Albó– “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La historia de la granja es muy sencilla. Hartos de la explotación a la que están sometidos, los animales expulsan al propietario, un granjero vago y alcohólico, con el propósito de crear una sociedad igualitaria, manejada por ellos mismos, aspiración que se traduce en una “constitución” de “siete mandamientos”. 

Poco a poco, los líderes se van apropiando del movimiento –y de la granja– y terminan haciendo lo mismo que hacía el patrón expulsado, dándose al lujo y a la buena vida, para lo cual no dudan en quebrantar su propia ley. Los “mandamientos” van desapareciendo sucesivamente y, al final, queda uno solo, el que proclamaba que “todos los animales son iguales”, pero con un aditamento: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”.

Morales buscará dentro de 10 días la reelección. Lo hará contraviniendo la Constitución que él mismo impulsó y el mandato expreso de un referendo. Al incumplimiento de la ley, de por sí grave, se suma el quebranto de un principio ético, moral, el de la palabra empeñada. Cuando todavía usaba el “jersey”, repetía la consigna –tomada de los zapatistas mexicanos– de “mandar obedeciendo al pueblo”. Obviamente, no obedeció el mandato del 21 F, ni quiere irse a su casa, como prometió al menos en tres ocasiones si ganaba el NO.

Winston Churchill dijo que “tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores”. Podría darse que el 20 de octubre no haya un ganador, sino dos, o que el verdadero ganador sea el segundo, si los electores obligan a la realización de una segunda vuelta, en la que se invertirían los papeles, con el opositor como favorito. 

Me pregunto si Evo respetará en tal caso el veredicto popular. Si no lo hizo una vez, ¿por qué tendríamos que creerle que lo hará ahora?

Página Siete – 10 de octubre de 2019

Realismo mágico

El escritor dominicano Juan Bosch (1909-2001), autor de dos obras literarias excepcionales ambientadas en Bolivia, el cuento El indio Manuel Sicuri y la novela El oro y la paz, me dijo en una ocasión en Santo Domingo que “Bolivia es, en sí misma, una gran novela”. Tengo entendido que Miguel de Unamuno apeló a la misma metáfora para describir a la Bolivia del siglo pasado en una conversación o intercambio epistolar con Alcides Arguedas. Lo que no dijeron es que esa gran novela pertenece al género del realismo mágico.

Es cierto que en Bolivia nadie ha ascendido en cuerpo y alma al cielo, como la bella Remedios en Cien años de soledad; tampoco sabemos de nadie que haya nacido con cola de cerdo, como el último Aureliano de la saga de los Buendía, pero cuando escuché recientemente a un honorable diputado nacional, en una de las tantas declaraciones que suelen ofrecer los parlamentarios en la plaza Murillo, no pude menos que recordar a Mauricio Babilonia, con la diferencia de que nuestro personaje criollo tenía las mariposas amarillas revoloteando dentro de su cerebro.

Algo tiene Bolivia de Comala y Macondo, las aldeas míticas de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, donde lo inexplicable encuentra explicación en la fantasía y lo irreal se convierte en real gracias a nuestra mágica vida cotidiana. De tantas cosas irreales que hemos visto pasar nos hemos acostumbrado a ver la anormalidad como algo normal y a considerar lo improbable como algo probable.

El gobernador de La Paz, Feliz Patzi, quien  presume de un doctorado universitario, asegura que gracias a la ayuda de “algunos yatiris”, que “han empezado a invocar y han traído la lluvia”, fue sofocado el incendio que amenazaba al Parque Nacional Madidi. Entonces, digo yo, el error del gobierno no es resistirse a la ayuda internacional, sino no convocar a un equipo de yatiris para sustituir a los bomberos en la Chiquitania.

Otro personaje macondiano es el señor Chi Hyun Chung, quien propone “educar a la mujer para que se comporte como mujer”,  porque, ya se sabe, “el varón tiene un estilo de comportamiento, la mujer tiene otro”. La prueba, según el candidato, es que “mientras el hombre habla uno, la mujer habla diez” ¿Violencia contra la mujer? “¡Qué habrá hecho (la mujer) para que el hombre reaccione de esa manera!”.

La corte electoral, una institución digna de El otoño del patriarca o La fiesta del Chivo, le pone peros por cuestiones técnicas a una encuesta de la Universidad de San Andrés, desfavorable al gobierno, después de haber avalado una candidatura ilegal y anticonstitucional, pasándose a la torera un referéndum vinculante que ellos mismos organizaron, y luego de haber autorizado el pone y saca de candidatos que no fueron elegidos en unas primarias que ellos impusieron sin chistar, costosas e inútiles.

La realidad, como dijo alguna vez García Márquez al hablar de América Latina, supera a la ficción, más aún en tiempos electorales. Como en la Comala rulfiana, las palabras nos llegan como voces gastadas, simples murmullos, con la diferencia de que sus autores las presentan como grandes verdades.  Como el Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, muchos de nuestros políticos son “la mentira de todas las cosas reales” y “la realidad de todas las ficciones”.

A raíz de los incidentes ocurridos en Santa Cruz hace 15 días, Evo Morales denunció un supuesto “golpe de Estado”, una “conspiración contra la democracia”. Pero uno se pregunta, ¿no fue el propio Presidente quien dijo que no aceptar el resultado del referéndum del 21F equivalía a dar un golpe de Estado? “Si el pueblo dice No, ¿qué podemos hacer? No vamos a hacer un golpe de Estado. Tenemos que irnos callados”, dijo públicamente una semana antes de la consulta…  ¡Y no se fue! Entonces, el único “golpe de Estado” es el suyo.

Es de antología el discurso que pronunció ante la Cumbre sobre Acción Climática celebrada en la sede de Naciones Unidas, no solo porque dijo que su gobierno enfrentó los incendios de manera “rápida y efectiva” –con un saldo de más de tres millones de hectáreas arrasadas por el fuego–, sino por afirmar que “sólo liberándonos del lujo, el lucro, el consumismo podremos salvar nuestro planeta tierra”. Es un buen consejo, digo yo, pero, ¿no deberíamos empezar por casa? La recomendación viene de un presidente que ha hecho del despilfarro una política de Estado.

García Márquez describe a su personaje de El otoño del Patriarca como “un déspota viejísimo que se queda solo en un palacio lleno de vacas”. No sabemos cómo vive nuestro Señor Presidente en su lujosa suite de 1.068 metros cuadrados de la “Casa Grande del Pueblo”, pero seguro que “cree que puede ordenar que quiten la lluvia de donde estorbaba y la pongan en tierra de sequía”. Y como en la novela del colombiano, “nadie se mueve, nadie respira, nadie vive sin su permiso”. 

Página Siete – 26 de septiembre de 2019

Compañeros de cama

Fue el escritor y periodista estadounidense Charles Dudley Warner, coautor con Mark Twain de la novela La edad dorada: un cuento de hoy, quien dijo que “la política hace extraños compañeros de cama”. Groucho Marx le corrigió: «No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio». Sin ánimo de contradecir a mi “marxista” de cabecera, yo diría que es el “matrimonio electoral” el que forma, si no extraños compañeros de cama,  sí insólitos “compañeros de ruta”, para citar a otro famoso, el inventor del término, Leon Trotsky, quien recomendaba no desdeñar a los “simpatizantes” circunstanciales en la lucha por el poder.

Recordé a Warner, Groucho y Trostky al ver los “fichajes” del MAS para las elecciones del 20 de octubre, que han convertido a los enemigos irreconciliables de ayer en los amigos de hoy. No sólo por esa constatación, sino también por las declaraciones de algunos de los protagonistas de las elecciones del 20 de octubre. Dime a quién criticas (directamente) y te diré a quién apoyas (indirectamente). Dicho de otro modo, dime a quién elogias y te diré cuánto has cambiado.

Evo Morales nos sorprendió al invitar y elegir a connotados empresarios del denostado neoliberalismo para puestos clave del futuro Congreso, a despecho de sus aliados de los movimientos sociales. Según el mandatario, “sin ser masistas, sin ser del proceso”, algunos empresarios, “gente responsable”, se ha sumado “de manera sincera” a su proyecto político. “Me dicen: no soy del MAS, no soy del proceso, pero estoy ganando mejor que con mi partido”,  reveló. No necesitaba decirlo. La alianza es notoria, como se está viendo a propósito de los desgraciados incendios de la Chiquitania.

No sólo eso. En la campaña de “todos contra Carlos Mesa”, hemos visto a personajes del oficialismo hacer pinza con los principales voceros del gonismo para demoler al candidato de Comunidad Ciudadana. El yerno de Gonzalo Sánchez de Lozada, Mauricio Balcázar, acusa a Mesa de “extorsión”, y el exministro Carlos Sánchez Berzaín, desde Miami, pide el voto nulo. No deja de ser paradójico ver a masistas y gonistas unidos en un mismo afán.

Los candidatos del MAS también sorprendieron al afirmar que es “inteligente” por parte de la oposición –se referían a Bolivia dice No– proyectar a Óscar Ortiz, como dijo Evo, y pronosticar, como hizo García Linera,  una “sorpresa electoral” del candidato cruceño. Tampoco deja de ser curioso ver a los representes del oficialismo y de Bolivia dijo No hacer causa común en los debates de televisión.

Lo del jefe militar con nombre de superhéroe (masista) es otra cosa. A juzgar por las prebendas, de las que Página Siete ofreció un cabal recuento, no estamos ante un compañero de cama, sino ante un compañero de cama y rancho.

Semanas antes, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, a quien se supone en las antípodas del “proceso de cambio”, dijo que su colega boliviano está dando  “señales” de querer apartarse de sus aliados ideológicos tradicionales y que es un dirigente de la “vieja izquierda” que “está evolucionando”. ¿Hacia dónde? Poco después, con motivo de la Cumbre de la Amazonia, elogió a Evo como “un hombre de la tierra” y felicitó a Bolivia porque es un país donde “un indio puede ser presidente sin problema”, unas declaraciones sorprendentes para quien no ha tenido consideración alguna para la causa indígena de su propio país.

Al repasar los “fichajes” de Evo y las “señales” de las que habló Bolsonaro, recordé el tango de Santos Discépolo y Juan de Dios Filiberto, tan bellamente interpretado por el polaco Roberto Goyeneche: “¡Decí, por Dios, qué me has dao, que estoy tan cambiao! ¡No sé más quién soy!”. Para seguir con la letra, supongo que el masismo “extrañao” mira a su líder “sin comprender”.

¿Tanto ha cambiado el MAS? Tal vez. La necesidad (electoral) tiene cara de hereje (ideológico) y el oficialismo sabe dónde le aprieta el zapato. Los que parecen no saberlo son los opositores, que se despedazan en una lucha caníbal –guerra sucia mediante–, sin poder precisar cuál es el objetivo principal de su campaña ni apuntar al rival a vencer, mientras el oficialismo aplaude desde la azotea de la Casa del Pueblo.

Como se ha visto reiteradamente en la historia de Bolivia, los “matrimonios electorales” no son tales, porque son resultado de intereses coyunturales, simples promesas de amor, que tarde o temprano terminan en desengaño. Como dijo  la marquesa de Merteuil, genialmente interpretada por Glenn Close en la película Relaciones peligrosas: “Le prometí amor eterno, y realmente así lo creí durante un par de horas”. No duran eternamente, en cierto, pero dan votos.

Página Siete – 12 de septiembre de 2019

De chispas, fósforos e incendios

El periodista y poeta brasileño Oswald de Andrade dijo alguna vez que “en un incendio sin explicación, hay un silencio del tamaño del cielo”. Atribuir los devastadores incendios que afectan a la Amazonía y a la Chiquitanía al calentamiento global, como causa única y exclusiva del desastre, es una forma de silencio que elude no sólo las explicaciones, sino las responsabilidades de quienes tienen el deber de prevenir y combatir las catástrofes ambientales. Me refiero a los gobernantes cortoplacistas, extractivistas y negacionistas, cuyas políticas depredadoras actúan como chispas en el monte, porque incendiario no es únicamente el que enciende el fósforo, sino también el que proporciona el combustible para prender la pradera.

Evo Morales se queja de que “la derecha” lo culpa de las inundaciones, la sequía y los incendios que aquejan al país, pero él mismo reconoce que Bolivia no tiene equipos para enfrentar siniestros como el de la Chuquitanía. No los tiene. Tampoco tiene ni ha tenido políticas para prevenirlos, sino todo lo contrario.

No voy a insistir en la reacción tardía del Gobierno, su reticencia a acudir a la ayuda internacional y su negativa a declarar la emergencia nacional. Tampoco en el dispendio de recursos y la falta de criterio en la asignación de prioridades en el gasto público. ¿Improvisación? No es una novedad. La crisis del agua de hace tres años en La Paz pudo haberse evitado si las autoridades responsables hubiesen detectado a tiempo, como era su obligación, la reducción de los embalses.

En un recuento de la política gubernamental de los últimos 13 años, Página Siete enumeró las leyes y decretos sobre bosques y tierras que aprobó Morales durante su gestión. Las normas incluyen desde “perdonazos” para quienes ejecutaron desmontes por tala o chaqueo hasta ampliaciones de la frontera agrícola, pasando por la entrega de tierras para asentamientos humanos.

Las leyes 337 (1 /01/2013), 741 (29/09/2015), 1098 (15/09/2018) y 1171 (25/04/2019) perdonan los desmontes no autorizados realizados entre el 12 de julio de 1996 y el 31 de diciembre de 2011; dan luz verde a los desmontes por tala o quema de hasta 20 hectáreas y autorizan “el buen uso y manejo integral de fuego a través de la quema planificada y controlada” para la producción de aditivos de origen vegetal para que Bolivia “ingrese en la era del etanol” y los biocombustibles.

La dotación masiva de tierras a colonos afines al Gobierno y la ampliación de la frontera agrícola ha provocado un chaqueo intensivo por parte de los nuevos agricultores para incrementar las áreas de siembra. Según un informe de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) de abril pasado –citado por Página Siete–,  entre 2017 y 2018 se produjo un “incremento sustancial” de la deforestación (medio millón de hectáreas).  Los propietarios privados fueron responsables del 63%, las comunidades campesinas del 31% y las comunidades indígenas del 6%. 

Al negar la responsabilidad del Gobierno en la deforestación, el ministro de Desarrollo Rural y Tierras, César Cocarico, dijo que los desmontes no son de ahora, sino que datan de 2001, cuando Hugo Banzer los autorizó, con el Decreto 26075. ¡Vaya argumento! ¡Todo un “proceso de cambio” para hacer lo mismo que hizo el neoliberal y derechista Banzer!  

Es cierto que hay una responsabilidad  colectiva internacional, no sólo nacional, ante el ecocidio que está viviendo el planeta. Como afirmó un  diario madrileño, la selva se está quemando por “una mezcla de ignorancia e intereses truculentos” y es necesario que la sociedad reaccione ante esta “barbarie ambiental” para evitar daños irreversibles. Ya sabemos. Hay gobernantes del tipo Trump y Bolsonero a los que no conviene dejar una caja de cerillas al alcance de la mano, pero la caridad empieza por casa. 

El Gobierno está pagando el precio –y los bolivianos con él– de la aplicación de un modelo de desarrollo extractivista depredador. Y no habrá cortafuegos que detenga el desastre si la sociedad no asume el rol protagónico que le corresponde en la defensa del hábitat común, empezando por la toma de consciencia sobre la magnitud y consecuencias de la catástrofe que nos afecta.

No deja de ser aleccionador para un régimen que ha hecho del pachamamismo su bandera que el incendio haya estallado precisamente en agosto, el mes de la Pachamama, aunque está visto que el culto del gobierno a la Madre Tierra se reduce desde hace tiempo a la k’oa de los actos oficiales. Ahí está el Tipnis como símbolo de lo que fue y no es más.

Me pregunto si el Presidente saldrá políticamente indemne de la Chiquitanía. Un político argentino dijo alguna vez, refiriéndose a los gobernantes supuestamente incombustibles, que hay “hombres de asbesto” que “cruzan sin chamuscarse los incendios de inoperancia que han encendido”. ¿Será? Lo veremos en las elecciones del 20 de octubre.

Página Siete – 29 de agosto de 2019