Luis Zilveti: El músico del silencio, arquitecto de la luz

Luis Zilveti ha definido la pintura como “la música del silencio”, tal vez porque la pintura plasma en el lienzo la melodía, el ritmo y la armonía de las formas y los colores. Si la pintura es la música del silencio, el pintor es su intérprete, el artista que busca combinar los sonidos y los silencios de la paleta y el pincel para subvertir la sensibilidad del observador y despertar sus sentimientos.

El compositor francés Claude Debussy (1862-1918) decía que “la música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz”, una combinación muy presente en la obra de Zilveti. “No basta con oír la música; además hay que verla”, afirmaba a su vez el compositor y director de orquesta ruso Igor Stravinski (1882-1971). En sentido inverso, Zilveti diría que no basta con ver la pintura, sino que hay que oírla.

“Una pintura, en su composición, tiene un ritmo, como la música. Ese ritmo es el que prevalece y que hace que una obra sea reconocida por un espíritu…  Se lo ve. El ritmo está dado por la composición, por cierta musicalidad”, me explicó en una ocasión. “Es una musicalidad que entra por los ojos y te conmueve o no. Pienso que la pintura es la música del silencio”, resumió.

Sus exposiciones nos hablan de “la luz del origen”, “el territorio de las sombras”, “la pintura del tiempo”, las “huellas intemporales de presencias efímeras”… Todo artista busca crear un mundo a medida de su obra. Es lo que ha hecho Zilveti. Ha inventado un territorio de crepúsculos y lo ha poblado de soledades espectrales, “presencias efímeras”, suspendidas en un tiempo indefinido; una región cercana a la melancolía, no como sinónimo de tristeza, sino de ese “placer de estar triste”, del que hablaba Víctor Hugo, o de “la tristeza que ha sido tomada de la luz” –nunca mejor dicho–, a la que se refería Italo Calvino.

Ya el crítico alemán Pierre Soehlke había advertido ese estado de ánimo en la monocromía  de su obra, en “esos colores terrosos, esos marrones, esos ocres”, que remiten, según su observación, a la geografía altiplánica. El propio Zilveti admite un condicionamiento “profundo y antiguo” con Bolivia, nacido no sólo de sus sensaciones infantiles y juveniles, sino del mismo paisaje, que ha persistido a pesar de su destierro de más de medio siglo. Es el sentimiento que Soehlke percibe en “la imaginería embrujada” de los “sueños y visiones” de Zilveti.

Pintor, dibujante, muralista y grabador, egresó de la Escuela de Bellas Artes de La Paz y estudió en la Cité Internationale des Arts y en el taller de grabado Friedlander de París (1967-1968). Ha sido acreedor de varios reconocimientos, entre ellos el Gran Premio del Salón Pedro Domingo Murillo (1964 y 1969), el Segundo Premio de la Unesco (1975) y el premio E.J.A de Monte Carlo (1993). Su obra está repartida en cientos de colecciones públicas y privadas. En 1969 pintó sendos murales en la Universidad Mayor de San Andrés, pero fueron destruidos tras el golpe militar de 1971. Una de sus obras más significativas es el mural de la cúpula de la Iglesia de la Exaltación, ubicada en Obrajes. La pintó en 1993 a pedido del párroco, quien eligió a Zilveti no sólo para cubrir el gris del cemento, sino por el “tratamiento de la luz” que veía en los trabajos del artista.

Nació en La Paz el 16 de noviembre de 1941 y dibujó desde su niñez. A sus padres les hubiese gustado que estudiara arquitectura. “Yo quería dedicarme a la pintura e hice todo lo posible por reprobar el examen de ingreso para demostrarles que mi vocación era otra, pero con tan mala suerte que obtuve la mejor nota de la universidad”, dice, como quien cuenta una travesura infantil. Inició la carrera a pesar suyo, pero la abandonó dos años más tarde, el mismo día en que inauguró su primera exposición en el Salón Municipal, en 1960, una muestra de la que no guarda un buen recuerdo, porque su pintura no tenía –cree ahora–- la coherencia que requiere toda obra para hacerse reconocible y ser “escuchada con los ojos”.

Sin embargo, ya en esos años inaugurales, dos jóvenes poetas y escritores, Pedro Shimose y Marcelo Quiroga Santa Cruz, elogiaban los “rasgos seguros y firmes de sus metáforas” y el “carácter poético” de sus “formas fantasmales”, producto de ese sentimiento sosegado con el  que el autor parece percibir el mundo exterior, el paisaje de la melancolía, una mirada que se ha ido cimentando con el tiempo en la retina del pintor.

Y su pintura, como él mismo dice, no ha cambiado demasiado desde aquellos tiempos, aunque nunca ha dejado de experimentar con las formas y  los colores. Sigue reacio a los colores vivos. Su colorido es sobrio (Fuego y gris III, Dos figuras, La otra noche, Mujer y sol, para citar algunas de sus obras en esta clave), donde el color busca iluminar el no color, el color de la bruma, con toda su variedad de claroscuros, pardos, ocres, castaños, grisáceos y cobrizos.

¿Por qué huyes de los colores vivos?, le pregunté durante una reciente exposición de su Selección Retrospectiva 1960-2018, en el Museo Nacional de Arte. “No se me dan”, respondió con una mueca, como quien dice que el color, como la forma, debe encontrar su quicio con la naturalidad de la imaginación. Tampoco es una “pintura sombría”, ni siquiera en el caso de sus Lloronas, sus Crucifixiones,  sus Jinetes del Apocalípsis o su diversidad de manchas nocturnas; sus obras transmiten alegría, como sus copas de vino, e incluso humor, como sus niños gordos.

El escritor Alfonso Gumucio Dagron, quien ha seguido de cerca la evolución de su obra a lo largo de los años, ha elogiado sus “hermosas representaciones de mujeres de frente, de espaldas, de perfil o al amanecer”, unas “mujeres que despiden luz”, y la luz que “baña esas formas sensuales como si el artista las espiara a través de un espejo de doble fondo”.

No es, pues, un pintor de penumbras, sino un paisajista de la melancolía, un artista que rescata la luz para iluminar los misterios y los enigmas de la bruma.

(Dibujo: Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de marzo de 2018

Indio Fernández, el modelo de la estatuilla del Óscar

El Indio Fernández presumía de encarnar como nadie el cine mexicano. “El cine mexicano soy yo”,  afirmó en una ocasión. “En lugar de corazón, yo tengo un águila devorando una serpiente”, resumió, en alusión al antiguo mito azteca plasmado en el escudo nacional. Y no exageraba. El realizador que se jactaba de hacer películas por sus pistolas, porque le venía en gana, contribuyó a forjar el “nacionalismo cinematográfico” surgido de los ideales de la revolución de 1910 y a cimentar los estereotipos del México rural.

Su vida está envuelta en la leyenda. Célebre por su carácter irascible y su lenguaje virulento y procaz, Emilio Fernández  Romo, más conocido como el Indio, tuvo una vida digna del celuloide. Combatió y recibió cuatro balazos durante la revolución mexicana, pasó seis años en la cárcel por conspirador y algún hecho de sangre, fue modelo para la estatuilla del Óscar y “un tal Sandino” estuvo a punto de convencerlo de hacer la revolución en Nicaragua.

Verdad o mentira, se dice que fue protagonista de varios hechos de sangre desde los 10 años, que enseñó a bailar a Rodolfo Valentino,  que se separó de la actriz Columba Domínguez porque se cortó el cabello –“una mujer debe ser mujer”, con trenzas o el pelo suelo,  pero largo–, que golpeaba a sus mujeres –“a todas les gusta ser educadas a golpes”– y que más de una vez corrió de su casa a sus invitados a balazo limpio.

Fiel a su imagen de hombre de campo, bronco y violento, vestía de negro, con un paliacate floreado al cuello y sombrero alón; bebía tequila y fumaba puros. Y, por supuesto,  como los personajes de sus películas, lucía pistola al cinto, porque -según decía- tenía “muchos pendientes”. Todo un villano, como lo pinta Paco Ignacio Taibo I en El cine por mis pistolas.

Participó como actor, director, argumentista y productor en casi 200 películas, pero debe su fama a un puñado de joyas que realizó con la actriz Dolores del Río, el actor Pedro Armendáriz y el fotógrafo Gabriel Figueroa, con quienes formó el más famoso cuarteto de la Época de Oro del cine mexicano de mediados del siglo pasado.

Con el apoyo del escritor Mauricio Magdaleno, llevó a la pantalla María Candelaria –Palma de Oro en Cannes en 1946– y Flor Silvestre, en 1943; Las abandonadas y Bugambilia, en 1944, y La Malquerida, en 1949, todas con la pareja Del Río-Armendáriz. Con María Félix y Armendáriz, hizo Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948). Decía que María Candelaria y La malquerida eran sus mejores películas, pero la favorita de la crítica siempre fue Pueblerina (1948), que lanzó al estrellato a su futura esposa, Columba Domínguez.

Nació el 26 de marzo de 1904 en El Hondo, un pequeño pueblo minero del estado norteño de Coahuila, hijo de un general revolucionario y una mujer de origen indígena. Tenía 10 años cuando abandonó su tierra natal, junto con su padre, para unirse a Pancho Villa. En 1923 fue condenado a 20 años de prisión por su participación en un levantamiento armado contra el gobierno de Álvaro Obregón. A los tres años logró escapar hacia Estados Unidos, donde inició su carrera cinematográfica, pero después estuvo nuevamente tras las rejas acusado de homicidio.

Se dice que el presidente Adolfo de la Huerta (1920), a quien había apoyado en su época de revolucionario, fue quien le aconsejó dedicarse al cine: “México no necesita más revoluciones. Tú estás en la meca del cine, y el cine es la herramienta más efectiva que los humanos hemos inventado para expresarnos. Aprende a hacer películas y regresa a nuestra patria con el conocimiento. Haz nuestras películas y así podrás expresar tus ideas de manera que lleguen a miles de personas”.

Es lo que hizo. Pero, antes, pasó  las de Caín en Los Ángeles, trabajando como lavaplatos, peón, estibador y albañil. “Trabajar con un pico y una pala es cosa de hombres, lavar platos es lo más bajo a lo que puede llegar un macho”, declaró al recordar esa experiencia.

Por macho estuvo a punto de rechazar la oferta que le hizo el director de Arte de la Metro-Goldwyn-Mayer, Cedric Gibbons, a quien le habían encomendado supervisar el diseño de la estatuilla del premio Óscar, que se entregó por primera vez en 1929. Por recomendación de Dolores del Río, quien ya brillaba en Hollywood, Gibbons le pidió que sirviera de modelo, pero el Indio se negó en un principio porque pensaba que el  modelaje era “cosa de maricones”. Aceptó posar desnudo más por el amor que decía sentir por Dolores del Río que por otra cosa. De esa manera su imagen quedó inmortalizada en la estatuilla.

Pero él no quería entrar de esa manera a la historia del cine. Ya había trabajado en media docena de películas, cuando, en  1930, llegó a Estados Unidos el director de cine Serguéi Eisenstein. Vio El acorazado Potemkin y escenas de ¡Viva México!  Impresionado, quiso imitar su estética a partir del relato de la revolución mexicana. Influido por el ruso y John Ford, a quien ayudó en la dirección de El fugitivo (1946), y admirador de la plástica del muralista Diego Rivera, otra de sus influencias, retornó a México en los años 40 para realizar lo mejor de su producción.

Con sencillez y no poca ingenuidad –y la cámara de Figueroa–, supo pintar el paisaje geográfico y humano del México rural, con sus magueyes majestuosos y sus cielos abiertos, cuajados de nubes, y sus campos poblados de indios buenos, mestizos ladinos y hacendados perversos. Se dice que buscaba retratarse a sí mismo en los rancheros machos, tequileros y pendencieros,  y a su ideal de mujer, en las campesinas abnegadas, sumisas y sufridas que protagonizaban sus historias.

“El hombre vale por la mujer y la patria que tiene, y yo me siento muy orgulloso de ser mexicano y de haber conocido a María Félix”, me dijo en marzo de 1984, en una entrevista en su caserón de Coyoacán. También estuvo perdidamente enamorado de Olivia de Havilland (Lo que el viento se llevó) y Dolores del Río, pero el amor de su vida fue México. Tenía entonces 80 años y creía que todavía no había hecho su mejor película. “Aún no me ha llegado la hora. Tengo cosas importantes que hacer por el cine mexicano antes de abandonar este mundo”, resumió.

(Dibujo: Marcos Loayza)

Página Siete – 18 de marzo de 2018

Tres libros sobre el Che

Carlos Decker  Molina

Los tres volúmenes patrocinados por Página Siete e impresos por Plural son excelentes trabajos. Che una cabalgata sin fin, tiene pequeñas redundancias si comparo y clasifico como primer libro La guerrilla que contamos, pero hay contribuciones de carácter primicial como los escritos por Gonzalo Mendieta y un round up pergeñado con respeto académico por Carla Hannover.

El Che, miradas personales tiene un marco referencial en el texto escrito por Carlos Mesa, no sólo describe la psicología de todos los que quisieron ser el Che sino sabe muy bien colocar el fenómeno en el contexto histórico de ayer y de hoy. Variaciones, desde el cuento y el relato hasta la remembranza y la afrenta anarca de Urrelo.

La puerta de los demonios (mi traducción) es una película de Akira Kurosawa, la vi en versión sueca, se trata de un crimen relatado por sus cuatro participantes, muestra la relatividad de la verdad.

La esposa cuenta su versión de la violación y el crimen. El asaltante describe su lucha con el asesino y la entrega voluntaria de la esposa. El asesinado (a través de un médium) habla de su lucha, de la traición y su muerte. Finalmente, el testigo participa dos veces, al inicio describiendo el contexto y al final dándole un sorprendente desenlace.

Cito la película de Kurosawa porque  Ciro Bustos (Pelado) hablaba mucho de ella. El pintor de cuadros lúgubres cargó gran parte de su vida el sanbenito de Judas del Che, lo mismo que Regis  Debray, aunque en menor grado. Como intelectual mundialmente conocido tenía más recursos defensivos que el pintor introvertido, insomne y depresivo.

El Pelado acusaba a Debray de “arreglos con el estado mayor”, ahí comenzaba su bronca, me daba la impresión de que el francés lo basureaba. Regis Debray no quería hablar del tema, se negó frente a las cámaras de la Tv sueca y cuando me encontré en un seminario en Estocolmo invitado por Pierre Schori, me preguntó por conocidos comunes, frontera del diálogo sobre Bolivia, no pasaba a la historia del Che, quizá está todo dicho en Alabados sean nuestros señores.

Juan Carlos Salazar (Gato), José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor, autores de La guerrilla que contamos (los testigos-Kurosawa) coinciden en algo que también señalaba con énfasis el Pelado. “No había sido Regis Debray el que delató la presencia del Che en la guerrilla; la CIA ya lo sabía y los retratos de Bustos sirvieron para confirmarlo”.

Bustos no negaba haberlos dibujado: “El paso siguiente fue dificultoso, porque implicaba un reto doble, dibujarlo a él (al Che) ya no era un chiste, pues resultaba ser un compromiso, no sólo de la memoria, sino de la emoción. Como no tenía voz para hacer ruido, debía usar otros talentos, y estaba preparado para el envite de Gonzales (cubano-CIA), que terminó por decir: “Y ¿Ramón? … Dibújalo a Ramón”.

Y lo dibujaste, pero, antes habías dibujado a los otros, le dije.

“El dibujo (del Che) fue desafortunado; es evidente que lo importante no era la figura exterior, sino una fuerza interior que fui incapaz de plasmar. Resultó la imagen de un poeta con hambre. De todos los dibujos que debí hacer, son rescatables los del Chino y el Ñato, casualmente con quienes mayor trato había tenido en el campamento, y el de Papi, a quien lo apreciaba especialmente”.

La tesis justificadora del Pelado era: “no hacer pública la presencia del Che en Bolivia era hacerle juego al enemigo”, Ciro pensaba que, enteradas, las “masas” apoyarían el foco. Del croquis del campamento no hablamos nunca.

Los trabajos de los tres corresponsales son coincidentes con la mayoría de los historiadores: la CIA y la cúpula militar boliviana sabían de la presencia del Che en Bolivia.

Hay más coincidencias. El proyecto no estaba dedicado a liberar Bolivia, se trataba de una escuela de guerrilleros.

Vuelvo al Pelado, en su libro El Che quiere verte, reproduce el diálogo que sostuvo con el Che en el campamento de Bolivia:

– (Che) “El objetivo estratégico: toma del poder político en la Argentina. ¿Estás de acuerdo?

– (Bustos) Por supuesto.

– Quiero entrar al país por la zona donde ustedes andaban, con dos columnas de unos cien hombres, en un plazo no mayor de dos años.

Pero, el mandato que llevó Bustos de sus compañeros argentinos subrayaba “la falta de condiciones”, después del desastre salteño.

Los últimos puntos de contacto histórico de los autores de La guerrilla que contamos son la improvisación, la mala elección del lugar y la presión de Moscú que bien pudo ser la antipatía que le tenían al Che después de su furibundo discurso en Argel.

Hay un punto importante en el texto del Gato y es la actitud del “imperialismo”, no querían repetir Vietnam. Aquí el Che dejó de ser dialéctico, pues no entendió que los gringos evolucionaron.

Leer La Guerrilla que contamos ha sido volver a aquellos años turbulentos, pero llenos de optimismo.

Todos leíamos los mismos libros, muy pocos conocían otra literatura o novelas críticas como La noche quedó atrás, de Jan Valtin.

Los medios que enviaron a los tres eran anti comunistas, pero los hombres, una mayoría, eran grandes humanistas capaces de conmoverse con la realidad, algunos hasta se convirtieron. 

En esa época era director general de Radio Universidad de Oruro, capturada por la inteligencia maoísta y por lo tanto nada foquista, pero respetuosa del hecho. Fue la única emisora que hizo cadena con Radio Habana cuando Fidel confirmó la muerte del Che.

Además, estaba “enamorado hasta las patas, receloso y huraño como un perro”. Mi camarada Raúl Quispaya (Raúl) estuvo en la radio, me dijo que iba a hacer un viaje largo. No mencionó dónde. Me dio un abrazo que me dejó sin respuesta.

José Castillo (Paco), el único sobreviviente del vado del yeso, me dejó prestado su diario. Lo leí en un par de noches. Mis anotaciones se las llevó la Policía en uno de los allanamientos a mi domicilio.

Gracias por escribir tan bien. Gato Salazar, con esa maestría del que llega a “lo objetivo” sin ninguna dificultad. Alcázar, el reportero que cuenta como si estuviera hablando en “vivo y en directo” sin ocultar su deseo de “desertar” y Vacaflor, con esa caligrafía salpimentada y por lo mismo ácida, han escrito el cuadro histórico mejor logrado de la guerrilla del Che en Bolivia.

Página Siete –  28 de enero de 2018

Jane Fonda conserva a sus 80 años sus ideales juveniles

Harriet Winslow alisó las arrugas de su falda plisada y entró al salón de baile de la hacienda. “Las paredes eran dos largas filas de espejos ensamblados del techo al piso: una galería de espejos destinados a reproducir, en una ronda de placeres perpetua, los pasos y vueltas elegantes de las parejas…” 

Así describe Carlos Fuentes el ingreso de la institutriz recién llegada de Washington al “Versalles en miniatura” de la Hacienda Miranda del México revolucionario de 1910 en su novela Gringo viejo, y así entró Jane Fonda del brazo de Gregory Peck al salón cabalmente reproducido de los estudios Churubusco de la capital mexicana.

La bella actriz y pacifista (Regreso sin gloria), quien cumplió 80 años en diciembre pasado, y el veterano actor (Matar un risueñor), fallecido en junio de 2003, cruzaron la frontera sur de los Estados Unidos en el ya lejano enero de 1988 para llevar a la pantalla la novela de Fuentes bajo la dirección de otro Premio Óscar, el argentino Luis Puenzo (La historia oficial).

Fuentes novela en Gringo Viejo la historia del periodista, escritor y aventurero estadounidense Ambroce Bierce (1842-1914), reportero de la cadena Hearst y autor de una serie de narraciones y cuentos fantásticos (Una ocurrencia en Owl Creek Bridge, Diccionario del diablo), que en 1913 se declaró “viejo y cansado” y viajó a México en busca de la muerte so pretexto de seguir la campaña del legendario héroe revolucionario Pancho Villa.

Cruzó la frontera con un maletín y un ejemplar del Quijote como único equipaje. Nunca más se supo de él. “¡Ah!, ser un gringo en México; eso es eutanasia”, había escrito en una de sus últimas cartas, revelando así su verdadera intención de buscar un paredón revolucionario como vía digna hacia la muerte. Se cree que murió fusilado en Chihuahua en 1914.

Fuentes imagina la historia del “gringo viejo” y su relación con la institutriz en una obra que los críticos describieron como “una novela de encuentros y desencuentros personales y nacionales”, que Puenzo intentó traducir, “más allá del tema mexicano”, como “la confrontación entre dos culturas, la estadounidense y la latinoamericana”.

Fonda conoció a Fuentes en 1979, en Nueva York, a su retorno de una visita a México. “Le dije que me fascinaría hacer una película sobre México y Estados Unidos. Carlos me respondió: estoy escribiendo una novela sobre el tema, con un personaje para ti. Cuando la termine, te la envío”, según me comentó durante un paréntesis de la filmación.

La luchadora por los derechos civiles de la década de los 60, por entonces una cincuentona de bien conservados años, quedó encantada con la historia y la heroína de Fuentes. “Harriet está llena de ilusiones, aunque ya no es joven. Y como ella, tengo muchos sueños, ilusiones y esperanzas, para mí y para el mundo”, dijo durante la entrevista.

Imbuida del tema y del personaje de la maestra que supera las barreras culturales para acercarse a la revolución mexicana, la Fonda habló elípticamente del tema, a través de las imágenes de la novela de Fuentes: “La revolución creó conciencia e identidad en los mexicanos. Como en el salón de los espejos de Fuentes, los mexicanos se miraron y se dieron cuenta, por primera vez, de quiénes eran en realidad”.

Tanto Peck como Fonda dijeron sentirse identificados con el mensaje de la obra: “Creo que todos, Puenzo, Peck y yo misma, somos gente que pensamos con gran fuerza sobre la dignidad humana y la justicia”, señaló la actriz.

Hija de un mito del cine, Henry Fonda (Las uvas de la ira, El fugitivo), y hermana de otro gran actor, Peter (Easy Rider), Jane nació el 21 de diciembre de 1937 en Nueva York. Cuando llegó a México ya era conocida por sus ideas progresistas como feminista y activista de los derechos civiles, sobre todo por su participación en las grandes movilizaciones en contra de la Guerra de Vietnam de los años 60, activismo que le valió el sobrenombre de “Hanoi Jane”.

También hizo crítica feroz de la política de Ronald Reagan en Centroamérica en la década de los 80, aunque, durante la entrevista, se negó a hablar del tema, “no por miedo”, según me dijo, sino porque “estoy aquí para hablar de la película, no de tácticas revolucionarias”.

Barbarella (1968), un filme de ciencia ficción dirigida por su primer marido, Roger Vadim, la convirtió en el sex symbol de su época, en tanto que Regreso sin gloria (1978), un alegato antibelicista con John Voight, y El síndrome de China (1979), sobre un accidente nuclear con Jack Lemmon y Michael Douglas, la marcaron como ícono del pacifismo y el ambientalismo.

Después de trabajar durante 30 años en 51 películas, en 1990 anunció su retiro de la industria cinematográfica, pero regresó en 2002 y aún sigue activa. A sus 80 años mantiene su buen ver, que ella atribuye a los aeróbics–práctica de la que fue pionera y promotora–, pero también “a los genes, a la forma de vida y al buen sexo, en partes iguales”. “Pese a los años y las operaciones de rodilla y cadera, resulta difícil adivinar su edad (…). Todavía sigue conservando ese sex appeal y elegancia que la caracterizan”, escribió un diario europeo.

Pero no sólo eso. A los 80, conserva los mismos ideales de su juventud. Descrita alguna vez por un diario estadounidense como una “rebelde con causa”, nunca renegó de sus principios. Criticó la intervención estadounidense en las Guerras del Golfo, como lo hizo durante el conflicto de Vietnam, y se mantiene firme en la defensa del medioambiente, los derechos de la mujer y la libertad de expresión.

“Todavía estoy desconcertada por aquellos que sienten que criticar a Estados Unidos no es patriótico, una opinión que se está adoptando cada vez más en los Estados Unidos desde el 11 de septiembre (atentado a las Torres Gemelas) como una excusa para hacer sospechoso lo que siempre ha sido un derecho estadounidense. Una ciudadanía activa, valiente, abierta es esencial para una democracia saludable”, escribió en su autobiografía, My life so far (2005).

Reprochó a quienes transitan por este mundo “como si tuviéramos uno de repuesto en nuestra maleta”, y aconsejó a la “gente común” que se postula para un cargo “mantener sus bolas y ovarios intactos”. Autodefinida como liberal, pero con fama de “revolucionaria”, recomendó a quienes pretenden serlo: “Para ser revolucionario, debes ser un ser humano. Tienes que preocuparte por las personas que no tienen poder”.

Página Siete –  21 de enero de 2018