Graham Greene, por los caminos sin ley

Cuando llegó a México por primera vez, en 1938, para escribir un reportaje sobre las secuelas de la Guerra Cristera (1926-1929) y la persecución religiosa, Graham Greene se encontró con un país conmocionado al que definió como un “estado mental”. Desde entonces y durante medio siglo, el escritor británico recorrió y noveló los caminos sin Dios ni ley de América Latina, atraído por un continente donde la política era “una cuestión de vida o muerte”.

Escritor, periodista, guionista, crítico cinematográfico, comunista en su juventud, espía del servicio secreto británico y “católico agnóstico”, Greene hizo de América Latina parte del “Greeneland”, el mundo políticamente inestable y peligroso que caracteriza a su narrativa. Desde el México de los “cristeros” hasta la Argentina de los guerrilleros marxistas, pasando por la Cuba de Fulgencio Batista, el Haití de Papá Doc y el Panamá de Omar Torrijos, el autor de Caminos sin ley entró “sin pasaporte de regreso” al “territorio de mentiras” del continente, para apropiarse de sus escenarios. 

Nació en Berkhamsted, Hertfordshire, el 2 de octubre de 1904 en el seno de una influyente familia de banqueros y hombres de negocios. Era el cuarto de seis hermanos. Según sus biógrafos, tuvo una infancia difícil. Sufrió acoso de parte de sus compañeros de colegio debido a que su padre era el director, experiencia que lo marcó para toda la vida. De carácter depresivo y melancólico, intentó suicidarse a sus 19 años y fue sometido durante seis meses a un tratamiento de psicoanálisis.

Jugó a la ruleta rusa cuatro veces con un viejo revólver de seis balas propiedad de su hermano mayor, dolido por la indiferencia de la institutriz de su hermana, de la que estaba enamorado. Durante una visita a La Habana, según contó su amigo Gabriel García Márquez,  le relató el episodio a Fidel Castro, quien le dijo: “De acuerdo con el cálculo de probabilidades, usted tendría que estar muerto”. Greene le respondió: “Menos mal que siempre fui pésimo en matemáticas”.

Su carácter introvertido y el ambiente familiar fueron determinantes en su afición a la lectura y escritura  desde muy temprana edad. Su hermano menor, Hugh, fue director general de la BBC. Su madre era prima del escritor escocés Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro. Antes de cumplir los 20 años militó durante un breve tiempo en el Partido Comunista.

Tras licenciarse en Historia, trabajó como periodista en Nottingham y llegó a ser subdirector de The Times, al que renunció después de sus primeros éxitos bibliográficos. Como periodista independiente, viajó por todo el mundo, en especial por América Latina y África, regiones a las que describía como “lugares salvajes y remotos del mundo”.

 El servicio de espionaje británico MI6 quiso sacar partido de sus viajes y lo reclutó como agente durante la II Guerra Mundial. Se dice que fue su hermana Elisabeth, funcionaria de la agencia, quien facilitó el contacto. Kim Philby, quien más tarde sería descubierto como agente soviético, fue su supervisor en el MI6.

Greene sintió una especial fascinación por el mundo del espionaje y volcó su experiencia en muchas de sus novelas. Lo abordó con humor en Nuestro hombre en La Habana y como telón de fondo en El Factor humano, El americano impasible,  El revés de la trama o El tercer hombre, para consagrarse como uno de los grandes escritores del género.

“La vida del servicio secreto resulta al final tan solitaria como la del escritor que se retira de todo”, declaró durante una visita a Madrid. “Espiar es una profesión extraña”, reflexionó en Una especie de vida.

A los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero se dice que empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México la historia de los curas perseguidos por el régimen anticlerical. A uno de ellos, un cura alcohólico y lujurioso, quien prefiere ser fusilado antes que negarle la extremaunción a un moribundo, lo convierte, precisamente, en héroe y mártir de El poder y la gloria.

Los personajes de Greene se mueven en la zona gris y moralmente ambigua de la condición humana, entre el amor y el pecado, entre la infidelidad y el sentimiento de culpa. No son del todo buenos ni del todo malos. Son pecadores que no merecen ir al infierno y santos que han perdido el camino al cielo. Greene los sitúa en el purgatorio, entre la condena y la redención, en una tierra de nadie, donde los héroes se convierten en villanos, los mártires en traidores y los santos en pecadores, porque –según decía– la naturaleza humana no es blanca y negra, sino negra y gris.

“¿Cómo se puede servir a Dios en un mundo inmoral?”, se preguntó en una ocasión, tal vez para justificarlos. “Yo no podría creer en un Dios al cual comprendiera”, afirmó en otra oportunidad.

Como resumió un crítico, entre sus personajes abundan los ladrones honestos, los canallas cargados de ternura, los moralistas dudosos y los supersticiosos sin religión, sumergidos en sus propias dudas éticas y morales.

El escritor valenciano Manuel Vicent dice que se mueven en el doble juego de la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y el odio, el sufrimiento y la compasión, la inocencia y la presencia del mal. 

En 1953, durante el papado de Pío XII, el Santo Oficio incluyó El poder y la gloria en el índex de libros prohibidos, porque a su juicio “dañaba la reputación del sacerdocio”. Años después, en una audiencia privada, Pablo VI le dijo que se olvidara del dictamen inquisitorial: “Mi estimado señor Greene, siempre habrá cosas en sus libros que hieran a algún católico, pero no se inquiete”.

No le gustaba que lo llamaran “novelista católico”.  “No sé por qué me ponen la etiqueta de escritor católico. Soy simplemente un católico que es también escritor”, declaró en una ocasión. 

Tampoco aceptaba que le etiquetaran como “escritor político”, aunque la mayoría de sus obras tiene un trasfondo político o se desarrolla en escenarios marcados por los conflictos políticos.

En todo caso, siempre dejó traslucir, a través de sus personajes, sus propias convicciones políticas y religiosas y sus problemas morales, aunque aclarando que intentaba comprender la verdad, sin que esa búsqueda comprometiera su ideología. “La política está en el aire mismo que respiramos, igual que la presencia o ausencia de Dios”, explicaba a manera de justificación.

Sus historias ocurren en el México de los campesinos que mueren al grito de “¡Viva Cristo Rey!” (Caminos sin ley y El poder y la gloria), el Haití de los Tonton Macoutes (Los comediantes), la Cuba de los casinos y los burdeles (Nuestro hombre en La Habana), el Panamá del militar que no quería entrar a la historia, sino al Canal (Conociendo al general), la Argentina del terrorismo izquierdista  (El cónsul honorario) y el Paraguay de Alfredo Stroessner (Viajes con mi tía).

Son historias que se desarrollan en lugares calurosos, pobres y polvorientos, los típicos entornos del “Greeneland”. Pero también en la Viena de la posguerra, la Indochina francesa o la España de la Guerra Civil.

Sergio Ramírez elogiaba su “asombrosa capacidad de registrar escenarios y maneras de ser de países y regiones donde solo ha estado de paso, y donde a lo mejor no regresará nunca, aprehendiéndolos como si fueran propios y como si tuviera de ellos un conocimiento de por vida”.

“Graham Greene nos concierne a los latinoamericanos, inclusive por sus libros menos serios”, escribió García Márquez, quien alguna vez le preguntó si no se consideraba un “escritor de América Latina”. “No me contestó, pero se quedó mirándome con una especie de estupor muy británico que nunca he logrado descifrar”, relató el colombiano.

En una entrevista periodística, Greene dijo que escribía sobre América Latina porque “en esos países la política rara vez significa una mera alternativa de partidos políticos rivales, sino que siempre ha sido una cuestión de vida o muerte”.

Eterno candidato al Nobel (“No me lo darán nunca porque no me consideran un escritor serio”, decía), tuvo tantos admiradores como detractores, que lo consideraban un escritor de segunda. William Faulkner se refería a El fin del romance como “una obra maestra en el lenguaje de cualquiera”. El propio Gabo lo reconocía como el maestro que le enseño “una manera de ver el Caribe” y a describir “ese clima que influye en el modo de ser de las personas”. De hecho –admitió–, “La mala hora tiene, desde el punto de vista técnico, una estructura casi calcada de la obra de Greene”.

Consideraba que literatura y periodismo son dos caras de la misma medalla. Nunca dejó de sentirse periodista. “Puede que haya sus diferencias entre el reportaje y la novela. Yo no las veo, salvo, quizá, la invención de caracteres que supone la novela. El resto es igual: el periodista, como el novelista, tratarán de contar los hechos con precisión y claridad”, declaró en una ocasión.

La mayoría de sus obras han sido llevadas al cine. El tercer hombre, la más popular y la única que nació como guión cinematográfico,  está asociada al rostro de Orson Welles –que interpreta al cínico Harry Lime–, a la cítara de Anton Karas y a una frase: “En Italia, durante 30 años bajo los Borgia, hubo guerra, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, tuvieron amor fraternal, tuvieron 500 años de democracia y paz… ¿Y qué produjeron? El reloj cucú”.

John Ford llevó a la pantalla El poder y la gloria (El Fugitivo), con Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; Carol Reed, el mismo director de El tercer hombre, realizó Nuestro hombre en La Habana, con Alec Guinness y Maureen O’Hara, y Peter Glenville hizo Los comediantes, con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alec Guinness y Peter Ustinov.

Greene murió el 3 de abril de 1991 en su retiro de Vevey, Suiza. Como informó la prensa de la época, a su funeral asistieron su primera esposa, Vivian, de 86 años, y su última amante, de 60, que se ubicaron a cada lado de la iglesia, para dar fe de que toda pasión, como dijo el propio escritor, tiene algo de clandestino, algo de transgresor y algo de perverso.

“En medio estaba Graham dentro del féretro, ante la puerta que daba a la vez al cielo y al infierno”, escribió su colega y amigo Manuel Vicent. Como un personaje de cualquiera de sus novelas.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete –  2 de junio de 2019

«Semejanzas»: Calidad narrativa

Carlos Decker-Molina

Para Thomas Carlyle, citado por Juan Carlos Salazar  (el Gato) en su libro Semejanzas, la biografía es una suma de anécdotas, y la historia del mundo, el conjunto de biografías de los grandes hombres.  El libro Semejanzas del entrañable Gato pretexta la semblanza de gente poco común para escribir la historia de Bolivia y, de paso, pergeñar la del continente.

¿Cómo entender la historia de Bolivia de los últimos 50 o 60 años? ¿El ascenso y la caída de los regímenes militares, la aventura guerrillera del Che, las dictaduras de siete años o de 24 horas, las rupturas del ovandismo y el torrismo, la llegada de la democracia, el sempiterno deseo de tener un mar? Sin la palabra de los actores principales, secundarios, o el vaticinio: “El periodismo está acabado” de Leguineche que, el Gato con este libro, demuestra lo contrario: comienza una nueva etapa, el (periodismo) de la calidad, el de la profundidad, el de la investigación.

Las historias recogidas por el periodista en charlas, entrevistas o mesas de café se suelen guardar en libretas o papeles doblados en cuatro que puedan caber en el bolsillo del pantalón. Las que se publicaron, en aquel entonces, eran noticias paridas por la premura, el resto maduraron en los cuadernos de notas del Gato, como el vino de calidad.

Todo lector lee un libro diferente, no importa que sea ficción o realidad. El libro de Salazar del Barrio tiene, para mi-lector, un entresijo historiográfico, por eso mi afán de encontrar el relato histórico de Bolivia de las últimas cinco o seis décadas, en cada una de sus líneas.

Si Juan Carlos hubiera cambiado su orden, por el cronológico, tendríamos una variante de crónica histórica, además casi en todos los casos contada por la voz del otro. 

“La lectura termina por identificar, de un modo puro, lo que podíamos llamar la voz del otro” escribe Ricardo Piglia. La voz del presidente, la del exiliado, la del poeta o la del “otro social”.

Gracias al Humanismo (con mayúscula) los cronistas empezaron a abandonar la religión y el providencialismo. Entonces aparece el hombre como responsable del devenir histórico. Y el libro Semejanzas es una muestra extraordinaria de esa sensatez.

Las palabras escritas en las páginas de Semejanzas se abren a diversos universos, se arma y desarma según quién es el objeto de la semblanza, pero hay un hilo conductor que es la historia, no importa que boliviana o continental, susurrada por Rulfo, olfateada por García Márquez o contada por el autor que relata sobre el golpe de los coca-dólares a través del Goyo Selser, o el grito de dolor de Domitila Chungara, o los menos-secretos del chino Sánchez porque, los más, se los llevó a la tumba.

Discípulo de José Gramunt y gran escucha del verbo de Liber Forti, no era escuchar la religión y la apostasía, fue su afán de buscar el justo medio.

Juan Carlos Salazar del Barrio es uno de los grandes del periodismo boliviano, pertenece a esa generación que le tocó vivir en constante estado de emergencia, a salto de embajada y con la valija tras la puerta. Su escuela fue Fides y su título de campeón de peso pesado de la noticia logró en la agencia alemana de noticias DPA, pero lo más sobresaliente del Gato es su fidelidad al hecho. Premio Nacional de Periodismo, pero ante todo el boliviano más universal, cosmopolita y entrañable tertuliano con amigos en todo el mundo. 

Semejanzas es la muestra de un periodismo que sobrevivirá en estos tiempos de la cólera viral, son ejemplos de lo que debe ser el periodismo narrativo y confirman el parentesco consanguíneo entre literatura y periodismo.

Hago votos por más libros nacidos de su pluma porque escapa a las coordenadas de lo rebuscado para ofrecer una lectura amena e instructiva, el Gato es un verdadero folkbildare, escribo la palabra en sueco, porque en ese idioma quiere decir “el que ofrece conocimiento y educación con fines democráticos y de igualdad ciudadana” y por lo tanto defensor de la libertad de prensa y opinión.

Página Siete – 19 de mayo de 2019

Gastón Suárez, escritor por juramento

Le gustaba vagar por la campiña tupiceña, entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros; zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, trepar los cerros colorados y pescar cangrejos en las acequias de Chajrahuasi, sumergido en ensoñaciones fantásticas e imaginando aventuras fabulosas, que años después plasmaría en sus narraciones. Todavía era un niño. Había abandonado la escuela, pero aún no maduraba la gran decisión de su vida. Cuando cumplió los 12 años, Gastón Suárez Paredes juró ante su madre que un día sería escritor, un gran escritor.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, a quien pretendió compensar con su juramento juvenil por el disgusto que le ocasionó con su deserción escolar. Y lo logró años después. Para entonces había desertado también de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo.

El filósofo y dramaturgo boliviano Guillermo Francovich elogió su obra, de la que dijo que muestra “el prodigio de vivir”; el crítico Óscar Rivera-Rodas lo describió como un “agudo observador del comportamiento humano”, “el escritor de la introversión psicológica más destacado de la nueva promoción de narradores bolivianos”; el novelista Julio de la Vega se refirió a sus cuentos como “joyas literarias”, y el ensayista e historiador Jorge Salinas Salinas destacó la poesía de su narrativa.

El autor de Vigilia para el último viaje, El gesto, Vértigo  y Mallko nació en Tupiza el 27 de enero de 1929 y falleció a los 55 años, el 6 de noviembre de 1984, cuando se perfilaba como uno de los más grandes narradores bolivianos. De su madre heredó el gusto por la lectura y el amor por el arte, predisposición que encontró en la Tupiza de los años 40 y 50 un terreno fértil para su desarrollo intelectual.

El pueblo que vio nacer al futuro cuentista, novelista y dramaturgo era una villa privilegiada, dinámica y progresista, con vecinos que se reunían por las noches en tertulias literarias y conciertos familiares con los artistas locales, el pueblo que un diplomático español describió como la “Santillana cantábrica de Bolivia”. Fue la época en que nació el conjunto Nuevos Horizontes, dirigido por el anarquista Liber Forti, que hizo de Tupiza la capital del teatro de Bolivia, donde el aspirante a escritor vio por primera vez las obras de los grandes autores del teatro universal.

Suárez era un hombre sencillo y de buen talante. Asumía su oficio, las críticas y los elogios con la sencillez del narrador no consumado. Era alegre y desenvuelto en su expresión, pausado en el hablar y comedido en sus opiniones.  El embajador de España en Bolivia en los primeros años de la década de los 80, Tomás Lozano Escribano, lo describió como “uno de los bolivianos más puros que han existido”. Peinado a la gomina, traje azul marino y la corbata siempre bien anudada, tenía un aire de galán cinematográfico y cantante de música romántica.

Abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario a causa de una experiencia traumática. “Mientras él estaba en clases, se sentaba en las primeras filas, de pronto a su maestro le dio un  ataque de epilepsia y empezó a botar espuma  por la boca. Él pensó  que se trataba de un demonio o de una posesión diabólica y salió aterrado, llorando, y nunca más volvió a la escuela”, según relata su hijo Ruy.

A partir de entonces, su madre se hizo cargo de su educación, guiándolo en el aprendizaje de las materias de su edad y en sus lecturas. Incluso lo llevaba con ella a la escuela donde daba clases. Un día Gastón hizo conciencia de que era un alumno desertor y,  “como un acto expiatorio”,  le juró a su madre que llegaría a ser una persona diferente. “Se me ocurrió que si llegaba a ser un escritor de mérito mi madre olvidaría esos hechos incoherentes de mi infancia y sería compensada por sus sacrificios en mi educación”, rememoró en una ocasión.

Pero no volvió a la escuela.  No sólo era miedo, sino que, como admitiría años después en una entrevista, no soportaba la escuela, no aceptaba el encierro de las aulas, acostumbrado como estaba al aire, al campo y las flores. Todo lo que hizo a partir de entonces estaba en función de la meta que se había propuesto, aunque, para sobrevivir, tuvo que hacer de todo. Fue  ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, etc., porque “en los países subdesarrollados uno tiene que trabajar de todo, cumplir oficios ajenos”. Eso sí, nunca dejó de leer ni de escribir.

“Un día dije basta. Si quiero ser escritor, tengo que dejar todo lo que estoy haciendo y dedicarme de lleno a estudiar y escribir”, me confesó durante una entrevista en la galería Naira, donde los actores Leo Redín e Ilde Artés teatralizaron dos de sus cuentos (Crisóstomo y Los hermanos).

Gastón Suárez renunció al puesto que tenía en el Banco Minero, compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista. Era una aventura, sí, pero se sentía bien consigo mismo. “El hecho de estar vivo implica una esperanza”. Así conoció Bolivia de palmo a palmo y palpó la realidad nacional durante dos años.

Fruto de esa experiencia son sus libros, porque lo hizo en una época en que “las vivencias van dejando su impronta en el espíritu y son el bagaje más importante en la creación literaria”. Sus cuentos tienen como escenario los campamentos mineros, las aldeas, los campos de sembradío de los valles de los Chichas y la vida de provincia; el mundo urbano está presente en su obra teatral, y el altiplano en su novela.

Ese periplo le permitió ver el país como el protagonista de Mallko, el cóndor “monarca del aire, obstinado peregrino”, que, “enhiesta la cabeza, libre como el viento”, horadaba “el manto cerrado de las nubes” y alcanzaba “el cielo azul y el blanco océano” de la “región transparente”, desde donde contemplaba los dominios del hombre.

Se sintió escritor cuando vio publicado por primera vez un cuento suyo, El perro rabioso, en el diario gubernamental La Nación, en los años 50. Siguieron otras publicaciones, pero recién en 1963 vio luz su primer libro, Vigilia para el último viaje, una serie de cuentos que tuvo una favorable acogida de público y crítica, uno de cuyos relatos, El iluminado, un relato breve estructurado en un solo párrafo, fue incluido en varias antologías hispanoamericanas. “Este primer libro fue para mí un comienzo muy estimulante”.

En 1967 publicó su primera obra teatral, Vértigo, que obtuvo ese mismo año el primer premio de las Jornadas Julianas de la Alcaldía de La Paz, gracias a la puesta en escena del conjunto Nuevo Teatro, dirigido por Eduardo Armendia e Iván Barrientos, dos actores y directores formados en Nuevos Horizontes. Suárez atribuyó el éxito de la obra al hecho de que planteaba por primera vez problemas tales como la eutanasia, el control de la natalidad, la soledad, la incomunicación, la vejez y la moral  religiosa, temas tabú en esa época.

La escribió mientras recorría el país como camionero, entre viaje y viaje, y cuando todavía luchaba con el lenguaje en su “autoeducación”, corrigiendo, puliendo y reescribiendo frases y párrafos enteros de sus textos, pues tenía “una verdadera obsesión por encontrar la palabra precisa, la idea trascendente y el halo poético que posibiliten una creación  artística de calidad”.

“Los personajes de Vértigo exhiben sus problemas, sus resentimientos, sus rencores. El autor se encuentra así dentro de ellos al mismo tiempo que los mira desde fuera. Y puede decir, como uno de sus personajes, que es un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres y que, por lo mismo, siente amor por ellos”, comentó Francovich.

Suárez escribió otro libro de cuentos, Gesto, en 1969; una narración infantil, Las aventuras de Miguelín Quijano, con motivo del Año Internacional del Niño y un tiraje de 5.000 ejemplares, en 1979, y una segunda obra de teatro,  Después del Invierno (1981), con introducción de Julio de la Vega y prólogo de Jorge Siles Salinas, pero su obra preferida era Mallko (1974), porque la escribió, según dijo, “con verdadera pasión y en una época en que estaba atravesando una crisis espiritual”.

La novela obtuvo una mención de honor del Premio Hans Christian Andersen de Dinamarca y fue elegida como texto escolar en España (1981). Según Francovich, Mallko constituye “una sucesión de magníficos cuadros realistas, que muestran las peripecias de la azarosa existencia humana en el solemne y majestuoso ambiente de los Andes, en medio de las moles de basalto coronadas de nieve”, y rescata “el realismo, la compasión, la penetración psicológica  de sus obras anteriores”.

Le costó llegar al éxito, porque, mientras escribía, debía luchar para llenar la olla con sus magros ingresos. “La lucha por la vida me consumía. Prácticamente no escribía nada, sólo leía. Llegó un momento en que dejé de pensar en ser escritor  y a considerar mis sueños como una simple megalomanía. Pero aquel juramento de mi infancia venía a atormentarme cuando menos lo esperaba”, relató en una ocasión. 

Al principio, como dijo él mismo, vivía para escribir, pero después tuvo que escribir para vivir. “La aventura de ser escritor me ha dejado en la situación de escribir, editar y distribuir personalmente mi producción. Y creo que soy uno de los pocos escritores que viven o mal viven de sus libros”.

Suárez también se vio tentado por el cine. Fue el guionista de Mina Alaska, película dirigida por Jorge Ruiz, con Chrysta Wagner y Hugo Roncal, financiada por los empresarios Mario Mercado y Gonzalo Sánchez de Lozada. Luis Espinal elaboró el guión de Vigilia para el último viaje, que nunca llegó a la realización debido al asesinato del sacerdote en 1980.

Es autor de una única canción, Rosendo Villegas Velarde, popularizada por el guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez, su amigo de infancia. Considerada por un crítico como “una de las canciones más apasionadas y más tristes del folklore boliviano”, tiene la estructura y el ritmo de un cuento breve:

No me hagas eso, Rosendo/ Por nuestro cariño tan lindo te imploro, Rosendo/ No me hagas eso, no me hagas eso/ Tu mama ha comprao el ajuar/ Vendimos la vaca, la cucha, la oveja/ La chicha ya estaba madura/ Toda la gente ya estaba invitada/ No me hagas eso, Rosendo, no me hagas eso/ Porqué me jugás esa mala pasada/ No ves que mi pena es fuerte/  Rosendo Villegas Velarde, no me hagas eso/ No te mueras, no te mueras, no te mueres…

Fue tentado por la política. El general René Barrientos Ortuño le ofreció un ministerio, pero rechazó la invitación. Sí aceptó la oferta que le hizo Lidia Gueiler para que asumiera la embajada en España, más por amor a España que por otra cosa, pero no llegó a viajar a Madrid por el golpe de Luis García Meza. 

Suárez creía que la política es incompatible con la labor de un escritor. Como Ernesto Sábato, pensaba que el único compromiso del escritor es con la verdad. “El escritor, para mí –decía–, es un permanente buscador de la verdad y eso le confiere un carácter de independencia”.  Tenía algo de anarquista. Su ideal de vida, según declaró en una ocasión, era el del escritor Henry David Thoreau: vivir en el bosque, ser absolutamente libre, sembrar tus propias hortalizas y no pagar impuestos al Estado.

En una de sus últimas entrevistas, dijo que tenía la esperanza de escribir algún día el libro de su vida. La muerte lo sorprendió cuando preparaba una tercera obra de teatro, La Promoción, una novela y un nuevo libro de cuentos.

Como en el verso de Gregorio Reynolds que presidió su funeral, Suárez “vivió sin hacer daño” y “murió de repente”,  en “la envidiable dicha y la envidiable muerte”.  Escribió sobre el amor, el desamparo, la soledad, la solidaridad y la belleza de la naturaleza. 

“Hay que morar en nosotros mismos. Sentir el vértigo de la nada para emprender el vuelo. Luciérnaga fugaz es tu vida en la noche de los tiempos. El amor. El amor es lo que da sentido al ser”, dice uno de los personajes de Vértigo, en lo que bien podría ser la síntesis de vida de Gastón Suárez Paredes, el desertor escolar que se hizo escritor para cumplir un juramento.

Página Siete –   5 de mayo de 2019

La Presencia del periodismo en la Historia

Mauricio Quiroz

Los periódicos dejan cada día un testimonio para la historia; reflejan en sus páginas una muestra fotográfica del momento. Historiadores y periodistas buscan en sus páginas la materia prima para la reconstrucción de los hechos en contextos particulares. Desde otro vértice, los impresos son como comprobantes de una auditoría sobre esos momentos que son cruciales para comprender a una sociedad y a sus proyecciones.

Por estos días, pero hace 67 años, un puñado de jóvenes católicos dio vida a una iniciativa periodística que estuvo vigente durante 49 años. Fue un tiempo que acabó siendo un pedazo clave de la historia del periodismo boliviano. Ahora, un grupo de sus protagonistas recupera el legado del matutino en Presencia, una escuela de ética y buen periodismo [Plural: 2019], un libro que recupera testimonios, incluso un par de crónicas que dejó el equipo de redactores sobre temas como la democracia y la defensa de los Derechos Humanos.

La obra, que fue presentada el jueves 4 de abril por Armando Mariaca y Mariano Gumucio, fue coordinada por Juan Carlos Salazar, un guerrero de las mil batallas libradas con el arma de la palabra, la tinta y la ética. De hecho, el Gato Salazar —como fraternalmente es conocido— es el autor del prólogo de esta obra que fue promovida por la Fundación para el Periodismo, European Journalism Centre (EJC) y la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP).

“Es una historia incompleta de esa maravillosa experiencia que fue el periódico católico Presencia. No fue solo una escuela de buen periodismo, sino una escuela de ética”, afirmó Salazar durante una conversación con el autor de este artículo.

Y aunque el prologador no fue parte de la plantilla de periodistas que acompañó a Presencia, es notoria la emotividad con la que Salazar recuerda sus años mozos y la amistad que acuñó con sus colegas de entonces. De hecho, el libro incluye un texto de José Luis Alcázar, El periodismo en tiempos turbulentos. Alcázar fue uno de los profesionales que Presencia envió para la cobertura de la guerrilla del Che Guevara (1969).

“Fue el medio impreso del país que mejor cobertura tuvo sobre este acontecimiento histórico”, comentó el Salazar, quien también destaca el tiraje que tuvo este impreso. “Habían días en los que se imprimían y vendían al menos 150.000 ejemplares, una cifra increíble para los periódicos de hoy”. Así, una de las ediciones más memorables del rotativo estuvo marcada por la difusión del Diario de campaña del Che. “Agotamos toda la edición del periódico”, remarcó.

El libro recorre desde los primeros años de Presencia, cuando emergió como un semanario católico poco antes del estallido de la Revolución del 9 de abril de 1952, hasta sus “últimos días”. “Nació con un capital de 2.000 dólares, un dinero que para la tercera edición ya se había agotado”, recuerda Salazar. También se lee un capítulo que recupera los textos de los fundadores y pioneros del rotativo. El ávido lector podrá ponerse frente a un par de escritos que dejó Huáscar Cajías, el director fundador de Presencia. El mensaje del periodista fue redactado en un contexto en el que los periodistas se formaban en las redacciones.

“En cuanto al personal —recordaría Cajías años más tarde—, se lo nombró un poco dictatorialmente, a dedo, por así decir. Las excusas de que uno no sabía nada de periodismo, de que tenía otras graves preocupaciones, fueron dejadas de lado y hubo que acometer la empresa (…). Al principio, por eso, hubo numerosas fallas y errores no solamente ortográficos sino periodísticos”, se lee en el prólogo del libro testimonial.

Otro hito. El periodismo cultural tuvo un espacio único en Presencia. Un escrito del académico Raúl Rivadeneira Prada tributa homenaje al obispo Juan Quiroz, quien fue director del suplemento Presencia Literaria entre 1957 y 1992. El rotativo, sin dejar de lado los valores cristianos y evangelizadores, también estuvo presente en la construcción de la democracia. Fue en las oficinas del rotativo donde Domitila Barrios de Chungara, la dirigente eterna de las mujeres mineras, instaló el segundo piquete de la huelga de hambre que tumbó la dictadura de Hugo Banzer (1976-1977).

Salazar recuerda que desde que comenzó la historia de Presencia, en 1952, se pueden contabilizar varias intervenciones violentas de las llamadas fuerzas del orden. La redacción del rotativo sufrió agresiones durante la huelga que activaron las mujeres mineras a finales de 1976, aunque para entonces los militares ya habían ejecutado varias acciones para acallar al periódico católico.

Pasión, muerte y resurrección de la democracia es una crónica brillante presentada por el equipo de redacción del impreso católico que también se puede hallar en el libro respecto a esta fase histórica del país. 

Presencia pudo vencer muchas batallas, pero al final sucumbió. La Conferencia Episcopal de Bolivia (CEB), la dueña de la rotativa, ordenó “una pausa”, la que al final resultó eterna. Queda el legado y este libro es un testimonio de fe.

La Razón – 7 de abril de 2019