El color es tan importante como el sabor, decía, mientras
dejaba que las verduras se cocieran a fuego lento en su propio jugo. “¡Sería un
crimen freírlas!”. Con la fritura, sostenía, no sólo pierden su aroma natural,
sino también su frescura y tonalidades. La sartén lucía como un jardín, con los
pimientos, el brócoli, el ajo y la cebolla crepitando sobre la plancha.
“Cuando están perladas, como la hierba con el rocío de la
mañana, están listas”, era el momento de volcar los langostinos, los camarones,
los mejillones y el vino blanco. Tres o cuatro vueltas, lo suficiente para que
los mariscos adquirieran su tono sonrojado, y el chupe lucía como un plato de
cualquiera de sus bodegones.
Ricardo Pérez Alcalá, el acuarelista, arquitecto, dibujante,
poeta, ajedrecista y chef autodidacta nacido en Potosí un 30 de julio de 1939,
manejaba los utensilios de cocina con la misma habilidad que la paleta y el
pincel, porque las viandas, como las pinturas, debían entrar por la vista.
Puesto a cocinar, los fogones no eran otra cosa que un soporte para la
creación, como un caballete o una mesa de dibujo. “¡Es una obra de arte!”,
presumía al servir sus pucheros.
Descrito por los críticos como “maestro de los colores
imposibles”, “alquimista de la acuarela” y “realista mágico”, Perico, como lo conocían sus amigos, era
un hacedor de colores. Descubría la belleza literalmente debajo de las piedras,
en zaguanes oscuros, puertas astilladas, ventanas desvencijadas y muros
devastados por el tiempo, donde los simples mortales veíamos únicamente
escombros. A pesar de su agnosticismo, gustaba de imaginar a Dios con una
paleta en la mano pintando el universo en siete días, porque “¡alguien tuvo
que crear tanta belleza!”.
“¿Qué haces?”, le pregunté a manera de saludo durante
una visita en su pequeño estudio de la capital mexicana, allá por los
años 80. “Colores”, me respondió. No los inventaba. Los encontraba donde nadie
los veía. “Están ahí, en la naturaleza de las cosas…”, explicaba. Y los
recreaba.
Lucía una barba negra, espesa y desordenada, su marca de
identidad, que recordaba a un Marx sesentón; vestía camisas oscuras, pantalones
de pana y llevaba la también característica gorra con visera a lo Lenin, una
imagen que, en todo caso, no tenía ninguna connotación ideológica, porque
siempre se mostró reacio a la política, actividad de la que decía que chocaba
con el buen gusto.
Solía madrugar para recorrer los alrededores de La Paz y
observar las sombras que proyectan los cerros gredosos durante los amaneceres.
“¡Mira!, parecen castillos medievales”, me dijo durante uno de esos recorridos,
mientras apuntaba con el índice las manchas fantasmagóricas que se descolgaban
del horizonte trazado por las montañas.
En su búsqueda de colores y tonalidades, recogía piedras
de diferentes formas y texturas de los lechos de los ríos, recorría barrios
marginales y visitaba pueblos perdidos del campo, fotografiando con la memoria
patios y rincones carcomidos por la humedad, paredes descascaradas, muebles
despachurrados, portones añosos y tinajas desportilladas que luego cobraban
vida con sus pinceles.
Nació en Potosí, en las faldas del Cerro Rico, cuando la
población de la Villa Imperial no sobrepasaba los 200 mil habitantes. Se
crió arropado por las leyendas del cono de la abundancia, cuyas tonalidades
ocres, cobrizas, grisáceas y rojizas marcaron su imaginación infantil y le
enseñaron que es la luz la que descifra los colores, puesto que la plata no es
plateada ni el oro es dorado en el vientre de la naturaleza.
También recorrió las regiones más benignas del departamento,
como Betanzos, Tarapaya, Don Diego, Miraflores y Chaquí; conoció el verdor de
los valles de los Lípez y los Chichas y descubrió que la geografía potosina
albergaba los colores del arco iris y algunos otros por conocer.
Fue su maestro de la escuela Alonso de Ibáñez, quien
descubrió su talento a temprana edad, al ver los retratos que hacía de sus
compañeros de salón, e inscribió al niño dibujante con dinero de su propio
bolsillo en la Escuela de Bellas Artes de Potosí. A sus 12 años ganó el Premio
Nacional de Pintura Infantil y a los 15 presentó su primera exposición.
Terminados sus estudios secundarios, a los 18 años, se
trasladó a La Paz para estudiar arquitectura, a la que reconocía como “la madre
de todas las artes”. Realizó exposiciones en La Paz, Sucre y Cochabamba, y ganó
varios premios, entre ellos los de acuarela del Salón 14 de Septiembre de
Cochabamba (1969 y 1971) y del Salón Pedro Domingo Murillo de La Paz y el Gran
Premio Nacional de Pintura Pedro Domingo Murillo (1971).
Cuando partió rumbo a México, era un artista maduro, pero
desconocido fuera del ámbito nacional. En México encontró el ambiente propicio
para su desarrollo. Reconocía su estancia de 14 años en ese país, entre 1978 y
1992, como la más fecunda de su vida. “Gané cuatro premios nacionales y vendía
hasta mis garabatos; mis apuntes eran requisados por la dueña de la galería que
compraba toda mi obra por adelantado”, le confió a la periodista Isabel
Mercado.
Efectivamente, en México ganó el Premio Nacional de Acuarela
en cuatro ocasiones (1983, 1984, 1985 y 1989). Fueron los más significativos de
su carrera, aunque, con la modestia que le caracterizaba, no le asignaba
al galardón mayor importancia. “Incluso me lo dieron a mí…”, comentaba con
el humor ácido con el que solía referirse a sí mismo. Expuso en Brasil,
Ecuador, Panamá, México, Estados Unidos, Francia, España y Rusia. En
2009, recibió el Gran Premio de la Tercera Trienal Internacional de Acuarela,
en Santa Marta, Colombia.
No llevaba la cuenta de los cuadros que había pintado a lo
largo de su carrera desde el lejano día de su infancia que vendió en el
boulevard potosino una pequeña acuarela, en la que había pintado dos salteñas
junto a una botella de cerveza y un vaso medio vacíos. Sin embargo, “a ojo de
buen tinajero”, calculaba que había producido más de 6.000 piezas entre
acuarelas, óleos, dibujos y bocetos.
Utilizaba una técnica que él denomina “acuarela sobre tabla”
–“mis tablitas”, decía–, consistente en un preparado de yeso sobre una
superficie de madera. Según el crítico Harold Suárez Llápiz, esa técnica
“compleja y extravagante” le permitía dotar al color de “mucho más brillo e
intensidad”, al reducir el efecto de la absorción del papel.
Pintaba con el corazón. La poeta y ensayista Blanca
Wietüchter, quien le dedicó un libro (Pérez
Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo), recordaba que el pintor
amaba el ajedrez como un “resquicio de la racionalidad”, que le permitía “hacer
trabajar la otra parte del cerebro”, porque para pintar trataba de liberarse de
todo sentido racional. Lo hacía con el sentimiento. “Mi objetivo es lograr el
misterio inexplicable e irrepetible en todas las facetas del arte”, le dijo a
la periodista María Angélica Kirigín.
“Manejaba de manera magistral la luz” y con “una paleta
sobria y elegante, imprimía en sus acuarelas misteriosas atmósferas
inquietantes”, escribió Suárez Llápiz, quien describe al potosino como un
“extraordinario colorista”, un “esteta cultivado”, que “resolvía cada pieza con
un minucioso manejo técnico aprovechando muy bien los efectos pictóricos muy
luminosos y los tonos de luz ligera y traslúcida que ofrece esta compleja
técnica a través del blanco papel de acuarela”.
Como recuerda su biógrafo Marcelo Paz Soldán, Pérez Alcalá
llegó a formular su propia teoría, la teoría de los “colores imposibles”, a
partir de la constatación de que “el color es luz”. El acuarelista “maneja
de manera sublime elementos de la composición pictórica como la luz y el color
que, al combinarlos, hacen del suyo un arte único”, apuntó.
Pérez Alcalá le dijo a Isabel Mercado que la pintura debía
estar estructurada en “un dibujo riguroso y un estudio del color profundo”,
ambientada en una atmósfera propicia y realizada con una técnica depurada. “Sólo
quien demuestra que es capaz de dibujar, crear y pintar con el mismo genio
puede darse el lujo de dar cinco brochazos y sostener que eso es arte”, señaló.
Al fin y al cabo, sostuvo en esa entrevista, “el arte es una mentira en busca
de una verdad”.
También incursionó en el muralismo y la escultura. Como
arquitecto, diseñó estructuras de gran relevancia, como la Iglesia de San
Miguel, en Calacoto, y la Iglesia del Corazón de María, en Miraflores; la
Piscina Olímpica y la Normal Simón Bolívar, ambas en Alto Obrajes; la Capilla
de San Silvestre, en Aranjuez, y varias residencias del sur de La Paz. Su obra
escultórica más conocida es el monumento conmemorativo de la presencia
boliviana en el Puerto de Ilo, titulado Boliviamar (1999).
Era conocido por su sentido del humor. “Los grandes genios
han muerto relativamente jóvenes… Y yo ya me estoy sintiendo un poco mal…”,
bromeaba. Como recuerda su amigo Carlos Toranzo, vivía “con el humor a
flor de labios” y no temía reírse de sí mismo.
Extraordinario dibujante y caricaturista, desplegó su
humor en la revista satírica Cascabel,
que dirigía José Pepe Luque en los
años 60, donde firmaba como Cardo,
con una C en forma de penca de tuna, que definía muy bien el carácter “espinoso”
de sus caricaturas.
“Ricardo tuvo un paso casi fugaz por la revista, pero no muy
fácil de olvidar. Su carácter bonachón, con su risueño rostro de ojos saltones
y su particular forma de hablar, nos conquistó al momento. Era un observador
como nadie, muy agudo y audaz en sus trazos como caricaturista. Pero un día,
así como llegó, se fue con sus sueños de ser arquitecto”, rememoró Pepe.
Eran legendarios sus duelos, a chascarrillo limpio, con
el poeta y periodista Coco Manto
(Jorge Mansilla Torres) y el médico forense Rolando Costa Arduz, a cual más
agudo e ingenioso. Con Carlos Toranzo había planificado instalar una salteñería
de nombre sugerente: El Jigote de
la Mancha.
Durante una tertulia en México, sorprendió a sus amigos con
un poema de su puño y letra, que aparentemente aludía a su difícil inicio en
México. “Este es el lugar/ Este es el
lugar del hombre/ que llegó de lejos y está parado./ Aquí está el rincón del
hombre/ que llegó de lejos, está ilegal y desocupado./ Aquí se encuentra la
humedad del rincón/ del hombre que vino de lejos con toda su carga/ y está
agobiado. / Este es el lugar del hombre que llegó/ de lejos con tanto lastre/
sobre los hombros, la cabeza y el alma (….)”.
Coco Manto se
refirió a esa desconocida faceta del acuarelista en un homenaje realizado en el
Museo de la Acuarela Mexicana, en diciembre de 2013. Recordó que “la
pintura es poesía esparcida de palabras con identidad en los colores” y que “la
poesía es una pintura que flamea en el color de las palabras”. “En su
raíz esencial –señaló–, todo pintor es un poeta. Y viceversa, viceverso. Color,
calor. Los artistas crean para conmover o remover, no para convencer. Por eso
los pintores dicen no me veas, siente. Y los poetas y escritores: no me crean,
lean”.
Contó con alumnos excepcionales, como Mónica Rina Mamani y
Rosemary Mamani Ventura, de quienes se declaraba admirador. “¿Qué puede enseñar
alguien que ha sido superado por sus alumnos?”, repetía orgulloso. Decía que el
talento no servía de nada si no está respaldado por el trabajo. “El que
escucha, olvida; el que mira, recuerda; el que hace, aprende”, repetía.
El poeta y periodista Rubén Vargas resumió los atributos
del artista en pocas palabras: “Una gran pintura, un enorme sentido del humor y
un exquisito paladar”.
El pintor falleció el 23 de agosto de 2013 bajo el techo de
la casa-taller que él mismo diseñó como arquitecto y tardó en construir más de
10 años, frente a los cerros de Irpavi, donde recreó su mundo de luz y color,
con la misma perfección de sus acuarelas, con las piedras del altiplano, los
adobes de noble textura, las maderas labradas a mano y los mármoles azules que
inspiraron su trabajo, porque –según decía– quería vivir dentro de una
verdadera obra de arte. Vivir como un artista, pero también morir, “con el
último brochazo”, para replicar el autorretrato que él mismo denominó Reclinado sobre mi tumba, una acuarela
que lo muestra inclinado sobre una lápida.
Dibujo de Pepe Luque
Página Siete – 18 de agosto de 2019