Sabía poco de Bolivia, casi nada, cuando su superior le
comunicó que la Compañía de Jesús le había elegido ese destino para que
desempeñara su ministerio sacerdotal. Recordaba que era un país con dos
capitales, pero no imaginaba que a su llegada se encontraría con dos países
fundidos en uno solo: una Bolivia urbana y otra rural, totalmente indígena. El
día que las conoció, se enamoró de ambas y las hizo suyas. Xavier Albó Corrons
sintió entonces que había vuelto a nacer y decidió que no retornaría nunca más
a su Cataluña natal.
Arribó a Cochabamba el 9 de junio el 1952, con 17 años recién
cumplidos. Bolivia vivía bajo el signo del cambio, en plena efervescencia
revolucionaria. Obreros y campesinos recorrían el campo y las ciudades
con el fusil al hombro tras el triunfo de la insurrección del 9 de abril, un
movimiento que buscaba, precisamente, la integración de las “dos Bolivias”. Si
el descubrimiento del mundo indígena le causó asombro, mayor fue su sorpresa al
toparse con un pueblo rebelde y levantisco que tres meses antes había impuesto
sus reivindicaciones a punta de bala y dinamita.
Poco dado al trabajo de sacristía, “librepensante” y
obrero de los “patios traseros”, como denomina a las regiones marginadas de
América Latina, Xavier Albó es un “cura raro” o “atípico”, como suele
describirlo la prensa. Se enamoró de las “dos Bolivias”, cierto, pero desde el
principio optó por una de ellas, por la profunda, la más postergada, la de los
indígenas.
Como dice Gloria Ardaya, la activista que convivió con él y
otros jesuitas en la comunidad de Los piadosos en los años 70, hizo de los
indígenas su “causa mayor”. Y en esta labor, que él tomó como una auténtica
misión pastoral, nunca le importó –según su biógrafa, Carmen Beatriz Ruiz– que
le llamen “cura de mierda” por andar “levantando indios”.
Se lo tiene por hacedor y forjador de líderes indígenas y campesinos,
pero él, con la modestia y el buen humor que le caracterizan, afirma que si eso
fuera cierto, los habría hecho mejor. No hizo a Evo Morales, pero tiene una
gran influencia sobre él, a tal punto de que el Presidente se refiere a él como
“mi padre Albó”, pese a que le ha dicho en su cara muchas verdades. Tampoco
presume de su influencia, porque, según admite, Evo es “inasesorable”, un
animal político “muy vivo”, que al final hace lo que quiere.
Con la barba crecida, abundante y desprolija, suele cubrirse
la calva con un lluchu o una boina vasca, según apriete el frío. No le importa
mucho el “buen vestir”, como él mismo dice, porque no lo hace para lucir. Le
basta con una tenida de chompas de lana de llama y un par de ponchos, una
indumentaria que agrega otro detalle “típico” a ese aspecto “singular” al que
alude la prensa.
“Una vez me topé con una pobre muchacha en una calle de
Buenos Aires y al verme salió corriendo, despavorida… Seguramente pensó que era
un sátiro”, solía contar entre risas. A decir de uno de sus compañeros
“descurados”, como él llama a los jesuitas que colgaron los hábitos, se parece
más bien a un patriarca salido del Viejo Testamento.
Doctor en Lingüística, Antropología y Filosofía y licenciado
en Teología, no presume de ninguno de sus títulos. “¡Llámame p’ajla, como
todos!”, propone, anticipándose a quienes se dirigen a él con el “padre” o el
“doctor” por delante. Además de sus idiomas maternos, el catalán y el español,
habla francés, inglés y algo de alemán. Como sacerdote, aprendió latín, y ya
estando en Bolivia, el quechua y al aymara, sus “lenguas favoritas”.
Pero, ante todo, es un investigador de “campo traviesa”,
porque ha recorrido el mundo rural al derecho y al revés cual atleta de la
especialidad. Ha donado su biblioteca a la fundación que lleva su nombre. Como
el excanciller David Choquehuanca, a quien quería como sucesor de Evo, dice que
también ha leído en las arrugas de los ancianos.
Carmen Beatriz Ruiz lo describe como un hombre que “no tiene
miedo nunca de decir lo que piensa, aunque sea pateando el tablero y en
la cara de quienes lo están adulando”, que “mira de frente a los años y a la
muerte, con una agenda de proyectos y pendientes que cansarían a una
quinceañera”, y como “un hombre a quien no le pesa sentarse a la mesa con moros
y cristianos si se trata de una oportunidad para vender su charque o para
facilitar el diálogo”.
Nació en La Garriga, un municipio de Barcelona, el 4 de
noviembre de 1934, dos años antes del estallido de la Guerra Civil española
(1936-1939). Ubicada en la comarca del Vallés Oriental y famosa por sus aguas
termales, La Garriga fue una de las poblaciones catalanas más castigadas por
los bombardeos franquistas.
El conflicto armado marcó su vida y la de su familia, no sólo
porque su padre fue asesinado durante la conflagración, sino porque definió su
destino. Su madre, Assemta Corrons, se hizo cargo de él y sus cinco hermanos,
pero, en plena guerra, apareció un tío que sería fundamental en su futuro, el
tío Miguel, quien, a pesar de tener ocho hijos, acogió y ayudó a los
Albó. Fue él quien lo inscribió en un colegio jesuita, situándole, sin
quererlo, en el camino que seguiría el resto de su existencia. “El destino pone
a cada uno en su lugar”, diría años después.
Su madre fue su primera maestra, la que le enseñó a leer y
escribir, primero en catalán y después en español. Su afición por las lenguas
originarias le viene, pues, de su experiencia infantil. Era la época en
que el catalán –al igual que el vasco y el gallego– estaba confinado a la intimidad
del hogar, debido a la represión del régimen franquista, que no aceptaba las
lenguas regionales. “Esta presión contra mi lengua originaria me marcó mucho
desde pequeño”, rememoró en una ocasión.
Ingresó a la Compañía de Jesús a sus 16 años, en 1951. Tenía
otras opciones, los Capuchinos y los Benedictinos, pero se decidió por los
jesuitas. Piensa que fue “a buena hora”, por “la apertura que tienen los
jesuitas a nivel mundial y la cantidad de cosas que se puede hacer siendo
jesuita”, que probablemente no hubiese podido hacer en otras órdenes. Tenía
cuatro meses de haber iniciado el noviciado cuando el Provincial de la Compañía
le propuso venir a Bolivia. “Fue una decisión de mis superiores de la que yo
estoy muy contento”, asegura.
Eran tiempos en que la Compañía de Jesús tenía
“supernumerarios” –como dijo el padre José Gramunt, quien llegó a Bolivia con
Albó– y se daba el lujo de “exportar” misioneros a todo el mundo,
principalmente a África y América Latina, para suplir la falta de vocaciones
religiosas en esas regiones. El papa Pío XII encargó a los jesuitas catalanes
que apoyaran a Bolivia y Paraguay. “En dos años, nombraron a 80 jesuitas. Yo
fui uno de los elegidos”, recordó.
Con él llegaron –al mismo tiempo o poco después– otros
jesuitas que tuvieron una gran influencia política y social en Bolivia, como
Gramunt, José Prats, Josep Barnadas, Luis Espinal, Pedro Negre, Luis Alegre y
Federico Aguiló, entre otros, quienes participaron activamente en la
conformación de Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), una institución
promotora del diálogo entre marxistas y cristianos, y la Comisión de Justicia y
Paz, pionera en la defensa de los derechos humanos.
Cuando llegó a Cochabamba, “con pelo y sin barba”, usaba
todavía sotana y el típico cuello blanco clerical. Tenía cabello, sí, pero
también tonsura, el círculo rasurado en la coronilla que indicaba su
consagración a Dios, hoy en desuso, al igual que el hábito. Y así, “sotanudo”,
se montaba en los camiones destartalados que recorrían el valle cochabambino,
entre fardos de fruta y verdura o compartiendo espacio con vacas y
ovejas.
Se instaló en Cliza y lo primero que hizo fue aprender el
quechua, que él consideraba imprescindible para cumplir su misión
evangelizadora. Al principio no hablaba un quechua fluido, sino el modesto
“quechuañol” de todo aprendiz. Hizo su tesis doctoral en Cornell, precisamente,
sobre el método de enseñanza de esa lengua.
Tras terminar su formación en Barcelona, Cornell y Quito,
retornó a Bolivia para dedicarse por completo a desentrañar el mundo indígena.
Lo hizo individual y colectivamente, al frente del Centro de Investigación y
Promoción del Campesinado (Cipca), del que es su fundador. “Xavier es un
trabajador compulsivo. Vive para trabajar al servicio de indígenas y
campesinos”, dice Gloria Ardaya.
Gloria lo conoció en 1970, recién llegado de Cornell, cuando
se integró, junto a su pareja e hijo, a la Comunidad Los Piadosos, una casa que
compartía Albó con un grupo de jesuitas y laicos en la calle Illampu 733. Allí
también vivieron “los Luchos” –Espinal y Alegre–, Josep Barnadas, Óscar
Eid y Hans Moeller, entre otros, “cuando la represión de la dictadura
banzerista lo permitía”.
“La tarea de Xavier era la de lavar los platos por sus
dificultades para cocinar. Conmigo tenía problemas porque mi hijo Luis Ernesto
desordenaba sus libros y jugaba con las antiguas cintas de su grabadora, su
principal instrumento de trabajo. Un día me amenazó: ‘lo que haga Luis Ernesto
en mi habitación yo haré en la tuya’. Días después mi hijo se hizo popó en la
suya y hasta ahora estoy esperando que cumpla su amenaza”, recuerda Gloria.
Allí fundó Cipca (“en mi cuarto y sin un peso”) y allí
desarrolló gran parte de su monumental trabajo académico. Era una “una casa
abierta”, por donde pasó mucha gente, como Gregorio Iriarte, Amparo Carvajal,
Olivia Harris y Filemón Escobar, quien se encontraba clandestino.
En esa época, según Gloria Ardaya, Albó “no se involucraba
mucho” en actividades propiamente “políticas”, a diferencia de “los Luchos” y
otros jesuitas, que fueron activos en la conformación de la Comisión de
Justicia y Paz y en la redacción de un famoso documento –Evangelio y
violencia–, que denunció la violación de los derechos humanos en la dictadura
banzerista.
“Estoy convencida de que su politización comenzó con su
participación en la huelga de hambre junto a Luis Espinal y se profundizó con
el asesinato de Lucho”, sostiene. Albó y Espinal acompañaron la huelga de las
mujeres mineras que arrancó la amnistía general a la dictadura banzerista en
enero de 1978.
Espinal fue asesinado el 21 de marzo de 1980, cuatro meses
antes del golpe de Luis García Meza. Para entonces, la Comunidad ya se había
trasladado a Miraflores, al final de la calle Díaz Romero. Con el golpe,
todos abandonaron la casa y no volvieron a vivir juntos. “Ninguno volvió
a ser el mismo. Pese a ello, el espíritu de la Comunidad sigue y nos reunimos
cada vez que podemos. Es nuestra familia”, dice Gloria.
Fue la época en que muchos jesuitas “se descuraron”, unos a
causa de la militancia política, otros por haber optado por el matrimonio. Albó
no regresó al San Calixto, la residencia habitual de los jesuitas, sino que se
fue a Qurpa, una obra de la Compañía de Jesús ubicada cerca de Tiwanaku, y
después a Jesús de Machaca. Trabajó con los indígenas y vivió como ellos. Si en
Cliza quedó la mitad de su corazón, en Jesús de Machaca permanece la otra.
“Allí me robaron mi plata, mi corazón y mi honra”, declaró en una oportunidad
para subrayar su arraigo.
Cuando Evo lo condecoró con El Cóndor de los Andes, junto a
su compañero jesuita Mauricio Bacardit, el 4 de abril de 2016, como
reconocimiento a su labor en defensa de la democracia y de los derechos de los
indígenas y marginados, Albó le regaló un ejemplar del libro Oraciones a
quemarropa, de Luis Espinal, con una dedicatoria que firmó como
“librepensante”. De esa manera quiso recordarle que, si bien veía con buenos
ojos el llamado “proceso de cambio”, lo hacía desde una posición crítica, no
desde el llunk’erío.
Fue precisamente en esa ocasión que le sugirió agregar
“dos yapas” a la trilogía andina –ama
qhella, ama llullay, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso, no seas
ladrón)–, los principios ama llunk’u
(no seas adulón) y el ama k’illi (no
callar). Recordando a Espinal, quien dijo que “callar es lo mismo que mentir”,
le pidió a Evo “reconocer” que perdió el referendo del 21 de febrero y le
planteó “descansar” el próximo período presidencial y “volver” el 2025.
Antes, en una entrevista con Página Siete, declaró que si la derrota que sufrió el MAS en las
primeras elecciones judiciales y en las subnacionales de 2015 servía para que
el gobierno aprendiera a ser más pluralista, “entonces el batacazo ha sido en
buena hora”, que “la derrota electoral sea una llamada de atención para
rectificar”.
A Evo no le gustó que hablara de derrota. “Mi padre Albó no
puede mentir, no puedo creer que un padre mienta (…). Yo de frente digo que
hemos ganado”, declaró. Albó le respondió: “Evo tiene razón, pero yo también”,
porque, efectivamente, el MAS ganó a nivel nacional, pero perdió en La Paz, El
Alto y en otros municipios donde había ganado anteriormente.
No fue la única vez que aireó sus discrepancias. También le
criticó haber “postergado demasiado la búsqueda de un sucesor”, dijo que el
proceso de cambio “nació medio jodido en algunas cosas, aunque no tantas como
ocurrió después”, y que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe
absolutamente”.
Nunca negó su adhesión al “proceso de cambio”, pero ha dicho
que si hubiese tenido que levantar el puño izquierdo, como saludan los
masistas, hubiese levantado al mismo tiempo la mano derecha con la señal de la
cruz. Tras el fallo del Tribunal Constitucional que autorizó la reelección
vitalicia, estuvo barajando la posibilidad de devolverle a Evo el Cóndor de los
Andes, pero también llegó a la conclusión de que “aunque le devuelva diez
condecoraciones, el Evo es el Evo y hace lo que le viene bien”.
Al recibir el doctorado
Honoris Causa de la Universidad de San Andrés, dijo que prefiere mil veces
hacer lo que hace, “en lugar de perder el tiempo en cosas burocráticas”, porque
“más vale morir viviendo que vivir muriendo”. Así se las gasta este cura
“librepensante”, “especialista en patios traseros del continente”.
Dibujo de Marcos Loayza
Página Siete – 22 de septiembre de 2019