Las calles desiertas de
las grandes urbes de la vieja Europa, hasta ayer llenas de vida, me trajeron a
la memoria la película 12 monos
(1995), dirigida por Terry Gilliam y protagonizada por Bruce Willis, Madeleine
Stowe y Brad Pitt, que nos muestra una Filadelfia devastada por un poderoso
virus supuestamente diseminado por una organización terrorista, el “Ejército de
los Doce Monos”, que obliga a la población a sobrevivir bajo tierra. Si traigo
a colación esta extraordinaria película de ciencia ficción no es porque sea
partidario de las teorías de la conspiración, tan en boga hoy en día, ni para
adscribirme a la ola apocalíptica global, sino para rescatar la frase que le
sirve de leitmotiv y que tomo prestada para el título de este columna: “El
futuro ya es historia”.
No sé si estamos viviendo un cambio de era, como afirman
muchos pensadores, y si de aquí a un tiempo hablaremos de un antes y un después
de la pandemia, como hablamos de un antes y un después de Cristo, pero lo
cierto es que estamos viviendo una eternidad en apenas una semanas, una
eternidad que nos hace ver como prehistórico lo que ocurrió apenas ayer y nos
introduce de manera dramática a un futuro que, siendo desconocido, es tan real
como incierto. El futuro nos ha alcanzado, y como toda desgracia, llegó sin
previo aviso.
El historiador, escritor y académico israelí Yuval Noah
Harari, uno de los intelectuales más destacados del siglo XXI (Sapiens: De animales a Dioses) dice que
la humanidad está rescribiendo las nuevas reglas de juego. Todas las reglas.
Las económicas, las políticas y las sociales, porque, a raíz de la expansión
del coronavirus, “todo está en juego”, para bien o para mal. Según Henry
Kissinger, uno de los grandes estrategas políticos del Siglo XX, “el mundo
nunca será el mismo después del coronavirus”, a tal punto que “discutir ahora
sobre el pasado sólo hace que sea más difícil hacer lo que hay que hacer”.
El mundo no sólo está en cuarentena, sino que está
paralizado, en estado letárgico, como si alguien hubiese puesto freno a la
rueda de la historia, a causa de esa “sensación de peligro incipiente, dirigido
a ninguna persona en particular y que golpea al azar y devastadoramente”, como
dice Kissinger. ¿Quién iba a imaginar hace apenas tres meses que sobrevendría
lo que sobrevino? “El futuro era esto”, escribió el científico y periodista
español Javier Sampedro Pleite al recordar una frase del matemático
estadounidense John Allen Paulos: “Nadie dijo en 1900: Ya sólo faltan cinco
años para que se descubra la teoría de la relatividad”.
Sí, el futuro está aquí, con manifestaciones de ciencia
ficción. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, otro intelectual de moda que
radica en Berlín, nos acaba de recordar que China ha derrotado al virus gracias
al férreo control que aplica el gobierno a sus ciudadanos mediante la
utilización del “big data”, un sistema que le permitirá en un futuro cercano
controlar incluso la temperatura corporal de sus ciudadanos sin que éstos se
enteren, porque se combatirá las epidemias no sólo con virólogos y epidemiólogos,
sino también con informáticos y especialistas en macrodatos.
Una partícula microscópica ha puesto al mundo de cabeza y ha
convertido todas las predicciones futuras en papel mojado. Sin ir más lejos,
¿quién habla hoy de las elecciones en Bolivia? Como en todo el mundo, las
preocupaciones de la sociedad van por otro lado. ¿Qué podemos esperar de una
sanidad pública débil e insuficiente si enfermamos? ¿Qué ocurrirá con nuestros
empleos? ¿Cómo sobreviviremos en el futuro inmediato?
Nadie duda de una inminente reestructuración del mercado
laboral a causa de la recesión que se avecina y del “descubrimiento” del
trabajo a distancia que se está implementando en todo el mundo, por ahora a
nivel experimental. ¿Qué decir de la enseñanza? Son cambios que tendrán un gran
impacto en la economía y en el trabajo.
La pandemia ha dejado a las instituciones de muchos países en
cueros, tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado. Las
instituciones, todas, han fallado a la hora de enfrentar la crisis. La
globalización nos ha mostrado su cara más cruel, la que no espera acuerdos ni
tratados para saltarse fronteras y soberanías. Y encima, los organismos
internacionales nos advierten que cuando pase la pesadilla, antes de que la
gente se recupere de la depresión del confinamiento y el “estrés
postraumático”, seremos globalmente más pobres, con una caída estimada del 10%
del Producto Interno Bruto.
Hay quienes ven la crisis como una oportunidad.
¿Aprenderemos finalmente las lecciones? El virus ha puesto temas vitales en la
agenda mundial, desde el fortalecimiento de la salud pública, tan debilitada a
raíz de las políticas neoliberales, hasta la necesidad de enfrentar de manera
efectiva el cambio climático, a partir del convencimiento de que su deterioro
es causa de males mayores, pasando por la urgente atención a los sectores más
desfavorecidos de la sociedad, primeras víctimas de fenómenos como el que nos
ocupa.
Ya se habla, por ejemplo, de un sistema global de producción
y distribución de equipamiento médico, a fin de evitar que los países ricos
monopolicen los recursos en detrimento de los pobres, para hacer frente de
manera más justa y eficiente a la “globalización de las enfermedades”. No sólo
eso. En el plano nacional, ¿alguien se atreverá a decir en el futuro que es más
importante construir canchas que hospitales? La salud pública estará a partir
de ahora en el centro de las preocupaciones de todo gobierno.
Otro aspecto positivo, “el regreso del conocimiento”, como
llama el escritor español Antonio Muñoz Molina “a la abierta celebración del
conocimiento y de la experiencia” que se nota en el mundo entero a raíz de la
pandemia. ¿Algún gobernante dirá el día de mañana que agradece no haber ido a
la universidad?
YYa que empecé evocando una película, termino recordando otra, La hora final (1959), de Stanley Kramer, con Gregory Peck, Ava Gardner y Anthony Perkins. Se trata de otro filme postapocalíptico, propio de la Guerra Fría, que imagina el futuro de la humanidad tras un holocausto nuclear. Si la memoria no me falla, la última escena muestra una banda de música entonando un himno religioso bajo un gigantesco letrero: “Todavía hay tiempo hermanos”. Toda una alegoría de la esperanza.
Página Siete – 11 de abril de 2020