Escape a los Andes, de Robert Brockmann y Raúl Peñaranda*

El filósofo e historiador escocés Thomas Carlyle dijo alguna vez que la biografía es una suma de anécdotas. Son las anécdotas, entendidas como hechos o detalles circunstanciales, las que finalmente conforman el derrotero de esa gran crónica que es la vida de una persona; y es el entorno social, político, económico, religioso, etc., el que matiza y da sentido a esos pequeños acontecimientos.

Es precisamente una anécdota lo primero que escuché siendo niño sobre Mauricio Hochschild, una anécdota que refleja muy bien la idea que se tenía entonces de ese empresario minero, como un emprendedor audaz,  un hombre que tenía como único límite su propio interés, que levantó un imperio de la nada.

Escuché la anécdota en una de las tantas sobremesas familiares después de la revolución del 9 de abril de 1952, cuando la nacionalización de las minas era uno de los temas dominantes de toda conversación.

Mi padre, que a la sazón era gerente del Banco Minero en Potosí, la había escuchado a su vez de boca de uno de los miembros de la familia Soux, probablemente del patriarca del clan, Louis, que, como bien relatan los autores del libro que hoy presentamos, había conformado con Hochschild, en 1929, la Empresa Minera Unificada para explotar el Cerro Rico, con Hochschild como socio mayoritario.

Hochschild, según contaba Soux, creía que el subsuelo de la ciudad de Potosí guardaba una gran riqueza minera y que una de sus ideas era trasladar la ciudad entera, con monumentos y todo, a Miraflores, un balneario de aguas termales y clima benigno, ubicado a 24 kilómetros de la Villa Imperial, para explotar los yacimientos supuestamente ubicados debajo de los cimientos de la urbe.

Él creía que ganaban todos, los potosinos, con un mejor clima, y su empresa, por supuesto, con la riqueza del subsuelo.

Es difícil saber si realmente el minero albergó alguna vez dicha idea o si es parte de la leyenda que rodea a su increíble vida, pero quienes lo conocieron lo tenían por cierta.

Que alguien pensara que un empresario era capaz de demoler una ciudad para extraer las riquezas de su vientre, revela muy bien la imagen que se tenía de él en la industria minera.

Alguien ha dicho que “la leyenda corrige la historia”. Y Hochschild era un hombre de leyenda, una leyenda negra, por cierto, pero ahí quedó, porque separar la historia de la leyenda no es tarea fácil.

Si en algún lugar creció la leyenda fue en mi pueblo, Tupiza, porque Tupiza fue sede de la segunda oficina –oficina entre comillas– que abrió el empresario en Bolivia, después de Oruro, en 1923; es decir, dos años después de haber llegado a Bolivia, como bien registran Raúl y Robert.

Pero no solo por eso, sino también por su aterrizaje posterior en Huanchaca y Pulacayo, minas muy vinculadas geográfica e históricamente a Tupiza.

Hochschild se inició como rescatador o “rescatista” de minerales en Oruro y Tupiza. No eran propiamente oficinas las que abrieron en ambos lugares, sino simples galpones para almacenar  mineral.

Como bien dicen los autores, las oficinas locales de la empresa eran expresión de la “gris frugalidad”de su dueño, porque “a menudo se reducían a un solo ambiente con su correspondiente almacén, que en la puerta tenía un letrero con la glosa: “Se compran minerales”, y eran atendidas por uno o dos empleados.

Y así era la oficina de Tupiza. Alguna vez me la mostró mi padre: “Este era el almacén de Hochschild”, me dijo. Era una casa vieja, ubicada cerca de la plaza, que probablemente en su día llevó el letrero de “se compra minerales” como única identificación.

Hochschild, hay que reconocerlo, no solo luchó contra los prejuicios antisemitas, sino también contra la imagen que se tenía de él como un aventurero, un negrero y explotador extranjero.

Y algo peor en la Bolivia minera de la época: la del “rescatista”, el empresario holgazán, que sin hacer nada y desde una oficina se aprovechaba del minero productor, pagándole precios irrisorios por su mineral para exportarlo y revenderlo en el mercado internacional a precios reales.

Era cierto que era una época en que no existían laboratorios, ni en Oruro ni Potosí y mucho menos en Tupiza, para determinar la ley del mineral. El “rescatista” o “rescatador” lo hacía a ojo de buen cubero, pero, por lo general, por no decir siempre, el ojo beneficiaba al cubero y nunca al productor, quien debía conformarse con lo que le ofrecían: Lo tomas lo dejas.

Como bien dicen los autores, Hochschild descubrió un filón hasta entonces despreciado: la compra y exportación de los minerales de baja ley, negocio del que llegó  a tener el monopolio y sobre el cual construyó su imperio.

Hay que recordar, y así lo hacen los autores del libro, que hasta entonces Bolivia exportaba únicamente minerales de alta ley, del 60 al 65 por ciento. Hochschild demostró que no había por qué ponerle mala cara a los concentrados pobres, menores al 50%, a los que genéricamente se denominaba “escoria”, compuesta por los restos de la explotación minera, las colas y desmontes que quedaban de la extracción de los minerales “limpios” y de alta ley.

“Como inesperado efecto carambola –escriben Raúl y Robert–, Hochschild abrió nuevos mercados  para la minería boliviana en su conjunto, que fueron aprovechados durante varias décadas hasta el derrumbe del mercado a mediados de 1985”.

Y es cierto. El empresario minero logró persuadir a la fundidora alemana Berzelius de construir una planta en Hamburgo para tratar el estaño boliviano de baja ley, que hasta entonces era descartado por productores y comercializadores.

Si Patiño fue el “rey del estaño”, yo diría que Hochschild fue el “rey de la escoria”. Y no lo digo de forma peyorativa, sino porque montó su imperio en la compra y exportación de los minerales de baja ley, hasta entonces despreciados, y por su empeño emprendedor para encontrarles nuevos mercados.

Pero no fue el único “efecto carambola” de ese emprendimiento. Como decía mi padre, que fue uno de los fundadores del Banco Minero, Hochschild, tal vez sin quererlo ni pensarlo, dio razón a quienes postulaban la necesidad de recuperar el rescate de los  minerales de baja ley para ponerlo en manos del Estado, una idea que se concretó en 1936 con la creación del Banco Minero por el gobierno de Germán Busch.

Fue el Banco Minero el que empezó a quitarle los clientes a Hochschild, al reconocerles precios justos, acordes con la ley de sus minerales, y otorgarles créditos y anticipos para su producción, algo que evidentemente no hacía ningún rescatista.

Con esto quiero decir que, aún antes de la nacionalización de las minas del 31 de octubre de 1952, Busch había nacionalizado virtualmente uno de los pilares del imperio de  Hochschild: la comercialización de los minerales de baja ley.

La leyenda de Hochschild, como ya dije, no nació, pero sí creció en Tupiza, tanto por su trabajo como rescatador de minerales como por la cercanía de Huanchaca y Pulacayo.

Como se sabe, uno de sus dos propietarios, Gregorio Pacheco –el otro era Aniceto Arce, dos mineros que gobernaron Bolivia– nació en Livi Livi, una aldea cercana a Tupiza, con familiares en Tupiza, entre ellos su primo Rudecindo Salazar, bisabuelo mío, quien lo colaboró en sus negocios mineros.

A diferencia de la dinastía de los Aramayo, igualmente tupiceña, cuyo patriarca, Don José Avelino, tiene una estatua en la plaza principal del pueblo, Hochschild siempre fue un hombre resistido, precisamente por la mala fama de sus negocios como rescatador de minerales. Y no se lo conocía por otra cosa.

Lo cierto es que ni en Tupiza ni en ninguna otra parte de Bolivia se había escuchado hablar, hasta hace muy poco, de esa otra faceta de la vida del empresario minero, no al menos con la amplitud y el detalle que hoy nos ofrecen los autores de Escape a Los Andes.

Y, claro, cuesta creer que el hombre que salvó a 12.000 judíos del holocausto, el que gastó recursos de su propio peculio, el que viajó de aquí para allá para lograrlo, el que distrajo tiempo de su trabajo empresarial para convencer a la comunidad internacional de la necesidad de apoyar esa noble causa, sea el mismo que pagaba, y a regañadientes, cincuenta centavos de dólar de salario mensual a sus trabajadores, los mineros que hicieron posible la acumulación que le permitió erigir su imperio.

Y no me refiero únicamente al empresario que no dejó nada en el país al que debía su fortuna, sino también al padre de familia que desheredó a su único hijo.

Hochschild llegó a ser el segundo hombre más rico de Bolivia y su empresa una de las más importantes de América. Para 1927, según “Escape a los Andes”, su grupo exportaba entre 90.000 y 100.000 toneladas anuales de minerales y concentrados. Controlaba un tercio de la producción boliviana de estaño, el 90 por ciento de las exportaciones de plomo, zinc y plata, y el grueso de la producción de tungsteno y antimonio.

Ciertamente, Bolivia no era el mejor país para recibir a los judíos que escapaban de la Alemania nazi. Todo lo contrario. Era uno de los puntos más remotos y pobres del planeta. Por añadidura, salía derrotada de una guerra. No era pues el mejor lugar para recibir a miles de desocupados, que llegaban, además, con el estigma antisemita que los señalaba como gente indeseable, perteneciente a una raza moral e intelectualmente inferior.

Para muchos bolivianos pobres, como bien dicen los autores, los judíos, incluso los desheredados, eran ricos, porque eran percibidos como blancos y europeos, como gringos, y según esa visión, no hay gringos pobres.

No tenían dónde ir. EEUU no quería flexibilizar su sistema de cuotas migratorias, puesto que tenía más de 10 millones de desocupados, y Argentina y otros países habían cerrado sus puertas.

Bolivia abrió sus fronteras en ese momento, gracias a la comprensión del gobierno de Germán Busch. No solo a los judíos, sino también a los perseguidos políticos, a socialdemócratas y comunistas, cuyas vidas también corrían peligro. Eso colocó a Bolivia, como bien dicen los autores, como el mayor receptor de refugiados en las Américas, con excepción de Estados Unidos, durante 1939, y uno de los más altos del mundo.

Por eso es notable la labor de Hochschild, notable y titánica, que logró salvar a miles de vidas del holocausto.

San Agustín de Hipona dijo que Dios, cual alfarero, hizo al hombre de barro. Como sabemos, la arcilla presenta diversas coloraciones, según las purezas e impurezas que contiene, que van desde el rojo anaranjado hasta el blanco. El hombre se muestra en su vida como la arcilla, con el rojo de la impureza y el blanco de la pureza, o la amalgama de ambos. No es del todo bueno ni del todo malo.

Se equivocará quien piense que la reivindicación de la labor humanitaria del empresario, en la biografía que hoy presentamos, es una hagiografía. Y ese es uno de los muchos méritos del libro, porque presenta las dos caras del personaje, sus luces sin ocultar sus sombras, que es lo que corresponde a un historiador.

Thomas Carlyle, a quien cité al iniciado de esta exposición, dijo también que “ningún hombre vive en vano”, y que la historia del mundo no es otra cosa que el conjunto de biografías de los grandes hombres. Y de algunos que no lo son, digo yo, según qué se entienda por gran hombre.

Y este es otro mérito del libro de Raúl y Robert. Escape a los andes no es la biografía de un hombre. Mejor dicho, no es únicamente la biografía de una persona. Es el retrato de una época, de un país, Bolivia, en determinado momento de su historia, que no se explica sin la vida de los hombres y mujeres que participaron, para bien o para mal, en su construcción.

La historia del personaje es apasionante y el relato lo es aún más. Leí las 510 páginas del libro en 48 horas, porque la lectura te atrapa.

Sin dejar el rigor académico que implica todo trabajo histórico, Raúl y Robert han logrado combinar exitosamente el periodismo de investigación, igualmente riguroso y documentado, con el narrativo, apelando a sus mejores géneros: la crónica y la semblanza, en un texto en el  que se reconoce la mano y el oficio de ambos autores.

Y no lo digo por deformación profesional, pero tampoco puedo dejar de juzgar como periodista el trabajo de dos periodistas.

La crónica es un relato que busca recuperar laatmósfera ylasemociones, loscoloresde un acontecimiento, para recrearlosen un texto. Es lo que he encontrado en las descripciones del libro. Los autores combinan la información con las imágenes y los elementos deambiente, lasreferencias de“color”, los  testimonios de los protagonistas, las anécdotas, losdetalles de“interés humano”y sus observaciones y reflexiones.

Lo mismo podría decir de los perfiles de sus personajes, sus historias de vida, que se entrelazan con el relato en un gran mosaico, que nos permite reconstruir de manera viva ese pedazo de historia.

He sentido el padecimiento de los Anke, metidos en un búnker del gueto de Varosvia,  con otros 25 judíos, mientras afuera se escuchaban explosiones y disparos, y el horror que vivieron a su salida con las manos en alto, tras la rendición de los heroicos  militantes de la resistencia, para comprobar cómo las llamas de los incendios manchaban con colores rojizos y anaranjados el cielo de la primavera de Varsovia, mientras decenas de soldados dirigían sus lanzallamas a los sótanos donde se presumía que había personas ocultas; para observar a los niños famélicos que recorrían llorando las calles en busca de sus padres y los  cientos de cadáveres, muchos carbonizados, yacentes sobre el pavimento.

He visto como en una película, gracias a la descripción de los autores, al muchacho que portaba una bicicleta, una máquina de escribir, un voluminoso libro y un pequeño morral con unas pocas mudas de ropa, a bordo del barco Orazio, en plena alta mar, un joven pasajero que no era otro que Werner Guttentag.

Y a Elly Wolfinger, una joven atractiva, de ojos profundos, labios carnosos, sedosa cabellera oscura y cuerpo proporcionado; y a Gretel, la cantante de arias, mujer llena de energía, sensual, dispuesta a vivir la vida al máximo, de ojos y cabello oscuros que le daban un aire de gitana, de mirada sexy y personalidad avasalladora, que se sacó la lotería en Oruro, entre otros migrantes que lograron salir del infierno para trasladarse a Bolivia.

Quienes conocimos el exilio sabemos de la angustia que sufre un perseguido en la búsqueda de un pasaporte o una visa que le salve del odio o la represión en su país o en el extranjero. Ta vez por eso y por los magistrales relatos, me ha conmovido la descripción de la felicidad con la que los judíos recibían la visa salvadora para viajar a Bolivia. Y por eso mismo valoro la acción de su salvador.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que “el tiempo es el mejor antologista, o tal vez el único”, y por extensión, el mejor historiador y el mejor biógrafo.

Bien podríamos decir que hoy, tres cuartos de siglo después, Brockcmann y Peñaranda han logrado escribir una importante página de la historia boliviana, alejada de la leyenda y despojada de los prejuicios que la acompañaron durante décadas.

Y lo han hecho de manera magistral. Con el rigor del historiador y el talento del periodista.         

*Texto leído en la presentación del libro Escape a los Andes, el 21 de marzo de 2023.

El Teatro Voyeur de Santa Cruz puso en escena el cuento “El santo prestado”

El Teatro Voyeur de Santa Cruz de la Sierra puso en escena uno de mis cuentos, “El santo prestado” (Figuraciones, Plural Editores). Se trata de una adaptación en el formato de monólogo del director del grupo teatral, Jorge Calero Núñez.

Vouyer lo estrenó en enero de 2023 y lo volvió a subir a escena en septiembre del mismo año, en La Tuja Club de la Comedia de Santa Cruz de la Sierra, con “muy buena aceptación” del público, según Calero.

El cuento relata –para citar la primera frase del texto– “el día que Jacinto llegó al pueblo con la idea de traer la imagen de Jesús Malverde”. El pueblo es un territorio “imaginario” controlado por el narcotráfico y Malverde es el “santo protector” de los narcos mexicanos.

Según Calero, el cuento “narra de manera hilarante la historia de Jacinto”, alias El mexicano, y la puesta en escena “mezcla lo grotesco con el realismo y humor que tiene el texto”.

“Juan Carlos Salazar ha sido tan generoso de prestarnos su cuento ‘El santo prestado’ para ponerlo en escena y transformarlo en teatro. Ale Grágeda se transforma en ese cantinero de ese pueblo imaginario y nos narra la historia de santos, rancheras y cocales. Para nosotros es más que un placer contar esta historia. ¡Vengan a conocerlos y escuchar la historia del Jacinto!”, escribió Calero en las redes sociales.

“El santo prestado” es uno de los siete cuentos que integran mi libro Figuraciones (Plural Editores).

En la foto, Ale Grágeda con el retrato del “santo” Jesús Malverde en la mano. La escena es una verdadera pintura.

FB 18 de enero de 2023.

https://www.facebook.com/profile/100002378380171/search/?q=teatro&locale=es_LA

Las «Figuraciones» de Juan Carlos Salazar

Por Darwin Pinto Cascán *

La literatura siempre me lleva a lugares mejores y extrae de mí una versión que sólo existe con ella. La buena literatura es una experiencia que se prolonga hasta después de haber terminado de leer el libro. Es algo que se queda en uno, como un perfume o «esa» mirada que no se va de la mente por muchos días.

Acabo de terminar de leer el libro de cuentos de Juan Carlos Salazar, Figuraciones, y escribo aprovechando que aún estoy tocado por el eco vivo de cada relato. Para mí el libro como un todo, es un bello animal creado por un corazón que ha vivido intensamente y ha encontrado en el uso preciso de las palabras, el modo de darle vida, esencia y nombre.

He disfrutado con todos los sentidos este libro, que aunque no muy extenso, alcanza una maravillosa profundidad en la belleza de cada una de sus historias. Bien escrito, hecho con tinta que sale de la experiencia y de un corazón apasionado por seres y lugares, es una amable criatura, sabia y hermosa.

Cada relato corto es un universo cargado de su propia emoción, de su propio mensaje, de su propio andamiaje. Cada relato tiene cuerpo y tiene alma. Tiene huesos, y amores, y rencores y dolores. Cada uno es un pez único habitando en un océano de 62 páginas.

De las siete historias, me sorprende la transposición del tiempo y el lugar de ¿Acaso crees en Dios?; El retorno a la magia de lo sobrenatural en los campos, en Casilda; lo cíclicas e inevitables que son las fatalidades en El Triste Pizarro; la alegoría de un veneno que hace alucinar a sus mercaderes y a sus consumidores en El santo prestado; o la profunda nostalgia en Aquí vive la muerte. No pude evitar conmoverme profundamente con este cuento, lo cual para mí es una buena señal en lo referente a la factura de la pieza.

En su melodía hay unas pocas notas de Cortázar y tal vez de Rulfo, que sin embargo, no dañan para nada su estilo tan rico en el manejo del lenguaje y tan claro en la clave de sentimiento con el que decide vestir cada historia.

En estos días tan duros para nosotros, leerlo me ha recordado el alto grado de belleza que puede alcanzar la buena literatura cuando se escribe con la honestidad más pura posible: la del corazón.

*Periodista y escritor

https://www.brujuladigital.net/cultura/comentario-las-figuraciones-de-juan-carlos-salazar

Brújula Digital – 07/11/22

Figuraciones

Por Angélica Guzmán Reque *

En el libro Figuraciones de Juan Carlos Salazar, se lee: “Las apariencias son realidades que se visten de poesía para burlar los sentimientos” porque los siete cuentos que lo integran son eso, un renacimiento de sus recuerdos que, cual testigos bullen por permanecer incólumes, por emerger de lo profundo de la reminiscencia, porque son vivencias que sellaron el transcurrir de sus días, de aquellos que nos ayudan a mantener la felicidad o infelicidad de años que se suceden con premura, pero dejan el recuerdo indeleble del paso del tiempo vivido y soñado.

Todos y cada uno de sus cuentos, son, para Juan Carlos la evocación de lo sublime del paisaje, porque detiene su mirada en el color y el aroma que le hacen expresar insondables prosopografías que no solo son poéticas, sino que confieren a la obra el matiz y el sabor necesarios a las páginas que se manifiestan matizadas de verde, de amarillo, de rosa, a la par que corren los ríos de agua cristalina que riega la mirada nítida. “Fue cuando me confesó que asociaba la pólvora con la flor de la retama, con el amarillito amarillando de los campos de retama en flor, como en la canción que se encendía la rebeldía de las guitarreadas estudiantiles.” 

El primer cuento que adorna Figuraciones es Casilda la añoranza de la persona que la revive en una campiña de antaño, una casona que se mantiene en el recuerdo, con el “aroma fresco, sabor a durazno reventón, subía desde la acequia que corría al pie del montículo con sus aguas vidriosas, relampagueantes, pujando por alcanzar el río, entre guijarros bruñidos por el torrente y el tiempo”. Es el que revive el aroma que siempre acompaña y no se deja morir porque son vivencias de los mejores tiempos de las añoranzas de la fe y la superstición de los pueblos que poquito a poco se van sepultando a sí mismos, con ellas se van festividades junto a  minúsculos personajes, creados, no sabremos nunca si de la imaginación fantasmal o de convivencia de las mentes sencillas que emergían, unas veces juguetones, otras provocando miedos: ¿fantasmas?, ¿Seres sobrenaturales? ¿Prodigios?, nunca lo sabremos. Lo que sí se conoce es el retrato de la mujer que llenaba de color y aroma el lugar: “Permanecía absorta, arropada por la fragancia resinosa de los matorrales de queñua, con la mirada fija en el fogón y la olla de barro, donde Josefina, la mujer de Nabor, preparaba la merienda de papas criollas, habas tiernas, choclos de granos dorados y grandes tajadas de queso de cabra.

Otro de los cuentos: El triste Pizarro, retrato de una persona que, como su nombre lo revela, es un rostro enjaulado en la sombra de la melancolía eterna, un ser que trajo consigo, al nacer, la nostalgia del amor frustrado de la madre, alguien que no sabía dialogar, solo respondía con monosílabos: “Nosotros nos entendemos, se limitó a responder el Ñato, cuando el Ojitos Carranza, le preguntó, hecho el gracioso, si no se aburrían de caminar en silencio y de haber convertido los diálogos en soliloquios.“ Es el significado de la amistad, aquella que encontramos en el otro, aquel que no pregunta, no indaga, solo está ahí porque sabe que lo necesitan y es útil, como aquella hermosa frase de Antoine de SaintExupéry en el Principito: «No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo» y Amélie Nothomb dice; “Todo lo que amamos se convierte en una ficción.”

¿Acaso crees en Dios? Terrible cuento del soliloquio de las penas y el recuerdo de un sacrificio en favor de la humanidad y de un martirio en manos de las fuerzas brutales de la ley. Un sentir y un vivir. El sacrificio sangriento al que fuera sometido el Nazareno y, al paso de los años, prosigue la mente de bestias sin sentimiento. Escrito en primera persona, a través de la figura del símil, es la terrible realidad humana que se vivió hacen siglos atrás y, hoy se repite a través del martirio con que se exhorta a una declaración policial o política. Creer o no creer en Dios porque el ser humano, sigue preguntándose, ¿cuál es el límite de las fuerzas sobrehumanas del que castiga y del que sufre? “Si vos no crees en Dios” y, la esperanza persiste, a través del recuerdo, cuando en el cuento leemos: “En medio de un vocerío amontonado de fariseos y samaritanos en túnicas níveas, judíos barbados, plañideras de rebosos enlutados, centuriones plateados y soldados en casacas entorchadas. (…) alcancé a percibir una voz distante. Pater in manus tuas commendo spiritum meum”, decía con palabras dulces, dulcificadas, que rodaban adormecidas por las faldas del monte, arropadas por una brisa crepuscular” y esa esperanza persiste en gente que cree, asílo expresaba John Lennon, uno de los Beatles, que escribió “Imagina a todas las personas viviendo la vida en paz. Podrás decir que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros, y el mundo sea unidad”. O la que repitió Martin Luther King. “Si ayudo tan solo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.”

El Santo prestadocuento donde se expone el tema de la religiosidad, es para el ser humano un imperativo necesario de creer en algo superior en el que depositar sus esperanzas e ideales, para poder darle sentido a su vida, es poder encontrar una fuerza que se presenta superior a su propia inteligencia, sentirse, inclusive, acompañado, saber que aquello que parece inalcanzable para él, es posible lograr a través de ese ser, ente o fuerza espiritual. En el cuento se lee “yo le tengo mucha fe al santito, mis amigos mexicanos me han contado que ha hecho favores a tipos picudos, como el Caro, el Señor de los Cielos y el Chapo” Este mismo cuento expone el gran problema de nuestros días La verde los grandes y afortunados seres que gozan de la placidez del dinero, el que lo puede todo, sin embargo, está siempre con la muerte en los talones. Tiene “amigos”, pero son los seguidores del vicio y de la oportunidad de vivir del ocio y de la vida regalada. Los inocentes que se dejan convencer “yo lo conocí de changuito, apenas llegado al pueblo en busca de trabajo. Buena gente sabía ser, calladito, humildito. Yo lo veía rebuscándose la vida”. Decía el gran filósofo y pensador Confucio: “Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.”


Tampoco se le olvidó a Juan Carlos, un cuento sobre el valor que tienen los amuletos en la vida de cualquier persona Quitapesares Es el amuleto con que la esperanza de un día mejor o de una buena ventura, la sostenemos con ansiedad y seguridad. Esa fe sencilla con la que se vive y se siente la vida con un amague de felicidad, pero vivencias que no desesperan, sino, más bien se las hace suyas y él dibuja el rictus de alegría en el rostro. “Me cura mis aflicciones en silencio, mientras duermo, y al amanecer, cuando despierto, todos mis temores han desparecido…”, son también, los sitios por donde transitó su felicidad, se apropian de los recuerdos y los visibilizamos como si realmente los volviéramos a vivir. “Los escenarios se apropian de las personas, las recrean y las hacen suyas, hasta convertirlas en ánimas o fantasmas, según los humores y amores que recogen en su transitar por cada momento.”

Aquí vive la muerte, otro de los cuentos, donde leemos: “Cómo no recordarlo, digo yo, si aquí vive la muerte. Sí aquí mismito, en la tierra nuestra, de los trajines nuestros de cada día, porque aquí, en la soledad de la montaña, la vida se ha desposado con la muerte.” El recuerdo del ser amado que parecía vivir profundamente consustanciada con la muerte, que marchaba a la par, como un gemelo identificado consigo mismo. “Todo me queda grande, menos la vida”, presentía. Sobre la muerte ha dicho Henry Van Dyke: “El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo para siempre.” Y esa realidad la vive la persona que ha sabido amar y sabe que la muerte no le ha arrebatado todo, que se ha quedado dentro de sí y los recuerdos bullen, le acompañan indefinidamente porque bien dice Rabindranath Tagore: “La muerte no está extinguiendo la luz; solo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer.”

El último de los cuentos titula El espejo y es la rememoración de la figura emblemática del revolucionario Ernesto Che Guevara, por eso expresa: “¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Quiso recordar su partida entre disfraces y precauciones, pero el tiempo se le escapaba como el agua del arroyo inexistente en los días de sol.” Una figura controversial, pero de un valor trascendente por su actitud, sus ideales de un mundo mejor, desde su propia realidad, desde su óptica, sin pensar, quizá, que la humanidad piensa y actúa de muchas maneras, desde su entorno socio cultural. Es la muerte y la forma en que fue ejecutado, sin tomar en cuenta que todo ser humano debe ser sometido a las leyes que rigen, en estos casos sobre los derechos que posee todo serAñade el cuento: “Sintió que miles de agujas de hielo le atravesaban el cuerpo y le estallaban en el corazón. Se escuchó lanzando un aullido, inaudible, y, advirtió que su grito, impotente, quedaba petrificado en una mueca. Se vio suspendido sobre sus despojos, mirándonos desde lo alto, y reconoció su rostro a lo lejos como en un espejo, con la claridad de los amaneceres y la transparencia de lo que hablaría el trovador.

Concluyo con el pensamiento de José Ingenieros, filósofo y escritor argentino, en su ibro El hombre mediocre que dice: “Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud”.

*Escritora.

Inmediaciones – Comunicación y Periodismo