Prólogo a “La novela del dictador”, de Ignacio Vera de Rada

Impresionados por la lectura de “Patriotic Gore”, los retratos de la Guerra Civil estadounidense de Edmund Wilson, el periodista, ensayista y crítico literario que contribuyó al lanzamiento a la fama de Ernest Hemingway, John Dos Pasos, William Faulkner y F, Scott Fitzgerald, dos de los escritores  que marcaban el ritmo y la pauta del “boom literario” latinoamericano de los años 60 y 70, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, reunidos en el otoño de 1967 en un pub de Hampstead,  se propusieron reunir en un libro a varias manos una “galería imaginaria” que retratara a los dictadores latinoamericanos.

Según relató el mexicano en un artículo escrito para The New Yok Times en abril de 1986 a propósito de la publicación de Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, en Estados Unidos, invitaron a sumarse al proyecto al propio  Roa Bastos, al argentino Julio Cortázar, al venezolano Miguel Otero Silva, al cubano Alejo Carpentier, al dominicano Juan Bosch y a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards, entre una docena de escritores que por esa época cabalgaban en la cresta de la misma ola.

Cada uno debía escribir sobre su “tirano nacional favorito”. El volumen colectivo se llamaría “Los Padres de las Patrias”  y sería publicado por el editor francés Claude Gallimard, pero el proyecto fracasó debido a la imposibilidad de cuadrar fechas y tiempos entre los integrantes de tal abanico de escritores. A final, tres de los comprometidos escribieron su propia novela: Carpentier, El recurso del método (1974); Roa Bastos, Yo el supremo (1974), y García Márquez, El otoño del patriarca (1975). Años después, lo harían los demás, como el propio Vargas Llosa, con La fiesta del chivo (2000).

Cuenta Fuentes en el mismo artículo que Donoso o Edwards “prometió enfrentarse a un dictador boliviano”. No dice a quien, pero cita la frase atribuida a la madre de Enrique Peñaranda, quien habría dicho: “Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, le hubiera enseñado a leer y escribir”, que García Márquez puso en boca de la madre de su dictador. Según el mexicano,  el “patriarca” de García Márquez es “una suma de características” del venezolano Juan Vicente Gómez, “el Peñaranda de Bolivia”, el dominicano Rafael Trujillo y de los tiranos iberoamericanos Francisco Franco y Antonio Oliveira Salazar, en tanto que el “déspota ilustrado” de Carpentier es una mezcla del venezolano Antonio Guzmán Blanco y del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

Los escritores latinoamericanos han convertido el tema de los dictadores en todo un “subgénero” de la literatura, el de “la novela del dictador”, como se le ha dado en llamar, al punto de ser catalogado como propio de América Latina, como si otros países de otras regiones del mundo no hubiesen sido víctimas de tiranías similares o peores a las que vivimos en nuestro continente. Tal vez porque la literatura latinoamericana no solo aborda el tema del poder, sino también el del caudillaje mesiánico, con todos sus ingredientes surrealistas y  folklóricos, o porque, como dijo García Márquez, el dictador es “el único ser mitológico que ha producido América Latina”. Basta pensar en el venezolano Gómez, que anunció su propia muerte para castigar a quienes se atrevieran a celebrarla, o en el haitiano Fracois Duvalier, Papa Doc, que mandó ahorcar a todos los perros negros de Puerto Príncipe porque creía que sus enemigos políticos se habían reencarnado en tales animales. ¿Y acaso Trujillo no mandó a empapelar las iglesias con la frase “Dios en el cielo, Trujillo en la tierra”?

Si un tirano es la suma de todos, como el patriarca de García Márquez  o el “déspota ilustrado” de Carpentier, o si uno de ellos resume a todos, como el Trujillo de Vargas Llosa o el José Gaspar Rodríguez de Francia de Roa Bastos, bien podría decirse, como escribió el periodista y escritor boliviano Carlos Decker Molina, que toda dictadura no es otra cosa que el espejo de todas las dictaduras. Y todo dictador, para seguir con el mismo razonamiento, es un retrato del otro y una caricatura de sí mismo.

Como cualquier país bananero, Bolivia generó sus propias satrapías, dignas del realismo mágico inaugurado por Carpentier en El recurso del método y magistralmente desplegado por García Márquez en El otoño del patriarca, para citar dos novelas emblemáticas del “subgénero”. Ha conocido, a lo largo de su historia, dictaduras y “dictablandas” de todo tipo y color. No hay que remontarse a los tiempos de Isidoro Belzu y Mariano Melgarejo para comprobarlo. Basta recordar el triple sexenio militar (1964-1982), que siguió al doble sexenio de la Revolución Nacional (1952-1964), que puso en escena a una galería de dictadores fascistas, líderes “socialistas” y caudillos de opereta, incluidos seis generales que se disputaron el poder y se autoproclamaron presidentes en el lapso de 24 horas, pero que no alcanzaron a colgarse la banda presidencial ni a entrar al Palacio de Gobierno.

Era la Bolivia del tópico, el “país long play”, la Bolivia de las “33 revoluciones por minuto”, como escribió algún diario extranjero en alusión a los discos de vinilo que giraban precisamente a esa velocidad, a 33 revoluciones por minutos; el país de las asonadas, los motines cuarteleros y las revuelta callejeras; la Bolivia de los caudillos y caciques, como la provincia que describe  Armando Chirveches –microcosmos nacional– en su novela La candidatura de Rojas (1909), un país donde “la mayoría es una invención como la del derecho divino de los reyes” y donde los gobernantes “son impuestos por las clases directoras, por la aristocracia del dinero y por la aristocracia del poder”.

Con semejante galería de personajes, llama la atención que la literatura boliviana no haya incursionado en el “subgénero” de los dictadores. Es más, volviendo a la anécdota de Fuentes, sorprende que el escritor mexicano y su colega peruano hayan pensado en Peñaranda como el arquetipo del tirano boliviano y también que hayan encomendado su semblanza a los chilenos Donoso y Edwards. ¿Por qué no a un boliviano? No por falta de novelistas bolivianos conocidos, por cierto. Cinco años antes de la cita evocada por Fuentes, Marcelo Quiroga Santa Cruz había recibido el premio Faulkner por Los deshabitados y antes había hecho amistad con varios de los futuros protagonistas del “boom” en el Congreso Continental de la Cultura de Santiago de Chile (1953).

La historia se ha ocupado de nuestros dictadores y ofrece abundante materia prima para quien quiera incursionar con este tema en la literatura. Bastaría citar, a manera de ejemplo,  la conocida obra de Thomas O’Connor D’Arlach, Dichos y hechos del general  Melgarejo, o Páginas de sangre, de Moisés Alcázar, quien decía que “la historia no ama mucho a los hombres mesurados, tocados por la mansedumbre y la benevolencia”, sino a “los apasionados, los aventureros del espíritu y de la acción”, todos dignos de la mejor novela. Pero no ha sido así. Tampoco abunda la novela histórica.

Ignacio Vera de Rada asume el reto al novelar la historia de uno de los “padres” de las muchas “patrias” imaginadas por los dictadores bolivianos, en coincidencia con el cincuenta aniversario del golpe militar que encumbró al entonces coronel Hugo Banzer Suárez. Autor de una novela (Valentina y Natalia) y un poemario (Mocedades), es la primera vez que aborda el tema político desde la ficción. Y lo hace con una obra que desvela su contenido desde el título, La novela del dictador, que alude, precisamente, al  nombre con el que se conoce a este “subgénero” literario.

Si bien alcanzó su apogeo con el “boom” de los años 60 y 70, al punto de ser considerada como una característica de ese movimiento, la literatura sobre el tema tiene una larga tradición, cuyo origen se remonta, según algunos críticos, a 1851, con la publicación de Amalia, del periodista argentino José Marmol sobre la dictadura de Juan Manuel de Rosas.  Ya en el siglo XX, el español Ramón del Valle Inclán publicó Tirano Banderas (1926), una “novela de tierra caliente” inspirada en la larga dictadura de Porfirio Díaz en México (1876-1911).

Muchos ven, sin embargo, en El señor Presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1946), la primera y auténtica novela del dictador.  A partir de entonces, los autores del “boom”, sobre todo, abordaron la desmesura de las luchas por el poder y retrataron las figuras esperpénticas que lo ejercieron de manera despótica, en narraciones que conjugan la realidad con la fantasía. No hay que olvidar que América Latina había vivido las satrapías de los Duvalier y los Somoza, del guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, Rafael Leónidas Trujillo, el paraguayo Alfredo Stroessner y un largo etcétera.

Algunos como Asturias, Carpentier y García Márquez, crearon dictadores ficticios, mezcla de diferentes personajes históricos, y otros escribieron sobre tiranos concretos, como Roa Bastos, sobre Rodríguez de Francia (1816-1840), y Vargas Llosa, sobre Rafael Trujillo. Todos ellos, sin variar, mostraron, a decir de García Márquez,  a “seres endémicos del continente”, representativos del  “gran animal mitológico de América Latina”, con el “nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso” como única ley de gobierno.

Como Vargas Llosa en La fiesta del chivo, una de las más emblemáticas de su tipo, Vera de Rada pone nombre y apellido a su dictador y lo ubica en el contexto histórico, político y social real, pero sus personajes, los “héroes” que le permiten dar vida a su historia, pertenecen a la ficción.

La dictadura, para Vera de Rada, es un pretexto para analizar el tema del poder, la lucha por conquistarlo y el afán por retenerlo, tan presente en la historia universal, pero también para abordar cuestiones más trascendentes vinculadas con la ética y la filosofía, así como con otras preocupaciones presentes en sus obras anteriores, como la teología y la religión. “¿No habrá en un ateo materialista un apetito voraz de sentir a Dios en su corazón, de dialogar con él, de  reconocerlo?”, se pregunta uno de los protagonistas.

No voy a privar al lector de la tarea de desentrañar la trama de la novela, pero sí señalar que el autor construye la historia de un periodista boliviano exiliado en Londres, que sale de Bolivia en los años 80, “sin el menor presentimiento de que no la vería más en mucho tiempo”, pero que retorna al país 35 años después para escribir un reportaje para un importante medio europeo sobre la dictadura más larga que sufrió Bolivia en el siglo XX. Es el periodismo,  el “oficio que lo había llevado a salir de los Andes hacía tanto tiempo y de forma inesperada, el que lo lleva nuevamente hasta su tierra”, y le permite reconstruir su historia personal y la del país de esos años de fuego.

El protagonista repasa “la historia real de aquellos años”, cuando “el tiempo, que macera toda circunstancia feliz o dolorosa, ya hizo su trabajo”, para retratar no solo al objeto de su trabajo periodístico, sino a la época que le tocó vivir: Los agitados tiempos del idealismo revolucionario, de los estudiantes y obreros que pretendían tomar el cielo socialista por el asalto y del periodismo comprometido, frente a la sañuda represión del régimen que pregonaba “orden paz y trabajo”, cuando los disidentes salían en la mañana de sus casas y no regresan en la noche.

Es pues el retrato del dictador y su época. Y lo hace con la maestría desplegada en sus obras anteriores, con “el tratamiento del lenguaje, el estilo y la personalidad” de cada uno de sus personajes, como escribió Carlos Mesa en el prólogo de la novela Valentina y Natalia.

Como todos los escritores del “subgénero”, obsesionados con la soledad del poder, más que la del dictador, Vera de Rada nos muestra al general Banzer, a sus 52 años, bajo “el peso abrumador del tiempo como un yunque en las espaldas”, que “se siente más triste y más solo que nunca en la soledad eterna que este mundo tiene reservada para los enanos de corazón”; “minúsculo, porque se da cuenta de que el estruendo sísmico de los aplausos escuchados durante siete años consecutivos fue solamente resultado de una imaginación fatua”, pues “cuando se alcanza el poder absoluto, ya no se tiene contacto con la realidad, y ésta es la peor soledad”.

Muestra “el infortunio de ser mortal”, porque no solo conoce “las amarguras del mando supremo”, sino “los sufrimientos de un corazón que se cree amado pero que en realidad está más solo que nada en el mundo”, que tiene “la amistad pura de un amigo frente a la perfidia de mil lacayos”, “las intenciones reprimidas de quienes medran a su sombra y lo repudian a sus espaldas”. Y por añadidura, conoce el amor, “no de quien fue artífice del golpe y duerme todas las noches a su lado, sino de Ella”, la amante clandestina.

Como el “Chivo” de Vargas Llosa, el boliviano sabía que la política es abrirse paso entre cadáveres, y como el ”Supremo” de Roa Bastos, que poder hacer es hacer poder, pero a medida que transcurre el tiempo ve que “la perfidia se agranda en la casa presidencial”, que las  murmuraciones crecen en el palacio!”, y que también “se agrandan la codicia vestida de adulación y el servilismo matrero que tiene tiene deudas con las justicia y busca el amparo de la poder y la impunidad”. Es el declive del patriarca, tanto o más desolador que el otoño paceño,

Estudiante de Derecho, periodista, reportero del diario Presencia, promotor de un periódico clandestino para enfrentar a la dictadura y redactor de una radio minera, el protagonista, Emilio Saavedra del Villar, que en el exilio europeo escribiría para El País de Madrid y The Sun de Londres, refleja muy bien al periodismo comprometido y combativo de la época. “El periodismo, el verdadero y buen periodismo, no debe ser imparcial pero sí independiente, libre y autónomo”, reflexiona. Desde la radio minera, busca realizar una “comunicación horizontal”, sin superiores ni inferiores, para “democratizar la comunicación”, una “forma contestaría” para hacer frente a los “flujos de información unidireccional” de los medios convencionales.

Vera de Rada conjuga la crónica con la narración literaria, pero también con la reflexión, algo poco común en este tipo de literatura, a través de fragmentos del  diario personal del protagonista, a manera de viñetas intercaladas en el texto, que denomina “Illimánicas”, en las que el autor despliega su pensamiento, pero también rinde homenaje a esa una mole icónica que “ha visto todo” de La Paz, unas ciudad que “no se la entiende, sino se la siente”.

La novela refleja también la frustración y desilusión de una juventud que creyó en la revolución.  “Soy de izquierda y creo que moriré siéndolo, porque creo que aunque el comunismo sea una utopía, las utopías son necesarias porque impelen al ser humano hacia un ideal”, dice el protagonista al inicio de la lucha antidictatorial, para terminar preguntándose, antes de salir rumbo al exilio: “¿Nuestro fin es el socialismo o la democracia?”, porque “había algo más que todas esas mentiras y falacias que nos tragábamos candorosamente de jóvenes: la dictadura, una dictadura despiadada y corrupta”.

El dictador de Verada de Rada no es el collage que retrata al “único personaje nuevo que hemos inventado en Latinoamérica”, en el que confluyen las locuras, obsesiones y satrapías de sus congéneres latinoamericanos, el anciano que muere en su cama o a manos de sus enemigos políticos, sino el que cae derribado por la resistencia popular.

Si bien el ciclo del “único ser mitológico que ha producido América Latina” aún no ha concluido y  “la literatura no ha conseguido todavía hacerlo más humano que la realidad”, como dice García Márquez, también es cierto la democracia está logrando erradicarlo. Y qué bueno que la literatura no haya conseguido “humanizarlo”. Novelas como la de Ignacio Vera de Rada lo ponen en su lugar: en el museo histórico de la infamia.

La Paz, febrero de 2022.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *