Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, erudito, escritor, filósofo, científico, impresor, activista cívico, político y diplomático, dijo alguna vez: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.
Recordé la frase y al personaje al rememorar a Huáscar Cajías Kauffmann. El “Doctor Cajías” a secas, como era conocido entre los periodistas de mi generación, era también un hombre polifacético, una persona con múltiples aptitudes y capacidades: Periodista, editor, abogado, criminólogo, filósofo, docente, político, diplomático, católico militante y, sobre todo, humanista.
La historia recuerda a Benjamín Franklin por su sabiduría, por la elegancia de su escritura, su ingenio y su gran sentido del humor, características que también podríamos encontrar en la personalidad de Don Huáscar, un hombre de cultura enciclopédica, dueño de una gran prosa, observador agudo y perspicaz de la condición humana y, tal vez por eso mismo, con un gran sentido del humor. Lo sabían los políticos de su época, víctimas de su sarcasmo y humor mordaz, y por qué no, también nosotros, sus colegas, objetos de su fina ironía.
Pero la frase del Padre de la Patria de Estados Unidos no solo me llevó a repasar las múltiples facetas de la personalidad del Doctor Cajías, sino a reflexionar sobre el perfil ético y humano de la trayectoria del hombre, un hombre brillante, producto de la armonía y el equilibro entre la inteligencia y el trabajo.
“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo… Es lo que hizo y enseñó el Doctor Cajías a lo largo de su vida como periodista y maestro: escuchar, aprender, enseñar e involucrarse en las causas más justas de su tiempo. Hizo de su vida un ejemplo, y de su trayectoria, toda una docencia.
Lo conocí en septiembre de 1964, en las postrimerías del gobierno de Víctor Paz Estenssoro y en vísperas del golpe del general René Barrientos Ortuño, un golpe que inauguró el triple sexenio militar, con su seguidilla de dictadores fascistas, generales revolucionarios y caudillos de opereta.
Paz Estenssoro había decretado el estado de sitio y la censura de prensa para contener la ola de protestas populares que había estallado a lo largo y ancho del país como respuesta a su intento reeleccionista.
La censura de prensa de esas épocas no era tan sutil como la de ahora. El ministro de Gobierno de turno enviaba censores de carne y hueso a las redacciones de los periódicos, lápiz rojo en mano, para tachar frases, párrafos e incluso notas integras que a su juicio eran contrarias al interés político del régimen.
Cajías había convocado a una reunión de directores de medios en la redacción de su periódico, el diario católico Presencia, el más influyente de su tiempo, para coordinar acciones contra la censura. El padre José Gramunt, director de radio Fides y de la naciente Agencia de Noticias Fides (ANF), me pidió que lo acompañara.
Yo tenía 19 años. Estaba empezando en el periodismo, con apenas cuatro meses en el oficio. Cajías llevaba doce años al frente de Presencia, tiempo en el cual no solo había convertido al diario en una gran escuela, sino en el baluarte de la defensa de la libertad de expresión y de los derechos civiles y políticos de los bolivianos ante los atropellos del gobierno movimientista.
En abierto desafío a los nueve censores enviados a su periódico, en presencia de ellos, Cajías hizo un vehemente llamado a la defensa de la libertad de prensa. “No nos queda otra cosa -dijo- que acatar la disposición, pero, mientras podamos, tenemos que poner en evidencia la arbitrariedad de la medida y dejar ver a nuestros lectores y oyentes que las noticias que estamos publicando han sido censuradas”.
Y así fue. Durante los 32 días de censura, Presencia y los demás diarios dejaron en blanco los espacios correspondientes a los textos censurados. Los periodistas se negaron a sustituir las notas eliminadas por otras, con el objetivo de poner en evidencia a los censores y así expresar su protesta contra la medida. Las radios, por su parte, empezaban la lectura de las noticias censuradas con un aviso: “La noticia que vamos a leer a continuación ha sido censurada”.
Presencia fue uno de los periódicos más activos en la resistencia. No se limitó a dejar en blanco las frases, párrafos y notas censuradas. Sus redactores llenaron las paredes de la redacción con letreros contrarios a la censura y frases alusivas a la libertad de expresión. Recuerdo que, al contestar cada llamada, la telefonista del diario repetía: “¿Aló? Aquí Presencia censurada, buenos días”.
Todo con la aquiescencia y aliento de su director.
Así conocí al Cajías defensor de la libertad de prensa, al activista de los derechos civiles y políticos de los bolivianos.
Un año después, al ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, lo conocí como docente, como profesor de Criminología. Lo primero que me dijo al empezar el curso fue que no me confiara, que no porque fuera colega suyo, yo gozaría de algún privilegio, que nadie dijera que él tenía un trato de favor con otro periodista.
Sus clases eran magistrales y amenas, gracias, precisamente, a su conocimiento de la temática y también a su gran sentido del humor. Era exigente y severo en extremo. Probablemente no tomé en serio su advertencia y, claro, reprobé ese primer año. Al año siguiente tuve que aplicarme a fondo para aprobar la materia. Y no fui el único. A otros colegas les pasó exactamente lo mismo. El poeta y periodista Pedro Shimose, quien también fue su alumno, recordó en alguna ocasión que sus “exámenes eran temibles” y que “constituían una sesión de tortura inquisitorial”.
Recuerdo sus clases sobre el criminólogo italiano Cesare Lombroso y su teoría sobre el “criminal nato”. Gracias a Cajías me enamoré de la criminología y años después descubrí y me enamoré de la novela negra.
Así conocí al Cajías docente.
Tiempo después, en mayo de 1970, me invitó a realizar una suplencia en Presencia. Todavía guardo el contrato firmado por el gerente de entonces, Armando Mariaca, que fijaba mi salario en 533 bolivianos con 20 centavos por mes. Hoy parecerá poco, pero no lo era, teniendo en cuenta que el director ganaba 400 dólares.
En mis más de 50 años de ejercicio profesional no conocí a ningún director que corrigiera personalmente los originales de sus redactores. Para ser sincero, yo tampoco lo hice cuando dirigí, por más de tres años, el diario Página Siete. Pero el Doctor Cajías sí lo hacía.
Cada reporte, nota o crónica pasaba por su rigurosa revisión. No solo observaba la ortografía, la sintaxis y el estilo de los escritos, es decir la forma y técnica de la narración, sino también el fondo conceptual y ético de cada texto. Cuando se presentaba alguna discrepancia entre el redactor y el director, algo que ocurría con frecuencia, Cajías escuchaba pacientemente las razones de su periodista y él exponía las suyas. Por lo general, por no decir siempre, él tenía la razón y el redactor quedaba satisfecho con la explicación, que no dejaba de ser una clase exprés de buen periodismo.
Escrupuloso en el lenguaje, decía que no hay razón para hablar ni escribir mal. Gracias a ese afán, Presencia fue uno de los pocos periódicos bolivianos, si no el único, que tuvo un corrector de estilo, cargo que desempeñó el periodista y poeta Óscar Rivera-Rodas. Y el propio Cajías.
Al término de mi fugaz paso por el diario, me invitó a quedarme como reportero y redactor permanente, invitación que decliné debido al trabajo que desempeñaba como corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) en La Paz.
Así construyó Presencia, esa gran escuela de ética y buen periodismo, cuando Bolivia no contaba con escuelas para la formación académica de los periodistas. Era la época en que los periodistas aprendían el oficio en la práctica diaria y se nutrían de la experiencia y sapiencia de maestros como Cajías, a quien su colega y discípulo Harold Olmos describió alguna vez como “el roble de toda la arquitectura del periódico”.
Sin el doctor Cajías, Presencia no hubiese existido. Como dijo Pedro Shimose, “él era consciente de su proeza y, quizás por eso, era un padre celoso de su criatura”.
En Presencia conocí al Cajías periodista.
En 1979 coincidí con él en México para cubrir el primer viaje pastoral del recién elegido papa Juan Pablo II y la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), celebrada en Puebla, él como director de Presencia, yo como corresponsal de DPA. Durante dos semanas seguimos de cerca las deliberaciones de los obispos del continente.
Eran los tiempos del cristianismo radicalizado, surgido de la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1968, alimentado por la naciente Teología de la Liberación, una corriente eminentemente latinoamericana que postulaba la “opción preferencial por los pobres” y que tenía como principales exponentes a varios teólogos de peso, como el peruano Gustavo Gutiérrez y el brasileño Leonardo Boff; obispos como los brasileños Hélder Cámara y Pedro Casaldáliga, y sacerdotes que pasaron de la teoría a la práctica, como el cura guerrillero colombiano Camilo Torres, muerto en combate con el Ejército, en 1966.
Era una época de polarización política e ideológica, tiempos en que muchos creían ver un guerrillero debajo de cada sotana.
Recuerdo con cariño y nostalgia esa cobertura periodística. Con Cajías y otro periodista boliviano, Hernán Maldonado, enviado de la agencia estadounidense UPI, asistíamos a las conferencias de prensa matutinas, durante las cuales un grupo de obispos informaba sobre el curso de la conferencia, y después almorzábamos en un restaurante local para recapitular y comentar el apasionado debate de los pastores de la Iglesia continental.
Católico militante, orgulloso hombre de la Iglesia, Cajías nos alertaba sobre el verdadero significado del mensaje evangélico y no dudaba en apelar a los propios teólogos de la liberación para señalar que el hombre debía ser visto en sus coordenadas económicas, sociales, culturales y raciales, en el marco de su realidad, como el sujeto muchas veces de una clase social explotada, de un pueblo dominado y de una raza marginada, pero esto, nos decía, ya lo había visto y dicho Cristo, que había optado por los pobres y había denunciado la miseria escandalizadora y envilecedora que prevalecía en el mundo, pero una opción, decía, que no podía ni debía empujar a la militancia partidaria ni a promover el cambio por la vía de la violencia.
Cada charla era, nuevamente, una clase magistral, esta vez de teología, que nos permitía, como periodistas, dotar a nuestras crónicas y reportajes del contexto imprescindible.
Así conocí al Cajías católico y teólogo.
Años más tarde, estando en el aeropuerto de México, a punto de embarcar para La Paz en una de mis vacaciones anuales, se me acercó uno de sus yernos, feliz y aliviado de encontrarme, pues estaba a punto de embarcar a su hija y nieta de Don Huáscar, de cuatro o cinco años edad, rumbo a Bolivia, bajo la custodia de la azafata del Lloyd Aéreo Boliviano.
“Mi suegro la estará esperando en Santa Cruz”, me dijo. Yo acepté gustoso la responsabilidad del encargo. Al llegar a Santa Cruz, divisé a Don Huáscar, inquieto, que estiraba el cuello y levantaba la cabeza hasta donde podía, para tratar de ubicarnos entre los pasajeros que esperábamos recoger nuestro equipaje.
El encuentro con su nieta fue francamente conmovedor, unidos en un tierno abrazo, él al borde del llanto.
Ese día conocí al ser humano, al hombre querendón de la familia.
Quise recordar al hombre que conocí en el día a día, al periodista, al docente, al católico militante, en fin, al hombre multifacético, pero también al ser humano, al maestro que escuchaba, enseñaba y se involucraba en las causas más justas de su tiempo.
Yo siento un gran orgullo de haberme formado en la Universidad Católica, de haber egresado en su primera promoción de periodistas, hace 50 años, y de ocupar actualmente la dirección de esta querida Carrera, pero nunca he olvidado ni olvidaré a los maestros que guiaron mis primeros pasos en el oficio. Me refiero al padre José Gramunt, a Alberto Kit Bailey Gutiérrez y, por supuesto, al Doctor Cajías.
Huáscar Cajías Kauffmann fue un hombre de muchos méritos. Uno de ellos es, precisamente, haber convertido la modesta redacción de lo que empezó como un periódico de pueblo, Presencia, en la escuela de la que carecía Bolivia, donde sus alumnos aprendieron a rendir culto a la verdad, a la justicia y la solidaridad, los grandes principios de la ética periodística.
Cajías formó a los mejores periodistas de mi generación, colegas que destacaron en Bolivia y fuera de Bolivia, con trayectorias que hablan por sí solas de la escuela que fue Presencia. Al repasar sus nombres, no puedo menos que dar la razón a Domingo Faustino Sarmiento cuando dijo que “los discípulos son la biografía del maestro”.
*Texto publicado en el libro Huáscar Cajías Kaiffmann, un hombre multifacético. La Paz, noviembre de 2021.