Gastón Suárez, escrutador de almas*

Víctor Hugo dijo alguna vez que el cuerpo humano no es más que apariencia, una apariencia que esconde nuestra realidad, y que la realidad no es otra cosa que el alma. Como uno de los protagonistas de sus cuentos, el actor que descubrió la complejidad humana en los múltiples y diversos personajes que le tocó interpretar en su larga carrera, Gastón Suárez se sumerge en el comportamiento de los hombres para dar razón al autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, cuando dijo que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Si En vigilia para el último viaje, su primer libro de cuentos (1963), reflejó con hondo realismo la geografía humana  del ambiente minero y rural, con sus personajes de carne y hueso de las minas del sur y la campiña chicheña, en su segundo libro, El gesto (1969), el escritor tupiceño se sumerge en la vida interior de sus protagonistas en la búsqueda de la esencia que no alcanzamos a percibir con nuestros ojos para rescatar sus temores, sus miedos, sus resentimientos y sus frustraciones. Como diría el filósofo Guillermo Francovich, antes que la realidad exterior, Suárez “capta las almas”.

A Gastón Suárez, como recordé en algún escrito, le gustaba vagar entre los maizales, los sembradíos de habas y los durazneros de la campiña tupiceña, trepar los cerros colorados y zambullirse en las aguas amarillas del río Tupiza, sumergido en ensoñaciones fantásticas, figuraciones que se plasmaron años después en narraciones en “realidades tangibles”, en palabras de Francovich, relatos que expresan “el prodigio de vivir”.

Quiso ser un escritor a la altura de los novelistas que alimentaban las lecturas de su madre, María Paredes, una maestra rural aficionada a los autores románticos franceses, quien se hizo cargo de su educación y lo guió en el aprendizaje y sus primeras lecturas cuando abandonó la escuela antes de terminar el ciclo primario. Años después, desertó de todos los trabajos que le permitían ganarse el día a día, sabedor de que el oficio de escritor requería de tiempo completo. Compró un camión a plazos y empezó a recorrer el país como transportista.

Esa experiencia no solo le permitió conocer Bolivia de punta a punta, sino a su gente, y describir el mundo que conoció y vivió con “el realismo más inmediato”, con personajes de carne y hueso, tomados de la vida misma, porque como el actor de uno de sus cuentos que interpretó al cura, al peluquero, al aparapita, al boxeador, al diputadillo, al tendero, al carnicero, al capataz y al mariquita, Gastón Suárez fue ferroviario, empleado bancario, minero, camionero, taxista, periodista, corrector de pruebas, en fin, un mil oficios, vivencias que recogió en Vigilia para el último viaje, unos relatos que Julio de la Vega enmarcó en el “boom” literario latinoamericano de la época.

Si los escenarios y los protagonistas del primer libro de cuentos son reconocibles, debido precisamente a su realismo, el enfoque del segundo, El gesto, es absolutamente diferente, más psicológico y, por tanto, más universal. Si en Vigilia para el último viaje el autor ve a los protagonistas desde fuera, en El gesto lo hace desde dentro, situándose, como diría Francovich, como uno de sus personajes, como “un observador de las contradicciones y de las miserias de los hombres”. Es pues, en palabras del crítico Óscar Rivera-Rosas, un escrutador de la “introversión psicológica”.

Apela para ello, preferentemente, al monólogo, al soliloquio, lo que le permite desarrollar “conversaciones en solitario” con él mismo, para reflexionar en profundidad sobre la vida misma de los personajes, con sus éxitos y fracasos, sus penas y alegrías, que no es otra que la vida misma de cualquiera de nosotros. Sus personas hablan “en voz alta”, escuchándose a sí mismos, con expresiones y reflexiones íntimas que no solo ponen de manifiesto sus pensamientos y sentimientos, sino que dan forma al argumento y al ritmo en el tejido del relato.

“¿Comprendes o no, Julia? Polvo, fin absoluto, nada. ¿Y si realmente fuera así? No, algo nos dice, en lo más hondo de nuestro ser, que los muertos, al menos en los primeros días, y desde otras dimensiones, nos oyen y nos ven y nos comprenden”, reflexiona Mauricio ante el cuerpo yacente de su esposa, Julia, en Noche de duelo, en un dramático soliloquio que va de la nostalgia del amor conyugal perdido a la confesión de la pasión por Lorena, la muchacha de “muslos, blancos, firmes, vibrantes”, cuñada y hermana de la difunta.

“Ay, Julia, cómo me duele el haberte perdido. Me gustaba desnudarte, tocarte por partes, recorrer mis manos por tus… Tu bondad, tu sabiduría, tu juventud “, le dice mientras le pide perdón. “Perdón, perdónanos, Julia ¿No es mejor que haya sucedido así? (…) Yo y Lorena… ¡Lorena, tu boca, tus ojos, tu cuerpo me enloquecen! ¡Amada, vida, sol, amor!”.

El soliloquio de Noche de duelo, tal vez el mejor logrado de la colección de cuentos, recuerda a Cinco horas con Mario, una de las grandes novelas del español Miguel Delibes (1920-2010), igualmente apasionado por la complejidad del ser humano, que relata las confesiones de la viuda, Menchu,ante el cadáver de su esposo, abrumada por el sentimiento de culpa. “Mario, anda, te lo pido de rodillas, no hubo más, te doy mi palabra, yo solo he sido para ti, te lo juro, te lo juro y te lo juro, por lo más sagrado”.

El soliloquio y el monólogo no son recursos habituales en la literatura boliviana. Gastón Suárez los emplea con maestría para desnudar el alma de sus personajes, para develar las cosas “graves, oscuras, misteriosas”, las cosas “turbadoras, turbantes, túrbidas” de la vida, y para mostrarnos cómo, en palabras de San Agustín, “el alma desordenada lleva en su culpa la pena”. Y también, claro está, cómo no hay absolución sin confesión.

Hombre de teatro al fin, además de cuentista, Suárez maneja el diálogo con maestría, como en La ronda y Dos hermanos, con parlamentos de gran intensidad, frases cortas y directas, sobre todo en La Ronda, que dan forma y fondo a la estructura, y sobre todo vivacidad y dinamismo al relato.

No son sus únicas características. El escritor tupiceño experimenta con la estructura de sus relatos como el orfebre con los metales preciosos, sabedor de que en la literatura importa tanto el qué como el cómo, el fondo como la forma, como, por ejemplo, en El diario de Mafalda, estructurado, efectivamente, como el recuento de los últimos días de una pavita, llamada Mafalda, en vísperas de su sacrificio en la Navidad, toda una metáfora de la vida, con su “trayectoria llena de dolor y  muerte”.

Resultan llamativos los relatos desarrollados en un solo párrafo, como en Hoja al viento y Mendigo en Snack Bar. Suárez ya había experimentado con esa estructura en El iluminado, una narración breve muy exitosa incluida en Vigilia para el último viaje.

Los párrafos cortos oxigenan un texto, pero Suárez aprovecha la ausencia de ese “aire” para dotar a su narración de dramatismo y tensión. Para ello apela a las frases breves, cortantes, casi telegráficas, y a la economía de palabras, que marcan el relato con una prosa densa y a la vez urgente y trepidante, como en Mendigo en Snack Bar: “Hora tras hora parado, mirando comer, echando babas. Hambre filuda punzando mi barriga. Hambre… dormir… comer. Qué rico olor…  ¡Una caridad! ¡Una limosna por amor de Dios! (…) Una caridad… una caridad. Un pesito más… listo… contento… ¿Qué tendrán? Comen y pasan, comen y pasan. No me miran. Malos están ahora”.

Como escrutador del alma, Suárez saca a flote el resentimiento, el rencor, la avaricia y el dolor de sus personajes, pero también el amor que suele estar en la otra cara de todo comportamiento humano. Lo hace con un estilo sobrio, plástico y elegante, a veces perturbador como perturbadora es toda contradicción humana.

“Ser o no ser, he aquí el problema”, declama Filiberto Monzante, el actor del cuento homónimo, al repetir la primera frase del soliloquio de Hamlet, la obra de William Shakespeare. Y en esa reflexión que “da existencia tan larga al infortunio” radica en definitiva el gran dilema de los personajes de Suárez, los que sufren y aguantan “los ultrajes y desmanes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejación que el paciente mérito recibe del hombre indigno”.

El logro de Gastón Suárez es precisamente ese. Ir más allá del simple hecho, más allá de la anécdota, como apuntó Óscar Rivera-Rodas, para descubrir sutilmente las situaciones trascedentes que la realidad oculta.

La Paz, Mayo de 2021.

*Prólogo al libro El Gesto.-

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