La “republiqueta ” del Chapare

La palabra “republiqueta” no figura en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero la historiografía reconoce con ese nombre a los territorios independientes organizados por grupos guerrilleros durante la Guerra de la Independencia del Alto Perú (1811-1825). Su característica era la precariedad institucional y el dominio militar que ejercían los rebeldes sobre los mismos. Probablemente debemos el término al político e historiador argentino Bartolomé Mitre, quien en su Historia de Belgrano y de la guerra de la independencia argentina (1859) designa así a las zonas controladas por los rebeldes en lo que hoy es Bolivia.

Eran famosas las “republiquetas” de Ayopaya, La Laguna, Larecaja, Tarija y Cinti. La de Ayopaya, encabezada por José Miguel Lanza, dominaba 1.400 kilómetros cuadrados entre Cochabamba y Oruro con más de 600 hombres en armas, y la de La Laguna, liderada por Miguel Ascencio Padilla y Juana Azurduy, contaba con un “ejército” de 200 fusileros y 4.000 indígenas en el norte de Chuquisaca. 

Las de Larecaja, con el cura Idelfonso Escolástico de las Muñecas; Tarija, con el Moto Méndez, y Cinti, con José Vicente Camargo, también eran “territorios libres”, gobernados y administrados mediante el cobro de impuestos  por sus caudillos, quienes disponían de sus propias “montoneras” para enfrentar a las tropas realistas.

La “tradición” altoperuana de las “republiquetas” parece haberse extendido a los tiempos de la Bolivia republicana, a juzgar por las evidencias que van surgiendo en torno a las actividades del narcotráfico en la zona cocalera del Chapare. El ministro de Defensa, Luis Fernando López, dijo recientemente que “el Chapare es un micro-Estado narcoterrorista independiente”, en lo que podría ser una nueva definición de las “republiquetas” del siglo XXI. 

En una entrevista con el diario El Deber, López confirmó la presencia de extranjeros armados en la región, aunque admitió que no sabe si en número suficiente “como para montar una milicia”, pero que son parte de ese “micro-Estado narcoterrorista”,  donde impera la ley de los narcotraficantes y donde los “policías no entran”. 

La propia presidenta Jeanine Añez aseveró que en la zona están operando al menos nueve organizaciones criminales extranjeras, cuyos miembros –según López– “vienen con armamento a conquistar un territorio que no les pertenece”. Es la primera vez que las advertencias sobre el peligro de las actividades ilegales que han sentado raíz en el trópico vienen de las dos más altas autoridades del Estado. 

Jean-Francois Barbieri, agregado policial de la Embajada de Francia en La Paz, entre 2009 y 2012, confirmó en declaraciones a Página Siete que en Bolivia están presentes los cárteles mexicanos y colombianos, no como simples “emisarios” compradores de droga, sino como operadores de los megalaboratorios que fabrican el clorhidrato de cocaína en la selva. 

Agregó que “la Ley 906 -que autorizó el incremento de la producción de hoja de coca hasta 22.000 hectáreas- encubre al narcotráfico”, y que, “en este tema”,  el gobierno de Evo Morales operó como “casi un narco-Estado, cubriendo la producción de coca ilegal”.

En una conversación con analistas políticos, un alto funcionario gubernamental admitió que el Chapare se encuentra dominado por una “estructura delincuencial” que involucra no sólo a elementos políticos y sindicales, sino a los miembros de los organismos de seguridad que se desplazaron a la zona durante la pasada gestión, una estructura que –según dijo– será “muy difícil de erradicar” sin el concurso de la fuerza pública, con todos los riesgos que supone un enfrentamiento armado, sobre todo en un momento de transición política como el actual.

Según un documento del Consejo Nacional de Lucha contra el Tráfico Ilícito de Drogas (Conaltid), revelado por Página Siete, el Gobierno se plantea definir “las zonas y extensión de cultivos dentro de los límites legales” y reformular la Ley General de la Coca en el marco de una nueva estrategia para evitar el desvío de la coca excedentaria al  narcotráfico.

No será fácil. Barbiere advirtió que, si se cambia la ley, “seguramente los cocaleros del Chapare van a ir a una guerra civil”. No necesitaba decirlo. El dirigente cocalero Leonardo Loza anticipó que ningún productor de coca permitirá cambio alguno. “Primero muertos a perder nuestros campos de coca en la zona del Chapare”, señaló.

Uno de los protagonistas de la guerra de la independencia definió  a las “republiquetas” de antaño como  “pequeñas repúblicas huerfanitas buscando una república madre que las cobijara y la sabían muy lejos”. Dependerá de éste y del futuro gobierno que la transnacional de la droga no se convierta en la “república madre” del Chapare. Menudo desafío.

Página Siete – 12 de marzo de 2020

La desesperación del abstemio

Jacqueline Carey, una escritora estadounidense de literatura fantástica, dijo alguna vez que “es cómico ver cómo la desesperación puede pronto convertirse en un viejo amigo”. Es lo que parece estar ocurriendo con Evo Morales, a juzgar por sus frecuentes y desafortunadas declaraciones en su desesperación por reconquistar el poder a cualquier precio. Pero, claro, sería cómico si no fuera por el riesgo que entrañan para la reconciliación y la democratización del país.

Evo Morales ha pasado de proponer el cerco a las ciudades para rendir por hambre a la población urbana a postular la conformación de milicias armadas y amenazar veladamente con un golpe militar. Y lo hace desde el cinismo que le caracteriza, a nombre de una supuesta restauración de la democracia y el Estado de  Derecho, que él fue el primero en violar al desconocer la voluntad popular expresada en el referéndum del 21 de febrero y las elecciones del 20 de octubre. 

En su más reciente declaración, dijo que mantiene contacto con “algunos miembros” de las Fuerzas Armadas, a los que describió como “militares patrióticos”, que “protestan contra el excomandante y el actual comandante” y que “se comunican preocupados por lo que está pasando y empiezan a cuestionar a sus comandantes”. Y lanzó la amenaza: “este contacto va a continuar, que sepa la derecha”.

No hay que esperar una autocrítica del masismo ni de su líder. Evo Morales nunca reconocerá el daño que hizo a la democracia y a la institucionalidad de Bolivia. “Pueden hacer lo que quieran conmigo, pero que no destrocen la democracia”, declaró al comentar su inhabilitación como candidato, como si el desconocimiento del referéndum y el posterior fraude electoral no hubiesen “destrozado la democracia” y provocado la crisis de octubre y noviembre pasados. 

¿Acaso no fue él quien dijo que desconocer el resultado del referéndum equivalía a dar un golpe de Estado? ¿No reconoció el fraude al ofrecer nuevas elecciones con un nuevo Tribunal  Electoral antes de renunciar y buscar asilo en México?

Evo Morales nunca creyó en la democracia como forma de gobierno, sino, únicamente, como un medio para la conquista del poder y para retenerlo, no para ponerlo en juego ante el surgimiento y  conformación de nuevas mayorías. Tan es así que ahora apuesta a la vía democrática del voto, pero, como no está seguro de lograr la victoria, esgrime la amenaza del golpe militar. Si no es por las buenas, será por las malas.

Las declaraciones del expresidente dejan en fuera de juego a su vicario, el candidato masista, quien, como su mandante, se llena la boca reclamando la “restauración del Estado de Derecho”, pero no se atreve a contradecirle en sus amenazas contra la estabilidad del país. Por el contrario, afirma que en Bolivia “no hay libertad de expresión”, como si él mismo y su jefe no estuvieran haciendo uso de esa libertad, como demuestra la amplia cobertura periodística a sus actividades y declaraciones. No marcar distancias con las proclamas subversivas de su líder  es avalarlas, también ante el electorado.

La incontinencia verbal de Evo Morales es la peor noticia para el MAS y la mejor para las fuerzas que buscan evitar su retorno al poder, no sólo porque pone en figurillas a su candidato, sino porque revela la desesperación de su líder y la poca seguridad que tiene en el éxito electoral de su binomio. 

Al decir que el Tribunal Electoral obedece “instrucciones” de la “dictadura”, además de expresar cinismo, está abriendo el paraguas para una futura impugnación al resultado si éste no le gusta.

La inhabilitación de Evo Morales ha sido una decisión apegada a la ley, al margen de intereses políticos coyunturales, que es lo que se esperaba del nuevo Tribunal Supremo Electoral. La restitución de la institucionalidad electoral es probablemente el gran logro de los cien primeros días del gobierno de transición, porque garantiza elecciones imparciales, seguras y confiables.

Desde su fuga del país, el exmandatario ha incurrido en acciones y declaraciones cada vez más contradictorias, al desmentir con cada una de ellas lo que hizo y dijo en la anterior. No es que antes haya sido coherente, pero su alejamiento del poder parece haberle conducido a la desesperación del abstemio. 

No le voy a dar la razón a Dan Brown, el autor de la famosa novela El Código Da Vinci, quien dice que “ante la desesperación, los seres humanos se vuelven animales”. ¿O sí? Quien sí la tiene es Joseph Fink, autor de un podcast muy popular en Estados Unidos, cuando sostiene que “la desesperación no crea empatía ni aclara el pensamiento”. Algo muy importante en tiempos electorales.

Página Siete – 27 de febrero de 2020

Dulces promesas de amor

“La palabra diputado sonó en mis oídos con la misma dulzura que una promesa de amor”, dice el protagonista de La candidatura de Rojas, Enrique Rojas y Castilla, cuando su tío abuelo le sugiere que se postule para el Parlamento porque ha llegado la hora de “hacer algo por el porvenir de la familia”. Al ver los afanes proselitistas de unos y otros en los últimos días, no resistí la tentación de evocar la frase que abre la maravillosa novela de Armando Chirveches (1881/1926), lectura obligada en tiempos electorales, como el actual, así sólo sea para tomar con humor la siempre malhumorada política boliviana.

Todo novelista sabe que la primera frase de su obra –el famoso íncipit (“empiezo”)– es crucial para atrapar al lector. Basta recordar los emblemáticos inicios de Pedro Páramo, Cien Años de Soledad o Conversación en la catedral, para no mencionar al más célebre de todos, el de Don Quijote. La genial frase de Chirveches no sólo cumple a cabalidad con ese objetivo, puesto que nos embarca en la historia desde el vamos, sino que sugiere con ironía la trama de la obra y pinta de una sola pincelada la política criolla, la de ayer, la de hoy y la de siempre.

¿Cuántos de nuestros políticos no habrán sido seducidos por esa dulce promesa de amor que parece ser toda candidatura, pasando por encima de lealtades, principios e ideologías?

Las grandes crisis exhiben a los políticos en su verdadera dimensión. Los desnuda. Dicho de otro modo, los políticos muestran la madera de la que están hechos en las grandes crisis. Es el momento de los renunciamientos o de las apuestas por las metas superiores. 

“Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina”, dijo alguna vez Víctor Hugo. ¿Cuánto nos ha cegado o nos ha iluminado el relámpago de noviembre? 

A los partidos se los juzga por sus programas y sus propuestas; a los líderes políticos por su trayectoria, por su historia personal, que es el capital político y moral de un dirigente y el único aval de su coherencia política e ideológica ante el pueblo que dice o quiere representar.

A estas alturas de la vida, cuando parece estar más vigente que nunca el “fin de las ideologías”, proclamado hace 30 años por el politólogo Francis Fukuyama, resulta difícil hablar de izquierdas y derechas. Sin embargo, no dejan de llamar la atención los malabarismos ideológicos de muchos de nuestros políticos y los argumentos que esgrimen para justificar el cambio de bando.

La palabra “transfugio” no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero tiene carta de ciudadanía en la política boliviana. ¿Qué se puede pensar de personajes que hasta hace apenas tres meses defendían públicamente al “hermano Evo” y ahora apuestan por un “héroe” del signo contrario?  ¿O de aquellos que en tres elecciones habrán vestido tres camisetas partidarias distintas? Desde luego, no son de fiar. Pero, ¿son de fiar quienes los eligieron como candidatos? 

¿Y qué hay de los políticos que hasta hace poco se mostraban afines a la socialdemocracia y hoy aparecen en las antípodas ideológicas? ¿Y qué de los sindicalistas que renuncian a la dictadura del proletariado para apoyar al caudillo populista de turno? La palabra “tránsfuga” sí figura en el diccionario. Significa “persona que pasa de una ideología o de colectividad a otra”. No quiero generalizar. Por supuesto, hay excepciones, políticos de una sola línea y una sola palabra, como diría Marcelo Quiroga Santa Cruz.

La coherencia no es el fuerte de nuestra política. Quienes gritaban “¡Patria o muerte!” fueron los primeros en optar por la patria ajena, al buscar asilo, incluso cuando nadie los perseguía porque no había gobierno. Nadie esperaba que dieran su vida, como proclamaban, pero al menos que no atizaran cobardemente la violencia desde lejos. Es cierto que no todos actuaron de la misma manera, pero quienes se quedaron para dar la cara y apostaron por la pacificación, en una actitud meritoria y valiente, fueron castigados y excluidos de las listas elaboradas por el líder fugado.

Ni coherencia ni lealtad. Tampoco la seriedad. Para “salvar a la patria” hay cientos de candidatos, pero muchos de ellos -¡más de 350!- ni siquiera han podido cumplir los requisitos mínimos para su inscripción. Y no hablo de las caricaturas, como los programas truchos, los copy paste, armados al cierre de los plazos, ni del “alquiler” de siglas ni de las denuncias sobre la “venta” de candidaturas. Hablo de llenar un formulario y reunir fotocopias.  

¡La política es así! ¡Es lo que tenemos!, dicen quienes convocan al electorado al “realismo”. Al fin y al cabo, sostienen, nadie ha jurado sobre la Biblia mantener la palabra empeñada ni portar la misma camiseta de por vida. Las coyunturas cambian. Por tanto, debemos adaptarnos a ellas. Es la “doctrina de Groucho Marx”: un principio para cada coyuntura y un principio para cada candidato.

“¡Ah, la política!”, diría Don Manuel María Menéndez, el padrino de Enrique Rojas  en la novela de Chirveches, cuando le aconseja a su ahijado no lanzarse como candidato: “¡La política! Conozco mucho a esa señora, o mejor dicho, a esa mujer pública, veleidosa como la que más, cuyos favores se pagan, lo mismo que los de las otras, con dinero. ¡La política!”. No es que sea pesimista. Es lo que hay.

Página Siete – 13 de febrero de 2020

Vieja y nueva política

A la actriz Marlene Dietrich se le atribuye haber dicho que “la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás”. La presidenta Jeanine Añez ha provocado un terremoto político al anunciar su candidatura presidencial tras haberla descartado en al menos tres oportunidades, porque, según consideraba hasta entonces, hubiese sido “deshonesto” hacerlo desde su función gubernamental. La señora Añez empeñó su palabra y después cambió de opinión.

Hay quienes dicen, para justificar la decisión presidencial, que “todos han dicho y hecho lo mismo”. Es cierto, pero solamente dos han cambiado de opinión mientras ejercían el poder, Evo Morales y la señora Añez. No es lo mismo hacerlo desde el llano que desde el Gobierno. Los primeros intentan conquistar el poder en igualdad de condiciones, en tanto que los segundos buscan mantenerlo, aferrándose a él, en situación de ventaja. La oposición juega en cancha ajena, el Gobierno como “local”. Entonces, no es lo mismo, o como diría Cantinflas, “es lo mismo, pero no es igual”.

Es ingenuo  pensar que se puede disociar la gestión de la campaña, como promete el Gobierno, por la sencilla razón de que la persona que hace una y otra cosa es la misma y no puede desdoblarse en presidenta y candidata, así cumpla sus labores en horarios de oficina y se ocupe del proselitismo en su tiempo libre. A partir de hoy, como ya se ha visto, todo lo que haga y diga la señora Añez será visto en función de su candidatura. Sus obras, buenas o malas, tendrán un inevitable impacto en la campaña, más allá de que utilice o no –y yo creo que no lo hará– los recursos materiales del Estado.

Los partidarios de la candidata también han justificado la decisión de la señora Añez en la supuesta necesidad de forjar una opción unitaria para hacer frente al binomio masista, pero, por lo que se ha visto hasta ahora, lo único que ha logrado la postulación es incrementar las ofertas electorales sin consolidar a ninguna. En lugar de unión, más división.

La Presidenta dijo en su momento que no quería “sacar rédito” de la etapa histórica que le ha tocado vivir, que no tenía ningún cálculo político y que  “sería deshonesto” o  “no sería honesto” postularse para las elecciones del 3 de mayo. Hacía bien en descartarse porque estaba asumiendo a cabalidad el compromiso histórico del Gobierno de transición de buscar la pacificación del país y la restauración de la democracia.

Unas elecciones libres, transparentes y creíbles no sólo requieren de un Tribunal Electoral independiente y confiable, como es el actual, sino también de un Gobierno neutral que las patrocine. Un Gobierno que sea neutral, pero además que lo parezca, por aquello de que “la mujer del César no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo” (Julio César). Siendo una contendiente más, a partir de ahora, las palabras y las acciones de la señora Añez serán permanentemente puestas en duda por sus rivales, con el consiguiente impacto negativo para el proceso de transición, que es lo más grave.

Por supuesto, no es un problema legal. La señora Añez está habilitada constitucionalmente para postularse. Tampoco “democrático”, porque, en democracia, es el electorado el que dirime las controversias, avalando o rechazando candidatos y propuestas.  Pero sí es un problema ético y es alarmante escuchar voces que para justificar una candidatura minimizan la importancia de los valores y los principios. No se entiende por qué lo que ayer fue malo hoy es bueno y justificable.  

Si algo reprochamos a Morales, entre otras cosas, es el incumplimiento de la palabra empeñada, primero en su compromiso de no buscar la reelección y después en el de respetar el resultado del referendo. Recordemos que él dijo que desconocer el veredicto del 21F equivalía a dar un golpe de Estado. Y lo hizo. ¿Tiene autoridad moral para hablar de “golpe”? 

La Presidenta dijo en tres ocasiones que sería “deshonesto” postularse como candidata. Al faltar a su palabra, ¿está reconociendo que es deshonesta?  En todo caso, no deja  de ser triste que sea Eva Copa, la máxima representante institucional del MAS, la que se lo reproche: “No puedes hacer lo que siempre reprochabas”.

Como dice la española Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, “ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética, ni ningún país puede salir de la crisis si las conductas antiéticas de sus ciudadanos y políticos siguen proliferando con toda impunidad”.

Y los políticos están para dar el ejemplo. ¿De qué renovación podemos hablar si persistimos en las mismas lacras? Y no sólo me refiero al valor que debemos asignar a la palabra empeñada, sino también a la lealtad y la consecuencia. ¿No hemos atribuido la ausencia de esos valores a la “vieja política”? ¿No hemos visto cómo su falta de observancia ha provocado el desplome del viejo sistema de partidos? Una democracia que no se sustente en sólidos principios éticos no es tal. Al ver lo que estamos viendo en los “nuevos políticos”, lo único que uno puede pensar es en lo rápido que han envejecido.

Página Siete – 30 de enero de 2020