Un libro revela datos inéditos de los últimos días del “Che”

La Paz – dpa

Tres veteranos periodistas bolivianos revelan en un libro que se presenta mañana en La Paz los detalles de la cobertura de la guerrilla que protagonizó el argentino Ernesto «Che» Guevara hace 50 años en una aislada zona rural de Bolivia.

Escrito por Juan Carlos Salazar, Humberto Vacaflor y José Luis Alcázar, La guerrilla que contamos. Historia íntima de una cobertura emblemática narra detalles, hasta ahora desconocidos, de esa histórica asignación periodística.

«Estamos publicando fotos inéditas nuestras; documentos también inéditos, pero todo vinculado, precisamente, con la cobertura periodística», explicó Salazar durante una entrevista con dpa.

El «Gato» Salazar, al igual que Vacaflor y Alcázar, fueron enviados como «corresponsales de guerra» y por eso tuvieron que vestir uniforme militar boliviano. Su centro de operaciones fue Camiri, un poblado del departamento de Santa Cruz ubicado a más de 1.000 kilómetros de La Paz.

«Los tres somos setentones y que yo recuerde el resto de los colegas que fueron enviados a esa misión ya han muerto», apuntó Salazar, ex jefe del Servicio Internacional en Español de dpa, quien reportó desde la zona del conflicto para la local Agencia de Noticias Fides (ANF), que pertenece a los jesuitas.

Alcázar relata que quería conversar con el Che sobre las razones que lo llevaron a intentar propagar la revolución que triunfó en Cuba en 1959, pero que cuando llegó ya estaba muerto.

«Coger su mano caliente que aparecía por debajo de la cobija que lo cubría me estremeció y, tras constatar que ahí estaba el Che muerto, me acosó la frustración y la decepción, como reportero, de no haber podido concretar mi plan de entrevistarlo», dijo Alcázar a dpa.

Inspirado en las utopías socialistas de su época y en plena Guerra Fría, el Che llegó a Bolivia en 1966. Durante 11 meses combatió en el sudeste del país, donde fue capturado el 8 de octubre de 1967 y ejecutado al día siguiente. La noticia la envió Alcázar por telegrama.

El reportero fue enviado a la zona de la guerrilla por el diario «Presencia» y en el libro relata los combates que presenció entre los guerrilleros y las fuerzas militares bolivianas que estaban asesoradas por Estados Unidos.

La tercera parte de la obra fue escrita por Vacaflor, a quien le tocó contar la historia de cómo la foto de los tres primeros detenidos vinculados con la guerrilla llegó a ser publicada también en «Presencia»: se trataba del francés Regis Debray, al argentino Ciro Bustos y el inglés George Andrew Roth.

El rollo de la cámara, que sobrevivió milagrosamente a la incautación por parte del Ejército, estuvo perdido durante días tras ser enviado por correo, mientras las autoridades negaban que hubiesen hecho prisioneros. Hasta que llegó a la redacción del diario y ya no pudieron ocultarlo.

Vacaflor vivió años más tarde en Londres, donde la casualidad hizo que pudiera ver los diarios del Che poco antes de ser subastados. «Yo me fui y el fantasma del ‘Che’ Guevara me seguía persiguiendo», afirmó.

El libro también cuenta las dificultades tecnológicas que enfrentaron los periodistas de la época para poder transmitir. «No fue como ahora que puedes enviar las fotos por WhatsApp, había que revelar o mandar los negativos por correo», apuntó Vacaflor.

Salazar comentó que en muchas ocasiones tuvieron que «invitar unas cervezas al telegrafista», que quedaba agotado con los largos reportes de prensa que tenía que reproducir en código Morse.

Alcázar optó finalmente por reflexionar sobre la necesidad de mantener el espíritu crítico del periodismo más allá de los avances tecnológicos.

El libro coincide con los 50 años de la ejecución del Che en La Higuera y la portada es un dibujo del argentino Ricardo Carpani. En el prólogo, Gonzalo Mendieta Romero subraya que «esta es la historia de los testigos, cuando ya estamos todos algo hartos de hablar de los protagonistas de la guerrilla del Che Guevara, pletórica de egos, tragedias, excomuniones, dislates y desencuentros».

Clarín (Buenos Aires) – 26 de julio de 2017

El periodismo boliviano en los tiempos de la guerrilla del Che

Anahí Cazas   / La Paz 

Cuando Juan Carlos Salazar hacía sus primeras armas en el periodismo, fue enviado  a  cubrir la guerrilla del argentino Ernesto Che Guevara en el oriente boliviano.  Fue en 1967, el muchacho, de 21 años, soltero  y oriundo de Tupiza era periodista de la Agencia de Noticias Fides, la primera agencia de prensa boliviana.

Sus colegas veinteañeros y solteros Humberto Vacaflor y José  Luis Alcázar también fueron enviados como corresponsales del  periódico Presencia.

Y de esa manera, los  jóvenes  reporteros  pasaron  a la primera fila de las noticias mundiales.  Hoy, 50 años más tarde, los  tres periodistas deciden  contar  cómo  fue su trabajo en  la cobertura de  la guerrilla del  Che Guevara en un libro. De alguna manera,  este proyecto representa  la  muestra de una  consolidada gran amistad y  un regalo para las nuevas generaciones de periodistas.

La obra, bautizada como La guerrilla que contamos. Historia íntima  de una cobertura emblemática, se presentará el jueves 27 de julio, a las 19:00,  en la Asociación de Periodistas de La Paz. La publicación incluye crónicas y  una colección de fotografías y documentos  inéditos. 

«El  libro ha sido una  oportunidad de recordar, como dice el subtitulo, ‘una cobertura emblemática’”, asegura Alcázar, quien cuenta que  los tres periodistas comparten en la obra varias anécdotas personales que  sucedieron en la cobertura de este  acontecimiento que se convirtió también en noticia internacional. «Además de actualizar alguna información sobre lo que motivó a Ernesto Guevara a preparar un movimiento armado en Bolivia para hacer la revolución en su patria, Argentina”, agrega.

Para Vacaflor, la  publicación de este libro representa   el cumplimiento de una promesa  a las nuevas generaciones de periodistas. «Les contaba algunas anécdotas. Ahora escribí unas crónicas de mis experiencias en  la obra”,  indica.  Además, para el periodista, la obra tiene un significado muy especial. «Los tres somos muy amigos, somos padrinos y nos conocemos, y he vivido con ellos en el exilio”, dice.

Salazar explica que es un libro muy autobiográfico. «Contamos nuestra experiencia de la cobertura de la guerrilla. Pensamos que fue un hecho importante que marcó nuestra generación  y la cobertura  marcó a una generación de periodistas”, indica. «Un viejo colega y corresponsal del diario La Vanguardia de Barcelona me decía: ‘Yo hubiese  pagado por cubrir la guerrilla del Che’. Además, muchos de mis alumnos me pedían que cuente sobre este trabajo y entonces era una asignatura pendiente”, sostiene. «La idea  del libro es mostrar cómo se hizo esa cobertura en una época  en la cual no había internet  y computadores ni teléfonos celulares. Teníamos que cubrir mediante el  telégrafo morse”, añade.

Descubrir  una pasión

Para Salazar, la cobertura de la guerrilla del Che ha marcado su vida. «En esa época ya había decidido hacer y vivir del periodismo, pero en esa época no había una carrera de  Comunicación Social o Periodismo. Yo estaba estudiando Derecho y Ciencias Políticas que era lo más cercano  que había para hacer periodismo”, explica.

«Cuando estalló la guerrilla me mandaron a cubrir por una semana, pero me quedé un año”, cuenta Salazar, quien era periodista en la  Agencia de Noticias Fides.

Ni bien  estalló el primer enfrentamiento entre  la guerrilla y el Ejército boliviano (marzo de 1967), Salazar sugirió al  padre José Gramunt, director de la Agencia Fides  y corresponsal de DPA y  EFE, preguntar si estaban de acuerdo  en cubrir la guerrilla y financiar el viaje de una persona. 

Entonces,  DPA y EFE pagaron el viaje de Salazar  a Camiri por una semana. Pero entre ir y venir, el periodista se quedó   hasta finales de  noviembre. «Es curioso, porque el costo de la cobertura durante los 10 meses fue de 500 dólares”,  recuerda.

Salazar tenía 21  años y se fue  a cubrir la guerrilla con una muda de ropa, una libreta y un bolígrafo. «No había grabadoras pequeñas. Entonces, esos eran mis instrumentos de trabajo y mi medio de transmisión, el telégrafo morse”, explica. «Como todo periodista joven, yo quería estar en el lugar de los hechos”, agrega.

Expulsado de la cobertura

«Hace 50 años no había  pues WhatsApp, internet ni había televisión, las noticias las teníamos que mandar a través de un telegrafista y en    código morse. Me sorprende ver cómo todo ha cambiado”, asegura  Humberto  Vacaflor, quien en 1967 fue  enviado por el periódico Presencia   como corresponsal a cubrir la guerrilla del Che.  Era soltero, tal vez esa fue la razón por  la que fue elegido para  cubrir este hecho.

Vacaflor cuenta que Presencia informó  la noticia de la detención de Régis Debray, pero las autoridades negaron  el hecho. «El Ejército boliviano negaba que lo había detenido, que era un invento la noticia que envié desde Camiri. Decían: ‘No es cierto, por qué no publican las fotos’. Yo tenía las fotos, pero estaban en un rollo que tenía en el bolsillo”, cuenta. 

El periodista fue expulsado de Camiri y se fue a Santa Cruz, donde  logró revelar las fotos. «Enviamos las fotos con un pasajero  en el Lloyd Aéreo Boliviano. Y resulta que se pierden los negativos y  mientras tanto  torturaban  a Régis Debray (…)”, dice y asegura que en estos 50 años el periodismo bolivianos ha pasado de «la edad de piedra al WhatsApp.  «¿Se imaginan? Las fotos de la captura de Régis Debray, las hubiera mandado rápidamente a La Paz. Se hubiera evitado una tortura”, reflexiona.

Vacaflor  recuerda también  que en esos años los periodistas enfrentaban una censura previa. «Todos los textos que se escribían en Camiri tenían que ser aprobados por un  coronel del Ejército”, comenta.

La primicia mundial

Para Alcázar, una de las principales dificultades en la cobertura de la guerrilla del Che fue acostumbrarse a caminar con las tropas tras los guerrilleros. «Fue complicado batallar con los militares,  que como personajes del poder no soportaban fácilmente la presencia de periodistas”, comenta.

El duro trabajo de la cobertura periodística  valió la pena.  Alcázar dio  la primicia mundial de la captura del Che. «La  misma noche de ese 8 de  octubre Radio Fides  comunicaba la primicia de la caída del Che y el  mundo se enteraba por un ‘cable’ de la agencia  IPS. En las primeras horas del día siguiente, el 9 de  octubre,  Presencia  informaba la  trascendental noticia. En el libro relatamos cómo me enteré  y las anécdotas de la noticia”, cuenta.

El corresponsal de Presencia   tocó  la mano de Guevara   al atardecer el 9 de octubre, cuando todavía el cuerpo del guerrillero estaba  caliente. «Fui el primer  reportero que junto con un agente de la Cita, rompiendo el cerco de militares, nos acercamos al helicóptero que había transportado el cadáver del Che  de la higuera a Vallegrande. Yo cogí la mano del che que aparecía de la cobija que cubría su cadáver… estaba caliente y eso me estremeció”, recuerda. 

Según el prólogo del libro, Alcázar fue el más diligente de los tres autores al ocuparse de lo ocurrido en 1967, pues en 1969 puso en circulación, en Bolivia y México, su libro Ñacahuasu, la guerrilla del Che en Bolivia.

Para Alcázar, la cobertura de la guerrilla del Che fue  como su «bautizo de fuego” en el mundo del periodismo. «Consolidó   mi pertenencia a  este oficio, el más hermoso, como lo definió Gabriel García Márquez, pero también el más  peligroso, porque la posición crítica que nos obliga nuestra profesión  siempre incomodará a los poderes y muchos de éstos, como el narcotráfico, atentan  no sólo contra la cobertura, sino contra la  vida de los periodistas”, concluye. 

Los autores, los  grandes maestros (Por Harold Olmos)

(…) El pensamiento de los tres fue esculpido por la cobertura informativa de los eventos que se registraron en Bolivia en 1967. Enviados por sus medios informativos, ingresaron a las áreas de la guerrilla para contar lo que ocurría en las quebradas selváticas del sudeste boliviano.  Los despachos que de ellos leí narraban la historia con las fuentes oficiales  y las escasas contribuciones accesibles desde el lado de la  insurgencia.  Acabaron asimilando las motivaciones de la guerrilla y abrazando nociones sustantivas de las ideas que de ella surgieron. Para jóvenes que no habían traspasado el umbral de la tercera década, el mundo boliviano que se les abrió a partir de ese movimiento fue una ruptura con el conocimiento convencional que habían alcanzado y, cada uno por sus propias rutas,  se convenció de la urgencia de transformar una sociedad atrasada por mil razones que la mayoría de la gente, en las alturas y las llanuras, entonces y ahora, no alcanzaría a comprender.

Fue casi como un resultado natural de ese cambio que los tres acabaron exiliados al sucumbir el régimen inestable y sin rumbo cierto de los militares llamados de izquierda y en playas extranjeras forjaron sus destinos. Humberto Vacaflor y Juan Carlos Salazar fueron catapultados a Argentina y José Luis Alcázar a Chile tras vencer el desafío de llegar ilesos a alguna embajada amiga  cuando las sedes diplomáticas eran vigiladas  por la policía política. El ambiente en que se desenvolvieron no fue fácil. Fue como volver a empezar, pero en tierras extranjeras.

La calidad, sin embargo, permanece con el rigor de seguir las normas de la profesión de periodista. Ninguno de los tres habría conseguido avanzar sobre ese camino empinado sin contar con el bagaje profesional que ha sido su mejor pasaporte. Saber auscultar los acontecimientos y descubrir en ellos el ángulo noticioso que interesa al público fue un  bastón básico para avanzar en las rutas sobre las que el destino los colocó. Pero no solamente era cuestión de «auscultar”. Los tres se destacaron en sus carreras porque habían desarrollado una forma de redacción profesional clara y directa. Ese conocimiento lo perfeccionaron bajo el rigor y la disciplina que impone la necesidad de sobresalir. Aplicaron las normas elementales para una buena redacción, a menudo ignoradas en nuestras latitudes. Cómo encontrar el mejor verbo  para describir una acción, cuándo utilizar un adjetivo, si necesario fuere, cómo organizar una oración que reproduzca con fidelidad lo que se quiere contar  y, en especial, cómo ingresar a un tema con una introducción original, sencilla y provocadora que induzca al lector a continuar después de las primeras 30 o 40 palabras de una historia o de un análisis. Y a partir de ahí, cómo hilvanar la secuencia de párrafos hasta culminar con un cuadro completo la historia que se proponían.

El extraño desinterés por estos elementos indispensables para las buenas historias, podría explicar la ausencia de publicaciones que hablen del tema, que cuenten cómo se obtuvo determinada noticia y cómo se la trabajó; en fin, que cuenten el mundo interior de los medios informativos. Para las escuelas de comunicación y los propios medios, ésta es una tarea  de consideración urgente. El gran público y los propios periodistas la apreciarían.

Alcázar fue forzado a abandonar Bolivia después de haber cementado una base firme de su labor periodística. Escribió la primera obra narrativa sobre la guerrilla de 1967. Salazar encontró acogida inmediata en Buenos Aires en la Agencia Alemana de Prensa en la que trabajaba en Bolivia, la DPA, una cooperativa de diarios de ese país que comenzaba a operar con un servicio en lengua española. Vacaflor llegó a Buenos Aires solo dotado de su habilidad informativa y sus vínculos con colegas que apreciaban su olfato periodístico y la calidad de su redacción. Como la mayoría de los empeños exitosos, el suyo fue arduo. Trabajó como portero de un colegio y después ganó callos en las manos y fuerza en las espaldas al alistarse como peón en un supermercado de la cadena Medrano. De ahí dio un salto hacia un terreno más adecuado e ingresó a ONA (Organización Noticiosa Argentina), donde la agencia oficial italiana de noticias ANSA lo reclutó. Tampoco eran saludables para los periodistas los vientos argentinos de esa época y Vacaflor, en un nuevo exilio, remató en Londres para trabajar en la carta informativa Latin American News Letter y, por último, en la venerable BBC .

Tras un periplo profesional forzado que lo llevó de La Paz a Lima, Buenos Aires, México y Londres, Vacaflor emprendió el retorno a Bolivia cuando los vientos autoritarios habían cesado, 15 años después de haber partido. Con un estilo personal crítico, en Bolivia dirigió programas en la radio, la televisión y escribió columnas hasta desembarcar en la carta Semanal Siglo XXI, de la que es editor fundador.

Con pocas palabras y un lenguaje a menudo mordaz, Vacaflor acostumbra tratar situaciones políticas y económicas que  irritan a los círculos oficiales y despiertan un apetito informativo voraz entre sus lectores. Sus columnas tratan con preferencia cuestiones de minería y petróleo con un manejo de datos que hace inevitable no tomarlo en cuenta en el abordaje de esos temas.

Sus datos suelen ser tan contundentes que uno hasta llega a preguntarse si habrá un mañana.  Fiel a un estilo ante el que trepida cualquier neutralidad, cuando recibía el Premio Nacional de Periodismo de la Asociación de Periodistas de La Paz, en 2013, dijo, ante sus colegas en la ceremonia de premiación, que sentía un cierto desánimo, pues había sido feliz los cuatro años que el premio estuvo congelado sin que se lo entregaran, por razones hasta ahora confusas (…).

Página Siete – 23 de julio de 2017

Populismo y democracia en “tiempos líquidos”

El libro El fin del populismo – ¿Qué viene ahora? refleja desde el título la encrucijada en que nos encontramos. Sus autores, todos profesionales de experiencia y prestigio en sus respectivos campos, nos dicen que «Bolivia está inmersa en un escenario delicado y potencialmente crítico”, en «un momento crepuscular signado por el ocaso de un modelo económico de impronta populista”. 

Como en el sueño del faraón que nos relata el Génesis, las siete vacas flacas parecen estar a punto de comerse a las siete vacas gordas que surgieron en los últimos años del Nilo de la abundancia.

Pero no es que solamente hayan quedado atrás los años de la bonanza, sino que –como nos dicen los ensayistas– estamos ante «la decadencia del régimen autocrático y corporativo que lo ha prohijado”, en un momento de inflexión y en puertas de una «crisis compleja”. Advierten que la «perplejidad” ante el desafío puede ser paralizante, pero al mismo tiempo admiten que el horizonte está poco claro. Y se preguntan: ¿qué viene ahora?, ¿cuál es el rumbo a seguir?

Parafraseando a René Zavaleta, quien dijo que «conocer el mundo es casi transformarlo”, podemos decir que conocer el país y sus problemas es empezar a cambiarlo. Y eso es lo que hacen los autores al diagnosticar los males que nos aquejan. Pero no se limitan al diagnóstico.

Buscan y proponen alternativas, a fin de que la época de las vacas flacas no nos sorprenda «desprovistos de ideas y herramientas eficaces para preservar la estabilidad económica y evitar que el país se deslice por una pendiente de inestabilidad e incertidumbre”.

Como dice el politólogo neerlandés Cas Mudde, en la actualidad es imposible leer un artículo sobre política sin toparse con la palabra «populismo”, porque en casi todas las elecciones y referendos se enfrentan, como él mismo dice, a «un populismo envalentonado y una clase dirigente en horas bajas”.

Después del triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos, uno se pregunta si el populismo está realmente en retroceso.

La buena noticia de las elecciones francesas es la victoria del centrista Emmanuel Macron sobre la ultraderechista Marine Le Pen, por menos de tres puntos de diferencia, pero victoria al fin; la mala es que la señora Le Pen y el populista de izquierda, Jean-Luc Mélenchon, han captado el 40 por ciento de los votos, casi el doble de los partidos tradicionales -el socialista y el republicano-, y que el señor Mélenchon se resiste a pedir el voto para Macron en la segunda vuelta. Ha dejado la decisión en manos de la «inteligencia colectiva”.

Nótese el tremendo paralelismo con lo ocurrido en España en las últimas elecciones: Podemos se negó a votar por el socialista Pedro Sánchez, con lo que dejó el camino libre al conservador Mariano Rajoy. ¿Podría ocurrir algo similar en Francia? Por ahora, las encuestas dicen que no, pero ¡ojo! con las pinzas de izquierda y derecha.  Esperemos que la «inteligencia colectiva” no favorezca a la opción xenófoba y antieuropeísta de Le Pen. 

Más allá de las comparaciones fáciles, de si Trump es un vulgar «populista latinoamericano” o el «peronista del Potomac”, como lo calificó The Economist, lo cierto es que –para citar nuevamente a Mudde– los populistas, sobre todo de derecha, pretenden hacernos creer, desde una pretendida superioridad moral, que la sociedad está dividida entre dos grupos homogéneos y antagónicos, los «puros”, que son ellos, y la «élite corrupta”, que son los demás; los «puros”, que, obviamente, expresan la «voluntad del pueblo”; y los «corruptos”, que están en contra de los intereses populares. El académico habla del populismo europeo, pero su descripción coincide mucho con lo que vemos en este lado del Atlántico.

El periodista, filósofo y escritor español Josep Ramoneda nos dice que estamos ante un fin de ciclo, pero no ante un fin de ciclo cualquiera, sino en «un fin de ciclo de la democracia representativa”. Y por eso mismo llama a los dirigentes comprometidos con la democracia a rectificar, proponer y actuar a partir del análisis de las causas de la crisis. 

Es decir, los convoca a entender las razones de la irritación ciudadana y a darles una respuesta política, en lugar de descalificar a los portavoces del malestar y reafirmarse en sus fallidas estrategias, porque, con la etiqueta de «populista”, muchos pretenden anular a quienes han detectado los problemas que los partidos tradicionales no quieren ver. Ramoneda advierte también que el «autoritarismo posdemocrático” es «un plan B del populismo”.

«El renacer de los llamados populismos –nos dice–, responde a realidades muy concretas: la sensación de desamparo de gran parte de la población, agredida por un proceso de individualización salvaje; la pérdida de capacidad de la política para defender el interés general; la aceleración provocada por la globalización que ha desmantelado tantas pautas referenciales; y la resistencia de parte de las élites económicas a aceptar que no todo está permitido. Defender la democracia y las instituciones quiere decir rectificar y proponer”.

Ante el peligro lepenista, Macron, con sus 39 años, sus títulos académicos, su afición al piano, su paso por la Banca Rothschild y su pasado socialista, no deja de ser un aire fresco en la compleja coyuntura europea. Es, como dice la prensa del Viejo Continente, «un liberal de corazón socialdemócrata”, un «socio-liberal”, un europeísta convencido, cuya victoria podría marcar, como sostiene el politólogo Víctor Lapuente Giné, catedrático de la Universidad de Gotemburgo, el inicio de la «revolución liberal”. Macron se ha situado al lado del canadiense Justin Trudeau como referente de lo que se ha comenzado en llamar el «liberalismo-progresista”. ¡Y todo -dicho sea de paso- a costa de la socialdemocracia!

Esto es lo que está ocurriendo en el mundo, con referentes y paradigmas que sustituyen rápidamente a otros. Estamos viviendo tiempos de cambio, «tiempos líquidos” -como dirían algunos observadores internacionales-, tiempos donde todo fluye y nada se estanca. Cambia el mundo y cambiamos nosotros.

He querido referirme a la situación internacional por lo mismo que dijo Zavaleta a propósito del conocimiento del mundo,  y porque el destino de toda comunidad, por pequeña que sea, está ligado y condicionado al futuro de la aldea global. 

No sé si Bolivia está o no ante un fin de ciclo, pero reflexionar sobre el futuro del populismo supone, necesariamente, elaborar una oferta alternativa, tanto política como económica. Requiere rectificar, proponer y actuar, analizar las demandas ciudadanas para construir las políticas que las satisfagan.

Y el libro que hoy presentamos nos da muchas pistas para hacer frente a este tremendo desafío, para que el «tiempo líquido” no nos agarre desprevenidos.

No es mi propósito entrar a un análisis detallado de los textos, puesto que no soy un especialista, pero conviene decir que este volumen reúne siete estudios de primer nivel, elaborados por verdaderos expertos que buscan repensar el modelo de crecimiento desde diferentes perspectivas.

«Su sentido general –nos dicen sus autores– no es otro que la vuelta a la racionalidad -la reforma económica y política debe darse a la luz de la experiencia, la discusión y la crítica- y la confianza en la libertad individual y la capacidad creativa de la sociedad, lo que conlleva  la exigencia (moral y cívica) de responsabilidad personal”.

En este marco abordan temas tales como la innovación, la diversificación y la productividad; las políticas públicas y las reformas institucionales necesarias para acompañar tales esfuerzos, y para crear un clima efectivo para la inversión y el despliegue del talento y la iniciativa de las personas y las empresas.

Lo que nos están diciendo es que el antipopulismo no basta, que es necesario analizar las causas que alimentan esa oferta política para ofrecer alternativas.

El gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) suele decir que la oposición carece de visión de país y que, por tanto, no ofrece alternativas al llamado «proceso de cambio”. No quiero decir que los autores de este libro sean opositores, sino que sus ensayos no sólo ofrecen insumos para el necesario debate, sino también para eventuales proyectos alternativos.

(Texto leído en la presentación del libro El fin del populismo – ¿Qué viene ahora?)

Página Siete – 7 de mayo de 2017

Los hechos nos dieron la razón

El autor del Ingenioso Hidalgo, Miguel de Cervantes, dijo alguna vez que «al bien hacer jamás le falta premio”. El «buen hacer” proporcionó a Página Siete dos premios consecutivos al Mejor Periódico de La Paz y otros galardones no menos importantes. Dicho de otro modo: un premio en sí mismo no es nada, es lo que representa en esfuerzo y trabajo. Y el equipo de Página Siete trabajó duro en los últimos tres años para consolidar al diario como un referente de primer orden en la vida pública nacional.

Página Siete me pregunta por los retos, las tensiones, los logros y las satisfacciones que viví­ durante los tres años y tres meses al frente de la dirección del periódico, entre septiembre de 2013 y diciembre de 2016. Retos, muchos; tensiones, diarias, pero lo cierto es que retos y tensiones se tradujeron, invariablemente, en logros y satisfacciones.

Detrás de cada premio hay coberturas difí­ciles y estresantes, pero al mismo tiempo el trabajo de un equipo excepcional. Sin el profesionalismo, el sentido ético y la independencia de los periodistas de Página Siete no hubiesen sido posibles coberturas como las del Fondo Indí­gena–fraude destapado por este periódico– o del caso Zapata/CAMC, para citar dos ejemplos. Es cierto que el diario fue blanco de las crí­ticas y los ataques del poder, pero al final y en todos los casos, los hechos dieron la razón a Página Siete. Y esto es lo que cuenta.

Esta labor tuvo el reconocimiento y el respaldo de los lectores de nuestro diario, a los únicos que debemos lealtad como medio independiente. Según Google Analytics, el número de visitas a la web de Página Siete pasó de 221 mil, a principios de 2013, a 1,9 millones a fines de 2016, con picos récord de más de 110 mil visitas diarias. Paralelamente, el diario sobrepasó los 300 mil «likes” en su página de Facebook, ubicándose como el medio de prensa escrita de La Paz con más adhesiones en esta red social.

Página Siete vive y crece gracias a los principios y valores periodí­sticos que adoptó el dí­a de su fundación, el 24 de abril de 2010, como espacio respetuoso y promotor de libertades, diversidades y pluralismo. Siete años después de su creación, Página Siete es un periódico emblemático. Y no hay mejor premio para un periodista que trabajar en un emprendimiento que es valorado por su comunidad.

Página Siete – 23 de abril de 2017