Contadores de historias

El periodismo nació para contar historias. “¿En qué consiste ser periodista? ¿Qué necesito hacer?”, preguntó el joven Mark Twain a su primer director cuando decidió ganarse la vida como reportero después de probar suerte en otros oficios. “Salga a la calle, mire lo que pasa y cuéntelo con el menor número de palabras”, le respondió el experimentado editor. Es lo que hizo el novel periodista y futuro escritor a partir de ese momento. Mirar lo que ocurría en la calle y describir los hechos de los que era testigo. El periodista es un contador de historias. Mirar y contar está en la esencia del relato periodístico, porque las noticias satisfacen un instinto básico del hombre, el instinto de estar informado.

John Carlin, un “contador de historias” de profesión que ha recorrido medio mundo como corresponsal o enviado especial de varios medios ingleses, solía decir que, en realidad, el oficio más antiguo del mundo es el periodismo, no otro, porque nació en la época de las cavernas, cuando un miembro de la tribu narraba a sus familiares y compañeros la aventura de la última caza de mamuts. El hablador, protagonista de la novela homónima de Mario Vargas Llosa, era un “contador historias” que recorría las tribus primitivas de la Amazonía llevando las novedades que recogía de las comunidades que visitaba.     

Y si el periodismo nació para contar historias, el formato que adoptó desde épocas tempranas fue el de la crónica. El diluvio universal que relata el Génesis, escrito en el siglo V antes de Cristo, es la crónica de una catástrofe natural, un texto magistral de apenas 650 palabras. Y crónicas son los evangelios que recogen la vida de Jesús. El evangelio de la multiplicación de los panes y los peces, de escasas 200 palabras, podía haber sido un reportaje dominical de haber existido un periódico en los tiempos de Marcos. Como dice el escritor mexicano Juan Villoro, Lucas, “el más narrativo” de los cuatro evangelistas, actúa como un verdadero reportero: “Reúne las piezas de un mosaico disperso a partir de múltiples declaraciones y del testimonio de un testigo”.

También miraba, escuchaba y contaba lo que veía y oía el “Padre de la Historia”, Herodoto, quien muy bien podría ser inscrito en los anales del periodismo como el primer “corresponsal viajero” de que se tenga memoria.

Ver y contar la vida, recrear la realidad con el asombro de quien la observa por primera vez, armar “las piezas de un mosaico disperso”, es el afán del periodista. Y es lo que hace Karen Gil en la colección de relatos del presente volumen. Retorna al origen y a la esencia del oficio no sólo para contarnos las alegrías y pesares de un puñado de heroínas anónimas, sino para rescatar, como apunta el título, los sueños de sus protagonistas, porque, al fin y al cabo, la ficción es el mejor camino para narrar lo que todavía no ha ocurrido.

El truco del buen reportero consiste en mirar donde nadie mira, porque es allí donde se encuentran las mejores historias. Karen sabe que toda buena historia pide ser contada antes de nacer y vuelca su mirada donde nadie lo ha hecho, pone ojos y oídos en detalles desapercibidos para otros. Y como buena cronista se entromete en la vida –y la piel- de sus personajes para armar la trama de su narración.

Así nos cuenta cómo “la fuerza del miedo” impulsó a Bertha, la cholita aymara de “cuerpo robusto, ojos risueños y mejillas ruborizadas de una niña traviesa”, a vencer el acoso político de la que era víctima en la alcaldía de Collana, o cómo Luna encontraba en el espejo la identidad que su cuerpo le reclamaba y que la sociedad le negaba; cómo Daniela convocaba la libertad añorada con dos pequeñas alas tatuadas en los omoplatos, o cómo Adela, la nonagenaria con cuerpo de niña y “tantas arrugas como sus recuerdos”, es capaz de correr los 100 metros planos en 23 segundos.

Ernest Hemingway, otro “contador de historias”, primero como periodista y después como novelista, solía decir con cierta ironía que de “las 110 reglas” periodísticas “probadas, aprobadas y santificadas” en los manuales de estilo de las redacciones de medio mundo, sólo dos son válidas: “usar frases cortas y emplear un estilo directo, sin rodeos”. Pero la crónica, como también lo sabía Hemingway, requiere de un tono y un ritmo narrativos. Karen no sólo atiende las recomendaciones del bueno estilo periodístico, sino que dota a sus textos de la tensión propia del relato literario, algo característico del género. 

La crónica combina información con elementos de ambiente,  referencias de “color”, citas de los protagonistas, aspectos anecdóticos y detalles de “interés humano”, porque busca recuperar la atmósfera, las emociones y los colores de un hecho que escapan al formato netamente informativo. Karen aborda sus historias desde la perspectiva de quienes la viven o la sufren, mediante descripciones, metáforas y testimonios, en una coral de imágenes y sonidos que dan solidez argumental y elasticidad estilística al texto, sabedora de que la crónica no es la simple interpretación de un suceso, sino la narración creativa del acontecimiento.

Tampoco lo hace de manera anecdótica, sino que analiza y reflexiona sobre los problemas sociales que subyacen en las experiencias cotidianas de sus personajes. Es así que pasa revista a la Ley Contra el Acoso y Violencia Política hacia las Mujeres, al desamparo legal de las trabajadoras del hogar o la ley de identidad de género, para citar  unos ejemplos. Visto de otro modo, bien podría decirse que las historias particulares no son otra cosa que un pretexto para abordar las causas profundas de la exclusión y la marginación.

Tal vez por esta razón es que observa a sus personajes con una ternura conmovedora, tanto al retratarlos como al describir el escenario y las situaciones en que se desenvuelven. Muestra a Luna, la transexual  de “cabello largo color oro, piel morena y ojos cafés oscuros custodiados por pestañas postizas”, asediada por miradas impúdicas que buscan su cuerpo delgado, sus caderas ahora femeninas y “sus senos que tanto le costaron tener”, o a la alcaldesa Bertha, que “sabe que todo el tiempo se mueve en un territorio de hombres”,  donde debe demostrar no sólo sus habilidades políticas y administrativas, sino, “aunque no le guste, jugar con sus reglas”, porque en eso le va la vida. “Te vamos a enterrar viva y quemar la casa de tus papás para que aprendas”, le habían advertido sus enemigos políticos.

Tomas Eloy Martínez dijo alguna vez que los seres humanos pierden la vida buscando cosas que ya han encontrado y que los editores de periódicos siguen buscando cómo seducir a sus lectores, cuando “el periodismo ha resuelto el problema a través de la narración”. Tal vez esa sea también la solución a la crisis de los medios tradicionales, principalmente la prensa escrita, porque lo cierto es que, para citar otra vez al autor de Santa Evita, “la gente ya no compra diarios para informarse”, sino “para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el revés y el derecho de la realidad”.

No se trata, pues, de qué es lo que se cuenta, sino de cómo se lo cuenta. Para ello nada mejor que volver a los orígenes del periodismo, al periodismo de los “contadores de historias”, como Mark Twain, Ernest Hemingwy y García Márquez. Y es lo que está tratando de impulsar la Fundación Para el Periodismo con sus diversos programas.

Karen Gil  se benefició con uno de ellos. Obtuvo una beca para escribir un libro de no ficción, otorgada por la Fundación Para el Periodismo y el European Journalism Centre (EJC), en su primera convocatoria (2016), con una estancia de un mes en el Carey Institute for Global Good de Nueva York y la participación de otros 12 periodistas del mundo. The Logan Nonfiction Program brindó la tutoría del periodista y escritor Tim Weiner, Premio Pulitzer, quien ayudó a los becarios a delimitar las historias planteadas y a tejer -tanto en la forma como en el fondo- la unidad temática.

Este es el resultado de su trabajo.

Prólogo al libro Tengo otros sueños, de Karen Gil)

Ramona (Opinión) – 2 de septiembre de 2018

«Prontuario»

Alejandra Echazú Conitzer

Los hechos son conocidos. Sabemos quiénes son los protagonistas y, un poco más, un poco menos, tenemos una idea de cómo acabaron las historias. Sin embargo, cuando sale un detalle a la luz o se reabre un caso, no dejamos de leer, una vez más, acerca de los sucesos que golpearon nuestra sensibilidad individual y colectiva.

A pesar de no encontrar nada nuevo, es la cronología, son los detalles, los testimonios, que presentados bajo la hábil organización de un periodista se revelan como algo novedoso: se nos había pasado un detalle, no sabíamos de alguna declaración o surgió una pista que no habíamos tenido en cuenta.

Ya García Márquez demostró en su ficcional Crónica de una muerte anunciada que realmente no importa tener la información básica: quién mató a quién, por qué, cuándo, cómo, porque desde las primeras líneas de su novela, inspirada en hechos reales, ya lo sabemos; es el desarrollo de lo sucedido lo que nos motiva a leer. Seguimos con la lectura porque sentimos que, como en una narración detectivesca, hay algo más por descubrir (cuán difícil es aceptar que hay personas que no temen robarle la vida a otra). Además, en los pliegues de la crónica atisbamos los sentimientos de frustración, de dolor, de venganza, de maldad, de crueldad que habitan en los personajes.

La crónica tiene una virtud: ofrece aquello que un mero informe policial no transmite: el perfil psicológico de los personajes, las motivaciones secretas, los vínculos afectivos, los secretos de infancia, los recovecos del alma etc. Finalmente, como lectores, también nosotros damos nuestro veredicto, nos permitimos opinar y juzgamos desde la luz de la moral.

Me pregunto, por qué leemos crónica roja, aquella que está bien escrita, investigada, que va hasta las fuentes, que fundamenta, indaga y cuestiona: ¿es que los humanos tenemos esa tendencia al morbo?, ¿es que la indignación frente a la injusticia nos empuja a conocer cada detalle? Se despierta una solidaridad hacia la víctima que no conocíamos, un anhelo de comprender por qué se dan estas cosas. No sea que a nosotros pueda sucedernos algo semejante: la información la tomamos quizá como una medida de precaución. Son muchas las razones que nos invitan a leer los terribles designios de los otros.

Y en este marco reflexivo, Prontuario: Casos de la crónica roja que conmocionaron a Bolivia, ha sido presentado en la Feria del Libro, editado por Página Siete y Editorial 3600. La coordinadora de la publicación es la galardonada periodista Liliana Carrillo quien ha elegido 11 casos, apenas unos cuantos de los muchísimos que se producen diariamente en nuestro país.

¿Qué nos queda de su lectura? Mucha amargura, mucha. Primero, porque vemos con meridiana claridad que la justicia en Bolivia está salpicada de corrupción, bajezas e injusticias. Vemos que la violencia ejercida, no solo atañe al muerto, sino a muchos inocentes, hay daños colaterales, vidas interrumpidas, la de los familiares que no se recuperan de la muerte de su ser amado, la de los abogados, los implicados, los jueces, los cómplices, los inocentes…. Hay demasiadas vidas sacrificadas y heridas por una muerte violenta.

La frase de Guillermo Martínez que recupera Juan Carlos Salazar en su crónica, es certera en Bolivia: “el crimen perfecto no es aquel que no se resuelve, sino el que se resuelve con un falso culpable”. Con un chivo expiatorio, habría que añadir. Con un inocente, habría que apostillar.

El segundo mal sabor viene de la constatación de que la crónica roja en Bolivia tiene una íntima relación con el poder y con el mismo Estado. La antología comienza con crónicas de hechos sucedidos en los 60, 70 y 80 del siglo pasado. Todos relacionados con golpes de Estado, dictadores, con un estado represivo.

La pulcra y detallada crónica de Juan Carlos Salazar menciona cuatro asesinatos, del dirigente campesino Jorge Solíz, del político Jaime Otero Calderón y del periodista Alfredo Alexander y su esposa Martha Dupleich, todos aparentemente relacionados con algún secreto del Estado, revelando una violencia represiva nunca antes vista en nuestro país.

Se presenta dos truculentas figuras que transitan esas décadas: el nazi Klaus Barbie (Altamnn es el apellido que utiliza en Bolivia) y Luis Arze Gómez, un hombre helado que a sus ochenta años continúa con ínfulas de rico, blanco, guapo. La extraordinaria crónica de Cecilia Lanza Lobo disecciona al militar tan temido en esas décadas y nos entrega la imagen del niño Luis en brazos de su abuela nazi. Y el libro acaba con los sonados casos de estafas millonarias, también directamente relacionados con el Estado del siglo XXI. Mery Vaca Villa escribe una detallada crónica de la exnovia del Presidente Evo Morales, la estafadora Gabriela Zapata y cómo el tráfico de influencias convirtió a esta joven mujer en millonaria, con justificaciones como esta perla: “Mi patrimonio responde a todas mis relaciones sentimentales que tuvo mi persona”.

Otro sonado caso relacionado a la corrupción en el gobierno de Evo Morales es el que desglosa Yvone Juárez Zeballos, quien investiga el caso de Juan Franz Pari, quien sustrajo poco a poco la friolera de casi 38 millones de bolivianos del banco estatal, el Banco Unión. Entre medio están historias, no menos impactantes, como la que narra Isabel Mercado Heredia en torno al asesinato del joven Juan Gabriel Despot, atropellado con saña, salvajemente, y cuyo cuerpo desaparece misteriosamente en diez minutos. El asesino confeso acaba escapando de Bolivia y la justicia ¡bien gracias!

En este entorno impune golpea el caso que investiga Leny Chuquimia Choque, relativo al bebé Alexander, muerto a los ocho meses y que demuestra la ineptitud de quienes estuvieron a cargo de los protocolos en las instituciones, tanto de albergue como hospitalarias, habiéndose imputado y encarcelado a quien no tiene culpa.

Queda la evidencia del desolador panorama de la explotación a la mujer, tanto por la violencia intrafamiliar, que costó la vida de la periodista Hanalí Huaycho, suceso investigado y escrito por Anahí Cazas Álvarez, como por el creciente e inmoral negocio de la trata y desaparición de personas que consta en el caso de Dayana Algarañaz Hurtado, escrito por Alejandra Pau y también en la crónica de Sergio Mendoza Reyes sobre el club nocturno Katanas. Liliana Carrillo baraja con destreza testimonios contradictorios de las familias de Andrea Aramayo y William Kushner. La última crónica de Pronturario es el estremedor asesinato de los novios Carla Bellot y Jesus Cañisaire a cargo de una familia desalmada, contado por Daniela Romero Linares.

¿Por qué Página Siete apuesta por una publicación de sucesos violentos? No es otra la razón que la seriedad investigativa, el rigor periodístico y el afán de que se esclarezcan hechos que han impactado grandemente en el corazón de la sociedad. El profesionalismo de sus cronistas demuestra que es posible realizar un periodismo que se atreve a indagar temas conflictivos con altura e imparcialidad.

Página Siete – 26 de agosto de 2018

Jorge Suárez, el sonetista de la copla

Jorge Suárez no cantaba ni tocaba la guitarra. Tampoco declamaba bien, pero lo intentaba, a fuerza de convicción y sentimiento. Lo primero que pedía al guitarrista de turno en las noches de bohemia era acompañamiento para recitar Manuel sombrerero, su “poema musical” en ritmo de cueca, bailecito y redoble. Aclaraba la voz con un trago seco y se lanzaba a contar la epopeya de uno de los tantos héroes anónimos de la revolución del 9 de Abril. Claro, no era un buen declamador, pero sí un gran poeta y narrador.

Enfundado a reventar en su abrigo gris de siempre, bufanda al cuello, pedía bailecito y empezaba: Rompe la alborada el trueno / trágico de cribadora / y trepida la ametralladora / ronca desde el hondo callejón moreno. Aspiraba profundamente su Derby, lanzaba la bocanada de humo y vámonos con el redoble: ¡Baja de los cerros, baja! / ¡Baja, Manuel sombrerero! / Que te espera en el desfiladero / una rosa roja para tu mortaja. Rasguido doble, otro seco y se va la primerita de la cueca: Palomitay, dale un beso / de despedida a Manuel, / con tu boquita de miel / dale un beso palomita, / mañana dirás un rezo, / ni te acordarás de él. Con o sin acompañamiento, sus sonetos sonaban a copla.

Era su época de “poeta social”, en los albores de los 70, aunque no era conocido como tal, sino como periodista, oficio con el que se ganaba la vida. Ya había publicado ¡Hoy! Fricasé (1953), con Félix Rospigliosi, Los melodramas auténticos de políticos idénticos (1960) y Elegía a un recién nacido (1964); pergeñaba uno a uno sus Sonetos con infinito, que publicaría años más tarde, en 1976, y probablemente El otro gallo ya revoloteaba en su cabeza.

En su “sociedad poética”, a la que bautizaron con derroche de humor como el “Consorcio de ingenieros del Soneto” (COSINETE), Suárez y Rospigliosi “acometieron el soneto en todas sus formas” y cantaron al yatiri, al liwi-liwi, a la imilla, al heladero, a la solterona, al varita, a la birlocha, al cargador, al conscripto, al hualaicho, al lustrabotas y al botabasura, entre otros personajes del pueblo, pero también a lugares tan emblemáticos como la Calle Comercio, el tambo, Churubamba, el thantakhatu y el Panóptico. Y, por supuesto, ¡al fricasé!

Nació en La Paz el 26 de marzo de 1931 y murió en Sucre el 27 de julio de 1998. Tras egresar del colegio San Calixto, viajó a Cochabamba con Rospigliosi para asistir a un festival de poesía, donde cautivó con sus versos de “tono revolucionario”, a decir del poeta José Antonio Terán Cabero.

Llegaron poco después del triunfo de la revolución del 52. Suárez decidió quedarse para estudiar Derecho, pero pronto abandonó la carrera para dedicarse al periodismo en el diario El Mundo, que dirigía Víctor Zannier, el periodista que años más tarde llevaría el diario y las manos del Che Guevara a Cuba.

“Un día de esos, de pronto, apareció al frente de la casa. No sé quién le ayudaría a encontrar mi domicilio, pero ahí estaba, solo, con el pelo alborotado y los ojos enrojecidos. Estaba muy cansado, tenía palpitaciones en el pecho. Ya desde entonces tenía ese problema, tenía la presión alta. No había dormido. Pidió algo para aliviarse, le ofrecimos agua, no sabíamos qué malestar era el suyo ni acertábamos con alguna medicina. Reposó un rato y luego se fue a descansar. Lo acomodamos y se echó a dormir”, rememoró años después Terán Cabero, el famoso Soldado Terán, en un testimonio recogido por Luis H. Antezana. Era el Suárez de cuerpo entero.

El excanciller Gustavo Fernández, por entonces un joven estudiante de Derecho, estaba pensionado con Suárez y Rospigliosi en la casa de Doña Julia, la mamá del Soldado, y recuerda la rivalidad entre ambos poetas. “No eran broncas, más bien eran pullas, burlas, juegos mordaces. Se llevaban muy bien, pero se pinchaban y provocaban constantemente”, que no eran otra cosa que la prolongación de las “cáusticas escaramuzas” que sostenían ambos en la Alcaldía, donde trabajaban.

Fue en esa época, a fines de los 50 o principios de los 60, antes de retornar a La Paz, que se distanció –nadie sabe por qué– de Rospigliosi. “Jorge era en su juventud no sólo bromista sino, alguna vez, hasta perverso”, confió Terán a Antezana. “Solía burlarse de los versos del prójimo y los tergiversaba con cierta maldad provocativa”. Para muestra, sus melodramas auténticos y sus epitafios. Esa manera de ser, según el periodista José Luis Alcázar, le ganaba muchas antipatías, puesto que no todos entendían sus sátiras ni sus ironías.

Terán recuerda que Suárez y Rospigliosi emprendieron una polémica en verso, “desbordante de veneno y de calificaciones insultantes”. Suárez firmaba sus columnas como Paspartú. “Rospigliosi lo llamaba Pasparsucio (…), algo muy penoso para quienes admirábamos el talento de ambos amigos”.

Así, con “el pelo alborotado y los ojos enrojecidos”, sudoroso y asesando, como lo describe Terán, Suárez subía por la calle Ayacucho hasta la plaza Murillo, donde estaba ubicada la redacción de Jornada, el último periódico paceño de prensa plana y tipos móviles, que fundó el 4 de noviembre de 1964. Aunque el vespertino apareció el mismo día del golpe del general René Barrientos Ortuño, Suárez siempre negó que su periódico hubiese sido financiado por el militar golpista, concretamente por su ministro de Gobierno, Antonio Arguedas, como decían las malas lenguas.

En mancuerna con otro periodista de talento, Mario Rueda Peña, El Gato, hizo escuela en crónica roja. Eran legendarios los títulos de su sección policial, en los que mezclaba la sátira con la picaresca criolla. “Cholita perdió la honra por recuperar su sombrero”, tituló en una ocasión a toda página. Suárez –el Loco para sus amigos- sostenía que su vespertino vivía de sus ventas y de la publicación de edictos.

“No hago periodismo para ganarme la vida. Es para mí una vocación tan viva como la literatura. No podría saber si empecé haciendo periodismo o empecé haciendo literatura, pero no alcanzo a concebir mi propia obra al margen de una u otra actividad”, declaró en una ocasión. En todo caso, para él, periodismo y literatura eran oficios complementarios, dos formas de escritura, las dos caras de una misma medalla.

Periodista al fin y al cabo, fue el único poeta que cantó al canillita: Entre una polvareda de grises barrenderos / –carne de alba estrujada, blanco niño morado– / caen en tu silencio níqueles usureros / que hacen el pan más bueno y el dolor más cantado. / Las horas febrilizan tus pasos pregoneros / llegando tu pequeño corazón desbocado / donde asoma el fantasma de los ojos severos / que en los negros inviernos te destroza el costado.

Durante los gobiernos militares de Alfredo Ovando Candia y Juan José Torres (1969-71) fue embajador en México y Argentina. El golpe de Hugo Banzer Suárez lo sorprendió en Buenos Aires. Tras un largo exilio, retornó a Bolivia para dedicarse de lleno al quehacer literario, aunque también ejerció el periodismo en el diario El Correo del Sur de Sucre. En los años 80, dirigió el Taller de Cuento Nuevo en Santa Cruz, donde, según el poeta Homero Carvalho, se forjaron “algunos de los más importantes narradores cruceños, benianos y chaqueños”. Y publicó El otro gallo (1982).

Con el “humito blanco” y el “aroma rubio” de su Derby, al que le dedicó un poema, “oculto en la bufanda de su invierno”, era un personaje de su propia poesía, el caminante que va dejando “rosas de polvo sobre la calzada”, el poeta que va “rompiendo con la frente el día”, un “rayo de otro cielo”.

(Dibujo de Marcos Loayza)

Página Siete – 19 de agosto de 2018

Mesa, Salazar, Urrelo, Viscarra y «Prontuario», los más vendidos

Los libros de historia de Bolivia, del mar y del cine boliviano de Carlos D. Mesa; la reedición de Hablar con los perros, de Wilmer Urrelo; Semejanzas, de Juan Carlos Salazar, y Prontuario de Página Siete fueron algunos de los volúmenes más vendidos en la Feria Internacional del Libro de La Paz (FIL), que concluyó anoche.

Los libros Historia de Bolivia e Historia del Mar Boliviano del expresidente Carlos D. Mesa “volaron” de los estantes del stand de la Librería y Editorial Gisbert en la feria, vendiendo alrededor de 300 ejemplares cada uno, de acuerdo con los encargados.

En el stand de Plural Editores el libro más vendido fue otro de los libros de Mesa, Historia del Cine 1897-2017 (escrito conjuntamente con Pedro Susz, Alfonso Gumucio, Andrés Laguna y Santiago Espinoza), junto con La Sociología de la Imagen de Silvia Rivera y Semejanzas de Juan Carlos Salazar, el cual se agotó a pocas horas del final de la feria.

En el espacio de Editorial El cuervo, los libros más vendidos fueron Hablar con los perros de Wilmer Urrelo, El lugar del cuerpo de Rodrigo Hasbún y Rigor Mortis del cronista Álex Ayala.

De acuerdo con Fernando Barrientos, editor jefe de la editorial, la reedición de la novela de Urrelo vendió más de 150 ejemplares en los 12 días de la feria.

Para la Editorial 3600, los textos más requeridos en la feria fueron La del estribo, una antología de Víctor Hugo Viscarra, “A pesar de ser un libro caro (150 bolivianos) se agotó en su presentación y en dos preventas certificadas”, indicó el editor Willy Camacho. Otros títulos requeridos por los lectores en el stand de la editorial fueron Hayley de Adrián Nieve y Soundtrack de Camila Urioste.

La literatura infantil de Mariana Ruiz y las novelas de Wolfango Montes fueron las obras más vendidas en el stand de La Hoguera, mientras que en el puesto de la editorial Kipus el texto Sé amigo de ti mismo de Gregorio Iriarte, las novelas Huari de Ronnie Piérola y Potosí 1600 de Ramón Rocha Monroy fueron los libros más solicitados.

Prontuario se agotó

Prontuario, la apuesta de Página Siete y 3600 por la crónica roja hecha en Bolivia se agotó en el stand del periódico en varias ocasiones durante el transcurso de la feria.

El pasado jueves, siete de las autoras de las 11 crónicas policiales recopiladas en Prontuario, se presentaron en el stand de este medio en la Feria Internacional del Libro de La Paz.

La directora de Página Siete, Isabel Mercado; la editora de la publicación, Liliana Carrillo; la directora de la revista Rascacielos, Cecilia Lanza; las periodistas Leny Chuquimia, Alejandra Pau, Ivone Juárez y Daniela Romero compartieron ese día con los asistentes las experiencias que vivieron desde la selección de su tema, la recolección de datos y las entrevistas que realizaron para producir su obra.

Página Siete – 5 de agosto de 2018