La desesperación del abstemio

Jacqueline Carey, una escritora estadounidense de literatura fantástica, dijo alguna vez que “es cómico ver cómo la desesperación puede pronto convertirse en un viejo amigo”. Es lo que parece estar ocurriendo con Evo Morales, a juzgar por sus frecuentes y desafortunadas declaraciones en su desesperación por reconquistar el poder a cualquier precio. Pero, claro, sería cómico si no fuera por el riesgo que entrañan para la reconciliación y la democratización del país.

Evo Morales ha pasado de proponer el cerco a las ciudades para rendir por hambre a la población urbana a postular la conformación de milicias armadas y amenazar veladamente con un golpe militar. Y lo hace desde el cinismo que le caracteriza, a nombre de una supuesta restauración de la democracia y el Estado de  Derecho, que él fue el primero en violar al desconocer la voluntad popular expresada en el referéndum del 21 de febrero y las elecciones del 20 de octubre. 

En su más reciente declaración, dijo que mantiene contacto con “algunos miembros” de las Fuerzas Armadas, a los que describió como “militares patrióticos”, que “protestan contra el excomandante y el actual comandante” y que “se comunican preocupados por lo que está pasando y empiezan a cuestionar a sus comandantes”. Y lanzó la amenaza: “este contacto va a continuar, que sepa la derecha”.

No hay que esperar una autocrítica del masismo ni de su líder. Evo Morales nunca reconocerá el daño que hizo a la democracia y a la institucionalidad de Bolivia. “Pueden hacer lo que quieran conmigo, pero que no destrocen la democracia”, declaró al comentar su inhabilitación como candidato, como si el desconocimiento del referéndum y el posterior fraude electoral no hubiesen “destrozado la democracia” y provocado la crisis de octubre y noviembre pasados. 

¿Acaso no fue él quien dijo que desconocer el resultado del referéndum equivalía a dar un golpe de Estado? ¿No reconoció el fraude al ofrecer nuevas elecciones con un nuevo Tribunal  Electoral antes de renunciar y buscar asilo en México?

Evo Morales nunca creyó en la democracia como forma de gobierno, sino, únicamente, como un medio para la conquista del poder y para retenerlo, no para ponerlo en juego ante el surgimiento y  conformación de nuevas mayorías. Tan es así que ahora apuesta a la vía democrática del voto, pero, como no está seguro de lograr la victoria, esgrime la amenaza del golpe militar. Si no es por las buenas, será por las malas.

Las declaraciones del expresidente dejan en fuera de juego a su vicario, el candidato masista, quien, como su mandante, se llena la boca reclamando la “restauración del Estado de Derecho”, pero no se atreve a contradecirle en sus amenazas contra la estabilidad del país. Por el contrario, afirma que en Bolivia “no hay libertad de expresión”, como si él mismo y su jefe no estuvieran haciendo uso de esa libertad, como demuestra la amplia cobertura periodística a sus actividades y declaraciones. No marcar distancias con las proclamas subversivas de su líder  es avalarlas, también ante el electorado.

La incontinencia verbal de Evo Morales es la peor noticia para el MAS y la mejor para las fuerzas que buscan evitar su retorno al poder, no sólo porque pone en figurillas a su candidato, sino porque revela la desesperación de su líder y la poca seguridad que tiene en el éxito electoral de su binomio. 

Al decir que el Tribunal Electoral obedece “instrucciones” de la “dictadura”, además de expresar cinismo, está abriendo el paraguas para una futura impugnación al resultado si éste no le gusta.

La inhabilitación de Evo Morales ha sido una decisión apegada a la ley, al margen de intereses políticos coyunturales, que es lo que se esperaba del nuevo Tribunal Supremo Electoral. La restitución de la institucionalidad electoral es probablemente el gran logro de los cien primeros días del gobierno de transición, porque garantiza elecciones imparciales, seguras y confiables.

Desde su fuga del país, el exmandatario ha incurrido en acciones y declaraciones cada vez más contradictorias, al desmentir con cada una de ellas lo que hizo y dijo en la anterior. No es que antes haya sido coherente, pero su alejamiento del poder parece haberle conducido a la desesperación del abstemio. 

No le voy a dar la razón a Dan Brown, el autor de la famosa novela El Código Da Vinci, quien dice que “ante la desesperación, los seres humanos se vuelven animales”. ¿O sí? Quien sí la tiene es Joseph Fink, autor de un podcast muy popular en Estados Unidos, cuando sostiene que “la desesperación no crea empatía ni aclara el pensamiento”. Algo muy importante en tiempos electorales.

Página Siete – 27 de febrero de 2020

María Josefa Mujía, la alondra de la “enlutada lira”

María Josefa Mujía, la poeta ciega del “corazón enjuto, cubierto de negro luto”, la “alondra” de la “enlutada lira”, vio la luz, el color, los matices y las formas, que los ojos le negaban, a través de sus sentimientos. Descubrió, como diría José Saramago, que la ceguera cubre la apariencia del mundo, pero deja intacta la realidad, detrás de un velo negro, que ella supo descorrer con su poesía.

Hija del coronel español Miguel Mujía y de la chuquisaqueña Andrea Estrada,  quedó ciega a los catorce años, circunstancia que marcó toda su producción poética. Según sus biógrafos,  perdió la vista a causa del llanto que le provocó la muerte de su padre, por quien sentía adoración.

El historiador, biógrafo y crítico literario Gabriel René Moreno (1834-1908), su amigo y confidente epistolar,  la describe como una mujer “bella, pura, sumida en la soledad y negra noche”,  dotada de “clara y precoz inteligencia” (Estudios de literatura boliviana), en tanto que el escritor y poeta José Macedonio Urquidi (1883-1978) dice que era una persona “dulce y encantadora”, un “alma enternecida y selecta” (Bolivianas ilustres).

Pero el mayor elogio a su poesía fue formulado por el filólogo y crítico literario español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), quien escribió que los versos de la poeta ciega “tienen más intimidad de sentimiento lírico” que todo lo que había visto hasta entonces en el Parnaso boliviano.

Nacida en Sucre el 26 de noviembre de 1812, primogénita entre seis hermanos, su infancia transcurrió en los dramáticos días de la guerra de independencia. Su nombre completo era María Josefa Catalina Mujía Estrada. Gabriel René Moreno describe la historia de su vida como “corta y sencilla”, “solitaria y retirada”, a causa de su ceguera. De acuerdo con Urquidi, era “sencilla y conmovedora”.

La muerte de su padre –relata su confidente epistolar– le produjo “el más profundo dolor, causándole el continuado llanto la pérdida absoluta de la vista”. Ricardo Mujía (1860-1938), poeta como ella y sobrino suyo, escribió que la “negra noche circundó aquel espíritu ávido de contemplaciones, sediento de ideal”, en plena adolescencia, “¡cuando despuntaba su belleza, cuando comenzaba a sonreír la esperanza y cuando ya era el apoyo de su santa madre!”.  Como diría ella refiriéndose a sí misma, “se enturbiaron sus pupilas”.

Cuentan sus biógrafos que, durante su niñez, hizo grandes y sorprendentes progresos en su educación y en el estudio de varios idiomas. La desgracia le sobrevino cuando empezaba a dedicarse a la lectura, principalmente de los grandes clásicos, y al estudio de las bellas artes. “Desde entonces principia para la joven una vida de lento martirio y de triste soledad, en que su existencia se consume poco a poco”, escribe Moreno.

La familia hizo lo imposible para mitigar su mal, pero sus esfuerzos –y los de la medicina de la época– fueron vanos. Uno de sus hermanos, Augusto, acudió en su ayuda y consuelo, convirtiéndose, a decir de Urquidi, en la persona que la guiaba “en los eternos crepúsculos y sombras de su noche oscura”, como lector y escribiente. Era él quien le leía los libros de la biblioteca paterna y el que transcribía sus versos.

Según Ricardo Mujía, jamás revisaba ni corregía los poemas que le dictaba a su hermano. “Las estrofas eran rápidamente concebidas”, y cada verso era “una improvisación más o menos animada, según el sentimiento predominante en este espíritu soñador”.

Su aislamiento y aguda sensibilidad le ayudaron a crearse un mundo interior de belleza que supo plasmar en cada uno de sus versos.  Según el poeta y crítico literario Óscar Rivera-Rodas (La poesía hispanoamericana del siglo XIX), María Josefa sustituyó “las imágenes representativas de la realidad externa –con la que ya no tiene relación sensible–, por la corriente de sentimientos y pensamientos que la llevan de una emoción a otra, por su experiencia subjetiva”.

Gabriel René Moreno tenía registradas “unas cuarenta composiciones” suyas, de las cuales sólo cuatro o cinco habían visto la luz pública. Las demás permanecían inéditas y eran conocidas únicamente en el círculo de la familia y de los amigos. Fue precisamente Augusto, quien, sin el consentimiento de su hermana, mostró el poema La ciega a un amigo suyo, quien lo convenció de publicarlo en el diario Eco de la Opinión de Sucre, en 1850.

En las ocho estrofas de La ciega, uno de sus poemas más conocidos y celebrados, la autora desgrana su desventura.

Todo es noche, noche oscura

Ya no veo la hermosura

De la luna refulgente,

Del astro resplandeciente

Sólo siento su calor,

No hay nube que el cielo dora,

Ya no hay alba, no hay aurora

De blanco y rojo color.

Ya no es bello el firmamento,

Ya no tiene lucimiento

Las estrellas en el cielo;

Todo cubre en negro velo,

Ni el día tiene esplendor,

No hay matices, no hay colores,

Ya no hay plantas, ya no hay flores,

Ni el campo tiene verdor.

(…)

Pobre ciega desgraciada,

Flor en su abril marchitada,

Qué soy yo sobre la tierra?

Arca do tristeza encierra

Su más tremendo amargor;

Y mi corazón enjuto,

Cubierto de negro luto,

Es el trono del dolor.

Al analizar los versos de La ciega, Óscar Rivera Rodas dice que si en algunos destacan  la imagen, en otros es la emoción; “mientras en aquellos la emoción es casi completamente cubierta por la imagen, en éstos desaparece la imagen y predomina la emoción”. “Los núcleos significativos –sostiene– son aquí sentimientos: noche triste, confusión, pavor, nada, lobreguez, horror. De hecho, estos términos implican imágenes. Pero lo que se subraya aquí es que la imagen se pone al servicio del sentimiento”.

Como afirma el historiador Josep M. Barnadas, los versos de María Josefa “provocaron inmediatos ecos poéticos” de sus contemporáneos, como Manuel  José Cortés, Mariano Ramallo, Manuel José Tovar y Daniel Calvo.  Según Gabriel René Moreno, “leídos y releídos en todos los círculos de la capital, produjeron más efecto del que podría esperarse”. Muy pocos conocían personalmente a su autora y todos se preguntaban “quién era este cisne misterioso que desde su lóbrego nido daba al aire tan sentidos acentos”.

Pocos días después de que se publicara La ciega en el Eco de la Opinión, Manuel José Cortés le respondió con un poema en el mismo periódico:

Privó a tus ojos de la lumbre hermosa

Del luminar del día, airado el Cielo;

De noche larga, triste y tenebrosa

Extendiéndose en tu vida el denso velo.

Pero dentro de ti, claro, sereno

El sol del genio brilla refulgente:

Su luz alumbra de portentos lleno

Un  nuevo mundo que creó tu mente.

“Y fue natural que otras liras vibrasen en triste y armonioso concierto con la de la ciega. Está con todo lo que la rodeaba, joven bella, pura, sumida en soledad y negra noche, atribulada todavía más por la pérdida de algunos seres amados, y siempre llena de humilde resignación y de vida intelectual, encerraba todo lo que tiene de bello y sublime el dolor: era un manantial de poesía y de inspiración”, escribió Moreno.

En El árbol de la esperanza, poema elogiado por Marcelino Menéndez y Pelayo, establece un paralelismo entre el destino y la desventura de un árbol marchito y seco y su propia desgracia:

Árbol de esperanza hermoso,

En copa y ramas frondoso

Y elevado yo te vi:

Ora en el suelo tendido,

Destrozado y abatido

Te miro, ¡triste de mí!
 
(…)
 
Siendo de edad aun temprana,

En tu corteza yo ufana

Catorce letras grabé;

No eran dichas ilusorias,

Ni de amores ni de glorias

Las palabras que tracé.
 
Contigo se ha derribado

Todo el bien imaginado

Que el pensamiento creó;

Cual oscilación ligera

Toda ilusión hechicera

Contigo ya se extinguió.

Según Barnadas, María Josefa, a quien atribuye “tonalidades exclusivamente personales”, suele reflejar en su obra “su atribulada condición, su aislamiento del mundo exterior, pero sin excluir una humilde resignación”. La describe como la “poetiza del dolor” y afirma que sólo excepcionalmente se encuentra en ella “tonos más radiantes”.

En su modestia y humildad, Mujía creía que sus poemas no estaban a la altura de lo que ella consideraba una verdadera obra literaria. “Mis pobres composiciones en verdad no son más que una miserable arcilla para ser mezcladas entre las bellas flores del genio y no merecen salir a la luz pública”, le respondió a Gabriel René Moreno cuando éste le pidió que le enviara sus poesías para su publicación.  “Como autora, propietaria de ellas, tengo derecho para impedir el que salgan impresas, porque no son dignas ni de ser leídas”. No sólo eso, sino que llegó a pedirle que “eche al fuego” las que tenía en su poder.

Considerada una de las primeras representantes del romanticismo en Bolivia y “fundadora” de la poesía nacional, destacó con otros intelectuales de los primeros años de la Bolivia independiente, como Nataniel Aguirre, Manuel José Cortés y Adela Zamudio, quien también le rindió homenaje con un poema del mismo nombre, La ciega. Su obra estaba dispersa en decenas de periódicos de Bolivia, América y Europa.

El investigador Gustavo Jordán Ríos rescató 684 manuscritos, todos dictados por María Josefa, incluidas, 328 poesías, una novela (A la Virgen Santísima del Rosario) y decenas de cartas personales, material que fue publicado en el libro Obras completas. Su autor considera a la poeta como “una mujer iluminada por la divinidad”, no sólo porque habiendo perdido completamente la vista a los 14 años nunca dejó de producir, sino porque sus poemas “eran dictados de una sola vez y sin que los revisara o volvieran a leérselos”. 

María Josefa se hundió en una depresión profunda tras la muerte de su hermano Augusto, en 1854, y el posterior fallecimiento de su hermana Micaela, esposa del poeta Mariano Ramallo, quien había sustituido a Augusto como guía y compañía. Falleció en Sucre el 30 de julio de 1888, aquejada de múltiples dolencias físicas, ciega y sorda.  Sus restos desaparecieron del cementerio de Sucre, donde fueron sepultados por su sobrino Ricardo. Aparentemente fueron enterrados en una fosa común.

Como dijo un periódico de la época, sus últimas poesías “tenían algo de los cantos de los cisnes moribundos”. En la última estrofa  de La ciega, escribió: “Agotada mi esperanza/ Ya ningún remedio alcanza,/ Ni una sombra de delicia/ A mi existencia acaricia;/ Mis goces son el sufrir:/ Y en medio de esa desdicha/ Sólo me queda una dicha,/ Y es la dicha de morir”.

En su poema dedicado a la fe, religiosa como era, habla de la muerte como esperanza, la dicha que ha de encontrar en “una región eterna y de ventura,/ y que será del alma resignada/ dulce morada”.  Esperanza y consuelo, porque, al fin y al cabo, como diría José Saramago: “En la muerte la ceguera es igual para todos”.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 16 de febrero de 2020

Dulces promesas de amor

“La palabra diputado sonó en mis oídos con la misma dulzura que una promesa de amor”, dice el protagonista de La candidatura de Rojas, Enrique Rojas y Castilla, cuando su tío abuelo le sugiere que se postule para el Parlamento porque ha llegado la hora de “hacer algo por el porvenir de la familia”. Al ver los afanes proselitistas de unos y otros en los últimos días, no resistí la tentación de evocar la frase que abre la maravillosa novela de Armando Chirveches (1881/1926), lectura obligada en tiempos electorales, como el actual, así sólo sea para tomar con humor la siempre malhumorada política boliviana.

Todo novelista sabe que la primera frase de su obra –el famoso íncipit (“empiezo”)– es crucial para atrapar al lector. Basta recordar los emblemáticos inicios de Pedro Páramo, Cien Años de Soledad o Conversación en la catedral, para no mencionar al más célebre de todos, el de Don Quijote. La genial frase de Chirveches no sólo cumple a cabalidad con ese objetivo, puesto que nos embarca en la historia desde el vamos, sino que sugiere con ironía la trama de la obra y pinta de una sola pincelada la política criolla, la de ayer, la de hoy y la de siempre.

¿Cuántos de nuestros políticos no habrán sido seducidos por esa dulce promesa de amor que parece ser toda candidatura, pasando por encima de lealtades, principios e ideologías?

Las grandes crisis exhiben a los políticos en su verdadera dimensión. Los desnuda. Dicho de otro modo, los políticos muestran la madera de la que están hechos en las grandes crisis. Es el momento de los renunciamientos o de las apuestas por las metas superiores. 

“Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina”, dijo alguna vez Víctor Hugo. ¿Cuánto nos ha cegado o nos ha iluminado el relámpago de noviembre? 

A los partidos se los juzga por sus programas y sus propuestas; a los líderes políticos por su trayectoria, por su historia personal, que es el capital político y moral de un dirigente y el único aval de su coherencia política e ideológica ante el pueblo que dice o quiere representar.

A estas alturas de la vida, cuando parece estar más vigente que nunca el “fin de las ideologías”, proclamado hace 30 años por el politólogo Francis Fukuyama, resulta difícil hablar de izquierdas y derechas. Sin embargo, no dejan de llamar la atención los malabarismos ideológicos de muchos de nuestros políticos y los argumentos que esgrimen para justificar el cambio de bando.

La palabra “transfugio” no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero tiene carta de ciudadanía en la política boliviana. ¿Qué se puede pensar de personajes que hasta hace apenas tres meses defendían públicamente al “hermano Evo” y ahora apuestan por un “héroe” del signo contrario?  ¿O de aquellos que en tres elecciones habrán vestido tres camisetas partidarias distintas? Desde luego, no son de fiar. Pero, ¿son de fiar quienes los eligieron como candidatos? 

¿Y qué hay de los políticos que hasta hace poco se mostraban afines a la socialdemocracia y hoy aparecen en las antípodas ideológicas? ¿Y qué de los sindicalistas que renuncian a la dictadura del proletariado para apoyar al caudillo populista de turno? La palabra “tránsfuga” sí figura en el diccionario. Significa “persona que pasa de una ideología o de colectividad a otra”. No quiero generalizar. Por supuesto, hay excepciones, políticos de una sola línea y una sola palabra, como diría Marcelo Quiroga Santa Cruz.

La coherencia no es el fuerte de nuestra política. Quienes gritaban “¡Patria o muerte!” fueron los primeros en optar por la patria ajena, al buscar asilo, incluso cuando nadie los perseguía porque no había gobierno. Nadie esperaba que dieran su vida, como proclamaban, pero al menos que no atizaran cobardemente la violencia desde lejos. Es cierto que no todos actuaron de la misma manera, pero quienes se quedaron para dar la cara y apostaron por la pacificación, en una actitud meritoria y valiente, fueron castigados y excluidos de las listas elaboradas por el líder fugado.

Ni coherencia ni lealtad. Tampoco la seriedad. Para “salvar a la patria” hay cientos de candidatos, pero muchos de ellos -¡más de 350!- ni siquiera han podido cumplir los requisitos mínimos para su inscripción. Y no hablo de las caricaturas, como los programas truchos, los copy paste, armados al cierre de los plazos, ni del “alquiler” de siglas ni de las denuncias sobre la “venta” de candidaturas. Hablo de llenar un formulario y reunir fotocopias.  

¡La política es así! ¡Es lo que tenemos!, dicen quienes convocan al electorado al “realismo”. Al fin y al cabo, sostienen, nadie ha jurado sobre la Biblia mantener la palabra empeñada ni portar la misma camiseta de por vida. Las coyunturas cambian. Por tanto, debemos adaptarnos a ellas. Es la “doctrina de Groucho Marx”: un principio para cada coyuntura y un principio para cada candidato.

“¡Ah, la política!”, diría Don Manuel María Menéndez, el padrino de Enrique Rojas  en la novela de Chirveches, cuando le aconseja a su ahijado no lanzarse como candidato: “¡La política! Conozco mucho a esa señora, o mejor dicho, a esa mujer pública, veleidosa como la que más, cuyos favores se pagan, lo mismo que los de las otras, con dinero. ¡La política!”. No es que sea pesimista. Es lo que hay.

Página Siete – 13 de febrero de 2020

Vieja y nueva política

A la actriz Marlene Dietrich se le atribuye haber dicho que “la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás”. La presidenta Jeanine Añez ha provocado un terremoto político al anunciar su candidatura presidencial tras haberla descartado en al menos tres oportunidades, porque, según consideraba hasta entonces, hubiese sido “deshonesto” hacerlo desde su función gubernamental. La señora Añez empeñó su palabra y después cambió de opinión.

Hay quienes dicen, para justificar la decisión presidencial, que “todos han dicho y hecho lo mismo”. Es cierto, pero solamente dos han cambiado de opinión mientras ejercían el poder, Evo Morales y la señora Añez. No es lo mismo hacerlo desde el llano que desde el Gobierno. Los primeros intentan conquistar el poder en igualdad de condiciones, en tanto que los segundos buscan mantenerlo, aferrándose a él, en situación de ventaja. La oposición juega en cancha ajena, el Gobierno como “local”. Entonces, no es lo mismo, o como diría Cantinflas, “es lo mismo, pero no es igual”.

Es ingenuo  pensar que se puede disociar la gestión de la campaña, como promete el Gobierno, por la sencilla razón de que la persona que hace una y otra cosa es la misma y no puede desdoblarse en presidenta y candidata, así cumpla sus labores en horarios de oficina y se ocupe del proselitismo en su tiempo libre. A partir de hoy, como ya se ha visto, todo lo que haga y diga la señora Añez será visto en función de su candidatura. Sus obras, buenas o malas, tendrán un inevitable impacto en la campaña, más allá de que utilice o no –y yo creo que no lo hará– los recursos materiales del Estado.

Los partidarios de la candidata también han justificado la decisión de la señora Añez en la supuesta necesidad de forjar una opción unitaria para hacer frente al binomio masista, pero, por lo que se ha visto hasta ahora, lo único que ha logrado la postulación es incrementar las ofertas electorales sin consolidar a ninguna. En lugar de unión, más división.

La Presidenta dijo en su momento que no quería “sacar rédito” de la etapa histórica que le ha tocado vivir, que no tenía ningún cálculo político y que  “sería deshonesto” o  “no sería honesto” postularse para las elecciones del 3 de mayo. Hacía bien en descartarse porque estaba asumiendo a cabalidad el compromiso histórico del Gobierno de transición de buscar la pacificación del país y la restauración de la democracia.

Unas elecciones libres, transparentes y creíbles no sólo requieren de un Tribunal Electoral independiente y confiable, como es el actual, sino también de un Gobierno neutral que las patrocine. Un Gobierno que sea neutral, pero además que lo parezca, por aquello de que “la mujer del César no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo” (Julio César). Siendo una contendiente más, a partir de ahora, las palabras y las acciones de la señora Añez serán permanentemente puestas en duda por sus rivales, con el consiguiente impacto negativo para el proceso de transición, que es lo más grave.

Por supuesto, no es un problema legal. La señora Añez está habilitada constitucionalmente para postularse. Tampoco “democrático”, porque, en democracia, es el electorado el que dirime las controversias, avalando o rechazando candidatos y propuestas.  Pero sí es un problema ético y es alarmante escuchar voces que para justificar una candidatura minimizan la importancia de los valores y los principios. No se entiende por qué lo que ayer fue malo hoy es bueno y justificable.  

Si algo reprochamos a Morales, entre otras cosas, es el incumplimiento de la palabra empeñada, primero en su compromiso de no buscar la reelección y después en el de respetar el resultado del referendo. Recordemos que él dijo que desconocer el veredicto del 21F equivalía a dar un golpe de Estado. Y lo hizo. ¿Tiene autoridad moral para hablar de “golpe”? 

La Presidenta dijo en tres ocasiones que sería “deshonesto” postularse como candidata. Al faltar a su palabra, ¿está reconociendo que es deshonesta?  En todo caso, no deja  de ser triste que sea Eva Copa, la máxima representante institucional del MAS, la que se lo reproche: “No puedes hacer lo que siempre reprochabas”.

Como dice la española Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, “ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética, ni ningún país puede salir de la crisis si las conductas antiéticas de sus ciudadanos y políticos siguen proliferando con toda impunidad”.

Y los políticos están para dar el ejemplo. ¿De qué renovación podemos hablar si persistimos en las mismas lacras? Y no sólo me refiero al valor que debemos asignar a la palabra empeñada, sino también a la lealtad y la consecuencia. ¿No hemos atribuido la ausencia de esos valores a la “vieja política”? ¿No hemos visto cómo su falta de observancia ha provocado el desplome del viejo sistema de partidos? Una democracia que no se sustente en sólidos principios éticos no es tal. Al ver lo que estamos viendo en los “nuevos políticos”, lo único que uno puede pensar es en lo rápido que han envejecido.

Página Siete – 30 de enero de 2020