El año que vivimos peligrosamente

Bolivia ha caminado muchas veces al borde del precipicio durante su vida republicana. Tantas que incluso han dado material para una que otra broma. El periodista argentino Rogelio “Pajarito” García Lupo solía contar una anécdota de su visita a La Paz tras una de las tantas asonadas de los años 70, cuando un general del Ejército, al hacer el balance de la crisis militar recién resuelta, le comentó aliviado: “Hemos estado al borde del precipicio, pero hemos dado un paso al frente…”.

Después de tres guerras internacionales, revoluciones y rebeliones armadas de todo signo y más de un centenar de golpes de Estado, sin contar catástrofes naturales, hambrunas y epidemias, no deja de ser un tópico afirmar que Bolivia vivió siempre al filo de la navaja. Y también que el país supo frenar al asomarse al abismo, que es lo que quiso decir el militar entrevistado por García Lupo.

“¡Tranquilo! Ya verás cómo se soluciona todo en el último minuto”, fue una de las frases más escuchadas durante los sucesos de noviembre pasado y los recientes bloqueos, cuando todo parecía indicar que nos acercábamos dramáticamente a un enfrentamiento fratricida. Cualquiera diría que a los bolivianos nos gusta acariciar el peligro, pero damos un paso atrás -¡no adelante!- cuando sentimos el vértigo del precipicio.

Al hacer el recuento de los acontecimientos que vivió Bolivia desde los pavorosos incendios de la Chiquitania hasta la insensata movilización de la COB masista, no pude menos que recordar la película El año que vivimos peligrosamente, no tanto por el tema, como por el título. No soy el primero en evocar el filme. Lo han hecho otros columnistas de la prensa internacional a propósito de la pandemia que afecta a la humanidad. ¡Cómo olvidar este 2020! El caso es que Bolivia no sólo fue víctima del coronavirus. Sufrió otras “pandemias”, no menores, que se fueron concatenando una tras otra, sin darnos tiempo para tomar aire, en una suerte de maldición bíblica.

En “el año que vivimos peligrosamente” en Bolivia, perdimos cientos de miles de hectáreas de bosques y más de un millar de especies, sufrimos un intento de fraude electoral, vimos caer a un régimen autoritario de catorce años, sobrevivimos un cerco a las ciudades, fuimos víctimas de un bloqueo de carreteras, con atentados criminales a la salud pública, y aguantamos la pandemia “a pecho descubierto” debido a la falta de recursos humanos y materiales. “¿Todavía están vivos?”, me preguntó un periodista español después de la última emergencia.

Como dijo Gabriel García Márquez en una de sus primeras novelas, La mala hora, “la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Parecería que los bolivianos hemos estado haciendo precisamente eso, sobrevivir a las tragedias que nos depara cada “mala hora” de nuestra historia, aferrándonos, como podemos, a las oportunidades que nos salen al paso.                  

Los bolivianos vivimos con el Jesús en la boca y respiramos aliviados después de cada crisis, a la espera de soluciones que nunca llegan. Como en el famoso cuento de Augusto Monterroso (El dinosaurio), cuando despertamos, los problemas siguen aquí.  Tal vez por eso, a la frase “ya verás cómo se arregla todo en el último minuto…”, agregamos en tono precavido: “….vamos a ver hasta cuándo”, mientras tocamos madera y cruzamos los dedos. 

Como siempre ha ocurrido en nuestra historia, no bien superamos una crisis, aparece la que sigue en turno, la que faltaba, la que había permanecido agazapada en el recodo del camino mientrasnos ocupábamos de la primera, tal vez porque en la anterior no dimos un paso atrás, sino un paso al costado. 

El bloqueo cobista es cosa del pasado, pero el futuro sigue siendo tan incierto como hace un año, con unas elecciones generales como la meta a conquistar y un pico epidemiológico de por medio. 

¿Sobreviviremos? Como dicen los mexicanos, “lo más seguro es que quién sabe”. El corto plazo en Bolivia es demasiado largo como para aventurar  pronósticos. En todo caso, si en algo podemos confiar, es en ese “sexto sentido” del pueblo boliviano –algunos lo llaman madurez política– para evitar el suicidio.

En la película de Peter Weir, interpretada por Mel Gibson como el periodista Guy Hamilton, y la actriz Linda Hunt, quien da vida a un personaje masculino, el fotógrafo Billy Kwan, ambientada en la Indonesia de la rebelión comunista contra el dictador Sukarno de fines de los 60, Kwan le dice a Hamilton: “Uno no debe ver los problemas de manera global, debe hacer lo que puede para aliviar las pequeñas miserias cotidianas”. 

Tal vez ese sea el problema de Bolivia. Que no supimos resolver nuestras “pequeñas miserias cotidianas”. Ojalá que podamos hacerlo después de reflexionar y sacar las consecuencias del año que vivimos en peligro.

Página Siete – 27 de agosto de 2020

Nicolás Guillén, la poesía en ritmo de son

Nació con la independencia formal de su país, en la Cuba de la enmienda constitucional Platt que concedía Estados Unidos el “derecho” de intervención, hecho que marcaría su vida política y literaria como intelectual comprometido. Hijo de padres mulatos, síntesis de la cubanidad, Nicolás Guillén, el poeta que reivindicó el “color cubano” del mestizaje afroantillano, cantó sus versos en ritmo de son. 

Tenía 28 años cuando el periódico habanero Diario de Marina publicó por primera vez sus Motivos de son (1930), ocho poemas rítmicos y sonoros como la música afrocubana, que inicialmente se constituyeron en motivo de escándalo más que de halago, no por el son, que daba ritmo al tradicional octosílabo, sino por su contenido reivindicativo del mestizaje y la afirmación de un orgullo que impregnaría  también su siguiente libro de título onomatopéyico: Sóngoro cosongo (1931).

“He tratado de incorporar a la literatura cubana, no como simple motivo musical, sino como elemento de verdadera poesía, lo que pudiera llamarse poema-son, basado en la técnica de esa clase de baile tan popular en nuestro país”, explicaría años después. “Mis poemas-sones –añadiría–  me sirven además para reivindicar lo único que nos va quedando que sea verdaderamente nuestro, sacándolo a la luz, y utilizándolo como un elemento poético de fuerza”.

Hijo de un combatiente por la independencia que murió en una de las tantas luchas entre liberales y conservadores de principios del siglo pasado, Nicolás Cristóbal Guillén Batista, conocido como Nicolás Guillén a secas, nació en la provincia de Camagüey el 10 de julio de 1902. Fue educado en los principios católicos de su madre, Argelia Batista Arrieta, y las ideas igualitarias de su padre, el senador  liberal Nicolás Guillén Urra, credo e ideario que alimentarían su poesía y su afán por la justicia social. 

Perdió a su padre, asesinado por soldados del régimen conservador de la época, a sus 15 años, hecho que le obligó a ocuparse del sustento familiar como primogénito entre seis hermanos. Dejó constancia de su amor filial en uno de sus poemas: ”No puedo hablar pero me obligan/ el perfil de mi padre, su índice del recuerdo;/ no puedo hablar, pero me llaman/  su detenida voz y el sollozo del viento”  (Elegía camagüeyana).

Estudió la primaria y secundaria en Camagüey, época en la que asistía en horario nocturno a las lecciones de preceptiva literaria que dictaba el profesor Tomás Vélez, con quien estudió a los autores del Siglo de Oro español (Quevedo, Góngora y Lope de Vega). Publicó sus primeros poemas en las revistas Gráfico y Camagüey.

Al terminar el bachillerato, se trasladó a La Habana para estudiar Derecho, carrera que abandonó poco tiempo después por el amor a la poesía y la falta de recursos económicos. Escribía “una que otra notita” para la prensa local y asistía los viernes por la noche a la tertulia literaria del café Martí. “Yo que pensaba en una blanca senda florida,/ donde esconder mi vida bajo el azul de un sueño, hoy,/ pese a la inocencia de aquel dorado empeño,/muero estudiando leyes para vivir la vida”, se refirió con ironía a su paso por la universidad.

Retornó a Camagüey, donde dirigió la revista literaria Lis, mientras se ganaba la vida como tipógrafo, corrector de pruebas y redactor del periódico El Camagüeyano, pero no tardó en volver a La Habana, en 1926, a sus 24 años, en busca de nuevos horizontes. Por esos mismos días entabló contacto con varios poetas, entre ellos Federico García Lorca (1898-1936) y el afroamericano Langston Hughes (1902-1967).

La publicación de Motivos de son, en 1930, lo lanzó a la fama, ya que varios de los poemas del libro fueron musicalizados por compositores de la época. No fue esa la única razón por la que el poemario se convirtió en un gran acontecimiento cultural, sino –y sobre todo– porque Guillén  incorporó a la poesía la musicalidad del son, el ritmo afrocubano por excelencia, y la fonética y modismos del lenguaje mestizo de la isla, algo que no había ocurrido hasta entonces en la literatura antillana.

Lo llamaron el “poeta de la negritud”, pero, en realidad, como él mismo decía, lo que siempre quiso reivindicar fue el “color cubano” del “mestizaje blanquinegro”. “La inyección africana en esta tierra es tan profunda, y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturista desenredar el jeroglífico”, según escribió en el prólogo de Sóngoro cosongo.

¿Po qué te pone tan brabo,
cuando te disen negro bembón,
si tiene la boca santa,
negro bembón?
Bembón así como ere
tiene de to;
Caridá te mantiene,
te lo da to.

Mario Benedetti (1920-2009) elogió “el ritmo y la música verbales” de Sóngoro cosongo, el “versolibrismo” de West Indies Ltd. y el “humor travieso” de El Gran Zoo, como muestras de su gran versatilidad. Citó su poema Todo mezclado  para señalar que, si bien en su poesía estaba “todo mezclado”, las tendencias y estilos se complementaban sin estorbarse, porque en la obra del cubano cada “movimiento se origina en el anterior, casi sin contradecirlo, simplemente abriendo sus cauces, generando afluentes, incorporando palabras recién nacidas”.

En una carta dirigida al autor de la poesía mestiza, el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936) le confesó haber sentido el ritmo y la música de los negros y mulatos en cada uno de los versos de Motivos de son y Sóngoro cosongo. “Es el espíritu de la carne, el sentimiento de la vida directa, inmediata terrenal. Es, en el fondo, toda una filosofía y una religión”, le escribió.

Como recuerdan los estudiosos de su obra, Guillén mantuvo en Sóngoro cosongo la “línea negrista” de la poesía que inauguró en Motivos de son, pero al mismo tiempo profundizó la denuncia política y social, producto de su observación de la discriminación, marginalidad y pobreza en que vivían negros y mulatos.

“No ignoro, desde luego, que estos versos les repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros y del pueblo. No me importa. O mejor dicho: me alegra”, escribió en Las grandes elegías y otros poemas.

¡Ay, negra, 
si tú supiera! 
Anoche te bi pasá
 y no quise que me biera. 
A é tú le hará como a mí, 
que cuando no tube plata 
te corrite de bachata, 
sin acoddadte de mí. 
Sóngoro cosongo, 
songo bé; 
sóngoro cosongo 
de mamey; 
sóngoro, la negra 
baila bien; 
sóngoro de uno 
sóngoro de tre.

Guillén publicó West Indies Ltd. en 1934, un año después de la “revuelta de los sargentos” encabezada por el coronel Fulgencio Batista, instigada por Estados Unidos, obra en la que denuncia la injusticia social y la intervención extranjera (“¡West Indies! Nueces de coco, tabaco y/ aguardiente…/ Éste es un oscuro pueblo sonriente,/ conservador y liberal,/ ganadero y azucarero,/ donde a veces corre mucho dinero,/ pero donde siempre se vive muy mal”).

Tres años después, en 1937, visitó México para participar en un congreso organizado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios de México, donde  coincidió con decenas de escritores y artistas socialistas y comunistas, como el compositor Silvestre Revueltas y los muralistas Diego Rivera y Alfaro Siqueiros. Ese mismo año se desplazó a España, en plena Guerra Civil (1936-1939), para asistir al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, evento en el que conoció e hizo amistad con Antonio Machado, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Octavio Paz, Rafael Alberti, César Vallejo y León Felipe, entre otros.

De esa época datan sus poemarios Cantos para soldados y sones para turistas (1937) y España. Poema en cuatro angustias y una esperanza (1937). El primero incluye el poema No sé por qué piensas tú,  musicalizado por conocidos intérpretes, como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Horacio Guarany y Mercedes Sosa, muy popular como “canción de protesta” en la Bolivia de las dictaduras militares (“No sé por qué piensas tú,/ soldado, que te odio yo,/ si somos la misma cosa/ yo,/ tú./ Tú eres pobre, lo soy yo;/ soy de abajo, lo eres tú;/ ¿de dónde has sacado tú,/ soldado, que te odio yo?”).

Conmovido profundamente por la experiencia de la Guerra Civil española, ingresó a fines de los años 30 al Partido Comunista, en el que militaría toda su vida. Tras su asistencia al congreso de escritores en España, retornó a Cuba en compañía de León Felipe. Desarrolló una intensa actividad política entre 1939 y 1941 como dirigente del Frente Nacional Antifascista. Llegó incluso a postularse sin éxito a la alcaldía de La Habana.

En 1945 inició una gira de tres años por Venezuela, Colombia, Chile, Perú, Brasil, Uruguay, Argentina y Colombia. En Argentina publicó El son entero (1947). Años después recogería las experiencias de su periplo en el libro La paloma de vuelo popular (1958). Visitó París, Bucarest, Varsovia, Budapest y Bruselas. Participó en el Consejo Mundial por la Paz en Praga y Viena, viajó a la Unión Soviética, a la República Popular China y Mongolia. En 1954 recibió el Premio Lenin de la Paz, durante su estancia en Estocolmo para el Congreso de la Paz.

El triunfo de la revolución de los guerrilleros de la Sierra Maestra  lo sorprendió en Buenos Aires, pero retornó de inmediato a La Habana para sumarse al movimiento. 

Un mes después del ingreso triunfante de Fidel Castro a La Habana, le escribió a Rafael Alberti, comunista como él: “Aquí estamos en un clima de verdadera revolución y la consigna es protegerla y hacerla avanzar. Visto de cerca, Fidel Castro mejora, si ello es posible, la excelente impresión que da visto de lejos. Me parece un hombre valiente, audaz, temerario, dispuesto a llevar lejos lo que se ha conquistado y que no le tiene miedo a que le llamen ‘rojillo’ o rojo de una vez, cosa que por supuesto no es (…). Los fusilamientos siguen su curso y el pueblo los alaba y agradece, tantos fueron los crímenes –cada día aparecen nuevos– y atropellos que cometió aquella gente”.

Guillén y Bolivia

Admirador del Che Guevara, le dedicó cuatro poemas, uno de los cuales leyó el 18 de octubre de 1967, diez días después de su ejecución en La Higuera, en el multitudinario homenaje que se le tributó en la Plaza de la Revolución de La Habana, presidido por Fidel Castro: “No porque hayas caído/ tu luz es menos alta./ Un caballo de fuego/ sostiene tu escultura/ guerrillera/ entre el viento y las nubes de la Sierra./ No por callado eres silencio./ Y no porque te quemen,/ porque te disimulen bajo tierra,/ porque te escondan/ en cementerio, bosques, páramos,/ van a impedir que te encontremos/ Che Comandante,/ amigo”

Otro poema, Guitarra en duelo mayor,  al que Paco Ibáñez puso música, está dedicado al soldado boliviano: “Soldadito de Bolivia/ soldadito boliviano./ Armado vas de tu rifle/ que es un rifle americano/ que es un rifle americano/ soldadito de Bolivia/ que es un rifle americano”.

También se ocupó de Bolivia en circunstancias menos dramáticas. Como recordaba Pedro Shimose, citado por el periodista Harold Olmos, Guillén se refiere en uno de sus poemas al Pilcomayo y al Mamoré “como si los hubiera navegado y conocido sus recodos, cuando no era así, pues los mencionaba sólo por el gusto musical que sentía al pronunciar sus nombres”. Shimose conoció al cubano cuando acudió a La Habana para recibir el Premio de Poesía Casa de las Américas (1972).

América malherida,
te quiero andar,
de Argentina a Guatemala,
pasando por Paraguay.
Mi mano al indio en Bolivia
franca tender;
que el Pilcomayo me lleve,
que me traiga el Mamoré.

Guitarra en duelo mayor y No sé por qué piensas tú no son sus únicos versos musicalizados. Pablo Milanés llevó al pentagrama once poemas de Guillén, entre ellos la canción De qué callada manera, una de las más populares del cantautor de la Nueva Trova (¡De qué callada manera/ se me adentra usted/ sonriendo/ como si fuera/ la primavera!/ Yo, muriendo).

Como dijo la académica chilena Norma Castillo Eichin, los compositores no necesitaban modificar los textos del poeta, porque su construcción era rítmica y para transformarlos en canciones bastaba con agregarles la melodía.  El propio Guillén había escrito: “Tengo el alma hecha ritmo y armonía; / todo en mi ser es música y es canto, / desde el réquiem tristísimo de llanto / hasta el trino triunfal de la alegría”.

El Poeta Nacional de Cuba, título que le concedió el gobierno de Castro, militó en el Partido Comunista hasta el día de su muerte, el 16 de julio de 1989, a sus 87 años; también dirigió hasta el fin de sus días la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), fundada en 1961. Trató de distanciarse físicamente del “caso Padilla”, al darse de baja por “enfermedad” en la célebre sesión de “autocrítica” del poeta disidente Heberto Padilla, convocada por la Uneac, pero no pudo evitar el descrédito entre los intelectuales de todo el mundo.  

Decepcionado del socialismo, Padilla había ganado el premio nacional de poesía en 1971, convocado por la Uneac, por su libro Fuera del juego, que fue considerado posteriormente como “contrarrevolucionario”. Detenido junto con su esposa, la también poeta Belkis Cuza Malé, fue formalmente acusado de “actividades subversivas”. Después de 38 días de reclusión, fue obligado a retractarse de sus obras e ideas en una humillante “autocrítica”.

Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Octavio Paz, Jean Paul Sartre, Juan Goytisolo, Alberto Moravia y Mario Vargas Llosa, entre otros conocidos intelectuales, acusaron al gobierno castrista de haber obligado a Padilla a renegar públicamente de sus ideas, en lo que consideraban una “confesión” típica de un “juicio stalinista”. La crítica alcanzó a Guillén. También la ruptura. 

Por esa misma época la salud de Guillén empezó a quebrantarse a causa de graves trastornos cardiacos. Dejó de asistir a su oficina de la Uneac y a la sede de la Casa de las Américas, donde solía departir con escritores y periodistas, y se recluyó en su departamento de El Vedado, frente al Malecón. Reacio a las entrevistas, gustaba, sin embargo, platicar con sus ocasionales interlocutores sobre sus temas favoritos, la política y la literatura.

El escritor argentino Armando Almada Roche, amigo suyo, lo recordaba como un hombre “simpático, dulce, conversador incansable, y sonoro como sus poemas”, con “una lucidez extraordinaria y una vitalidad asombrosa”, “alegre como un niño”. Para el docente mexicano Gerardo Farías Rangel, era “un hombre más apegado a sus circunstancias sociales”, moldeado por “su labor periodística, su actitud antiimperialista, la constante crítica social y su militancia política”.

A tres décadas de su muerte y a 90 de la publicación de su primer libro, nadie lo recuerda como el soldado disciplinado y abnegado de la revolución castrista, como él mismo se definía, sino como al bardo que supo encontrar motivos poéticos en el son cubano.

Dibujo de Marcos Loayza

Página Siete – 20 de agosto de 2020

Crimen y castigo

Alguien dijo que el voto es como la materia. Ni se crea ni se destruye. Simplemente se transforma. Es lo que ocurre en cada elección. Los contendientes buscan transformar las corrientes de opinión para ganar el favor del electorado. Y nadie, solamente un suicida, se dispara un tiro en el pie para enajenarse el apoyo popular. Mucho menos en vísperas de una consulta.

Por otra parte, todos sabemos que no hay salida posible a una crisis política si no es a través de las urnas. Incluso en las siniestras épocas del militarismo dictatorial, los golpistas entraban al palacio a punta de pistola, pero más temprano que tarde terminaban convocando a elecciones. Y lo que hacía el político inteligente en esas circunstancias era favorecer esa salida, porque, como dice el refranero popular, a enemigo que huye, puente de plata. 

Al comentar el bloqueo que pretende ahogar al país, el director de un hospital paceño decía que la acción de los bloqueadores “no tiene nombre”. Yo creo que sí lo tiene. Es un crimen. Impedir el paso de las cisternas de oxígeno y los camiones de insumos para los hospitales, apedrear ambulancias y agredir al personal médico, es un crimen de lesa humanidad, prohibido incluso por convenciones internacionales.

Y hacerlo a dinamitazos, a través de acciones violentas, para no mencionar el intento de dejar sin alimentos a la población civil, es terrorismo puro y duro, porque las víctimas no son los activistas que participan en los hechos y saben a lo que se arriesgan, sino hombres, mujeres y niños que nada tienen que ver con la disputa. La protesta política y social deja de ser legítima cuando adopta formas delincuenciales como las que estamos viendo en las carreteras.

El Movimiento Al Socialismo (MAS) pretende hacer creer que los “movimientos sociales” que promueven la convulsión son autónomos, que obedecen únicamente a sus bases, pero todos sabemos de quien es la mano que mece la cuna de esta película de terror.

El presidente huido ha “convocado” el martes a los “dirigentes sociales y pueblo movilizado” a “considerar” la “propuesta” de celebrar las elecciones el 18 de octubre, como “fecha definitiva, impostergable e inamovible”, y ha declarado que “no tiene sentido (…)  hacer problema” por “dos semanas o tres”, como propone la COB masista. 

Sin embargo, no se le ha escuchado hacer un llamado claro y firme a sus seguidores para que suspendan el bloqueo. Tampoco ha condenado, ni  mucho menos, los atentados contra la salud pública, que ya han costado la vida de casi medio centenar de enfermos. No lo ha hecho él ni su vicario en Bolivia.

La pregunta es por qué el MAS se dispara al pie con acciones que son francamente impopulares en vísperas de los comicios. Tal vez porque sabe o teme que las urnas no le garantizan el retorno al poder. El líder masista ha estado jugando a dos puntas, a la vía electoral y a la insurrección popular, a la victoria en primera vuelta y a la convulsión social como alternativa, porque en el ballotage no tendría ninguna opción, sobre todo si sus rivales se unen.

Ya en noviembre pasado intentó dejar sin alimentos a la población de los centros urbanos como represalia por su decisiva participación en el movimiento que puso fin a su mandato de 14 años. ¿Por qué no lo iba a hacer ahora? 

El retorno de grupos irregulares armados, como los que hemos visto en el trópico de Cochabamba y en el altiplano al grito de “ahora sí, guerra civil”, podría ser la respuesta a la “preocupación” que manifestó el líder cocalero ante sus seguidores en Buenos Aires, en enero pasado, cuando confesó que “si volviera (a Bolivia), hay que organizar como Venezuela, milicias armadas del pueblo”.

Por supuesto, nada justifica la existencia de bandas armadas del signo contrario, porque, como las otras, son ilegales y deben ser disueltas por las fuerzas del orden. Sin embargo, la autoridad está totalmente ausente, mientras la impunidad se impone poco a poco en el país, no sólo con la  presencia de esos grupos, sino con las acciones delictivas de los bloqueadores. No puede haber libertad sin justicia. Como dijo Albert Camus, “si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”.

La polarización ha impuesto la antipolítica. Son los actores políticos quienes deben actuar con responsabilidad para neutralizar a los extremos, a los violentos que buscan la solución por el desastre, a los que debilitan la única salida posible a la crisis: las elecciones.

Entre ellos están los promotores del bloqueo. Su acción suicida me recordó la reflexión del protagonista de Crimen y castigo, la novela de Fiódor Dostoyevski, cuando se pregunta si la víctima del homicidio fue la usurera a la que había asesinado. “No –se responde–, me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre”. El criminal encuentra el castigo en su propio crimen. Me pregunto si el MAS no se está asesinando a sí mismo, porque, tarde o temprano, el electorado le pasará la factura.

Página Siete – 13 de agosto de 2020

Enredos

Según el dicho popular, “todos necesitamos un ovillo donde enredarnos”. Los bolivianos ya tenemos el nuestro. Parafraseando a Mario Vargas Llosa, podríamos preguntarnos en qué momento se enredó el proceso de transición. Desde la renuncia y fuga de Evo Morales, vamos caminando al borde de la cornisa, en una carrera de obstáculos en la que no se alcanza a divisar la ansiada meta de la normalización democrática.

Alguien dijo también que es fácil predecir el ayer o acertar al gordo de la lotería el día después del sorteo. “¡Te lo dije!”, es la frase más repetida después de toda desgracia, porque, claro, nadie se equivoca al juzgar las cosas a toro pasado. Sin embargo, conviene hacer un “recuento de daños”, porque, como bien dijo alguien que pensaba mejor que cualquiera de nosotros, Aristóteles, “no se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho”.

Bolivia está viviendo una triple crisis. La política, resultante del afán prorroguista de Morales; la sanitaria, emergente de la pandemia del coronavirus, y la económica, producto de la anterior, que empieza a ensañarse con los sectores más desprotegidos de la sociedad. He ahí la madeja.

Mucho tiene que ver el régimen autoritario de Morales con la triple plaga. Al desconocer el referéndum (un verdadero “golpe de Estado”, como él mismo lo definió días antes de la consulta, cuando no imaginaba el “no”) e insistir en prolongar su mandato a través del fraude, abrió las puertas de la crisis que se prolonga hasta ahora. 

La pandemia desnudó nuestro sistema hospitalario. Está como está, en cueros, no sólo por el dispendio de recursos que caracterizó a la administración masista, sino también por la escasa prioridad –yo diría que ninguna- que le otorgó a la salud pública. El modelo económico, eminentemente extractivista, nos ha dejado sin mayores opciones al producirse la caída de los precios de las materias primas.

Estamos, como alguien dijo, ante tres jinetes del Apocalipsis montados en un solo caballo, mientras cruzamos los dedos para que no aparezca el cuarto, el de la violencia.

El gobierno de Jeanine Añez nació en circunstancias dramáticas ante la renuncia de varios de los eslabones de la cadena de sucesión, empezado por su cabeza, que dejó al país sumido en el caos, alentado por el vandalismo de los partidarios de los renunciantes. La senadora beniana asumió su responsabilidad con decisión y valentía.

Su mandato era claro: pacificar el país y convocar a elecciones transparentes y creíbles. Lo logró gracias a un esfuerzo concertador, apoyado por la Iglesia y la comunidad internacional, que se tradujo en la normalización de la vida pública y en la conformación de un Tribunal Electoral aceptado y elogiado por todos. Buen comienzo.

El ovillo comenzó a enredarse cuando la Presidenta lanzó su candidatura, incumpliendo su promesa inicial, y la señora Eva Copa, figura importante en el consenso de la primera hora, volvió a ser lo que era y, con ella, la mayoría masista. 

Jeanine Añez no logró el objetivo que se había propuesto, al menos hasta ahora, de unificar en torno suyo a las fuerzas que se oponen a Morales. Las dividió aún más. No sólo eso. Electoralizó su gestión, incluida la sanitaria, y se anuló a sí misma como conductora neutral del proceso de transición. ¿Qué se puede decir de Eva Copa? No mucho. Cada día se parece más al presidente huido que a sí misma. 

El MAS combate a la Presidenta-candidata desde todas las instituciones que controla, desde el Legislativo hasta el Judicial, pasando por los municipios azules. Y así estamos, en una guerra abierta, que se traduce, dicho sea de paso, en una actitud que linda en lo criminal por parte del partido desplazado del poder, con el bloqueo legislativo a los créditos destinados a paliar los efectos de la pandemia y la movilización en las calles.

La polarización ha alcanzado también al árbitro electoral a propósito de la fecha de los comicios y otras decisiones, con ataques a la institución, la única nacida del consenso, en detrimento de su autoridad y credibilidad.

Nunca como ahora han sido tan necesarias las elecciones, no sólo para normalizar la vida democrática, sino para que las instituciones puedan reflejar la correlación de fuerzas surgida de los cambios de noviembre. También es cierto que nunca como ahora se hace tan difícil realizar los comicios sin correr el riesgo de contribuir a la expansión de la pandemia.

El diálogo y el consenso no están de moda, pero nunca han sido tan necesarios. Lo de hoy es la bronca y el disenso. En lugar de ir con tiento cuando se está cara al viento, como aconseja el refranero popular, los actores políticos parecerían estar empeñados en buscar los callejones sin salida. Convendría recordar al escritor y poeta italiano Andrea Mucciolo cuando advirtió que “las encrucijadas no ayudan a decidir, sino más bien a arrepentirse”.

Página Siete – 30 de julio de 2020