Luis Ramiro Beltrán, el adelantado

Tenía 12 años cuando se inició en el periodismo, en La Patria de Oruro, y 16 el día que asumió la jefatura de Redacción del periódico. Cuando llegó al diario La Razón de La Paz, cumplidos los 18, ya era un periodista hecho y derecho. A sus 23 años escribió el guión de la primera película sonora del cine boliviano, Vuelve Sebastiana, y cuando se incorporó a la Universidad de Michigan en 1964 para cursar el doctorado en Comunicación, era un comunicador formado.

Luis Ramiro Beltrán Salmón (1930-2015) siempre fue un adelantado a la hora de abrir caminos.

Hijo de otros dos precursores, llevaba el periodismo en la sangre. Su padre, Luis Humberto Beltrán, fundó el diario La Mañana de Oruro, y su madre, Betsabé Salmón, fue una de las pioneras del periodismo femenino en Bolivia, fundadora de la revista Feminiflor, la primera en su género, en los años 20 del siglo pasado.

La revolución de las nuevas tecnologías y la explosión de las redes sociales han puesto de moda conceptos tales como “periodismo ciudadano” y “periodismo participativo”. Sus teóricos hablan de “democratizar la información”, de “desintermediarla”, de hacer partícipes a los ciudadanos del proceso informativo y comprometerlos en la elaboración y difusión de sus contenidos, en una suerte de “democracia virtual” que encuentra su natural correlato político en la “democracia participativa”.

¿Quién lo dijo antes?

Cuando Luis Ramiro Beltrán acudió a Ottawa el 7 de diciembre de 1983 para recibir el Premio McLuhan, el “Nobel de la comunicación social”, ya había escrito sobre la necesidad de “democratizar la información” y había propuesto “un cambio de la comunicación vertical/antidemocrática hacia la comunicación horizontal/democrática”. Y ya había formulado el concepto de la «comunicación alternativa para el desarrollo democrático».

Nació en Oruro el 11 de febrero de 1930. Autodidacta en sus inicios, como reportero en La Patria y La Razón, estudió periodismo y técnicas de cine y televisión en Puerto Rico, donde trabajaba para el Servicio Agrícola Interamericano, y en 1972 obtuvo el doctorado en Comunicación y Sociología en la Universidad de Michigan.

Conocedora de su afición por la lectura, Doña Betsabé, su madre, guía y maestra, lo llevó a Buenos Aires en 1940, a sus 10 años, para que conociera al famoso periodista y escritor Constancio C. Vigil, editor de la revista infantil Billiken, de la que era un lector consumado.

Dos años después, en 1942, aprovechando su amistad con el director de La Patria, Rafael Peláez, logró que lo admitiera como aprendiz de reportero. En 1948, cuando todavía cursaba el último año de secundaria en el Instituto Americano de La Paz, se incorporó a La Razón, el primer “diario moderno” de Bolivia, el que fundó y financió el magnate minero Félix Avelino Aramayo, en 1917, adquirido posteriormente por su hijo, Carlos Víctor, uno de los barones del estaño. Una foto de la época lo muestra junto a Alfonso El Abate Tellería, Hugo Alfonso El Padrino Salmón, Ramiro Cisneros y Walter Montenegro como integrante de la emblemática redacción de ese periódico, precursora del periodismo profesional boliviano.

Un años antes, en 1947, acudió a un foro internacional organizado por el New York Herald Tribune, en el hotel Waldorf de Nueva York, donde habló en representación de los estudiantes de América Latina en un diálogo público con el millonario Nelson Rockefeller, la actriz sueca Ingrid Bergman y el político peruano Víctor Haya de la Torre.

En 1953, antes de su viaje a Puerto Rico, donde realizó sus primeros estudios de periodismo y cine y televisión, Jorge Ruiz, pionero del cine sonoro boliviano, le pidió que escribiera el guion de Vuelve Sebastiana, sobre la milenaria etnia chipaya en riesgo de extinción, una película considerada precursora del género de “docuficción” y de lo que años después iría a llamarse el “Nuevo Cine Latinoamericano”.

Beltrán, que por entonces no tenía ninguna idea del lenguaje cinematográfico, leyó cuanto pudo sobre el tema, que por esa época no era mucho. Munido de la información que pudo obtener se lanzó a la “íntima aventura” de escribir el guion. “Tenso y anhelante –declaró años después–, empleé días y noches revisando apuntes, confrontando dudas, intentando esto y aquello e inclusive hablando a solas conmigo mismo hasta terminar de cumplir el delicado encargo lo mejor que pude”.

La película relata la historia de una niña pastora (Sebastiana Kespi) cuya curiosidad la lleva a salir de su comunidad y adentrarse en un pueblo vecino hostil, que antes había sometido a su comunidad al aislamiento, donde conoce a un niño aymara (Jesús) con el que entabla una relación de amistad y solidaridad por encima de las diferencias étnicas y grupales.

Según el crítico cinematográfico Mauricio Souza Crespo, “Vuelve Sebastiana no es sólo el principio de la visibilidad del cine boliviano sino de una obsesión moral: la de los peligros de la migración del campo a la ciudad. Es a la descripción de esos peligros que Jorge Sanjinés dedicará luego casi toda su obra cinematográfica”.

La película obtuvo los primeros lauros internacionales para el cine boliviano en los festivales de Cine Documental y Experimental de Uruguay (1956), Santa Margherita de Italia (1958) y Cine Documental de Bilbao, España (1961).

Beltrán trabajó como representante de USAID y de varias agencias de Naciones Unidas en diferentes países de América Latina y consultor de la UNESCO en París; dirigió varios proyectos de comunicación, muchos de ellos enfocados a la agricultura, la ganadería y el mundo rural, que él englobaba bajo la definición genérica de “comunicación para el desarrollo”, pero dedicó mayoritariamente su tiempo y esfuerzo al estudio y la investigación de los fenómenos comunicacionales.

En su famoso ensayo Adiós a Aristóteles. La comunicación horizontal, publicado en 1979, definió la comunicación como un “proceso de interacción social democrática”.

Beltrán entendía la comunicación como un proceso de relaciones sociales, un fenómeno de intercambio múltiple de experiencias y no un ejercicio unilateral de influencia individual, una definición que contrastaba con la noción tradicional de considerarla como un simple acto de transmisión de información de fuentes activas a receptores pasivos.

Consideraba al diálogo como el eje central de la “comunicación horizontal”, porque permite una genuina “interacción democrática” y porque posibilita la retroalimentación, que da lugar a una comunicación multidireccional equilibrada, en la que todas y cada una de las personas pueden dar y recibir una comunicación en condiciones similares. “Toda persona –decía– debe contar con oportunidades similares para emitir y recibir mensajes de manera que se evite la monopolización de la palabra mediante el monólogo”.

Una de sus divisas era “no renunciar jamás a la utopía”. Bajo esa consigna, apoyó activamente la formulación del Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación” (NOMIC) y la difusión del famoso Informe MacBride (“Voces múltiples, un solo mundo”), redactado por una comisión presidida por el Premio Nobel de la Paz irlandés Seán McBride, en 1980, bajo los auspicios de la UNESCO.

Admirador del filósofo y comunicador canadiense Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), quien acuñó en la década de los 60 el término “aldea global” para describir la interconexión mundial a través de las comunicaciones, Beltrán declaró al recibir el Premio McLuhan, el 17 de diciembre de 1983, que nunca imaginó que su nombre pudiera estar algún día vinculado al del gran pensador de la comunicación. “En el umbral de 1984, hagamos votos de todo corazón porque el sueño de McLuhan de una fraterna ‘aldea global’ prevalezca sobre la pesadilla de Orwell”, dijo en la ocasión, en alusión a la novela de George Orwell (1984).

Considerado como uno de los fundadores de la escuela crítica de la comunicación en América Latina, el Centro Internacional de Estudios Superiores para América Latina (CIESPAL), con sede en Quito, Ecuador, lo describió como “un pensador incómodo e intempestivo”, que influyó decisivamente en el “pensamiento emancipatorio” de la comunicación de los años 70.

Beltrán postuló la comunicación horizontal, democrática, como instrumento del cambio social, frente a la comunicación vertical/antidemocrática, cuando nadie hablaba de comunicación participativa ni de “periodismo ciudadano”; cuando no existían redes sociales, que supuestamente han “democratizado” la comunicación, ni nadie mencionaba que el propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo. Luis Ramiro Beltrán Salmón, que lanzó tales ideas cuando no eran moda y cuando las ciencias de la Comunicación en América Latina estaban en pañales, fue un pionero y un revolucionario. Aunque en esa época él no lo supiera.

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