“La guerrilla que contamos”: La historia en el momento mismo de su desarrollo

Fernando Salazar Paredes

Para empezar debo señalar que presentar un libro, no es cosa fácil. Es más bien, espinoso porque, primero, uno tiene la obligación de leer el libro, en un país donde hace falta leer libros, aunque algunos se jacten de tener miles de ellos y otros solo leen las arrugas de sus abuelos.

Segundo, uno tiene que medir sus palabras para no disgustar ni a los autores, que tanto se han afanado en producir el libro, ni defraudar a la audiencia que, seguramente, está esperando un breve resumen que los incite a comprarlo.

Finalmente, en tratándose de un libro escrito por colegas, amigos y coetáneos, la cosa se puede tornar comprometedora al haber sido parte de una misma generación de periodistas que hemos experimentado aventuras y desventuras profesionales y, en algunos casos, hasta personales.

Por el especial cariño que profeso a los autores de este libro acepté correr el riesgo que implica este desafío.

Escribir y publicar un libro en Bolivia es una aventura per sé. Escribir en tándem un testimonio sobre un acontecimiento histórico, implica, para los autores, un especial y delicado esfuerzo de convergencia, complementación y paciencia.

Rescatar tres visiones sobre un mismo tema, después de cincuenta años es, en sí, un reto a la memoria y a la capacidad de remembranza cuando los hechos han discurrido en el tiempo y la madures que otorga una vida vivida, los hacer evocar con un lente tal vez algo diferente.

No obstante, el libro refleja pulcritud y apego a los hechos que se relatan; eso sí, con una mirada más experimentada, se describe todo aquello reportado desde el lugar de los hechos en el albor de una carrera, con entusiasmo juvenil, con pasión profesional y con cierta saludable candidez.

Conozco a José Luis, Juan Carlos y Humberto desde antes de la guerrilla del Che. La lectura de su libro me trajo nostálgicos recuerdos de las redacciones de Presencia y de Hoy, donde ejercimos un periodismo honesto y combativo. Pocos, muy pocos, casi ninguno, habíamos estudiado periodismo, pero abrazamos la carrera con pasión y entrega. Fuimos una generación que abrió surcos para que surjan medios de comunicación respetables y respetados.

Los tres autores, el que habla, junto a  Andrés Soliz Rada, Juan León Cornejo, Oscar Peña Franco y los hermanos Carvajal, entre otros, pertenecemos a esa generación que se fajó para hacer valer el derecho de los periodistas a tener opinión propia, no repetitiva a la de las empresas periodísticas.

Con ese objetivo, estuvimos juntos en ese original experimento que se llamó Prensa Semanario Libre que fue, sin lugar a dudas, el medio de comunicación con mayor tiraje en la historia de Bolivia, pues alcanzó poco mas de 60.000 ejemplares impresos en la rotativa del ex diario La Nación por el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz.

Ahí comprobamos que ser periodista en Bolivia, y escribir con la verdad a cuestas, es enfrentarse a los riesgos de las amenazas en algunos casos, las agresiones en otros y, finalmente, la intolerancia de quienes creen que el manejo de la cosa pública les otorga una impunidad permanente.

Somos pocos los que quedamos. En el camino se fueron muchos, como Juan León Cornejo, mi hermano del alma, Juan Javier Zevallos que contrajo matrimonio en mi casa en Quito, Raúl Rivadeneira Prada, Alfredo Arce Carpio, Oscar Peña Franco, Andrés Solís Rada, Eliodoro Ayllón, mi inseparable compañero en el exilio, Víctor Hugo Sandoval, Ángel Torres Sejas, René Villegas, Daniel Rodríguez, José Baldivia, y muchos otros.

Este libro lo tiene todo. Un contenido y un alcance serio, profundo e interesante. Un prólogo cabal y detallado como suele escribir sus artículos Gonzalo Mendieta Romero, un aventajado alumno mío en la Universidad Mayor de San Andrés. La presentación hecha por Harold Olmos es impecable y retrata fielmente esos tiempos gloriosos del periodismo boliviano a los que los tres autores dieron su invalorable aporte que hoy emerge vigoroso en este texto que presentamos.

En resumen, el libro trata de una historia testimonial del experimento guerrillero liderado por Ernesto Guevara en la Bolivia  de 1967.  Los tres corresponsales son testigos de primer orden de esos ocho meses en que, efectivamente, la guerrilla fue de conocimiento público, pese a que Guevara ya estaba en el país desde Noviembre de 1966.

Desde una perspectiva amplia, es la historia efectiva de una incursión militar irregular foránea al territorio nacional, la misma que fue repelida por sus fuerzas armadas regulares. Constituye, seguramente, la última victoria de las fuerzas armadas bolivianas en una confrontación bélica. De ahí que uno de los autores, José Luis Alcázar, en una crónica que leí en estos días, expresa: “Lo que más me impactó fue, sin duda, cuando fui testigo de muertos y heridos, de miedos, de arrojo, de valentía de esas tropas que acompañé”.

Es un testimonio, que cincuenta años después, desmitifica la figura de un ídolo en la historia política latinoamericana sin acudir al discurso barato de la derecha, sino mas bien con datos, reflexiones y conclusiones contundentes que dan lugar a ese hilo novedoso que, según Vacaflor, es muy difícil encontrar en los aproximadamente ochenta libros que se han escrito sobre la aventura guerrillera del Che en Bolivia.

En la primera parte, Juan Carlos Salazar, con dominio periodístico sin par, nos da el gran contexto de lo que él denomina los maravillosos años sesenta, tanto en el mundo como en Bolivia lo que permite al lector, especialmente al que no está adentrado en la temática, ubicarse en el espacio tiempo histórico. Sitúa también a la profesión de periodista con todas las limitaciones que tenía en ese entonces.

Es interesante la descripción que hace Juan Carlos de varios actores que se desenvolvían desde el momento en que, en una mañana primaveral de Noviembre de 1966, en el hotel Copacabana de La Paz, hábilmente camuflado, Guevara se instala en Bolivia para cumplir su propósito. Políticos, periodistas nacionales y extranjeros, militares, desfilan en esta primera parte para reflejar la tarea periodista cuando las noticias debían transmitirse por telégrafo y las fotos eran enviadas en rollos de película.

Salazar nos recuerda que en ese entonces aun no había, en Bolivia, una escuela de formación de comunicadores sociales o periodistas pero que la cobertura de la guerrilla fue un bautizo de fuego para los periodistas bolivianos enviados al escenario de batalla como corresponsales de guerra.

En una síntesis histórica muy relevante, Juan Carlos termina su parte recordándonos que entre el estallido de guerrilla, en marzo de 1967, y la caída del general Juan José Torres, en agosto de 1971, pasando por lo que él denomina como el culebrón de los despojos del Che, la seguidilla de golpes revolucionarios y contra-revolucionarios y la instalación del “soviet” de la Asamblea Popular, Bolivia fue la meca de un peregrinaje incesante de periodistas, editores y escritores de todo el mundo.

José Luis Alcázar –conocido entre los periodista como Fidias, por su trabajo en la radio Fides y la agencia noticiosa del mismo nombre– le da el contenido medular al libro pues se apropia legítimamente de más de la mitad del texto en un enjundioso análisis y relato de lo que fue, en su verdadera realidad, el experimento guerrillero, aportando importantes datos sobre la limitada capacidad de estrategia militar y combativa del líder guerrillero, las diferencias con sus colegas, sus errores y desaciertos y, sobretodo, su obsesión de establecer un foco guerrillero y combatir en su natal Argentina.

Esta mención sobre la Argentina, que también la hace Salazar, me recuerda el libro del francés Pierre Kalfon “El Che Guevara, una leyenda de nuestro siglo” en la que el autor señala que el guerrillero, se jactó con un reportero en su país manifestando: en Argentina me instalo con veinticinco hombres en las sierras de San Luis y todo el ejercito será incapaz de sacarme de allí”. Esa petulancia, tan propia del Che, pronto se tornaría en desastre.

El objetivo de Ernesto Guevara no era Bolivia, sino Argentina, como se sostiene en este libro.  Ya en 1962, el Che había ideado un plan armado para Argentina que fracasó en Salta en 1964.  En 1967, volvería a intentarlo, esta vez utilizando a Bolivia como una suerte de operación puente. Según los estrategas de La Habana, la columna encabezada por Guevara que debía marchar a la Argentina, dependía del crecimiento y desarrollo de la escuela de guerrilleros en Ñancahuazú.

Si el Che tenía esa obsesión, Alcázar tenía otra: la de entrevistar a Ernesto Guevara, la de realizar la entrevista del siglo. La muerte del guerrillero en La Higuera abortó el sueño largamente acariciado por José Luis. Se tuvo que conformar con ser el periodista que lanzara la primicia que conmovió al mundo: la captura y ejecución del Che Guevara.

Rescato, para terminar esta parte, la sensación que José Luis sintió y que la describió en Presencia el 10 de Octubre de 1967 cuando estuvo frente al cuerpo inerte del guerrillero: “Un cadáver ya frio de quien ardió siempre en fuego interior tratando de plasmar en hechos el ideal político que animó su vida desde su adolescencia. Un ideal equivocado, si se quiere, pero que fue el motor de todos sus actos.”

Debo, ya ingresando a la última parte, coincidir con el historiador Robert Brokmann. Si Salazar y Alcázar tratan de ser objetivos y equilibrados en sus relatos, Humberto Vacaflor toma, más bien, el rumbo de la crítica irreverente y la audacia de emitir juicios de valor, aderezados con amenas ironías y sarcasmos. Seguramente por este su estilo, Humberto es un columnista muy leído y gustado por sus adeptos e, inclusive, sus colegas, y, a la vez, temido y perseguido por quienes detentan el poder.

Para Vacaflor, la historia del Che en Bolivia es una historia triste. Comenzó –dice– siendo un drama, paso a ser tragedia y termina como personaje de una función de titiriteros inescrupulosos que usan su imagen para disfrazar sus tropelías. Curiosamente, Humberto ilustra su opinión con una fotografía del Presidente Evo Morales junto al retrato del guerrillero Ernesto Guevara.

Y Humberto, después de leer los diarios de Guevara, que misteriosamente llegaron a manos de la empresa rematadora Sotheby’s; confiesa: “quedé entonces con la sensación de tristeza que produce haber repasado, durante tantas horas, las páginas escritas por un personaje que anduvo perdido en Bolivia en una campaña mal pensada, mal ejecutada, pero en la cual él creía firmemente”.

El Che, que sostenía que sólo existe un sentimiento mayor que el amor a la libertad: el odio a quien te la quita, tiene la particular virtud, después de muerto, de despertar la íntima faceta humana del mordaz, provocador y crítico Vacaflor que, sin querer queriendo, exterioriza un sublime sentimiento de tristeza por la suerte de su congénere.

Confieso que he saboreado el libro y me deleitado de principio a fin. No solo porque se trata de un excelente trabajo histórico periodístico, sino porque está escrito con claridad y con una ilación poco común cuando se escribe a seis manos.

Sus autores son, a la vez, los tres principales protagonistas. Los tres son periodistas de vocación, aquellos que nacen, viven y seguramente terminaran sus existencias como periodistas.

Han transitado la mejor de las escuelas de periodismo que es la redacción de un periódico o de un medio de comunicación. Aprendieron en las duras aulas de la vida.  Sus docentes fueron sus directores, jefes de redacción y sus propios colegas. Sus trabajos prácticos lo realizaron cubriendo sus fuentes cotidianamente y su exitoso examen de grado fue esta historia íntima de una cobertura emblemática.

Hay desde luego un otro protagonista de primer orden: Ernesto Che Guevara. De él se pueden decir muchas cosas, algunas buenas, muchas malas. Como todo personaje sobresaliente, ha tenido y tiene, apologistas y detractores. Para unos ha sido un paladín de la libertad y de la lucha antiimperialista, para otros un sanguinario político que anteponía su propósito ante cualquier sentimiento humano.

Cincuenta años después, personalmente puedo afirmar que el Che hizo soñar a mi generación.  No había utopía en la que él no estuviera presente y eso nadie se lo va a quitar.

Por eso es que Humberto recalca que, a pesar de su derrota, el Che ganó batallas después de muerto y Kalfon afirma que, a pesar de ser un gran imprecador, aquel que profiere palabras con el vivo deseo de que alguien sufra daño, también fue un portador de sueños.

Están, además, los militares bolivianos, aquellos que, según Vacaflor, se transforman tanto… que pocos los reconocemos.  Se autocalifican como pundonorosos.

Siempre escuché esta palabra repetida muchas veces, y nunca pude comprender su verdadero significado hasta que lo busqué en el diccionario.

Tener pundonor quiere decir tener un sentimiento de orgullo o amor propio que anima a mantener una actitud y apariencia dignas y respetables.

Al igual que Humberto, José Luis y Juan Carlos, he sufrido los rigores de la dictadura. Hemos sido perseguidos y exiliados por Banzer; apresados, torturados y exiliados por Luis García Mesa y Luis Arce Gómez.  De ahí que me resulta muy difícil sincronizarlos con el pundonor.

Pero que hay militares con pundonor, los hay. Y en esta historia de la guerrilla ha habido uno que ha actuado con actitud y apariencia digna, respetable y honorable.

Desempeñando su deber como militar que cumple ordenes, y defiende la soberanía patria, capturó al Che y lo entrego vivo a sus superiores del comando de la Octava División del Ejército.

El entonces capitán Gary Prado Salmon, militar boliviano, actuó pundonorosamente. Hoy, esos titiriteros a los que alude Humberto Vacaflor, no le perdonan su pundonor.

Para finalizar, me hago esta interrogante: ¿Es este un libro de historia o es simplemente un compendio de las reminiscencias de tres periodistas?

La respuesta la encuentro en Ryszard Kapuściński, considerado uno de los periodistas mas admirados a nivel global; “el maestro”, como lo llamó Gabriel García Márquez. Kapuściński no estudio periodismo.  En su libro “Los cínicos no sirven para este oficio”, escribió: “Todo periodista es un historiador. Lo que hace es investigar, explorar, describir la historia en su desarrollo.  El buen y el mal periodismo se diferencia fácilmente: en el buen periodismo, además de la descripción del acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos solo la descripción, sin ninguna conexión o referencia con el contexto histórico.”

“La guerrilla que contamos”, edición ya agotada, gracias a sus tres autores, es el reflejo fehaciente del buen periodismo que es historia en el momento mismo de su desarrollo.

Adquieran el libro, no solo para tenerlo; adquiéranlo para leerlo, estoy seguro que lo disfrutaran.

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro La guerrilla que contamos en Santa Cruz de la Sierra, en Octubre de 2017).

Carta del periodista ruso Leonard Kósichev

Estimada señora Isabel Mercado:

He recibido el libro Che. Una cabalgata sin fin, publicado por su diario y dedicado al 50 aniversario de la muerte de Ernesto Guevara. Soy un periodista ruso, toda la vida me dediqué a la temática latinoamericana y publiqué no pocos ensayos sobre el Che Guevara. Una vez incluso tuve el placer de entrevistarme con él. De ahí que el nuevo libro sobre el revolucionario argentino-cubano haya despertado mi interés y más aún por haber sido editado en Bolivia. Lo he leído con gran atención, lo que me permite decir que es un  estupendo trabajo.

El análisis de los hechos protagonizados en Bolivia medio siglo atrás es objetivo y, sobre todo, preciso y claro. El libro contiene un extenso material fáctico, que representa un gran interés para los estudiosos en otros países. La imagen del Che ha sido recreada en toda la plenitud de las contradicciones de ésta, sin duda alguna, personalidad fuerte, que pasó a la historia de América Latina. A mi juicio, los autores patentizan su gran competencia profesional a la hora de evaluar los hechos a través del prisma del tiempo, desde la altura de los 50 años transcurridos.

A través de los años se aprecia mucho mejor tanto la dignidad como los grandes descarríos del Che. Por cierto que su aguda percepción de la justicia social fue el faro que lo guió por la vida, pero la absolutización por Guevara de la lucha armada, como el camino certero a la reestructuración de la sociedad en los países latinoamericanos, no se ha justificado. Con las fuerzas de las armas no se consiguió erradicar la pobreza y la injusticia social. 

Y la gente sigue reflexionando en la imperfección del mundo circundante y en las vías de su transformación. Y, en este contexto, la polémica sobre la personalidad y aspiraciones del Che Guevara aún largo tiempo serán objeto de debates.

Pienso que el libro Che. Una cabalgata sin fin hace un valioso aporte a esas infinitas discusiones, permitirá a la joven generación comprender mejor la trágica personalidad del Che Guevara, el porqué fracasó su proyecto social para Bolivia y América Latina en aquellas concretas condiciones históricas. La generalización y compresión por los autores de tan extenso material fáctico, con aportación de gran cantidad de fuentes y testimonios antes desconocidos o poco conocidos de los propios protagonizas de los hechos también merece la atención de especialistas latinoamericanistas y de los simples lectores.

Leonard Kósichev periodista ruso, exdirector del servicio en español de la radio La voz de Rusia (ex Radio Moscú).

Página Siete – 24 de octubre de 2017

La cobertura del siglo a seis manos

Marco Fernández

Hace 50 años, tres noveles periodistas bolivianos informaban lo que sucedía en el sureste boliviano, donde el argentino-cubano Ernesto Che Guevara lideraba una guerrilla con miras a expandirse por Argentina y, luego, al continente. Ellos decidieron contar otro aspecto de esa parte de la historia, desde su oficio, desde un libro hecho a seis manos.

Para entender lo que ocurrió aquel octubre de 1967 es necesario conocer el contexto nacional y mundial. Es por ello que en el libro La guerrilla que contamos —escrito por Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor— ayuda sobremanera acerca de lo sucedido con la incursión guerrillera. “Eran los ‘años maravillosos’ de los 60, una ‘década feliz’ que al mismo tiempo encubría los ‘años calientes’ de la Guerra Fría”, resume Salazar.

“Bolivia vivía la agonía del ‘doble sexenio’ de la Revolución Nacional (1952-1964) entre motines cuarteleros, rebeliones mineras y luchas estudiantiles, y las vísperas del ‘triple sexenio’ militar (1964-1982), que llevaría al poder a una seguidilla de dictadores fascistas, caudillos de pacotilla y generales ‘socialistas’”, agrega el periodista acerca del panorama boliviano.

¿Por qué el Che Guevara instauró una guerrilla en Bolivia? Alcázar explica que la finalidad era iniciar un foco guerrillero en el norte argentino. “Bolivia, para el Che, tenía las condiciones objetivas para tal fin. Creyó en una supuesta debilidad del gobierno del general René Barrientos, principalmente de su ejército. Y contaba con un extenso territorio para entrenarse”.

Alejados de los apasionamientos de los nacionalismos o comunismos, los tres experimentaron diversas vivencias en su estadía en Camiri (Santa Cruz), que se convirtió en el “cuartel” de cientos de periodistas que llegaron para informar sobre la guerrilla del Che. El 26 de marzo de 1967, un despacho informaba sobre la primera emboscada de los guerrilleros al Ejército boliviano. Era la primicia que iba a conmocionar al mundo, por eso, la sala de redacción de Presencia debatió quién sería el enviado especial.

“Alguien, del frente de los casados, dijo que tendría que ser un soltero el que vaya. Dos teníamos esa condición en ese momento: José Luis Alcázar y yo. Por alguna razón que no recuerdo yo fui elegido”, afirma Vacaflor.

“Mi entusiasmo por ser un buen corresponsal comenzó a chocar con los militares, con la burocracia de los militares”. Por ello, señala Vacaflor, que a los pocos días de haber llegado, los uniformados lo expulsaron con la excusa de que debía obtener en La Paz un salvoconducto que le permitiera volver a la “zona militar”. Después de un tiempo consiguió el documento para volver a Camiri. “La ciudad se había convertido en el centro de mayor concentración de periodistas extranjeros que jamás hubo en Bolivia.

Cable West Coast instaló teletipos para dar respiro al telegrafista que hasta entonces debía enviar textos, de los cada vez más largos despachos de los periodistas, por el sistema morse”.

En ese tiempo, Vacaflor intercambió mensajes con el francés Regis Debray, quien estaba preso en el comando del Ejército por su participación en la guerrilla. Esas conversaciones se convirtieron en entrevistas que fueron publicadas por Presencia.

El 27 de marzo, José Gramunt de Moragas, director de la Agencia de Noticias Fides (ANF), leía en los periódicos sobre el primer choque de la guerrilla con el Ejército. Si bien la idea era mandar un corresponsal, la carencia de dinero impedía hacerlo, pero la solución llegó con la colaboración de la española EFE y la alemana DPA, que accedieron a financiar el viaje. El elegido fue Salazar. “Así llegué al sudeste boliviano, inmediatamente después del estallido rebelde, con tres mudas de ropa, una libreta de apuntes, una cámara fotográfica y una máquina de escribir portátil Olivetti (…) para una cobertura de pocos días, pero la misma se prolongó por nueve meses”.

Después de 50 años, Salazar describe cómo se surgieron las primicias, los rumores y las leyendas. “Los militares veían a los periodistas como propagandistas de la causa guerrillera o colaboradores potenciales del enemigo”.

Por esa razón, señala, no solo eran vigilados por los uniformados, sino también por atractivas espías infiltradas por los servicios de seguridad. No era raro que un día sus habitaciones aparecieran desordenadas.

Alcázar era el otro soltero de Presencia, quien en el libro hace una extensa explicación del ambiente de esos tiempos y critica los errores del Che en su incursión. Obsesionado con obtener los datos, no dudó en acompañar a los militares en escaramuzas con los guerrilleros. “Recuerdo que un ruido seco me paralizó, era un balazo, y luego siguió el tableteo de la ametralladora (…) Desde esos matorrales un soldado me gritó para que me echara en tierra y no me hice repetir la orden”.

Alcázar tenía la firme intención de hacer la “entrevista del siglo” con el Che. Después de convencer a Huáscar Cajías, director de Presencia, de su plan, viajó a Vallegrande para conseguir su objetivo, pero “en el atardecer del 9 de octubre esos pedazos de sueño desaparecieron barridos por la ventolera producida por las aspas del helicóptero que traía el cadáver del Che de La Higuera a Vallegrande. Lo habían ejecutado unas horas antes. La mano que toqué en la improvisada camilla, amarrada burdamente en el tren de aterrizaje del helicóptero, estaba perceptiblemente caliente”.

Eran las manos que después iban a ser cortadas para confirmar la identidad de Guevara, quien ahora continúa dando tinta para escribir historias y que La guerrilla que contamos, un libro recomendable para entender aquella Bolivia y aquel mundo, fue hecho a seis manos.

La Razón – 15 de octubre de 2017

«La guerrilla que contamos»

Luis González Quintanilla

Para los periodistas bolivianos de la época, cuando el Che Guevara decidió implantar  su guerrilla en nuestras montañas del sudeste, se nos abrieron los caminos del gran mundo informativo.  

Personalmente a mí me tocó participar en el  libro The great rebel, de mi padre, Luis J. González y de Gustavo Sánchez. Fue una de las primeras obras que tuvo una difusión internacional muy meritoria. Se publicó en una docena de idiomas, por las editoriales  Grove Press, norteamericana, la del francés Françoise  Maspero y la del italiano Giangiacomo Feltrinelli, las mismas que imprimirían el famoso diario del Che, más adelante.   

Hoy, medio siglo más tarde, el personaje sigue inspirando nuevos libros de periodistas y escritores sobre su aventura boliviana. La leyenda y el mito son de interés ilimitado.

Los autores

Bajo el mismo título de este artículo, tres excepcionales periodistas, Juan Carlos Salazar, José Luis Alcázar y Humberto Vacaflor han publicado un texto -en una cuidada edición de Plural- que nos retrotrae a esos días, cuando eran bisoños reporteros. Ahora los recuerdan desde una mirada singular: como protagonistas  de «la historia íntima de una cobertura emblemática” y en la cual  los intérpretes principales de siempre, es decir, guerrilleros, militares y  políticos, son casi actores secundarios.  

Después,  en 1971, cuando llegó el tiempo de la secante dictadura y el pensamiento único, los tres autores, como muchos otros periodistas que formamos parte de esa generación,  sufrieron la pena del exilio. En él, a pesar de las desventajas, recibieron su certificado internacional de periodistas excepcionales, brillando en los diferentes medios que los habían acogido. Salazar en la alemana DPA,  Alcázar en la italiana Inter Press Service. Y  Vacaflor, recorriendo cada día la mítica calle Fleet Street de Londres, sede  del mejor periodismo del mundo,  editando la acreditada Latinoamerican News Letters.

Salazar

El libro que comentamos es un texto único. Tan sugestivo como de inclasificable género.  No es una autobiografía ni una  investigación histórica; no es sólo  una crónica  y tampoco una  novela; ni una colección  de semblanzas y anécdotas. Es todo eso y mucho más. Un libro que se lee sin tomar aliento. Como una novela de suspenso. Porque, además,  va implantado en una prosa musculosa, ágil y directa. 

La obra  lleva el sello personalizado de cada uno de sus autores. 

Juan Carlos Salazar, el Gato, plasma su libro en crónicas que hacen revivir lo que fue Camiri por aquellos días, cuando se convirtió en la sede de esas enormes noticias: la aparición, la caída y la muerte  del Che.

 El título de su primera parte es muy decidor: «Entre guerrilleros escurridizos, censores militares y bellas camireñas”. 

Son crónicas de maestría excepcional, en las que retrata ese pueblo donde descubrió, por ejemplo,  a un  «camisa negra” de Mussolini, que huía de los aliados y los partisanos «buscando el fin del mundo”.  Reconvertido en gastrónomo, el viejo fascista era el que mejor conocía la geografía del lugar. Contrariamente a los combatientes guerrilleros, que siempre anduvieron perdidos en la selva. 

Aprovecha para su invalorable cobertura  el descubrimiento de otro hecho: que las jóvenes camireñas tenían una innata vocación de Mata Haris. Se convirtieron en fuente importante de noticias para el avispado periodista, pues le permitían enterarse, a éste, de las jactancias de algunos enamoradizos militares sobre su andadura bélica.

Alcázar

El artículo de José Luis Alcázar tiene una primera parte analítica.  A  través de un repaso profundo de sus entrevistas de entonces, de conversaciones con expertos militares, de la lectura a los diarios de guerrilleros y militares, de  una severa investigación de hemeroteca, y del material inédito que hay sobre la temática, llegó a la conclusión de que la guerrilla no tenía nada que ver con Bolivia y los bolivianos. El autor no hace juicios de valor, pero su información nos lleva a la conclusión  de que Bolivia  fue elegida para ser un campo de entrenamiento para el grupo armado.

Su jefe, el Che, tenía la obsesión de hacer la verdadera guerra en la Argentina. 

El texto destaca también los errores estratégicos y tácticos que llevaron el  proyecto al desastre.

Como la confirmación de Ñacahuasu, una verdadera ratonera,  como el centro del movimiento guerrillero; el primer entrenamiento que duró el doble del tiempo previsto, produciendo la separación de la columna en dos partes que nunca se volvieron a encontrar; la elección de sus lugartenientes; su obsesión de guardar documentos,  fotografías y escribir diarios,  y un largo etcétera. 

Alcázar estuvo en dos combates, enfundado en un uniforme camuflado como corresponsal de guerra  -lo que le llevó, según desvela su amigo Vacaflor, a pensar más de una vez de cambiarse de trinchera,  a la de los insurrectos-. 

A través de la cercana y ágil narración el lector es transportado a los ruidos de  las balaceras, al olor a pólvora y a sangre, a los gritos estremecedores  de los heridos, al levantamiento de los cadáveres…

Vacaflor

Humberto Vacaflor comienza su parte con el estilete de su soberbia  ironía. «El Che en la ínsula Barataria”, es el metafórico título general.  

 Y es la historia de un pobre Sancho a quien lo empujó al pozo el humor de  un duque caribeño.

Explica que la ínsula no estaba preparada para recibir a Sancho porque el duque no había hecho su parte. Quizá sólo fue elegida porque su ejército era tan  veloz para tomar el Palacio Quemado,  como para huir ante invasores extranjeros, según se desprende de su historia.

La cosa comenzó con una parodia y terminó en un drama trágico.  Y como el Cid –sostiene Vacaflor-  el pobre Sancho sigue acometiendo batallas después de muerto. Sin embargo, medio siglo más tarde,  el mensaje de Sancho se ha convertido en una farsa abyecta.

En las páginas siguientes Vacaflor  enerva su ironía perturbadora. Cuenta sus vivencias y  describe con su habitual agudeza la tramoya de ese teatro que fue Camiri.

He aquí unas líneas destacables sobre la censura en la «zona militar”. El coronel Echeverría fue elegido como censor, quizá por la feroz antipatía que sentía hacia los periodistas. Al principio hizo su labor a conciencia, pero con la llegada de más corresponsales, el diligente censor se agotó y sus obligaciones decayeron dramáticamente.  «Es la primera vez en el mundo -concluye Vacaflor- que la libertad de prensa se salvó por la extenuación intelectual del censor”. 

Tenemos al alcance, pues, un libro imperdible sobre aquellos años del Che que conmovieron a Bolivia y el mundo.

Página Siete – 3 de septiembre de 2017