Voto útil y unidad de facto

Marcelo Quiroga decía que “la realidad es la fe de erratas de la política”, porque te muestra las cosas como son, no como te gustaría que fueran, y termina imponiéndose a los errores de los políticos. Si el principal objetivo de la oposición es desalojar a Evo Morales del poder, como lo plantean todos y cada uno de sus candidatos, el primer paso que debieron haber dado era evitar la dispersión, porque la realidad de la debilidad opositora indicaba que el único camino para conseguir ese propósito era la unidad en torno al aspirante con mayores posibilidades frente al oficialismo.

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“El miedo no anda en burro”

La política boliviana descubrió la televisión en 1979, cuando la democracia reconoció el derecho de los candidatos al uso equitativo de los espacios televisivos para emitir sus mensajes. La televisión estaba todavía en pañales, con un solo canal, el estatal, que se había inaugurado una década antes.

Los archivos de la época muestran a los aspirantes presidenciales acartonados frente a las cámaras, recitando de memoria sus propuestas electorales. Todavía no se hablaba de debates, aunque el célebre cara a cara de John F. Kennedy y Richard Nixon, el primero en la historia, se había realizado 19 años antes, el 26 de septiembre de 1960.

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La banda de los cada vez menos

Eduardo Galeano, autor de cabecera de muchos militantes del socialismo del siglo XXI, sostenía que “el árbitro es arbitrario por definición”  y lo describía como un “abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible”. Por supuesto, no se refería al árbitro electoral, sino al deportivo (El fútbol a sol y sombra), pero, al leer la observación del escritor uruguayo, uno no puede menos que pensar en el  Tribunal Supremo Electoral (TSE).

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Donde dije digo, digo Diego

Winston  Churchill solía decir que no hay nada más indigesto que las propias palabras. Que lo digan los políticos. Y allí están las hemerotecas para recordarnos y recordarles sus idas, y venidas, sus inflexiones dialécticas, cuando intentan borrar con el codo lo que escribieron con la mano. Eso sí, son duchos en enmendar la plana: donde dije digo, digo Diego. Sin embargo, sus rectificaciones no suelen ser inocentes ni libres de intención. Es decir, no sólo que no se indigestan con sus contradicciones, sino que las utilizan sin pudor alguno para la construcción de “verdades alternativas” con las que pretenden justificar sus proyectos hegemónicos.

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